martes, 10 de febrero de 2009

LA PREPARACIÓN PARA LA SANTA MISA

Las partes de la Santa Misa. La celebración litúrgica del santo sacrificio se puede dividir en dos partes: 1° un servicio divino general y preparatorio (Missa catechumenorum), y 2° el sacrificio propiamente dicho (Missa fidelium), que a su vez se subdivide en tres partes: la oblación, la consagración y la comunión.
Una necesaria preparación. Hay que tratar santamente las cosas santas. La celebración de la Misa exige una preparación cuidadosa. La conducta del sacerdote, su vida y todas sus acciones deben formar parte de esa preparación lejana pero ininterrumpida al santo sacrificio. Pero cuando llega la hora es necesaria una preparación especial y próxima: se debe disponer el alma por ejercicios religiosos, por la oración mental y vocal y excitar en el corazón afectos piadosos.
Luego de esta preparación personal el sacerdote sube al altar a para ofrecer el sacrificio. La primera parte de la Misa, del comienzo al ofertorio, tiene el carácter de una introducción a la Misa. Se la puede considerar como la preparación pública, general, ordenada por la Iglesia para disponer al sacerdote y al pueblo para los divinos misterios.
Las oraciones al pie del altar. Estas oraciones toman su nombre del lugar donde se las recita. Comprenden el salmo 42, la confesión y dos oraciones para obtener una perfecta purificación del corazón. Esta parte, que va hasta el introito, puede ser considerada como la introducción general al rito sagrado de la Misa.
El signo de la cruz. La práctica venerable de hacer el signo de la cruz sobre las personas y las cosas viene sin lugar a dudas de los tiempos apostólicos. Incluso algunos la hacen remontar a Nuestro Señor Jesucristo, quien, según una piadosa opinión, habría bendecido a sus discípulos con el signo de la cruz el día de la Ascensión.
Su profundo sentido. Así habla San Francisco de Sales enseñándonos el sentido de la señal de la Cruz: “La forma común de hacer el signo de la cruz depende de estas observaciones: 1. Que se haga con la mano derecha, pues es estimada como la más digna, dice San Justino Mártir. 2. Que se empleen tres dedos, para significar la Santísima Trinidad, o cinco, para significar la cinco llagas de Nuestro Señor. (...) 3. Se lleva primero la mano a lo alto hacia la cabeza diciendo: En el nombre del Padre, para mostrar que el Padre es la primera persona de la Santísima Trinidad, y el principio de origen de las otras dos; luego se lleva la mano abajo hacia el vientre diciendo: y del Hijo, para mostrar que el Hijo procede del Padre, que lo envió aquí abajo al vientre de la Santísima Virgen. Y de allí se atraviesa la mano de izquierda a derecha diciendo: y del Espíritu Santo, para mostrar que el Espíritu Santo, siendo la tercera persona de la Santísima Trinidad, procede del Padre y del Hijo, y es el lazo de amor y de caridad, y que por su gracia nosotros recibimos el efecto de la Pasión. De ese modo se hace una breve confesión de tres grandes misterios: de la Trinidad, de la Pasión y de la remisión de los pecados, por la cual somos transportados de la siniestra de maldición a la diestra de bendición.”
La cruz es la fuente de todas las gracias, nuestra arma y nuestro escudo contra el demonio, es el trofeo glorioso de la victoria de Jesucristo sobre el pecado, la muerte y el infierno.
Es, pues, muy conveniente que el santo sacrificio comience por el signo de la cruz. El sacerdote va a celebrar la santa Misa en el nombre, es decir con todo el poder y el auxilio del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y al mismo tiempo para su gloria.
La antífona del salmo 42. Se trata de los versículos: Introibo ad altare Dei, ad Deum qui laetificat juventutem meam. Estas palabras nos dan la clave de la interpretación litúrgica y mística del salmo y los sentimientos que deben embargar el alma del sacerdote en este momento. El sacerdote desea vivamente subir al altar para acercarse a Dios, unirse a Él en la Eucaristía para que su vida interior se fortalezca. Por las gracias que brotan del culto divino el alma es rejuvenecida y vivificada. La juventud de la cual se habla en el salmo, es la vida sobrenatural obtenida por la regeneración, efecto de la gracia del Espíritu Santo. Esta gracia destruye en nosotros el hombre viejo y nos reviste del hombre nuevo, que se renueva en el conocimiento de Dios, a semejanza de Aquél que lo creó. Esta vida que no envejece ni se marchita se alimenta en el altar por la Eucaristía.
El salmo 42 describe la situación y expresa los sentimientos de David expulsado de Jerusalén por la revuelta de Absalón, y duramente perseguido por sus enemigos. La separación del Tabernáculo lo entristece más que todo y le parece una señal de la cólera de Dios, y desea vivamente regresar junto al santuario del Señor. Es allí donde quiere ofrecer un sacrificio de acción de gracias.

LAS PARTES DE LA SANTA MISA

Origen de las diferentes ceremonias de la Misa. Las partes integrantes del rito del sacrificio, que se encuentran en todas las liturgias, para revestir el sacrificio propiamente dicho de más solemnidad y respeto, provienen sin lugar a dudas de los tiempos apostólicos. Entre éstas encontramos la oraciones preparatorias, las lecturas de las Sagradas Escrituras, el canto de los salmos, las oraciones por los vivos y difuntos, el Padrenuestro, la acción de gracias después de la comunión. Si bien Dios instituyó el santo sacrificio del altar, dejó a los jefes de la Iglesia el poder de revestir ese sacrificio de un ornato digno, en otras palabras, de crear la forma y la solemnidad litúrgicas, y de allí nacieron en épocas y lugares diversos las diferentes liturgias.
La liturgia romana. Entre las liturgias occidentales se cuentan, principalmente, la mozárabe, la antigua galicana, la ambrosiana y la romana, que tuvo siempre un carácter principal en relación a las demás. La liturgia romana fue “fundada” por el Príncipe de los Apóstoles, en el sentido que la manera de celebrar la santa Misa adoptada e introducida por él fue la base del desarrollo subsecuente de esta liturgia.
Las fuentes escritas. Sus documentos más antiguos son los tres Sacramentarios o libros de los sacramentos o misterios, o misales, conocidos como Sacramentarios leoniano, gelasiano y gregoriano por los nombres de los papas León I (440-461), Gelasio I (492-496) y Gregorio I (590-604). Nuestro misal está tomado principalmente del Sacramentario de Gregorio Magno, quien agregó al Canon las siguientes palabras: “Diesque nostros in tua pace disponas atque ab aeterna damnatione nos eripi et in electorum tuorum jubeas grege numerari”: la última adición hecha al Canon.
Los ritos de la Santa Misa. Enseña el Concilio de Trento: “Como la naturaleza del hombre es tal que no puede ser fácilmente elevada a la meditación de las cosas divinas sin auxilios exteriores, la Iglesia, como una buena madre, ha establecido ciertos ritos, por ejemplo que ciertas partes de la misa sean pronunciadas en voz baja, y otras en voz alta. También empleó ceremonias, como bendiciones místicas, luces, perfumes, vestimentas y otras cosas de ese género, según la disciplina y tradición de los Apóstoles. Ella quiere por ese medio recordar la majestad de un tan grande sacrificio, y, por esos signos visibles de la religión y de la piedad, excitar las almas de los fieles a la contemplación de las cosas más sublimes escondidas en este sacrificio.”
Diversas clases de ritos. Teniendo en cuenta sus motivo y su significación, se pueden agrupar las ceremonias en tres clases.
1. Todas las ceremonias contribuyen a la belleza y al orden del culto divino. Pero mientras que algunas de ellas tienen una significación misteriosa y más elevada, otras solamente tienden a rodear la celebración del sacrificio de más respeto. Entre ellas están las rúbricas que ordenan al sacerdote acercarse al altar con los ojos bajos y con un caminar grave, poner la mano izquierda sobre el pecho cuando se signa, etc..
2. Otras ceremonias son, por su misma naturaleza, actos de culto y la expresión de pensamientos y afectos religiosos. Entre éstas tenemos las diversas posiciones del cuerpo y de los miembros, como las genuflexiones, los golpes de pecho, las inclinaciones del cuerpo y de la cabeza. Estos gestos del cuerpo son signos exteriores que expresan la devoción del corazón, la adoración, la humildad, el arrepentimiento, la oración, la confianza. Estos gestos manifiestan en el exterior lo que ya hay en el corazón, pero al mismo tiempo hacen crecer en nuestro interior esos afectos.
3. Un tercer grupo de ceremonias tiene por fin especial una significación simbólica, moral o mística. Están destinadas a recordarnos los misterios de la fe y de la vida cristiana. A este grupo pertenecen la mezcla del vino con el agua, el lavado de las manos en el ofertorio, la extensión de las manos sobre el pan y el vino antes de la consagración.
Finalmente, no debemos omitir en la ceremonias el fin sacramental, que consiste en producir ciertos efectos sobrenaturales y en obtener numerosas gracias.
Origen de las ceremonias. Las ceremonias católicas no son restos de usos judíos o paganos, sino prescripciones apostólicas y eclesiásticas, formas del culto inspiradas y penetradas de un espíritu más elevado. En el altar el sacerdote debe rendir a Dios, en nombre de la Iglesia, un culto interior lo más perfecto posible, por los actos de fe, esperanza y caridad y de todas las virtudes morales; y además un culto exterior por las inclinaciones, genuflexiones, el beso del altar y un sinnúmero de otras ceremonias.

“MI CORAZÓN ESTARÁ ALLÍ TODOS LOS DÍAS”

