martes, 10 de febrero de 2009

LOS ORNAMENTOS SACERDOTALES

Importancia. En el Antiguo Testamento, sombra débil de las maravillas y misterios del Nuevo, Dios había prescripto ornamentos tan ricos y bellos para las ceremonias del culto “para que Aarón y sus hijos se cubriesen con ellos para acercarse del altar y servir en el santuario y que no murieran a causa de su pecado” (Éxod. 28, 43). Con mayor razón quiere Dios que la Iglesia, su Esposa amada, se presente en el altar con el atuendo más bello. Pues allí ella celebra el augusto sacrificio que le da, en el exilio de la tierra, un anticipo de las alegrías y delicias del banquete nupcial que gustará eternamente con el Cordero en la patria celeste.
Necesidad. Para el sentimiento cristiano sería, a primera vista, un crimen contra los divinos misterios celebrar el santo sacrificio con ropa ordinaria. La majestad de la acción eucarística, el respeto por el divino sacramento exige vestimentas particulares para la celebración de la Misa. El concilio de Trento declara que se trata de prescripciones y la tradición de los apóstoles.
Historia. En los primeros tiempos del cristianismo, es decir cuando todavía vivían los apóstoles y sus inmediatos sucesores, la forma de los ornamentos sagrados no difería o difería muy poco de las vestimentas de la vida común. Sin embargo, los vestidos sagrados se distinguían de los vestidos profanos, ya que eran de materiales más preciosos y eran destinados especialmente a la celebración de los sagrados misterios y solamente se utilizaban para ese fin. En general se conservaron las formas antiguas hasta los siglos XVI y XVII. Entonces se perdió mucho el respecto por la tradición, la viva inteligencia del fin litúrgico y del simbolismo de los ornamentos sagrados.
Bendición. Todos los ornamentos litúrgicos del celebrante, incluso el cíngulo, deben ser bendecidos antes de ser utilizados. Esta bendición data de los primeros siglos, y es obligatoria.
Simbolismo. En el culto divino nada es puramente exterior, todo es imagen y signo, todo es espíritu y vida. La Iglesia se esfuerza por transfigurar, espiritualizar las cosas materiales mediante relaciones más elevadas a los sentidos, para dirigir en todo la inteligencia de los fieles hacia lo invisible, divino y eterno.
Sucede de esta forma con los ornamentos sagrados, tienen el alcance y el valor de símbolos. En efecto, no se relacionan tan solo de una manera general a la majestad del sacrificio divino, sino que expresan diversos misterios apropiados para alimentar la piedad de los fieles.
El sacrificio eucarístico es la representación viva, la renovación misteriosa del sacrificio de la cruz. Por este motivo, se relacionan los ornamentos sagrados con los vestidos que usó Nuestro Señor durante su pasión, o con los instrumentos que sirvieron para torturarlo o hacerlo objeto de burlas.
Simbolismo general. El sentido alegórico de los ornamentos (es decir su referencia a la Pasión de Nuestro Señor) no se encuentra expresado en la liturgia, sino que se encuentra en los diversos autores litúrgicos y ascéticos, discrepando unos de otros a menudo. La explicación más generalmente adoptada es la siguiente. El amito puede significar la venda que cubrió el rostro de Nuestro Señor cuando los judíos lo abofeteaban diciéndole que profetizara quién lo había golpeado. El alba representa la vestidura blanca con que Herodes hizo revestir a Nuestro Señor para librarlo a las burlas de su corte. El cíngulo es la imagen de las cuerdas con que Nuestro Señor fue atado en el Jardín de los Olivos por los soldados, con las cuales fue también atado a la columna para ser flagelado, y de los látigos que desgarraron su carne durante la flagelación. El manípulo de las cadenas con que ligaron las manos de Nuestro Señor como si fuera un malhechor. La estola nos recuerda el pesado madero de la cruz que Nuestro Señor llevó voluntariamente hasta el calvario. La casulla es el símbolo del manto púrpura con que los verdugos de Jesús lo cubrieron después de su coronación de espinas.
Considerados de este modo, los ornamentos sacerdotales nos muestran como, en su camino hacia la gloria, el Salvador bebió el agua del torrente (Sal. 109, 7), es decir vació el cáliz de los sufrimientos y humillaciones. Contemplando esos hábitos sacerdotales debemos reavivar en nosotros los sentimientos más ardientes de amor, compasión, arrepentimiento y esperanza.
Simbolismo litúrgico. En el sentido moral, los ornamentos sagrados designan diversas virtudes con las cuales debe revestirse el sacerdote, según el modelo invisible, Jesucristo, cuyo lugar ocupa en el altar. Esta significación es a menudo expresada por la liturgia en diferentes oraciones. Más adelante expondremos en detalle el significado para los seis ornamentos sacerdotales de la Misa: el amito, el alba, el cíngulo, el manípulo, la estola, la casulla.