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lunes, 23 de marzo de 2009

PELIGROS PARA EL MATRIMONIO

Pronto se cumplirán 20 años desde que Nuestro Santo Padre, el Papa Pío XI, escribiera en su memorable Encíclica Casti Connubi, estas palabras: «No es ya de un modo solapado ni en la oscuridad, sino que también en público, depuesto todo sentimiento de pudor, lo mismo de viva voz que por escrito, ya en la escena con representacioes de todo género, ya por medio de novelas, de cuentos amatorios y comedias, del cinematógrafo, de discursos radiados, en fin, de todos los inventos de la ciencia moderna, se conculca y se pone en ridículo la santidad del matrimonio, mientras que los divorcios, los adulterios y los vicios más torpes son ensalzados o al menos revestidos de tales colores que aparecen libres de toda culpa y de toda infamia (...) Estas doctrinas las inculcan a toda clase de hombres, ricos y pobres, obreros y patrones, doctos e ignorantes, solteros y casados, fieles e impíos, adultos y jóvenes, siendo a éstos principalmente, como más fáciles de seducir, a quienes ponen peores asechanzas».
Y agregaba el Papa Pío XI: «Nos, pues, a quien el Padre de familia puso por custodia de su campo, a quien urge el oficio sacrosanto de procurar que la buena semilla no sea sofocada por hierbas venenosas, juzgamos como a Nos dirigidas por el Espíritu Santo aquellas gravísimas palabras, con las cuales el Apóstol San Pablo exhortaba a su amado Timoteo: «Tú, en cambio, vigila, cumple tu ministerio, predica, insta oportuna e inoportunamente, arguye, suplica, increpa con toda paciencia y doctrina».
Queridísimos hermanos, hemos creído hoy un deber hacer nuestras estas palabras. No pasan semanas, sino días, que no tengamos que deplorar el espectáculo de hogares desunidos, de uniones quebrantadas, cuya separación es más definitiva por otras uniones adúlteras, o que no tengamos que comprobar la ilegitimidad de uniones que se podría creer regulares. ¡Cuántos dramas de conciencia, cuántos dolores morales escondidos!
Pero lo más grave, es la comprobación de una ignorancia inconcebible de las obligaciones del matrimonio, como si esta unión no dependiese más que de la voluntad humana, y como si los derechos y deberes que derivan de ella no existiesen sino en la medida que los cónyuges lo deseen. O, si se conocen las leyes que rigen el matrimonio, no se entiende el rigor; y, frente a los numerosos ejemplos de aquellos que las violan, no se entiende que esta libertad no sea aceptada por la Iglesia como más conforme con el espíritu moderno.
Con cuanta frecuencia, con ocasión del cuestionario que detalla las obligaciones del matrimonio, se escuchan reflexiones que testimonian un increíble desconocimiento de todo lo que este contrato tiene de grave y de sagrado.
No es raro encontrar, incluso entre los que todavía tienen, gracias a Dios, una idea clara de la importancia y de la santidad del matrimonio, una indulgencia, o más exactamente una tolerancia benevolente para con las separaciones, para con las uniones libres, que no dejan de constituir un verdadero escándalo, sobre todo para la juventud.
Con la asistencia al cine y a espectáculos que ofrecen todo aquello que es contrario a las buenas costumbres y a la santidad del matrimonio, termina por acostumbrarse a todo lo que tendría que ser mirado como un objeto de reprobación.
Incluso en algunos hogares católicos, las conversaciones sobre estos temas son frecuentes y no revelan ninguna desaprobación, con gran daño para los jóvenes que las escuchan. No se teme introducir en el hogar revistas o novelas donde el matrimonio estable, indefectible, es ridiculizado en provecho de la unión egoísta y pasajera.
Este acostumbrarse los ámbitos católicos a las ideas falsas difundidas por los no católicos es gravemente nociva a la santidad del matrimonio.
Cuántos hogares serían más dignos, más unidos, más apaciguados, si el esposo buscase la sana recreación en lugar de darse a la bebida, si la mujer fuese más modesta en lugar de entregarse a las vanidades.Frente a estas comprobaciones, queridísimos hermanos, hemos pensado que era urgente recordarles brevemente los principios eternos que rigen el matrimonio, indicando particularmente su origen y sus propiedades esenciales.