Deseaba San Pablo que los habitantes de Efeso conocieran, por la gracia de Dios Padre, de quien procede todo don, la incomparable ciencia de la caridad de Jesucristo para con el hombre. Nada podría desearles más santo, más hermoso ni más importante. Conocer el amor de Jesucristo y estar llenos de él es el reino de Dios en el hombre. Estos son precisamente los frutos de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que vive y nos ama en el Santísimo Sacramento. Esta devoción es el culto supremo del amor. Es el alma y el centro de toda la religión, porque la religión no es otra cosa que la ley, la virtud y la perfección del amor, y el Sagrado Corazón de Jesús contiene la gracia y es el modelo y la vida de este amor. Estudiemos tal amor delante de ese foco en el cual está ardiendo por nosotros.
La devoción al Sagrado Corazón tiene un doble objeto: propónese, en primer lugar, honrar por medio de la adoración y del culto público, el corazón de carne de Jesucristo, y, en segundo lugar, tiende a honrar aquel amor infinito que nos ha tenido desde su creación y que todavía está consumiéndole por nosotros en el Sacramento de nuestros altares.
De todos los órganos del cuerpo humano el corazón es el más noble. Hállase colocado en medio del cuerpo como un rey en medio de sus estados. Está rodeado de los miembros más principales, que son como sus ministros y oficiales, él los mueve y les imprime actividad, comunicándoles el calor vital que en él hay acumulado y reservado. Es la fuente de donde emana la sangre por todas las partes del organismo, regándolas y refrescándolas, Esta sangre, debilitada por la pérdida de principios vitales, vuelve desde las extremidades al corazón para renovar su calor y recobrar nuevos elementos de vida.
Lo que es verdad, tratándose del corazón humano en general, lo es también verdad tratándose del Corazón de Jesús. Es la parte más noble del cuerpo del Hombre-Dios unido hipostáticamente al Verbo, por lo cual merece el culto supremo de adoración que se debe a Dios solo. Es necesario notar que en nuestra veneración no debemos separar el Corazón de Jesús de la divinidad del Hombre-Dios; está unido al la divinidad por indisolubles lazos, y el culto que tributamos al Corazón no termina en él, sino que pasa a la Persona adorable que le posee y a la cual está unido para siempre.
De aquí se sigue que pueden dirigirse a este Corazón divino las oraciones, los homenajes y las adoraciones que dirigimos al mismo Dios. Están equivocados todos aquéllos que al oír estas palabras “Corazón de Jesús”, piensan únicamente en este órgano material, considerando el Corazón de Jesús como un miembro sin vida y sin amor, poco más o menos como se haría tratándose de una santa reliquia; se equivocan también aquéllos que juzgan que esta devoción divide la persona de Jesucristo, restringiendo a1 corazón sólo el culto que debe tributarse a toda la Persona. Estos no se fijan en que, al honrar el Corazón de Jesús no suprimimos lo restante del compuesto divino del Hombre-Dios, ya que al honrar a su Corazón lo que en realidad pretendemos es celebrar todas las acciones, la vida entera de Jesucristo que no es otra cosa que la difusión de su Corazón al exterior.
El Corazón de Jesús vive en la Eucaristía, supuesto que su cuerpo está allí vivo. Es verdad que este Corazón divino no está allí de un modo sensible, ni se le puede ver, pero lo, mismo ocurre con todos los hombres. Este principio de vida conviene que sea misterioso, que esté oculto: descubrirlo sería matarlo; sólo se conoce su existencia por los efectos que produce. El hombre no pretende ver el corazón de un amigo, le basta una palabra para cerciorarse de su amor. ¿Qué diremos del Corazón divino de Jesús? El se nos manifiesta por los sentimientos que nos inspira, y esto debe bastarnos. Por otra parte, ¿quién sería capaz de contemplar la belleza y la bondad de este Corazón? ¿Quién podría tolerar el esplendor de su gloria ni soportar la intensidad del fuego devorador de su amor, capaz de consumirlo todo? ¿Quién se atrevería a dirigir su mirada a esa arca divina, en la cual está escrito con letras de fuego su Evangelio de amor, en donde se hallan glorificadas todas sus virtudes, donde su amor tiene su trono y su bondad guarda todos sus tesoros? ¿Quién querría penetrar en el propio santuario de la divinidad? ¡El Corazón de Jesús! ¡Es el cielo de los cielos, habitado por el mismo Dios, en el cual encuentra todas sus delicias! ¡No, no vemos el Corazón eucarístico de Jesús; pero lo poseemos…! ¡Es nuestro!

"Obras Eucarísticas de San Pedro Julián de Eymard"

VASOS Y LIEZOS SAGRADOS

EL CÁLIZ Y LA PATENA. Entre todos los vasos sagrados destinados al santo sacrificio el cáliz y la patena ocupan el primer lugar: en el cáliz se consagra la sangre infinitamente preciosa de Jesucristo, y sobre la patena es colocado su cuerpo adorable. Ambos deben ser consagrados para poder ser utilizados en la celebración de la misa.
Consagración. Es con razón que el obispo unge con el santo crisma el cáliz y la patena: esta mezcla de bálsamo y aceite de oliva es el símbolo de la gracia del Espíritu Santo, que ilumina, cura, consuela y fortalece. Y Jesús fue “ungido con el aceite de la alegría más que todos los que tienen parte con Él” (Sal. 44, 8). De las llagas de la víctima eucarística se derraman todos los perfumes de la gracia: la expiación, la misericordia, la paz y la alegría en el Espíritu Santo.
El simbolismo. La significación mística de los vasos sagrados se toma principalmente de su consagración y de su empleo.
El cáliz recuerda el cáliz sagrado (calix sacratus) de Melquisedec, que Dios inundó de gracias. También es la imagen del corazón divino de Jesús: ese corazón es, en efecto, el lugar de donde brotaba la sangre de nuestra redención.
Cuando la hostia es depositada sobre la patena, ésta recuerda al árbol de la cruz sobre el cual Nuestro Señor quiso ser inmolado. Por su forma la patena es también el símbolo del corazón que se abre y se dilata bajo la influencia del amor divino, con el cual el sacerdote y los fieles deben acercarse al Cordero eucarístico y recibirlo.
El cáliz y la patena reunidos representan, en fin, el sepulcro en el cual reposó el cuerpo de Nuestro Señor, pues la Iglesia pide a Dios que esos vasos sagrados, por la gracia del Espíritu Santo, se conviertan en un nuevo sepulcro para el cuerpo y la sangre del Señor.
El oro. Motivos simbólicos recomiendan el uso del oro para los vasos sagrados. El oro, el más noble y precioso de todos los meta-les, es el emblema de lo que hay de más elevado en un orden superior, es decir de lo celeste y divino (Cant. 5, 11; Apoc. 30, 18). Sobre el altar el oro representa el carácter sobrenatural, la grandeza divina y la excelencia del sacrificio. El oro también recuerda la sabiduría celeste y la caridad con al que Cristo se inmola en el altar.

EL CORPORAL. El accesorio del cáliz más importante después de la patena es el corporal, sobre el cual son colocados el cuerpo y la sangre del Señor, luego la palia que sirve para cubrir el cáliz.
Simbolismo. El corporal de lino, sobre el cual reposa el cuerpo de Jesucristo, nos representa los paños del Niño Jesús en el pesebre y la síndone que recibió el cuerpo de Nuestro Señor. En la bendición del corporal y de la palia la Iglesia hace alusión a esto último y pide a Dios, por la gracia del Espíritu Santo, que puedan convertirse en un nuevo sudario para el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor.
Estos lienzos, hechos de una tela blanca y muy fina, son además el símbolo del cuerpo purísimo de Jesucristo en su encarnación, su pasión y su gloria. La tela se fabrica con productos de la tierra y exige grandes trabajos para su confección y blanqueo. Así también el Hijo de Dios tomó su cuerpo del seno virginal e inmaculado de María, como de una tierra virgen y sin mancha, y llegó a la gloria de su resurrección después de muchos trabajos y su muerte. La vista de estos lienzos es, pues, bien apropiada para despertar en nosotros el recuerdo del cuerpo de Jesús, en algún tiempo pasible y mortal, ahora transfigurado e inmortal.
Otro simbolismo general. El simbolismo de los cuatro elementos señalados anteriormente puede ser expuesto de un modo un poco diferente: el cáliz es el sepulcro, la patena la piedra que lo sellaba, el corporal el lienzo que envolvía el cuerpo de Nuestro Señor, y la palia el sudario que cubría su rostro.

LOS ORNAMENTOS SAGRADOS: EL AMITO

Simbolismo litúrgico. En el sentido moral, los ornamentos sagrados designan diversas virtudes con las cuales debe revestirse el sacerdote, según el modelo invisible, Jesucristo, cuyo lugar ocupa en el altar. Esta significación es a menudo expresada por la liturgia en diferentes oraciones. Más adelante expondremos en detalle el significado para los seis ornamentos sacerdotales de la Misa: el amito, el alba, el cíngulo, el manípulo, la estola, la casulla.
Descripción. El amito es la primer vestidura que se coloca el sacerdote. Es un pedazo de tela que cubre primero la cabeza, luego el cuello y los hombros. Está en uso desde el siglo VIII, hasta entonces, al parecer, se celebraba la misa con el cuello descubierto.
Simbolismo litúrgico. El amito representa el casco de salvación (galea salutis). Esta expresión está tomada de la Sagrada Escritura; la utiliza el apóstol San Pablo (Efes. 6, 17; 1 Tes. 5, 8). Este casco protector es un símbolo de la esperanza cristiana. La viva esperanza de los bienes que Dios nos ha ganado y prometido es una poderosa arma contra nuestro adversario, el demonio.
La esperanza. Verdaderamente es así. “Aquellos que esperan en Dios renovarán sus fuerzas, tomarán alas como el águila, correrán si fatigarse, avanzarán sin descanso” (Is. 40, 31). Estas palabras del profeta son el más bello canto de triunfo de la esperanza. Una mirada al cielo, la espera de una vida mejor, la confianza en la sangre de Jesucristo, en una palabra, la verdadera esperanza cristiana eleva el alma por encima de todo lo que es terrestre, de todo lo que pasa, llena el corazón con las delicias celestes, fortalece e inflama la voluntad permitiéndole resistir valerosamente a las tentaciones. La esperanza de esta herencia incorruptible, sin mancha, que nos es conservada en los cielos, es para nosotros un ancla sólida y segura en la corriente de la vida, nos mantiene fijos ante los ojos el fin celestial al que debemos tender para la eternidad.
La voz y el silencio. El amito también desde el origen, tuvo el fin de cubrir el cuello para conservar la voz pura para contar conveniente-mente las alabanzas de Dios. La Iglesia toma hoy ese motivo con una significación más elevada: considera al amito, en segundo lugar, como un símbolo de la discreción de la lengua (castigatio vocis), lo que comprende la mortificación de todos los otros sentidos, exteriores e interiores. En la ordenación al subdiaconado, el obispo dice al orde-nando: “Recibe el amito, que designa la reserva de la voz.” Revistién-dose con este ornamento el sacerdote es advertido de tomar esta resolución: “Custodiaré mis caminos, para no pecar con mi lengua” (Sal. 38, 2). En efecto si no queremos pecar con la lengua debemos cuidar todos nuestros caminos, es decir ordenar y regular toda nuestra conducta, nuestra vida interior y exterior por la mortificación, pues la boca habla de la abundancia del corazón (Mat. 12, 34). La palabra es el eco, la expresión de la vida oculta del alma: solo aquél que puede dominar completamente su interior puede dominar su lengua. El apóstol Santiago considera la vigilancia y el freno de la lengua no solo como algo muy difícil sino como un signo de santidad: “Aquél que no peca con la lengua es un hombre perfecto” (Sant. 3, 2).
La esperanza y el silencio. Las dos significaciones se complementan mutuamente, se unen como el fin y los medios. Ambas están incluidas en las palabras del profeta sobre el hombre que teme a Dios: “Habita solitario y se calla, para elevarse por encima de sí mismo y de las cosas creadas” (Tren. 3, 28). La vida interior calma, silenciosa y mortificada dispone al alma para el olvido del mundo exterior, a elevar por la esperanza su corazón y sus sentidos hacia las cosas y los deseos celestiales. Para celebrar dignamente el santo sacrificio es necesaria un alma que no esté sumergida en las cosas de la tierra, un alma que no esté distraída y dispersa sobre toda clase de objetos, sino recogida en Dios y en ella misma. Por tanto, cuando el sacerdote se ha colocado el amito sobre la cabeza, debe cerrar su corazón a las cosas extrañas y terrestres, permanecer en un silencio religioso y en un recogimiento profundo, vigilar con cuidado sobre sus ojos, aproximarse al altar con piedad y reverencia para llevar a cabo los santos misterios.

