
1. Reprime los vicios. El cuerpo bien cebado, la carne regalada, se insolentan contra el espíritu, y teniendo una ley opuesta la carne y el espíritu, la que debe ser esclava quiere hacerse señora, y si lo logra no se ha visto despotismo parecido al despotismo de la carne. Al espíritu que el Creador constituyó señor lo envilece, lo bestializa y lo mata. El hombre desaparece y aparece la bestia humana. Cuando reina la carne reina la suciedad y el crimen, desaparecen los nobles sentimientos, y una vez la carne ha degradado y muerto al espíritu, se mata a sí misma con sus excesos. La abstinencia y el ayuno son dos fuertes auxiliares del espíritu en su lucha contra la carne; y cuando el espíritu logra sostener su imperio, a semejanza de Dios, de quien es imagen, no usa de él despóticamente; no mata a la carne, sino que, quitándola sus instintos de bestia, se la asocia a sí; hácela partícipe de sus racionales empresas y de sus méritos en Cristo, la dignifica y le asegura una eternidad gloriosa.
2. Eleva la mente. La gula entorpece el entendimiento; la digestión y el raciocinio se rechazan mutuamente, y la operación mental es la más alta de las humanas operaciones. Los santos, gente de vida espiritual, a veces se engolosinan demasiado con el ayuno. El austero San Jerónimo reprendía a la ilustre viuda Santa Paula, su hija espiritual, porque, para gozar de las dulzuras de la contemplación, extremaba sus ayunos, enflaquecía su cuerpo y quebrantaba su salud. La oración es un ejercicio necesario al cristiano; y es ejercicio de la mente y del corazón; el vientre bien repleto no levanta al Señor el incienso puro de la oración del espíritu; por esto la Iglesia manda el ayuno en las vigilias de aquellos días que de un modo más especial consagra a los ejercicios del espíritu y a las prácticas de la devoción y hasta hace poco, antes de la invasión de sensualidad que nos domina, los cristianos fervorosos tenían por práctica oír en ayunas el santo sacrificio de la Misa.
3. Alcanza virtudes y premios. Las abstinencias y ayunos son un verdadero sacrificio que ofrecemos a Dios, al que el generoso Señor corresponde con raudales de gracias. Las historias de los Santos manifiestan claramente cómo estos héroes de la virtud se robustecieron mortificando su carne; y la Religión nos enseña que al banquete eterno de las almas, cuyo manjar es la misma substancia divina, no serán admitidos aquellos que de su vientre hicieron un dios.
Tal vez, lector, admitirás sin dificultad alguna estas excelencias del ayuno, pero encontrarás excesivamente duro que un hombre pueda condenarse eternamente por comer, verbigracia, unas chuletas en día prohibido; pero acuérdate que por un fruto que comieron del árbol vedado por Dios, Adán y Eva, con toda su descendencia, han sufrido males sin cuento, y a no haber hecho penitencia de su pecado los primeros padres de nuestro linaje, por toda la eternidad hubiesen quedado excluidos de la gloria y sido contados en el número de los réprobos rebeldes a Dios.
Monseñor José Torras y Bages
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