Monseñor Marcel Lefebvre

viernes, 20 de marzo de 2009

JESUS, VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE: VERDADERO REY

«Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10, 10).

Esta venida de Nuestro Señor no indica sólo la finalidad de su ministerio sino que supone la venida a este mundo de alguien que existía por encima y antes que él.
A partir de la misión de Cristo, penetramos más adentro en el misterio de su Persona. Lo importante es conocer mejor a Nuestro Señor, pues tenemos que conocer su misión, su origen y saber de dónde viene. Naturalmente tendremos más respeto por Jesucristo en la medida en que comprendamos mejor que Él es Dios. Por supuesto que Él asumió un cuerpo de hombre, un alma humana, pero esto no lo disminuye en nada. Cuando el Hijo dice que le debe todo a su Padre, reconoce sencillamente la paternidad del Padre con quien está unido consubstancialmente con el Espíritu Santo desde toda la eternidad en la Santísima Trinidad.
Hacer del misterio de Nuestro Señor Jesucristo el objeto de nuestras reflexiones y de nuestras meditaciones puede parecer, en cierto modo, un poco teórico. Pero si lo examinamos de cerca, es algo perfectamente actual y concreto.
Definir, de algún modo, lo que es Nuestro Señor Jesucristo, intentar conocerlo mejor, conocer más de cerca sus relaciones con el Padre en el seno de la Trinidad, las relaciones del Padre y del Hijo, su misión eterna y su misión temporal, forma parte de nuestra vida, diría yo, incluso de una manera dramática, puesto que en el mundo moderno en que vivimos lo que se pone realmente en duda es la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Si Nuestro Señor Jesucristo es Dios, como consecuencia es el dueño de todas las cosas, de los elementos, de los individuos, de las familias y de la sociedad. Es el Creador y el fin de todas las cosas. (...)
Si no estamos convencidos de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo no tendremos bastante fuerza para mantener esta fe ante la creciente invasión de todas las religiones falsas en las que Él no es Rey ni se le afirma como Dios, con todas las consecuencias que esto significa en la moralidad general: moralidad del Estado, de las familias y de los individuos.
A causa de la libertad religiosa que se declara en los textos del concilio y que va en contra del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo, ya que coloca todas las religiones en pie de igualdad y se otorgan los mismos derechos a la verdad y al error, ya no se considera a Nuestro Señor Jesucristo como la sola Verdad y como fuente de la Verdad.
En Alemania, el cardenal Josef Hoeffner, arzobispo de Colonia, dijo: «Aquí somos pluralistas". ¿Qué quiere decir "pluralistas"? Quiere decir que Nuestro Señor no es el único, que hay algo más que Nuestro Señor. Se admite a Nuestro Señor Jesucristo pero se admite también que no es Dios; se admiten todas las opiniones y todas las religiones. Cuando tales palabras salen de la boca de un cardenal arzobispo de Colonia, se trata de algo muy grave. Quiere decir que los católicos que se han acostumbrado a vivir en un ambiente protestante admiten en definitiva el protestantismo como una religión válida. La pluralidad de religiones, en un Estado, provoca un peligro de indiferentismo; pero este peligro no ha sido nunca tan nocivo como después del ecumenismo conciliar: la pluralidad se convierte en el pluralismo. Han perdido el sentido de la realeza de Nuestro Señor Jesucristo y, por el hecho mismo, pierden implícitamente el sentido de la divinidad de Nuestro Señor. Es una falta de fe profunda y muy grave, pues en ese caso, basta muy poco para que se alejen de la Iglesia, no practiquen su religión y su moral se vuelva deplorable. (…)
Tenemos que reflexionar, meditar, y convencernos de la necesidad de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo y no sólo sobre nuestras personas.
Si decís: «Quiero vivir según la ley de Nuestro Señor, según la moral que ha enseñado; quiero vivir según su gracia, su amor y sus sacramentos, pero me veo obligado a aceptar la libertad de costumbres y la libertad de pensamiento cuando me encuentro fuera de mi hogar», estad seguros de que un día u otro quedaréis contaminados. El solo hecho de admitir esto y decir, como la declaración sobre la libertad religiosa, que es un derecho de la persona humana, que todos tienen el derecho de pensar lo que quieran, que están en su derecho, es abandonar todo espíritu de evangelización.
Si oímos decir: «Esa persona es libre, no piensa como yo y tiene una religión distinta de la mía», sepamos que eso no es verdad. No es libre y tenemos que decirle: «Lo siento, pero estás en el error y no en la verdad; un día serás juzgado sobre tus pensamientos, tu comportamiento y tu actitud; tienes que convertirte. Y esto no sólo por las ideas sino por las costumbres, la moral y todo. »