EL AUTOR DE LA PAZ

Sólo Jesucristo tiene la paz en Sí mismo y es llamado “Príncipe de la Paz” (Is. 9, 6), porque es Dios y Dios es inalterable e inmutable. Él tiene la paz y la da a los demás, como la daba a los Apóstoles cuando los saludaba después de su Resurrección: «La paz sea con vosotros». Y, esta paz, ordena a sus Apóstoles la den a los cristianos: «Al entrar en una casa saludad diciendo: la paz sea en esta casa; si la casa la merece, vendrá vuestra paz a ella, mas si no la merece, vuestra paz volverá a vosotros» (Mt. 10, 12-13).
La paz de Cristo no es la paz del mundo. «La paz os dejo, mi paz os doy, no como la da el mundo os la doy» (Jo. 14, 27). La paz de Cristo, repitamos una vez más, es: tranquilidad de la mente, bonanza de las pasiones, templanza de las ansias, placidez en las adversidades, mansedumbre ante los enemigos y reposo eterno del alma. Esta paz es fuente de felicidad en esta vida. La Iglesia nos hace pedirla al Espíritu Santo: «Alejad de nosotros al enemigo y dadnos pronto la paz, para que previamente guiados por Vos, evitemos todo lo que es nocivo». (Veni Creator).
Esta paz es la que nos recomienda S. Pablo (II Cor. 13, 11): «Vivid en paz, y el Dios de la paz y del amor estará con vosotros». Y esta paz nos la da el sacerdote en la Santa Misa, cuando teniendo en sus dedos al mismo Jesucristo, dice haciendo tres cruces sobre el cáliz: «La paz del Señor sea siempre con vosotros». Nadie más puede damos esta paz, porque nadie la tiene.
«El bien de la paz es tan grande –dice S. Agustín (De Civ. Dei, 19, 11)– que aún en las cosas terrenas y mortales no puede oírse nada más grato, no puede anhelarse nada más deseable, y finalmente, no puede hallarse nada mejor». La paz, realmente, «sobrepuja todo sentido y guarda nuestros corazones y nuestras inteligencias en Cristo Jesús» (Fil. 4, 7). Cuando nació Jesús en Belén los ángeles no supieron cantar otro cántico que «Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad» (Lc. 2, 14). (*)
Ahora bien, esta paz, Dios la ha puesto en manos de María, su divina Madre. Cuando el hombre se acerca a Ella (en Lourdes, Fátima, etc.) siente la paz en su alma. Así como Jesucristo es el “Príncipe de la paz”, también la Virgen María tiene el mismo título. En el Cantar de los Cantares, 7, 1, –donde Ella es figurada– se lee: «¡Detente, detente, Sulamita, detente, detente para que te admiremos». Se la llama Sulamita, que quiere decir “Princesa de la paz”.
El 5 de Mayo de 1917, durante la Iª Guerra Mundial, Benedicto XV escribió al Card. Gasparri: «Queremos que en esta hora espantosa se vuelva más que nunca hacia la Madre de Dios el vivo y confiado ruego de sus hijos muy afligidos [...] A este fin ordenamos que a partir del 1º de Junio próximo, quede definitivamente introducida en las Letanías de la Sma. Virgen la invocación Regina Pacis, ora pro nobis (Reina de la Paz, ruega por nosotros)». Desde entonces la rezamos los católicos.
No se hizo esperar la contestación de la Virgen María a este ruego, pues el mismo mes (13 de mayo de 1917) se aparecía en Fátima anunciando la paz.
Terminemos con la la oración que el sacerdote reza en la Santa Misa antes de comulgar: « Señor mío Jesucristo, que dijiste a tus Apóstoles “La paz os dejo, mi paz os doy”; no mires mis pecados, sino la fe de tu Iglesia, y dígnate pacificarla y unirla según tu voluntad; Tú que vives y reinas, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén».

LA TRISTEZA - San Francisco de Sales

Dice san Pablo: "La tristeza que es según Dios obra la penitencia para la salvación; la tristeza del mundo obra la muerte." Luego la tristeza puede ser buena o mala, según sean los diversos frutos que causa en nosotros. Es cierto que son más los frutos malos que los buenos, porque los buenos sólo son dos: misericordia y penitencia, y los malos, en cambio, son seis: angustia, pereza, indignación, celos, envidia e impaciencia; lo cual hace decir al Sabio: "La tristeza es la muerte de muchos y, en ella no hay provecho alguno", porque por dos buenos riachuelos que manan de la fuente de la tristeza, hay seis que son muy malos.
El enemigo se vale de la tristeza para ocasionar tentaciones a los buenos; porque así como procura que los malos se alegren en sus pecados, así también procura que los buenos se entristezcan en sus buenas obras; y así como no puede inducir al mal si no es haciéndolo agradable, de la misma manera no puede apartar del bien si no es haciéndolo desagradable. El maligno se complace en la tristeza y en la melancolía, porque él está triste y melancólico, y lo estará eternamente; por lo que quiere que todos estén como él.
La tristeza mala perturba el alma, la inquieta, infunde temores excesivos, hace perder el gusto por la oración, adormece y agota el cerebro, priva al alma del consejo, de la resolución, del juicio, del valor y abate las fuerzas; en una palabra, es como un invierno crudo que priva a la tierra de toda su belleza y acobarda a los animales, porque quita toda suavidad al alma y la paraliza y hace impotente en todas sus facultades.
Filotea, si alguna vez te acontece que te sientes atacada de esta tristeza, practica los siguientes remedios: "Si alguno está triste -dice Santiago-, que ore": la oración es el más excelente remedio, porque eleva el espíritu a Dios, que es nuestro único gozo y consuelo. Mas, al orar, hemos de excitar afectos y pronunciar palabras, ya interiores ya exteriores, que muevan a la confianza y al amor de Dios, como: "¡Oh Dios de misericordia! ¡Dios mío bondadosísimo! ¡Salvador de bondad! ¡Dios de mi corazón! ¡Mi gozo, mi esperanza, mi amado esposo, bienamado de mi alma!", y otras semejantes.
Esfuérzate en contrariar vivamente las inclinaciones de la tristeza, y aunque te parezca que en este estado todo lo haces con frialdad, pena y cansancio, no dejes, empero, de hacerlo; porque el enemigo, que pretende hacernos aflojar en nuestras buenas obras mediante la tristeza, al ver que a pesar de ella no dejamos de hacerlas, y que haciéndolas con resistencia tienen más valor, cesa entonces de afligirnos.
Canta himnos espirituales, porque el maligno ha desistido, a veces, de sus ataques merced a este medio, como lo atestigua el espíritu que asaltaba o se apoderaba de Saúl, cuya vehemencia cedía ante la salmodia.
Es muy buena cosa ocuparse en obras exteriores, y variarlas cuanto sea posible, para distraer el alma del objeto triste, purificar y enfervorizar el corazón, pues la tristeza es una pasión de suyo fría y árida.
Haz actos exteriores de fervor, aunque sea sin gusto, como abrazar el crucifijo, estrecharlo contra el pecho, besarle las manos y los pies, levantar los ojos al cielo, elevar la voz hacía Dios con palabras de amor y de confianza, como éstas: "Mi amado para mí y yo para Él. Como manojito de mirra es mi Amado para mí. Él reposará sobre mi pecho. Mis ojos se derriten por Ti, ¡oh Dios mío!, diciendo: ¿Cuándo me consolarás? ¡Oh Jesús! Seas para mí Jesús; viva Jesús, y vivirá mi alma. ¿Quién me separará del amor de mi Dios?", y otras semejantes.
La disciplina moderada es buen remedio contra la tristeza, porque esta voluntaria aflicción exterior impetra el consuelo interior, y el alma al sentir los dolores de fuera, se distrae de los de dentro. La frecuencia de la Sagrada Comunión es excelente, porque este pan celestial robustece el corazón y regocija el espíritu.
Descubre todos los sentimientos, afectos y sugestiones que nacen de la tristeza a tu director y a tu confesor, con humildad y fidelidad; busca el trato de personas espirituales, y conversa con ellas, cuanto puedas, durante este tiempo. Y principalmente, resígnate en las manos de Dios, disponiéndote a padecer esta enojosa tristeza con paciencia, como un justo castigo a tus vanas alegrías, y no dudes que Dios, después de haberte probado, te librará de este mal.

EL ALTAR

Historia. El altar es el lugar inmediato donde es ofrecido el santo sacrificio. Debe siempre estar consagrado. Estando tan unido a la acción del sacrificio aparece en la historia antes que el templo. Solo donde ya no hay sacrificio deja de hablarse del altar.
El primer altar, el más venerable de todos, aquél sobre el cual Nuestro Señor instituyó la Eucaristía fue una mesa de madera. San Pedro también celebró el santo sacrificio sobre una mesa de made-ra, y solo el sucesor de Pedro puede celebrar sobre ese altar.
En las catacumbas, en general, la tumba de un mártir recubierta con una piedra servía de altar para la celebración de los santos mis-terios. En los primeros siglos, pues, los altares fueron de madera o de piedra, con forma de mesa o de tumba.
Las partes del altar. En el altar fijo se deben considerar tres cosas: la mesa (tabula, mensa), su soporte (stipes, basis, titulus), el sepulcro de las santas reliquias (sepulchrum).
La mesa no puede estar conformada de varios pedazos unidos, sino que debe ser hecha de una piedra única, entera; de otro modo no podría ser consagrada. Símbolo de Nuestro Señor Jesucristo, la piedra angular, y en razón de su elevado destino, la piedra del altar debe poseer, no solo la solidez, sino también la unidad. El soporte del altar, sobre el cual está fijada la mesa, puede estar compuesto de columnas o pilares, lo cual da al altar una apariencia de mesa; o de piedra maciza, lo cual le da al altar apariencia de sarcófago.
El simbolismo. Las oraciones litúrgicas de la consagración del altar nos presentan varias alusiones al Santo de los Santos, a la piedra de Jacob, al lugar que Abel regó con su sangre, a aquella piedra en la cual Isaac debía ser inmolado, al altar del sacrificio de Melquisedec.
El altar es también la figura de la mesa sagrada sobre la cual Jesucristo instituyó la santa Eucaristía, y del sepulcro cavado en la roca donde fue depositado su cuerpo inanimado. Recuerda el instrumento del sacrificio de Jesucristo, la Cruz, donde en la plenitud de los tiempos fue hecha nuestra Redención. El altar, provisto del crucifijo, es un calvario místico, sobre el cual se renueva de una manera misteriosa el sacrificio de la Cruz.
El altar cristiano, sede del cuerpo y de la sangre de Jesucristo, es una imagen del trono celeste sobre el cual reposa el Cordero de Dios, del altar de los cielos bajo el cual los que sufrieron la muerte por amor de Dios esperan su glorificación perfecta (Apoc. 6, 9).
En fin, y sobre todo, el altar es la figura del Hombre-Dios mismo. Símbolo de Jesucristo y de su sacerdocio eterno, el altar debe ser de piedra, para recordar la piedra viva y fundamental sobre la cual se eleva la Iglesia.
Como los muros de piedra rodean al altar, así los fieles, piedras vivas, llenas y animadas por el Espíritu de Dios y su gracia, deben cerrarse siempre más estrechamente alrededor de Nuestro Señor, piedra angular y fuente de vida. Deben elevarse como un edificio destinado al servicio de Dios, para que, fundados cada día más sólidamente sobre Jesucristo, suban de virtud en virtud hasta la felicidad del cielo, donde la fe se transforma en visión.
La significación moral del altar está plenamente justificada. El cristiano, santificado por el bautismo, es el templo de Dios, la morada del Espíritu Santo, una iglesia espiritual. Su corazón es, pues, simbolizado por el altar material y considerado como un altar espiritual, sobre el cual debemos inmolar continuamente nuestras con-cupiscencias e inclinaciones terrenas, y ofrecer a Dios oraciones llenas de amor, santas resoluciones y buenas obras. Sobre este altar consagramos a Dios el oro de la caridad, el incienso del fervor, la mirra de la mortificación.
Los manteles del altar. El altar debe estar cubierto por tres manteles de tela, blancos y limpios, que son bendecidos por el obispo. El uso de dichos manteles se remonta probablemente a los tiempos apostólicos. Tiene por fin proveer a la limpieza del altar, evitar toda profanación de la preciosísima sangre si ésta llegara a derramarse, y representar los lienzos con que cubrieron a Nuestro Señor, junto con perfumes, etc. cuando fue descendido de la cruz.
Los manteles son también la figura del Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir de los fieles, que acompañan a Nuestro Señor, representado por el altar, según la palabra del salmista: “El Señor reina, está revestido de honor” (Sal. 92, 1). Se puede ver en los tres manteles una alusión a las tres partes del Cuerpo místico de Nuestro Señor: la Iglesia triunfante, la militante y la purgante.
La blancura de estos lienzos se corresponde muy bien con su significación. Según la Sagrada Escritura el byssus, lino muy fino de brillante blancura, designa la justicia de los santos (Apoc. 19, 8). Es la figura de la pureza de corazón y de la inocencia de la vida, que solamente pueden ser obtenidas por la oración, la vigilancia y la mortificación.

LOS ORNAMENTOS SACERDOTALES

Importancia. En el Antiguo Testamento, sombra débil de las maravillas y misterios del Nuevo, Dios había prescripto ornamentos tan ricos y bellos para las ceremonias del culto “para que Aarón y sus hijos se cubriesen con ellos para acercarse del altar y servir en el santuario y que no murieran a causa de su pecado” (Éxod. 28, 43). Con mayor razón quiere Dios que la Iglesia, su Esposa amada, se presente en el altar con el atuendo más bello. Pues allí ella celebra el augusto sacrificio que le da, en el exilio de la tierra, un anticipo de las alegrías y delicias del banquete nupcial que gustará eternamente con el Cordero en la patria celeste.
Necesidad. Para el sentimiento cristiano sería, a primera vista, un crimen contra los divinos misterios celebrar el santo sacrificio con ropa ordinaria. La majestad de la acción eucarística, el respeto por el divino sacramento exige vestimentas particulares para la celebración de la Misa. El concilio de Trento declara que se trata de prescripciones y la tradición de los apóstoles.
Historia. En los primeros tiempos del cristianismo, es decir cuando todavía vivían los apóstoles y sus inmediatos sucesores, la forma de los ornamentos sagrados no difería o difería muy poco de las vestimentas de la vida común. Sin embargo, los vestidos sagrados se distinguían de los vestidos profanos, ya que eran de materiales más preciosos y eran destinados especialmente a la celebración de los sagrados misterios y solamente se utilizaban para ese fin. En general se conservaron las formas antiguas hasta los siglos XVI y XVII. Entonces se perdió mucho el respecto por la tradición, la viva inteligencia del fin litúrgico y del simbolismo de los ornamentos sagrados.
Bendición. Todos los ornamentos litúrgicos del celebrante, incluso el cíngulo, deben ser bendecidos antes de ser utilizados. Esta bendición data de los primeros siglos, y es obligatoria.
Simbolismo. En el culto divino nada es puramente exterior, todo es imagen y signo, todo es espíritu y vida. La Iglesia se esfuerza por transfigurar, espiritualizar las cosas materiales mediante relaciones más elevadas a los sentidos, para dirigir en todo la inteligencia de los fieles hacia lo invisible, divino y eterno.
Sucede de esta forma con los ornamentos sagrados, tienen el alcance y el valor de símbolos. En efecto, no se relacionan tan solo de una manera general a la majestad del sacrificio divino, sino que expresan diversos misterios apropiados para alimentar la piedad de los fieles.
El sacrificio eucarístico es la representación viva, la renovación misteriosa del sacrificio de la cruz. Por este motivo, se relacionan los ornamentos sagrados con los vestidos que usó Nuestro Señor durante su pasión, o con los instrumentos que sirvieron para torturarlo o hacerlo objeto de burlas.
Simbolismo general. El sentido alegórico de los ornamentos (es decir su referencia a la Pasión de Nuestro Señor) no se encuentra expresado en la liturgia, sino que se encuentra en los diversos autores litúrgicos y ascéticos, discrepando unos de otros a menudo. La explicación más generalmente adoptada es la siguiente. El amito puede significar la venda que cubrió el rostro de Nuestro Señor cuando los judíos lo abofeteaban diciéndole que profetizara quién lo había golpeado. El alba representa la vestidura blanca con que Herodes hizo revestir a Nuestro Señor para librarlo a las burlas de su corte. El cíngulo es la imagen de las cuerdas con que Nuestro Señor fue atado en el Jardín de los Olivos por los soldados, con las cuales fue también atado a la columna para ser flagelado, y de los látigos que desgarraron su carne durante la flagelación. El manípulo de las cadenas con que ligaron las manos de Nuestro Señor como si fuera un malhechor. La estola nos recuerda el pesado madero de la cruz que Nuestro Señor llevó voluntariamente hasta el calvario. La casulla es el símbolo del manto púrpura con que los verdugos de Jesús lo cubrieron después de su coronación de espinas.
Considerados de este modo, los ornamentos sacerdotales nos muestran como, en su camino hacia la gloria, el Salvador bebió el agua del torrente (Sal. 109, 7), es decir vació el cáliz de los sufrimientos y humillaciones. Contemplando esos hábitos sacerdotales debemos reavivar en nosotros los sentimientos más ardientes de amor, compasión, arrepentimiento y esperanza.
Simbolismo litúrgico. En el sentido moral, los ornamentos sagrados designan diversas virtudes con las cuales debe revestirse el sacerdote, según el modelo invisible, Jesucristo, cuyo lugar ocupa en el altar. Esta significación es a menudo expresada por la liturgia en diferentes oraciones. Más adelante expondremos en detalle el significado para los seis ornamentos sacerdotales de la Misa: el amito, el alba, el cíngulo, el manípulo, la estola, la casulla.

lunes, 9 de febrero de 2009

LA VIDA DE JESUCRISTO EN NOSOTROS - San Pedro Julián de Eymard

"Jesucristo vuestra vida". (Ep. a los Colosenses).
Es preciso que vivamos de la Eucaristía. Y como la Eucaristía es amor, tenemos que perfeccionar nuestro amor. Hay que renovar a diario el fuego para inflamarse uno a sí mismo. Nos hace falta fortalecer el amor en nosotros mismos antes de difundirlo afuera con las obras exteriores. Puesto que tan a menudo recibimos al amor encarnado, todo nuestra vida no debiera ser otra cosa que el desenvolvimiento y la expansión del amor. Quienquiera no se esfuerce en perfeccionarlo en su corazón no adelantará nunca. Sed de veras discípulos de Jesucristo, vivid de amor. Como el Espíritu Santo ha depositado en vuestros corazones el espíritu de amor, es menester amar con magnanimidad, generosa y soberanamente. Aunque Dios diversifica sus dones hasta el infinito, hay, con todo, algunas inclinaciones que se encuentran por igual en muchas almas a las que quiere Él santificar por un mismo camino. De ahí nacen las sociedades religiosas en que se juntan corazones dotados por Dios de iguales propensiones. En cuanto a vosotros que queréis santificaros por la Eucaristía, debéis vivir de la vida interior y del todo oculta que lleva Jesús en el santísimo Sacramento. La Eucaristía es fruto del amor de Jesucristo y el amor reside en el corazón. Para hacernos sentir esta verdad no se nos muestra Jesucristo; no percibimos su cuerpo ni gustamos su sangre, ni hay nada de sensible en la Eucaristía. Así quiere Jesús que vayamos hasta su amor, al fondo de su corazón.
Jesús practica en el santísimo Sacramento algunas virtudes de su vida mortal, pero de una manera invisible y del todo interior. Está en continua oración, contemplando incesantemente la gloria de su Padre y suplicándole por nosotros, para con esto enseñarnos que en la oración reside el secreto de la vida interior; que hay que cuidar de la raíz del árbol para recoger buenos frutos; que la vida exterior, tan estimada del mundo, no es otra cosa que flor estéril, si no va alimentada por la caridad que produce los frutos. Sed, por tanto, contemplativos de Jesús, si queréis lograr feliz éxito en vuestras obras. Los apóstoles se quejan de no tener tiempo bastante para orar y crean diáconos que los alivien en el ministerio exterior. Durante su vida pública Jesucristo se oculta a los ojos de la muchedumbre, se retira, se esconde para orar y contemplar; ¿cómo, pues, queremos nosotros llevar una vida puramente exterior? ¿Por ventura tenemos un fondo de gracias más rico, de fuerzas más sólidas para el bien que los apóstoles? ¿No es para nosotros el ejemplo de nuestro Señor? Toda piedad que no se nutre de oración, que no se recoge en su centro, que es Jesucristo, para reparar sus pérdidas y renovar la vida, flaquea y acaba por morir.
En vano andan los predicadores solícitos por predicar; su palabra será estéril en tanto no se alimente con la oración. He de decirlo: a la ausencia de esta vida de oración se debe este proverbio, repetido por los que van a un sermón: Vamos a recoger flores. No son flores lo que debéis llevar de nuestras predicaciones, sino frutos de virtud y de buenos deseos. Mas los frutos no se maduran sino en la oración, ni se recogen fuera de ella. Por eso, orad mucho por los ministros de la palabra de Dios, pero no pidáis para ellos más que una cosa: que sean varones de oración. Un alma que ora salva al mundo, unida como está a Jesucristo orando en el fondo del tabernáculo.
Todas las virtudes proceden de Dios, y de la Eucaristía sobre todo se complace Jesucristo en hacerlas bajar sobre nuestras almas como torrentes de gracia mediante los ejemplos que en ella nos da. Pero estos ejemplos debemos nosotros verlos, estar atentos a ellos, estudiarlos, asimilárnoslos.
¿Dónde podremos aficionarnos más a la humildad que a los pies de la sagrada Hostia? ¿Dónde encontrar más hermosos ejemplos de silencio, de paciencia y de mansedumbre?
Exteriormente, Jesucristo no practica en el santísimo Sacramento aquellas grandes virtudes de su vida mortal; su sabiduría no proclama ya sus divinas sentencias; de su poderío y de su gloria ya nada aparece; su vida eucarística consiste en ser Jesús pobre, pequeñuelo, sencillo. Pobreza mansedumbre, paciencia, he ahí lo que muestra; ¡y qué atención más delicada por su parte! Las grandes ocasiones de practicar virtudes heróicas son raras en la vida y nos falta valor para sacar provecho de las mismas. ¿Habremos, pues, de desesperar y abandonaremos la vida de piedad so pretexto de que nada podemos hacer por Dios? En la vida eucarística, en que nos enseña que la santidad se ejercita sobre todo en las pequeñas ocasiones, ha puesto Jesús el remedio contra esta tentación. Su anonadamiento, así como la ausencia de la vida exterior, nos enseñan que lo que hay de más perfecto es la vida interior, compuesta por entero de actos de corazón, de ímpetus de amor y de unión a sus intenciones. ¡Oh! Dios ama con predilección a los humildes, a los pequeñuelos que viven a sus pies bajo la celestial influencia de su corazón. Por lo demás, la vida de oración no excluye el celo por la salvación de las almas. El alma interior sabe trabajar sin dejar de estar recogida y sin que el recogimiento sea obstáculo para obrar exteriormente, así como Jesús se hace sentir sin que nuestros ojos le vean. El pecador que ora siente la dulzura de su Corazón; establécese entre Jesús y el alma una corriente que nadie ve, un diálogo que nadie oye; nadie distingue este obrar de Jesús en el fondo del corazón, pera ¡cuán real es, sin embargo! ¡Oh! Hagamos que nuestro amor y nuestro celo sean semejantes a los de Jesús, es decir, que sean del todo ocultos e interiores.
No deis por perdidos los momentos que pasáis al pie del altar, que, estando el grano sepultado en el surco, se declara su fecundidad; el trato eucarístico, he ahí la semilla de las virtudes. No faltan en nuestros días almas consagradas a toda suerte de obras de celo; se las ensalza mucho, a veces demasiado; pedid para que el fondo del corazón guarde proporción con el celo exterior; pedid que esas almas se nutran con la oración.
¡Ea!, que vuestras virtudes se vuelvan atrayentes y amables para el prójimo; revestíos para eso de la mansedumbre de Jesucristo, pues nada hay tan amable como la sencillez y el carecer de toda pretensión; todos bendicen la virtud que se oculta y no mete ruido; la paciencia que mana del corazón sin asomo de violencia, la caridad muy sencilla y como del todo natural; he ahí los frutos de la vida oculta, alimentada con la recepción de Jesucristo y con la contemplación de los ejemplos de la vida eucarística.