Mons. Marcel Lefebvre

UN POCO DE HISTORIA

A principios del siglo XVI, los ingleses conocieron una aventura del género de la que ahora vivimos, [a partir del Concilio Vaticano II], con la diferencia de que aquella comenzó con un cisma. Por lo demás, las similitudes son asombrosas y propias para hacernos reflexionar. La nueva religión, que tomaría el nombre de anglicanismo, comenzó con el ataque contra la misa, la confesión individual y el celibato eclesiástico. Enrique VIII, aunque haya tomado sobre sí la enorme responsabilidad de separar a su pueblo de Roma, rechazó las sugerencias que se le hicieron, pero, al año siguiente de su muerte, una disposición autoriza el uso del inglés para la celebración de la misa. Se prohiben las procesiones y se impone un nuevo "Ordo", el Order of Communion, en el que ya no existe el ofertorio. Para tranquilizar a los cristianos, una nueva disposición prohibe toda suerte de cambios, mientras una tercera permite a los curas suprimir en las iglesias las imágenes de la Virgen y de los santos. Obras venerables de arte son vendidas a los comerciantes, exactamente como hoy en los anticuarios.
Solamente algunos Obispos hicieron notar que el “Order of Communion” atentaba contra el dogma de la Presencia real, diciendo que Nuestro Señor nos da su Cuerpo y su Sangre espiritualmente. El Confi­teor traducido en lengua vernácula era recitado al mismo tiempo por el celebrante y los fieles. La Misa se había convertido en comida “turning into a Communion”. Hasta los Obispos lúcidos aceptaron finalmente el nue­vo libro, para conservar la paz y la unión. Por estos mismos motivos, la Iglesia post­conciliar quiere imponernos el Novus Ordo. Los obispos ingleses afirmaron en el siglo XVI que la misa era ¡“un memorial”! Una abundante propaganda transmitió las concepciones luteranas al espíritu de los fieles; los predicadores debían estar admitidos por el gobierno.
Al mismo tiempo, al Papa se le llamó simplemente “El Obispo de Roma”, ya no es más el Padre sino el Hermano de los Obispos, y en el caso presente, el Hermano del Rey de Inglaterra, que se nombra a sí mismo Jefe de la iglesia nacional. El Prayer Book de Crammer fue compuesto, mezclando parte de la liturgia griega y de la liturgia de Lutero. ¿Cómo no pensar en Mons. Bugnini, con la colaboración de seis “observadores” protestantes, agregados cualificados a Consilium pa­ra la reforma de la liturgia?
El Pra­yer Book comienza con estas palabras: “La Cena y Santa Comunión, comúnmente llamada misa...”, prefiguración del famoso artículo 7 de la Institutio Generalis del Nuevo misal repetido por el Congreso Eucarístico de Lourdes en 1981: “La Cena del Señor, llamada también misa...” La destrucción de lo sagrado está también incluida en la reforma anglicana: las palabras del Canon deberían decirse obligatoriamente en voz alta, lo mismo que sucede en las “Eucaristías” actuales.
El Prayer Book fue así aprobado por los Obispos para “conservar la unidad interior del reino”. Los sacerdotes que continuaron celebrando la “antigua Misa” incurrían en penas desde la pérdida de los emolumentos hasta la destitución pura y simple, y en caso de reincidencia, la prisión a perpetuidad. Hay que reconocer que hoy en día ya no se mete en prisión a los sacerdotes “tradicionalistas”.

La Inglaterra de los Tudor se deslizó hacia la herejía sin ni siquiera darse cuenta, aceptando el cambio bajo el pretexto de adaptarse a las circunstancias históricas del tiempo, con sus pastores a la cabeza. Hoy, toda la cristiandad está en peligro de seguir el mismo camino, y ¿habéis pensado que si los que tenemos una cierta edad corremos menos peligro, los niños, los jóvenes seminaristas formados con los nuevos catecismos, la psicología experimental, la sociología, sin el menor matiz de teología dogmática y moral, de derecho canónico, de historia de la Iglesia, educados en una fe que no es la auténtica, encontrarán naturales las nuevas nociones neoprotestantes que se les inculca? ¿Qué será de la religión de mañana si no resistimos nosotros?
Tendréis la tentación de objetar: «¿Pero qué podemos hacer? Es un Obispo quien dice esto o lo otro. Fijaos, este documento viene de la comisión de la Catequesis o de la otra comisión oficial». Bueno, ya no os falta más que perder la Fe. Pero no tenéis el derecho de reaccionar así. San Pablo os advirtió: “Aunque un Angel venido del Cielo os dijera otra cosa de lo que yo os he enseñado, no le escuchéis”. Tal es el secreto de la verdadera obediencia.

Monseñor Marcel Lefebvre - Carta abierta a los católicos perplejos, cap. XVIII

EL ORDEN SOCIAL CRISTIANO

El orden social cristiano se sitúa en lo opuesto de las teorías marxistas que jamás han aportado, en todas las partes del mundo donde se han puesto en ejecución, nada más que la miseria, el aplastamiento de los más débiles, el desprecio del hombre y la muerte. El orden cristiano respeta la propiedad privada, protege a la familia contra todo lo que la corrompe, alienta a la familia numerosa y la presencia de la mujer en el hogar; deja una legítima autonomía a las iniciativas privadas, promueve las pequeñas y medianas industrias, favorece la vuelta a la tierra, estima en su justo valor la agricultura, preconiza las asociaciones profesionales, da la libertad escolar y protege a los ciudadanos contra toda forma de subversión y revolución.
Este orden cristiano se distingue por supuesto también de los regímenes liberales, fundados sobre la separación de la Iglesia y el Estado, y cuya incapacidad para superar las crisis se afirma cada vez más. ¿Cómo podrían ser capaces de superarlas después de haberse voluntariamente privado de Aquél que es “la luz de los hombres”? ¿Cómo podrían reunir las energías de los ciudadanos, cuando no tienen otro ideal que proponerles más que el bienestar y el confort? Han podido entretener la ilusión por algún tiempo, porque los pueblos conservaban sus costumbres cristianas de pensar y sus dirigentes mantenían, más o menos conscientemente, algunos valores cristianos. Pero a la hora de la verdad las referencias implícitas a la voluntad de Dios desaparecen; los sistemas liberales dejados a sí mismos, no estando accionados por una idea superior, se extenúan y son presa fácil para las ideologías subversivas.
Hablar del orden social cristiano no es incrustarse en un pasado involucionado; al contrario, es una posición de futuro que no debéis tener miedo de proclamar y defender. No combatís en retirada sino que sois los que sabéis, porque recibís vuestras lecciones de Aquel que ha dicho: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Tenemos la superioridad de la Verdad, que está con nosotros; no tenemos por qué orgullecernos, no se debe a nosotros, pero tenemos que obrar en consecuencia; la Iglesia tiene sobre el error la superioridad de poseer la Verdad. A ella le toca, con la gracia de Dios, no ocultarla vergonzosamente bajo el celemín, sino darla a conocer y extender su fulgor. (...)
He aquí la ilusión liberal, que asocia palabras contradictorias con la persuasión de expresar con ellas una verdad. A estos soñadores adúlteros y obsesionados por la idea de la unión de la Iglesia con la revolución, debemos el caos en que se debate el mundo cristiano, que abre sus puertas al comunismo. San Pío X decía de los “sillonistas”: “Desean con ansias el socialismo, fijos los ojos en una quimera”. Sus sucesores continúan. ¡Después de la democracia cristiana, el socialismo cristiano! Terminaremos por llegar a un cristianismo ateo.
La solución, que hemos de encontrar, no concierne solamente a la quiebra y fracaso del marxismo, sino también a la quiebra y fracaso de la democracia cristiana, que ya no hace falta demostrar. ¡Basta de compromisos y de uniones contra naturam! ¿Qué vamos a buscar en esas aguas turbias?
El católico tiene la verdadera “clave” de la solución; es un deber suyo trabajar con todas sus fuerzas, ya sea comprometiéndose personalmente en la política, ya sea por su voto, para dar a su patria alcaldes, concejales, diputados, resueltos a establecer el orden social cristiano, solo capaz de procurar la paz, la justicia y la libertad verdadera. No hay otra solución.