PENTECOSTÉS Y LA IGLESIA

El gran día que consuma la obra divina en el género humano ha brillado por fin sobre el mundo: "El día de Pentecostés –como dice San Lucas– ha cumplido" (Hechos 2, 1). Desde Pascua hemos visto deslizarse siete semanas; he aquí el día que le sigue y hace el número misterioso de cincuenta. Este día es domingo, consagrado al recuerdo de la Resurrección de Cristo; le va a ser impuesto su último carácter, y por él vamos a recibir la plenitud de Dios.
En el reino de las figuras del Antiguo Testamento, el Señor marcó ya la gloria del quincuagésimo día. Israel había tenido, bajo los auspicios del Cordero Pascual, su paso a través de las aguas del mar Rojo. Siete semanas se pasaron en ese desierto que debía conducir a la tierra de Promisión, y el día que sigue a las siete semanas fue aquél en que quedó sellada la alianza entre Dios y su pueblo. Pentecostés (día cincuenta) fue marcado por la promulgación de los diez mandamientos de la ley divina, y este gran recuerdo quedó en Israel con la conmemoración anual de tal acontecimiento. Pero así como la Pascua, también Pentecostés era profético: debía haber un segundo Pentecostés para todos los pueblos, como hubo una segunda Pascua para el rescate del género humano. Para el Hijo de Dios, vencedor de la muerte, la Pascua con todos sus triunfos; y para el Espíritu Santo, Pentecostés, que le vio entrar como legislador en el mundo puesto en adelante bajo la ley.
Pero, ¡qué diferencia entre las dos fiestas de Pentecostés! La primera, sobre los riscos salvajes de Arabia, entre truenos y relámpagos, intimando una ley grabada en dos tablas de piedra; la segunda en Jerusalén, sobre la cual no ha caído aún la maldición porque hasta ahora contiene las primicias del pueblo nuevo sobre el que debe ejercer su imperio el Espíritu de amor. En este segundo Pentecostés, el cielo no se ensombrece, no se oyen los estampidos de los rayos; los corazones de los hombres no están petrificados de espanto como a la falda del Sinaí, sino que laten bajo la impresión del arrepentimiento y acción de gracias. Se ha apoderado de ellos un fuego divino y este fuego abrasará la tierra entera. Jesús había dicho: "He venido a traer fuego a la tierra y ¡qué quiero sino que se encienda!" Ha llegado la hora, y el que en Dios es Amor, la llama eterna e increada, desciende del cielo para cumplir la intención misericordiosa del Emmanuel.
En este momento en que el recogimiento reina en el Cenáculo, Jerusalén está llena de peregrinos, llegados de todas las regiones de la gentilidad. Son judíos venidos para la fiesta de Pascua y de Pentecostés, de todos los lugares donde Israel ha ido a establecer sus sinagogas. Asia, África, Roma incluso, suministran todo este contingente. Mezclados con los judíos de pura raza, se ve a paganos a quienes cierto movimiento de piedad ha llevado a abrazar la ley de Moisés y sus prácticas; se les llama “prosélitos”. Este pueblo móvil que ha de dispensarse dentro de pocos días, y a quienes ha traído a Jerusalén sólo el deseo de cumplir la ley, representa, por la diversidad de idiomas, la confusión de Babel; pero los que le componen están menos influenciados de orgullo y de prejuicios que los habitantes de Judea. Advenedizos de ayer, no han conocido ni rechazado como estos últimos al Mesías, ni han blasfemado de sus obras, que daban testimonio de él. Si han gritado ante Pilatos con los otros judíos para pedir que el Justo sea crucificado, fue porque fueron arrastrados por el ascendiente de los sacerdotes y magistrados de esta Jerusalén, hacia la cual les había conducido su piedad y docilidad a la ley.
Pero ha llegado la hora, la hora de tercia, la hora predestinada por toda la eternidad, y el designio de las tres divinas personas, concebido y determinado antes de todos los tiempos, se declara y se cumple. Del mismo modo que el Padre envió a este mundo, a la hora de medianoche, para encarnarse en el seno de María a su propio Hijo, a quien engendra eternamente; así el Padre y el Hijo envían a la hora de tercia sobre la tierra el Espíritu Santo que procede de los dos, para cumplir en ella, hasta el fin de los tiempos, la misión de formar a la Iglesia esposa y dominio de Cristo, de asistirla y mantenerla y de salvar y santificar las almas.
De repente se oye un viento violento que venía del cielo; rugió fuera y llenó el Cenáculo con su soplo poderoso. Afuera congrega alrededor del edificio que está puesto en la montaña de Sión una turba de habitantes de Jerusalén y extranjeros; dentro, lo conmueve todo, agita a los ciento veinte discípulos del Salvador y muestra que nada le puede resistir. Jesús había dicho de Él: "Es un viento que sopla donde quiere y vosotros escucháis resonar su voz" (Juan 3, 8.); poder invisible que conmueve hasta los abismos, en las profundidades del mar, y lanza las olas hasta las nubes. En adelante este viento recorrerá la tierra en todos los sentidos, y nada puede sustraerse a su dominio.
Sin embargo, la santa asamblea que estaba completamente absorta en el éxtasis de la espera, conservó la misma actitud. Pasiva al esfuerzo del divino enviado, se abandona a él. Pero el soplo no ha sido más que una preparación para los que están dentro del Cenáculo, y a la vez una llamada para los de fuera. De pronto una lluvia silenciosa se extiende por el interior del edificio, lluvia de fuego, dice la Santa Iglesia, que arde sin quemar, que luce sin consumir; unas llamas en forma de lenguas de fuego se colocan sobre la cabeza de cada uno de los ciento veinte discípulos. Es el Espíritu divino que toma posesión de la asamblea en cada uno de sus miembros. La Iglesia ya no está sólo en María; está también en los ciento veinte discípulos. Todos ahora son del Espíritu Santo que ha descendido sobre ellos; se ha comenzado su reino, se ha proclamado y se preparan nuevas conquistas.
Pero admiremos el símbolo con que se obra esta revolución. El que no ha mucho se mostró en el Jordán en la hermosa forma de una paloma aparece ahora en la de fuego. En la esencia divina Él es amor; pero el amor no consiste sólo en la dulzura y la ternura, sino que es ardiente como el fuego. Ahora, pues, que el mundo está entregado al Espíritu Santo es necesario que arda, y este incendio no se apagará nunca. ¿Y por qué la forma de lenguas, sino porque la palabra será el medio de propaganda de este incendio divino? Estos ciento veinte discípulos hablarán del Hijo de Dios, hecho hombre y Redentor de todos, del Espíritu Santo que remueve las almas y del Padre celestial que las ama y las adopta; y su palabra será acogida por un gran número. Todos los que la reciban estarán unidos en una misma fe, y la reunión que formen se llamará Iglesia católica, universal, difundida por todos los tiempos y por todos los lugares. Jesús había dicho: "Id, enseñad a todas las naciones." El Espíritu trae del cielo a la tierra la lengua que hará resonar esta palabra y el amor de Dios y de los hombres que la ha de inspirar. Esta lengua y este amor se han difundido en los hombres, y con la ayuda del Espíritu, estos mismos hombres la transmitirán a otros hasta el fin de los siglos.
Sin embargo, parece que un obstáculo sale al paso a esta misión. Desde Babel el lenguaje humano se ha dividido y la palabra de un pueblo no se entiende en el otro. ¿Cómo, pues, la palabra puede ser instrumento de conquista de tantas naciones y cómo puede reunir en una familia tantas razas que se desconocen? No temáis: el Espíritu omnipotente ya lo ha previsto. En esa embriaguez sagrada que inspira a los ciento veinte discípulos les ha conferido el don de entender toda lengua y de hacerse entender ellos mismos. En este mismo instante, en un transporte sublime, tratan de hablar todos los idiomas de la tierra, y la lengua, como su oído, no sólo se prestan sin esfuerzo, sino con deleite a esta plenitud de la palabra que va a establecer de nuevo la comunión de los hombres entre sí. El Espíritu de amor hizo cesar en un momento la separación de Babel, y la fraternidad primitiva reaparece con la unidad de idioma.
¡Cuán hermosa apareces, Iglesia de Dios, al hacerte sensible por la acción divina del Espíritu Santo que obra en ti ilimitadamente! Tú nos recuerdas el magnífico espectáculo que ofrecía la tierra cuando el linaje humano no hablaba más que una sola lengua. Pero esta maravilla no se limitará al día de Pentecostés, ni se reducirá a la vida de aquellos en quienes aparece en este momento. Después de la predicación de los Apóstoles se irá extinguiendo, por no ser necesaria, la forma primera del prodigio; pero tu no cesarás de hablar todas las lenguas hasta el fin de los siglos, porque no te verás limitada a los confines de una sola nación, sino que habitarás todo el mundo. En todas partes se oirá confesar una misma fe en las diversas lenguas de cada nación, y de este modo el milagro de Pentecostés, renovado y transformado, te acompañará hasta el fin de los siglos y será una de tus características principales.


PASCENDI DOMINICI GREGIS - Carta encíclica de San Pío X sobre las doctrinas de los modernistas

8 de septiembre de 1907
(…)Pero es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de Nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de Nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio, es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricadores de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.
Hablamos, Venerables Hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aun más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en Filosofía y Teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del Catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aún la propia persona del divino Redentor.
(…) Ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros días el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas; y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia. Añádase que han aplicado el hacha, no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal, se empeñan en que circule el virus por todo el árbol y en tales proporciones, que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper. Y mientras persiguen por mil caminos su nefasto designio, su táctica es la más insidiosa y pérfida. Amalgamando en sus personas al racionalista y al católico, lo hacen con habilidad tan refinada, que fácilmente sorprenden a los incautos. Juntan a esto, y es lo más a propósito para engañar, una vida llena de actividad, constancia y ardor singulares hacia todo género de estudios, aspirando a granjearse la estimación pública por sus costumbres, con frecuencia intachables. Por fin, y esto parece quitar toda esperanza de remedio, sus doctrinas les han pervertido el alma de tal suerte, que desprecian toda autoridad y no soportan corrección alguna; y atrincherándose en una conciencia mentirosa, nada omiten para que se atribuya a celo sincero de la verdad lo que sólo es obra de la tenacidad y del orgullo. -A la verdad, Nos habíamos esperado que algún día volverían sobre sí, y por esa razón habíamos empleado con ellos primero la dulzura como con hijos, después la severidad y, por último, aunque muy contra Nuestra voluntad, las reprensiones públicas. Pero no ignoráis, Venerables Hermanos, la esterilidad de Nuestros esfuerzos: inclinaron un momento la cabeza, para erguirla en seguida con mayor orgullo. Ahora bien: si sólo se tratara de ellos, podríamos Nos tal vez disimular; pero se trata de la Religión católica y de su seguridad. Basta, pues, de silencio; prolongarlo sería un crimen. Tiempo es de arrancar la máscara a esos hombres y de mostrarlos a la Iglesia entera tales cuales son en realidad.
Desde luego, es bueno advertir que de esta doctrina se infiere la verdad de toda religión, sin exceptuar el paganismo. Pues qué, ¿no se encuentran en todas las religiones experiencias (de lo sagrado) ? Muchos lo afirman. Luego ¿con qué derecho los modernistas negarán la verdad de la experiencia que afirma el turco, y atribuirán sólo a los católicos las experiencias verdaderas? Aunque, cierto, no las niegan: más aún, los unos veladamente y los otros sin rebozo, tienen por verdaderas todas las religiones. (…)Lo que produce profundo estupor es que católicos, que sacerdotes a quienes horrorizan, según Nos queremos pensar, tales monstruosidades, se conduzcan, sin embargo, como si de lleno las aprobasen; pues tales son las alabanzas que prodigan a los mantenedores de esos errores, tales los honores que públicamente les tributan, que hacen creer fácilmente que lo que pretenden honrar no son las personas, merecedoras acaso de alguna consideración, sino más bien los errores que a las claras profesan y que se empeñan con todas veras en esparcir entre el vulgo.
Andan clamando que el régimen de la Iglesia se ha de reformar en todos sus aspectos, pero principalmente en el disciplinar y dogmático; y, por lo tanto, que se ha de armonizar interior y exteriormente con lo que llaman conciencia moderna, que íntegramente tiende a la democracia; por lo cual se debe conceder al clero inferior y a los mismos laicos cierta intervención en el gobierno, y se ha de repartir la autoridad, demasiado concentrada y centralizada. -Las Congregaciones romanas, deben asimismo reformarse, y principalmente las llamadas del Santo Oficio y del Índice. (…) Hay, por fin, algunos que, ateniéndose de buen grado a sus maestros protestantes, desean que se suprima en el sacerdocio el celibato sagrado. -¿Qué queda, pues, intacto en la Iglesia, que no deba ser reformado por ellos y conforme a sus opiniones?

DE LA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

Jesús es Mediador de justicia, María es Medianera de gracia; y, según enseñan San Bernardo, San Buenaventura, San Bernardino de Sena, San Germán, San Antonino y otros, es voluntad de Dios que por manos de María sean dispensadas todas las gracias y mercedes que su bondad quiere otorgarnos. En el divino acatamiento, los ruegos de los Santos son ruegos de amigos, pero los ruegos de María son ruegos de Madre. ¡Dichosos los que con entera confianza recurren sin cesar a esta Divina Madre! De todas las devociones, la más grata a Nuestra Señora es invocarla en todo tiempo diciéndole: ¡Oh, María! Rogad a Jesús por mí.

Así como Jesús es omnipotente por naturaleza, así lo es María por gracia; por lo cual, alcanza cuanto pide. Es imposible –escribe San Antonino– que la augusta Madre de Dios pida algo a su Hijo, en favor de sus devotos, y no sean atendidos sus ruegos. Gózase Jesús en honrar a su Madre no negándole nada de cuanto le pide.
Por eso nos exhorta San Bernardo a buscar la gracia, y a buscarla por medio de María; pues, siendo Madre, no puede quedar desairada: «Busquemos la gracia –dice el Santo Doctor–, pero busquémosla por mediación de María; porque María es Madre, y sus ruegos no pueden ser desatendidos. » Si queremos, pues, salvarnos, no cesemos de recurrir a María pidiéndole que interceda por nosotros, ya que sus ruegos todo lo alcanzan.

Compadeceos de mí, ¡oh, Madre de misericordia! ; y, pues hacéis gala de ser Abogada de los pecadores, socorred a un pecador que en Vos confía. Ni hay que recelar por ningún caso que la celestial Madre no despache favorablemente las súplicas que le dirigimos; porque cabalmente para alcanzarnos cuantas gracias deseáremos, complácese la benignísima Señora en ser tan poderosa ante de la Divina Majestad.
No hay más que pedir gracias a María, para conseguirlas: si de ellas somos indignos, la excelsa Reina con su omnipotente intercesión nos hace dignos, y tiene vivísimos deseos de que acudamos a Ella, para poder llevarnos al puerto de salvación. ¿Hubo jamás pecador que, habiendo acudido a María con confianza y perseverancia, se haya perdido? Sólo se pierde el que no invoca la protección de María.

¡Oh, María, Madre y esperanza mía! Bajo vuestro manto me refugio; no me desechéis, como lo tengo merecido. Miradme y compadeceos de mi miseria. Alcanzadme el perdón de mis pecados, la santa perseverancia, el amor de Dios, una buena muerte, ¡el cielo! De Vos lo espero todo, ya que sois todopoderosa ante Dios. Hacedme santo, pues está en vuestra mano. ¡Oh, María! Mirad que todo lo fío a Vos, en Vos tengo cifradas todas mis esperanzas.

San Alfonso María del Ligorio. "El camino de la Salvación".


LOS SANTOS Y EL ADVIENTO – VI

De los comentarios de San Agustín, Obispo, sobre los Salmos
Las promesas de Dios se nos conceden por su Hijo. Dios estableció el tiempo de sus promesas y el momento de su cumplimiento. El período de las promesas se extiende desde los profetas hasta Juan Bautista. El del cumplimiento, desde éste hasta el fin de los tiempos.
Fiel es Dios, que se ha constituido en deudor nuestro, no porque haya recibido nada de nosotros; sino por lo mucho que nos ha prometido. La promesa le pareció poco, incluso; por eso, quiso obligarse mediante escritura, haciéndonos, por decirlo así, un documento de sus promesas para que, cuando empezara a cumplir lo que prometió, viésemos en el escrito el orden sucesivo de su cumplimiento. El tiempo profético era, como he dicho muchas veces, el del anuncio de las promesas.
Prometió la salud eterna, la vida bienaventurada en la compañía eterna de los ángeles, la herencia inmarcesible, la gloria eterna, la dulzura de su rostro, la casa de su santidad en los cielos y la liberación del miedo a la muerte, gracias a la resurrección de los muertos. Esta última es como su promesa final, a la cual se enderezan todos nuestros esfuerzos y que, una vez alcanzada, hará que no deseemos ni busquemos ya cosa alguna. Pero tampoco silenció en qué orden va a suceder todo lo relativo al final, sino que lo ha anunciado y prometido.
Prometió a los hombres la divinidad, a los mortales la inmortalidad, a los pecadores la justificación, a los miserables la glorificación.
Sin embargo, hermanos, como a los hombres les parecía increíble lo prometido por Dios -a saber, que los hombres habían de igualarse a los ángeles de Dios, saliendo de esta mortalidad, corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceniza-, no sólo entregó la escritura a los hombres para que creyesen, sino que también puso un mediador de su fidelidad. Y no a cualquier príncipe, o a un ángel o arcángel, sino a su Hijo único. Por medio de éste había de mostrarnos y ofrecernos el camino por donde nos llevaría al fin prometido.
Poco hubiera sido para Dios haber hecho a su Hijo manifestador del camino. Por eso, le hizo camino, para que, bajo su guía, pudieras caminar por él.
Debía, pues, ser anunciado el unigénito Hijo de Dios en todos sus detalles: en que había de venir a los hombres y asumir lo humano, y, por lo asumido, ser hombre, morir y resucitar, subir al cielo, sentarse a la derecha del Padre y cumplir entre las gentes lo que prometió. Y, después del cumplimiento de sus promesas, también cumpliría su anuncio de una segunda venida, para pedir cuentas de sus dones, discernir los vasos de ira de los de misericordia, y dar a los impíos las penas con que amenazó, y a los justos los premios que ofreció.
Todo esto debió ser profetizado, anunciado, encomiado como venidero, para que no asustase si acontecía de repente, sino que fuera esperado porque primero fue creído.