Monseñor Marcel Lefebvre

LA VERDADERA OBEDIENCIA

La indisciplina se encuentra en toda la Iglesia: comités de sacerdotes envían requerimientos a sus Prelados; los Obispos hacen caso omiso de las exhortaciones pontificias; las decisiones conciliares no son respetadas y, sin embargo, no se oye nunca pronunciar la palabra desobediencia, salvo para aplicarla a los católicos que desean permanecer fieles a la Tradición o, simplemente, conservar la fe.
La obediencia constituye un tema grave: permanecer unido al magisterio de la Iglesia y, especialmente, al Sumo Pontífice, es una de las condiciones para la salvación. Nosotros somos profundamente conscientes de ello, y nadie está más unido al sucesor actual de Pedro, igual que lo hemos estado a sus predecesores. Hablo de mí y de numerosos fieles, arrojados de las iglesias, de sacerdotes obligados a celebrar la Misa en granjas, como durante la Revolución Francesa, así como a organizar catequesis paralelas en las ciudades y aldeas.
Somos adeptos al Papa siempre que se hace eco de las tradiciones apostólicas y de las enseñanzas de todos sus predecesores. Es precisamente la definición del sucesor de Pedro: la de guardar este depósito. Pío XII nos dice en Pastor aeternus: «El Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para permitirles propagar, conforme a sus revelaciones, una doctrina nueva, sino para guardar estrictamente y explicar fielmente, con su asistencia, las revelaciones transmitidas por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe».
La autoridad delegada por Nuestro Señor en el Papa, en los Obispos y en el sacerdocio en general, está al servicio de la Fe. Servirse del derecho, de las instituciones, de la autoridad, para destruir la Fe católica, en lugar de comunicar la vida, es practicar el aborto y la contracepción espirituales.
Por esto, nosotros nos sometemos y estamos dispuestos a aceptar todo lo que está conforme con la Fe católica, tal como ha sido ense­ña­­da durante dos mil años, pero rechazamos todo lo que a ella se opone.
Porque, es cierto que, un problema grave se presentó a la fe de todos los católicos durante el pontificado de Pablo VI. ¿Cómo un Papa, verdadero sucesor de Pedro, res­pal­dado por la asistencia del Espí­ri­tu Santo, puede presidir la destrucción más grande y extensa de la Iglesia, la más grande de su historia en tan breve espacio de tiempo, cosas que no había logrado jamás ningún heresiarca? Algún día habrá que responder a este interrogante.
En la 1ª mitad del siglo V, San Vicente de Lérins, que fue soldado antes de consagrarse a Dios y declara haber sido “traído y llevado mucho tiempo por las olas del mar del Mundo, antes de refugiarse en el puerto de la fe”, hablaba así del desarrollo del dogma: « ¿No habrá ningún progreso de la religión en la Iglesia de Cristo? Seguramente que lo habrá, y muy importante, de tal manera que será un progreso de la Fe, y no un cambio. Es necesario que se desarrollen abundante e intensamente en todos y cada uno, en los individuos como en la Iglesia y al correr de los tiempos, la inteli­gen­cia, la ciencia, la sabiduría, siem­­pre que sea sin cambio del dogma y con un mismo pensamiento». San Vicente conocía las consecuencias de la herejía y dio una regla de conducta que conserva su valor después de 1500 años: «¿Qué hará el cris­tiano católico si una parte de la Iglesia llega a desprenderse de la Fe universal? ¿Qué otro partido hemos de tomar, sino el de preferir al miembro corrompido y gangrenado, el cuer­­po que en su conjunto se conserva sano? Y, si cualquier nuevo contagio se esfuerza en envenenar, no ya una pequeña parte de la Iglesia sino la Iglesia entera a la vez, su gran empeño será el de mantenerse unido a la antigüedad que, evidentemente, ya no puede ser seducida por ninguna novedad embustera».
En las letanías de las rogativas, la Iglesia nos hace decir: «Os supli­camos, Señor, que conservéis en vues­tra Santa Religión al Sumo Pontífice, y a todas las órdenes de la Jerarquía eclesiástica». Esto quie­re decir, por cierto, que una desgracia tal puede ocurrir.
No hay en la Iglesia ningún derecho, ninguna jurisdicción que pueda imponer a un cristiano la disminución de su fe. Todos los fieles de­ben resistir a cualquiera que toque su fe, apoyados en el catecismo de su infancia. Si se encuentra ante una orden que la ponga en peligro de corrupción, la desobediencia es un imperioso deber.
Precisamente estimamos que nues­tra fe se encuentra en peligro, debido a las formas y orientaciones postconciliares, y que por tanto tenemos el deber de desobedecer y mantenernos fieles a la Tradi­ción. Añadamos esto: el más grande servicio que po­demos hacer a la Iglesia y al sucesor de Pedro es rechazar la Iglesia reformada y liberal. Jesucristo, Hijo de Dios he­cho hombre, no es liberal ni reformable.
Monseñor Marcel Lefebvre Carta Abierta a los Católicos Perplejos, Cap. 18