LOS SANTOS Y SAN JOSÉ

SANTA TERESA DE JESÚS. VIDA, 6. "Y tomé por abogado y señor al glorioso San José y me encomendé mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida de alma este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra –que como tenía el nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar–, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto algunas otras personas, a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia; y aun hay muchas que le son devotas de nuevo, experimentando esta verdad.
Procuraba yo hacer su fiesta con toda la solemnidad que podía, más llena de vanidad que de espíritu, queriendo se hiciese muy curiosamente y bien, aunque con buen intento. Mas esto tenía malo, si algún bien el Señor me daba gracia que hiciese, que era lleno de imperfecciones y con muchas faltas. Para el mal y curiosidad y vanidad tenía gran maña y diligencia. El Señor me perdone.
Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Ha algunos años que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío."
Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana me alargara en decir muy por menudo las mercedes que ha hecho este glorioso santo a mí y a otras personas; mas por no hacer más de lo que me mandaron, en muchas cosas seré corta más de lo que quisiera, en otras más larga que era menester; en fin, como quien en todo lo bueno tiene poca discreción. Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. En especial, personas de oración siempre le habían de ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro y no errará en el camino. Plega al Señor no haya yo errado en atreverme a hablar en él; porque aunque publico serle devota, en los servicios y en imitarle siempre he faltado."
SAN JUAN BOSCO. CHARLAS. "Entre las prácticas de piedad en honor de este gran patriarca, esposo de María, padre nutricio de Jesucristo, Santa Teresa recomienda mucho, como eficaz medio para obtenernos su protección, el dedicarle todo el mes de marzo (...).
Invocándolo también con jaculatorias. Por ejemplo, durante el estudio decid en vuestro corazón: San José, ruega por mí; ayudadme a ocupar bien el tiempo de estudio y de clase. Si os viene alguna tentación: San José, ruega por mí. Al levantaros por la mañana: Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Al acostaros: Jesús José y María, asistidme en mi última agonía.
No olvidéis que es el protector de todos los trabajadores y que lo es también de los jóvenes que estudian. Porque el estudio es trabajo."
SAN JUAN CRISÓSTOMO. HOMILÍA SOBRE SAN MATEO, 8. Dios, amador de los hombres, mezcla trabajos y dulzuras, estilo que Él sigue con todos sus santos. Ni los peligros, ni los consuelos nos los da continuos, sino que de unos y otros va Él entretejiendo la vida de los justos. Y de ese mismo modo obró con San José."
"San José no se escandalizó ni dijo: eso parece un enigma. Tú mismo hacías saber no ha mucho que Él salvaría a su pueblo, y ahora no es capaz ni de salvarse a sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender un viaje y sufrir un largo desplazamiento: Eso es contrario a tu promesa. José no discurre de ese modo, porque es un varón fiel. Tampoco pregunta por el tiempo de la vuelta, a pesar de que el Ángel lo había dejado indeterminado, puesto que le había dicho: «Está allí hasta que yo te diga» (Mt. 2, 13)".
BEATO CLAUDIO DE LA COLOMBÈRE. PANEGÍRICO DE SAN JOSÉ, EXORDIO.
"Aunque no hubiera otra razón para alabar a San José, habría que hacerlo, me parece, por el solo deseo de agradar a María. No se puede dudar que ella tiene gran parte en los honores que se rinden a San José y que con ello se encuentra honrada. Además de reconocerle por su verdadero esposo, y de haber tenido para él todos los sentimientos que una mujer honesta tiene para aquel con quien Dios la ha ligado tan estrechamente, el uso que él hizo de su autoridad sobre ella, el respeto que tuvo con su pureza virginal, le inspiró una gratuidad igual al amor que ella tenía por esta virtud y, consiguientemente, un gran celo por la gloria de San José [...]".

¡OH DULCE VIRGEN MARÍA!

El nombre de María es dulce en la vida y en la muerte. El augusto nombre de María, dado a la Madre de Dios, no fue cosa terrenal, ni inventado para ella por la mente humana o elegido por decisión humana, como sucede con todos los demás nombres que se imponen. Este nombre fue elegido por el cielo y se le impuso por divina disposición, como lo atestiguan san Jerónimo, san Epifanio, san Antonino y otros. "Del Tesoro de la divinidad -dice Ricardo de San Lorenzo- salió el nombre de María". De él salió tu excelso nombre; porque las tres divinas personas, prosigue diciendo, te dieron ese nombre, superior a cualquier nombre, fuera del nombre de tu Hijo, y lo enriquecieron con tan grande poder y majestad, que al ser pronunciado tu nombre, quieren que, por reverenciarlo, todos doblen la rodillla, en el cielo, en la tierra y en el infierno. Pero veamos cuán dulce ha hecho el Señor este nombre para los siervos de esta santísima Señora, tanto durante la vida como en la hora de la muerte.
En cuanto a lo primero, durante la vida, "el santo nombre de María -dice el monje Honorio- está lleno de divina dulzura". De modo que el glorioso san Antonio de Padua, reconocía en el nombre de María la misma dulzura que san Bernardo en el nombre de Jesús. "El nombre de Jesús", decía éste; "el nombre de María", decía aquél, "es alegría para el corazón, miel en los labios y melodía para el oído de sus devotos". Se cuenta del V. Juvenal Ancina, obispo de Saluzzo, que al pronunciar el nombre de María experimentaba una dulzura sensible tan grande, que se relamía los labios. También se refiere que una señora en la ciudad de Colonia le dijo al obispo Marsilio que cuando pronunciaba el nombre de María, sentía un sabor más dulce que el de la miel. Y, tomando el obispo la misma costumbre, también experimentó la misma dulzura. Se lee en el Cantar de los Cantares que, en la Asunción de María, los ángeles preguntaron por tres veces: "¿Quién es ésta que sube del desierto como columnita de humo? ¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente? ¿Quién es ésta que sube del desierto rebosando en delicias?". Pregunta Ricardo de San Lorenzo: "¿Por qué los ángeles preguntan tantas veces el nombre de esta Reina?" Y él mismo responde: "Era tan dulce para los ángeles oír pronunciar el nombre de María, que por eso hacen tantas preguntas".
Pero no quiero hablar de esta dulzura sensible, porque no se concede a todos de manera ordinaria; quiero hablar de la dulzura saludable, consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que da este nombre de María a los que lo pronuncian con fervor. Dice el abad Francón que, después del sagrado nombre de Jesús, el nombre de María es tan rico de bienes, que ni en la tierra ni en el cielo resuena ningún nombre del que las almas devotas reciban tanta gracia de esperanza y de dulzura. El nombre de María -prosigue diciendo contiene en sí un no sé qué de admirable, de dulce y de divino, que cuando es conveniente para los corazones que lo aman, produce en ellos un aroma de santa suavidad. Y la maravilla de este nombre concluye el mismo autor- consiste en que aunque lo oigan mil veces los que aman a María, siempre les suena como nuevo, experimentando nueva dulzura al oírlo pronunciar.
Hablando también de esta dulzura el B. Enrique Suso, decía que nombrando a María, sentía elevarse su confianza e inflamarse en amor con tanta dicha, que entre el gozo y las lágrimas, mientras pronunciaba el nombre amado, sentía como si se le fuera a salir del pecho el corazón; y decía que este nombre se le derretía en el alma como panal de miel. Por eso exclamaba: "¡Oh nombre suavísimo! Oh María ¿cómo serás tú misma si tu solo nombre es amable y gracioso?"
Contemplando a su buena Madre el enamorado san Bernardo le dice con ternura: "¡Oh excelsa, oh piadosa, oh digna de toda alabanza Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y amable, que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a ti y a Dios; y sólo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansias de amarte!". Dice Ricardo de San Lorenzo: "Si las riquezas consuelan a los pobres porque les sacan de la miseria, cuánto más tu nombre, oh María, mucho mejor que las riquezas de la tierra, nos alivia de las tristezas de la vida presente".
Tu nombre, oh Madre de Dios -como dice san Metodio- está lleno de gracias y de bendiciones divinas. De modo que -como dice san Buenaventura- no se puede pronunciar tu nombre sin que aporte alguna gracia al que devotamente lo invoca. Búsquese un corazón empedernido lo más que se pueda imaginar y del todo desesperado; si éste te nombra, oh benignísima Virgen, es tal el poder de tu nombre que él ablandará su dureza, porque eres la que conforta a los pecadores con la esperanza del perdón y de la gracia. Tu dulcísimo nombre -le dice san Ambrosio- es ungüento perfumado con aroma de gracia divina. Y el santo le ruega a la Madre de Dios diciéndole: "Descienda a lo íntimo de nuestras almas este ungüento de salvación". Que es como decir: Haz Señora, que nos acordemos de nombrarte con frecuencia, llenos de amor y confianza, ya que nombrarte así es señal o de que ya se posee la gracia de Dios, o de que pronto se ha de recobrar.

Las Glorias de María, San Alfonso María de Ligorio.

CÁNONES DEL CONCILIO DE TRENTO SOBRE EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA

Can. 1. Si alguno dijere que en el sacrificio de la Misa no se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio, o que el ofrecerlo no es otra cosa que dársenos a comer Cristo, sea anatema.
Can. 2. Si alguno dijere que con las palabras: Haced esto en memoria mía [Lc. 22, 19; 1 Cor. 11, 24], Cristo no instituyó sacerdotes a sus Apóstoles, o que no les ordenó que ellos y los otros sacerdotes ofrecieran su cuerpo y su sangre, sea anatema.
Can. 3. Si alguno dijere que el sacrificio de la Misa sólo es de alabanza y de acción de gracias, o mera conmemoración del sacrificio cumplido en la cruz, pero no propiciatorio; o que sólo aprovecha al que lo recibe; y que no debe ser ofrecido por los vivos y los difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades, sea anatema.
Can. 4. Si alguno dijere que por el sacrificio de la Misa se infiere una blasfemia al santísimo sacrificio de Cristo cumplido en la cruz, o que éste sufre menoscabo por aquél, sea anatema.
Can. 5. Si alguno dijere ser una impostura que las Misas se celebren en honor de los santos y para obtener su intervención delante de Dios, como es intención de la Iglesia, sea anatema.
Can. 6. Si alguno dijere que el canon de la Misa contiene error y que, por tanto, debe ser abrogado, sea anatema.
Can. 7. Si alguno dijere que las ceremonias, vestiduras y signos externos de que usa la Iglesia Católica son más bien provocaciones a la impiedad que no oficios de piedad, sea anatema.
Can. 8. Si alguno dijere que las Misas en que sólo el sacerdote comulga sacramentalmente son ilícitas y deben ser abolidas, sea anatema.
Can. 9. Si alguno dijere que el rito de la Iglesia Romana por el que parte del canon y las palabras de la consagración se pronuncian en voz baja, debe ser condenado; o que sólo debe celebrarse la Misa en lengua vulgar, o que no debe mezclarse agua con el vino en el cáliz que ha de ofrecerse, por razón de ser contra la institución de Cristo, sea anatema.

SOBRE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA
Can. 1. Si alguno negare que en el santísimo sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por ende Cristo entero; sino que dijere que sólo está en él como en señal y figura o por su eficacia, sea anatema.
Can. 2. Si alguno dijere que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía permanece la sustancia de pan y de vino juntamente con el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y negare aquella maravillosa y singular conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo y de toda la sustancia del vino en la sangre, permaneciendo sólo las especies de pan y vino; conversión que la Iglesia Católica aptísimamente llama transubstanciación, sea anatema.
Can. 3. Si alguno negare que en el venerable sacramento de la Eucaristía se contiene Cristo entero bajo cada una de las especies y bajo cada una de las partes de cualquiera de las especies hecha la separación, sea anatema.
Can. 4. Si alguno dijere que, acabada la consagración, no está el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo en el admirable sacramento de la Eucaristía, sino sólo en el uso, al ser recibido, pero no antes o después, y que en las hostias o partículas consagradas que sobran o se reservan después de la comunión, no permanece el verdadero cuerpo del Señor, sea anatema. (...)
Can. 6. Si alguno dijere que en el santísimo sacramento de la Eucaristía no se debe adorar con culto de latría, aun externo, a Cristo, Hijo de Dios unigénito, y que por tanto no se le debe venerar con peculiar celebración de fiesta ni llevándosele solemnemente en procesión, según laudable y universal rito y costumbre de la santa Iglesia, o que no debe ser públicamente expuesto para ser adorado, y que sus adoradores son idólatras, sea anatema.
Can. 7. Si alguno dijere que no es lícito reservar la Sagrada Eucaristía en el sagrario, sino que debe ser necesariamente distribuída a los asistentes inmediatamente después de la consagración; o que no es lícito llevarla honoríficamente a los enfermos, sea anatema.
Can. 8. Si alguno dijere que Cristo, ofrecido en la Eucaristía, sólo espiritualmente es comido, y no también sacramental y realmente, sea anatema.
Can. 9. Si alguno negare que todos y cada uno de los fieles de Cristo, de ambos sexos, al llegar a los años de discreción, están obligados a comulgar todos los años, por lo menos en Pascua, según el precepto de la santa madre Iglesia, sea anatema. (...)
Can. 11. Si alguno dijere que la sola fe es preparación suficiente para recibir el sacramento de la santísima Eucaristía, sea anatema. Y para que tan grande sacramento no sea recibido indignamente y, por ende, para muerte y condenación, el mismo santo Concilio establece y declara que aquellos a quienes grave la conciencia de pecado mortal, por muy contritos que se consideren, deben necesariamente hacer previa confesión sacramental, habida facilidad de confesar. Mas si alguno pretendiere enseñar, predicar o pertinazmente afirmar, o también públicamente disputando defender lo contrario, por el mismo hecho quede excomulgado.

UN PECADO MEZQUINO

El diccionario dice: Mezquino 1-Avaro, tacaño, miserable: fue mezquino hasta en su ataúd 2- Ruin, falto de nobleza y moralmente despreciable: tu comentario es tan mezquino que no merece respuesta.
Jesús curó a un sordomudo de manen que su lengua comenzó a hablar correctamente, con toda normalidad; pero otro milagro, y mucho mayor, tendría que obrar Jesús para desterrar de nuestros labios el mezquino, pero grande, pecado de la murmuración.
El chisme es una de las cosas que más daño puede hacer a los hombres. El chisme es la noticia verdadera o falsa que se repite para indisponer a una persona con otra. Por eso, chismoso es aquel que siembra discordias entre los amigos. El fin del chismoso es siempre destruir la amistad, indisponer a una persona contra otra. De ahí que el chismoso manifiesta cuando menos, un corazón pequeño y amargado, empobrecido y vil: un corazón carcomido por el veneno de la envidia. A veces la persona lo presenta con capa o apariencia de bien, pero la murmuración es siempre un vicio mezquino. Nos cuesta ver sobresalir a los demás, y por eso entre cien virtudes que tiene uno, nos fijamos en un defecto, como el que se fijase en las patas y no en el bello plumaje del pavo real. Dios aborrece al que siembra discordia entre hermanos, sea pública o privadamente.
La gravedad de este pecado proviene de su fin: sembrar discordia entre amigos constituye un pecado gravísimo, porque desprecia el precepto sobre el amor al prójimo. Por eso dice la Escritura: "Seis cosas hay que aborrece el Señor... y la última es el que siembra la discordia entre hermanos". (Prov... 6,16).
Además, es señal de cobardía grandísima el hablar de alguien que está ausente, y que por estar ausente no podemos oír, no puede justificar su causa, ni rebatir nuestras murmuraciones. Si algo queremos conseguir de una persona, digámoslo a la cara, avisémosle con cari-dad, pero no ladremos en su ausencia cobardemente y en balde.
Aborrecibles a Dios. Si con nuestra murmuración nos hacemos odiosos a la gente de sano juicio, no menos odiosos nos hacemos a Dios. San Pablo, escribiendo a los romanos, dice: "Los chismosos son aborrecibles a Dios". No quiere el Señor que andemos publicando o que andemos inventando los pecados de nuestro prójimo.
¡Oh, si el Señor revelara ante la faz de nuestros hermanos las vilezas que nosotros hemos cometido en oculto, las hipocresías, rencores, mentiras y tantas bajezas, que nosotros bien sabemos se esconden en nuestro corazón! Quizá aquellas mismas bajezas que falsamente achacamos al prójimo, son las que verdaderamente nosotros cometemos, o, al menos, dado lo frágiles que somos, muy bien, si Dios no nos ayuda, podemos cometer mañana.
¿A quién se parecen los murmuradores? Los murmuradores se parecen a los puercos que se revuelcan en el fango, o a las moscas que no se posan en la parte sana de las frutas, sino sólo en las podridas. Así los murmuradores no se fijan en las virtudes del prójimo, sino sólo en sus defectos. El que calumnia en secreto es como la serpiente que callada muerde.
El pecado de la murmuración. Hay gente que no sabe sino murmurar. No debemos tomar parte en su pecado. El que oye con gusto las palabras que ofenden el honor del prójimo, comete el mismo pecado que quien las profiere. El que habla palabras de murmuración es como el fuego, y el que las escucha con agrado le añade leña al fuego. Si no fuese por éste, pronto acabaría aquél. Al que no quiere oír, nadie le lleva cuentos ni chismes.
¿De qué nos aprovecha notar que el otro es malo? Mejor emplear esta laboriosa investigación en nuestra propia conducta. Por eso nos avisa el Señor: "Quita antes la viga que tienes en el ojo, y así podrás tú luego quitar la paja que tiene el otro".
No murmuremos. No murmuremos, por amor y obediencia a Jesucristo. No murmuremos, porque la murmuración es como un fósforo que, arrojado en un campo de yerbas secas, produce un gran incendio que difícilmente se apaga. No murmuremos, porque el murmurador queda con una obligación gravísima, la obligación de restituir la fama ajena y los daños materiales de esa murmuración.
¿Cristo revela los pecados ajenos? Viene el Hijo pródigo, y lo primero que hace su Padre es cubrir su desnudez con ricas vestiduras, para que los demás no lo vean harapiento.
A la mujer adúltera del Evangelio, Cristo procura dejarla bien ante sus mezquinos acusadores y les dice: "Aquél que esté sin pecado, que le lance la primera piedra".
A Judas, la noche de la Última Cena, no sólo no le quita la máscara delante de los demás apóstoles, sino que le ofrece un bocado de su plato y le lava los pies como a los demás.
Dice San Pedro: "El que de veras ama la vida, y quiere vivir días dichosos, refrene su lengua del mal, y sus labios no se desplieguen a favor de la falsedad". Y nosotros… ¿seguiremos prestando nuestra lengua y nuestros oídos a la murmuración…?

EL ALTAR

Historia. El altar es el lugar inmediato donde es ofrecido el santo sacrificio. Debe siempre estar consagrado. Estando tan unido a la acción del sacrificio aparece en la historia antes que el templo. Solo donde ya no hay sacrificio deja de hablarse del altar.
El primer altar, el más venerable de todos, aquél sobre el cual Nuestro Señor instituyó la Eucaristía fue una mesa de madera. San Pedro también celebró el santo sacrificio sobre una mesa de made-ra, y solo el sucesor de Pedro puede celebrar sobre ese altar.
En las catacumbas, en general, la tumba de un mártir recubierta con una piedra servía de altar para la celebración de los santos misterios. En los primeros siglos, pues, los altares fueron de madera o de piedra, con forma de mesa o de tumba.
Las partes del altar. En el altar fijo se deben considerar tres cosas: la mesa (tabula, mensa), su soporte (stipes, basis, titulus), el sepulcro de las santas reliquias (sepulchrum).
La mesa no puede estar conformada de varios pedazos unidos, sino que debe ser hecha de una piedra única, entera; de otro modo no podría ser consagrada. Símbolo de Nuestro Señor Jesucristo, la piedra angular, y en razón de su elevado destino, la piedra del altar debe poseer, no solo la solidez, sino también la unidad. El soporte del altar, sobre el cual está fijada la mesa, puede estar compuesto de columnas o pilares, lo cual da al altar una apariencia de mesa; o de piedra maciza, lo cual le da al altar apariencia de sarcófago.
El simbolismo. Las oraciones litúrgicas de la consagración del altar nos presentan varias alusiones al Santo de los Santos, a la piedra de Jacob, al lugar que Abel regó con su sangre, a aquella piedra en la cual Isaac debía ser inmolado, al altar del sacrificio de Melquisedec.
El altar es también la figura de la mesa sagrada sobre la cual Jesucristo instituyó la santa Eucaristía, y del sepulcro cavado en la roca donde fue depositado su cuerpo inanimado. Recuerda el instrumento del sacrificio de Jesucristo, la Cruz, donde en la plenitud de los tiempos fue hecha nuestra Redención. El altar, provisto del crucifijo, es un calvario místico, sobre el cual se renueva de una manera misteriosa el sacrificio de la Cruz.
El altar cristiano, sede del cuerpo y de la sangre de Jesucristo, es una imagen del trono celeste sobre el cual reposa el Cordero de Dios, del altar de los cielos bajo el cual los que sufrieron la muerte por amor de Dios esperan su glorificación perfecta (Apoc. 6, 9).
En fin, y sobre todo, el altar es la figura del Hombre-Dios mismo. Símbolo de Jesucristo y de su sacerdocio eterno, el altar debe ser de piedra, para recordar la piedra viva y fundamental sobre la cual se eleva la Iglesia.
Como los muros de piedra rodean al altar, así los fieles, piedras vivas, llenas y animadas por el Espíritu de Dios y su gracia, deben cerrarse siempre más estrechamente alrededor de Nuestro Señor, piedra angular y fuente de vida. Deben elevarse como un edificio destinado al servicio de Dios, para que, fundados cada día más sólidamente sobre Jesucristo, suban de virtud en virtud hasta la felicidad del cielo, donde la fe se transforma en visión.
La significación moral del altar está plenamente justificada. El cristiano, santificado por el bautismo, es el templo de Dios, la morada del Espíritu Santo, una iglesia espiritual. Su corazón es, pues, simbolizado por el altar material y considerado como un altar espiritual, sobre el cual debemos inmolar continuamente nuestras concupiscencias e inclinaciones terrenas, y ofrecer a Dios oraciones llenas de amor, santas resoluciones y buenas obras. Sobre este altar consagramos a Dios el oro de la caridad, el incienso del fervor, la mirra de la mortificación.
Los manteles del altar. El altar debe estar cubierto por tres manteles de tela, blancos y limpios, que son bendecidos por el obispo. El uso de dichos manteles se remonta probablemente a los tiempos apostólicos. Tiene por fin proveer a la limpieza del altar, evitar toda profanación de la preciosísima sangre si ésta llegara a derramarse, y representar los lienzos con que cubrieron a Nuestro Señor, junto con perfumes, etc. cuando fue descendido de la cruz.
Los manteles son también la figura del Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir de los fieles, que acompañan a Nuestro Señor, representado por el altar, según la palabra del salmista: “El Señor reina, está revestido de honor” (Sal. 92, 1). Se puede ver en los tres manteles una alusión a las tres partes del Cuerpo místico de Nuestro Señor: la Iglesia triunfante, la militante y la purgante.
La blancura de estos lienzos se corresponde muy bien con su significación. Según la Sagrada Escritura el byssus, lino muy fino de brillante blancura, designa la justicia de los santos (Apoc. 19, 8). Es la figura de la pureza de corazón y de la inocencia de la vida, que solamente pueden ser obtenidas por la oración, la vigilancia y la mortificación.