LA RENOVACION CARISMÁTICA – IV

LA PARTICIPACIÓN ACTIVA EN LA LITURGIA. Cuando se entona el Kyrie eleison se hace una llamada a la piedad y a la misericordia de Dios. Cuando se lee el Evangelio o la Epístola surge el espíritu de Fe. El Credo es un acto de Fe, de Fe en las verdades enseñadas por la Santa Iglesia. En el momento del Ofer­torio el alma se ofrece, junto con la Hostia, en la patena. Se ofrece el trabajo del día, la propia vi­da y la familia, los seres queridos: todo se o­fre­­ce a Dios. Los sentimientos con­­tinúan expresándose de esta manera a través de la Misa, es magnífico. Esta es la verdadera par­ticipación, participación interior de nuestras almas en la oración pública de la Iglesia. No tiene que ser necesariamente una participación externa, aunque ésta sea muy útil y pueda ayudarnos a unirnos al sacerdote. Pero el fin es siempre la unión espiritual de nuestros corazones y de nuestras almas con Nuestro Señor Jesucristo, con Dios Padre. Y por lo tanto es un error cuando se pre­tende que los fieles participen externamente y esto en tal grado que llega a ser un obstáculo para la oración interior y la unión de las almas con Dios.
Cuántas personas dicen que no pueden rezar ahora con la Nueva Misa. Siempre se está oyendo algo. Siempre hay una oración en común, pública, manifestada externamente, que es motivo de distracciones e impide que nos podamos recoger y así estar unidos más íntimamente con Dios. Es la negación de lo que se está haciendo. El espíritu de piedad y el Don de Piedad son también una manifestación del Espíritu Santo.
DE LA PIEDAD A LA CONTEMPLACIÓN. Finalmente los Dones de Entendimiento y de Ciencia nos invitan a la contemplación de Dios a través de las cosas de este mundo. El Don de Ciencia y el Don de Entendimiento nos penetran y nos infunden la luz de la existencia de Dios, de su presencia en todas las cosas y especialmente en las manifestaciones espirituales y sobrenaturales que Dios nos concede por la Gracia y los Sacramentos. Cuando el Espíritu Santo ilumina a un alma, ésta ve de alguna manera la presencia de Dios en todas las cosas y así se une a su Señor en el vivir diario esperando verle realmente en la vida eterna.
EL ESPÍRITU SANTO FUENTE DE LA VIDA INTERIOR. Así es y así se manifiesta el Espíritu Santo. En los Evangelios, en los Hechos de los Apóstoles, en las Epístolas, se puede contemplar al Espíritu Santo. Está en todas partes y en todas partes se manifiesta. Es la expresión clarísima de la Voluntad de Dios Padre que desea ver cómo nos santificamos por la presencia del Espíritu Santo.
Pidamos a la Santísima Virgen Ma­ría, colmada por el Espíritu Santo, Ella que es Nuestra Madre del Cielo, que nos ayude a vivir esta vida espiritual, interior y contemplativa. Ella que tanto recato ha tenido en manifestar externamente su oración. Unas pocas palabras en el Evangelio bastan para mostrarnos y descubrirnos un poco el alma de la Santísima Virgen María
Ella meditaba las palabras que profería Nuestro Señor: las meditaba en su corazón, nos dice el Evangelio. Éste era el espíritu de la Santísima Virgen María: meditaba las palabras de Jesús.
Meditemos también nosotros las enseñanzas del Evangelio; meditemos las enseñanzas que la Iglesia nos hace aprender para unirnos cada vez más y más a Dios Nuestro Señor.

+ Mons. Marcel Lefebvre

LA RENOVACION CARISMÁTICA – III

LA VERDADERA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO EN LAS ALMAS: LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO. Así pues, ¿cómo actúa el Espíritu Santo en nuestras almas? Primeramente alejándonos del pecado, mediante los dones de fortaleza y de temor de Dios. Especialmente el temor filial y no el temor servil, aunque puede ser útil el temor que nos infunden los castigos, guardándonos fieles a nuestro Señor Jesucristo y a sus Mandamientos. Pero es el temor filial el que debemos cultivar. Es este temor el que nos infunde el Espíritu Santo. Temor de alejarnos de Nuestro Señor Jesucristo que es nuestro todo, de alejarnos de Dios, del Espíritu San­to. Este temor debería ser su­ficiente y eficaz para apartarnos de todo pecado voluntario, sea el que sea. Que nues­tra voluntad no se aleje de Dios por el apego a bienes contrarios a la Vo­luntad divina. Este es el primer efecto de los dones del Espíritu Santo.
A través de los Dones de Consejo y Sabiduría el Espíritu Santo nos inspira el sometimiento a la Voluntad de Dios; el Don de Consejo perfecciona la virtud de Prudencia. Todos tenemos necesidad en nuestra vida de saber cuál es la Voluntad de Dios para poder cumplirla. No siempre es fácil. Hay momentos en que debemos tomar ciertas decisiones, que son sin duda complicadas, y es entonces cuando suele ser difícil conocer la Voluntad de Dios. El Espíritu Santo nos ilumina por los Dones de Consejo y Sabiduría.
La Tercera Persona de la Santísima Trinidad nos mueve también a la oración, a la unión con Nuestro Señor Jesucristo, a la unión con Dios Padre mediante la plegaria. He aquí el Don de Piedad, uno de los siete Do­nes del Espíritu Santo. El Don de Piedad se manifiesta especialmente en la virtud de religión que lleva las almas a Dios. Virtud de religión que forma parte de la virtud de justicia, pues es justo y digno que tributemos un culto a Dios. Y el culto que Dios Padre quiere, se lo tributamos a través de la Persona de Nuestro Señor, mediante el Sacrificio del Calvario. Por la celebración del Santo Sacrificio de la Misa, Dios Padre ha querido que le tributemos todo honor y toda gloria por Nuestro Señor Jesucristo, con Él y en Él.
Esto es lo que la Iglesia nos pide que hagamos cada Domingo: unirnos al Sacrificio de Nuestro Señor Je­sucristo. Es la oración más bella y más grande. En la Santa Misa el Espíritu Santo nos inspira esta virtud de religión, espíritu de piedad profunda, realidad espiritual mucho más que sensible.

UNA FRASE MUY REPETIDA: LA PARTICIPACIÓN ACTIVA EN LA LITURGIA. De nuevo nos vemos obligados a decir que hay un error en la reforma li­­túrgica: la repetición machacona so­bre la participación de los fieles. Yo mis­­mo oí de labios de Monseñor Bug­ni­­ni, pieza clave en la reforma litúr­gi­­ca, decir lo siguiente: “La reforma li­­túrgica ha tenido como objetivo hacer participar a los fieles en la Liturgia”.
¿De qué participación se trata? Esta es la pregunta. ¿Una participación externa? ¿Una participación oral? Estas formas no son siempre la mejor manera de par­ticipar. ¿Por qué la participación externa? ¿Por qué estas ceremonias? ¿Por qué estos can­tos? ¿Por qué estas oraciones vocales? ¿Acaso es con el fin de lle­gar a la unión interior, a esa unión espiritual, sobrenatural, a e­sa unión de nuestras almas con Dios?
Dicho esto es muy posible que uno pueda asistir al Santo Sacrificio de la Misa en actitud silenciosa, sin abrir siquiera el Misal, precisamente cuando toda la atención se cifra en lo que allí se celebra, y el alma está centrada, invadida por los sentimientos que el sacerdote manifiesta en su acción litúrgica, pendiente del momento en que el ministro pronuncia el Confiteor, su acto de contrición. De esta forma el alma hace suyas las palabras del sacerdote y se duele de sus pecados.

+ Mons. Marcel Lefebvre

LA RENOVACION CARISMÁTICA – II

LOS SACRAMENTOS. ¿Cómo se nos da el Espíritu Santo? ¿Qué medios usa Nuestro Señor? ¿Se vale de estas manifestaciones (1) que vemos en la Renovación Caris­mática y los Pentecostales? Por supuesto que no. Es por medio de los Sacramentos, instituidos por Él, que nos comunica su Espíritu.
Debemos insistir de forma especial en esta verdad de la Tradición: Nuestro Señor nos comunica su Espí­ritu por el Bautismo. Se lo dijo a Ni­codemo en la entrevista nocturna que mantuvo con él. “El que no renace del agua y del Espíritu Santo no entrará en el Reino de los Cielos”. Debemos renacer del agua y del Espíritu Santo. Además Nuestro Señor comunicó también de esta forma su Es­pí­ritu a los Apóstoles. Primeramente recibieron el bautismo de Juan y después en Pentecostés recibieron el Bautismo del Espíritu. Y justo después de haber recibido el Espíritu Santo, ¿qué hicieron? Lo que hicieron los Apóstoles fue bautizar; comunicaron el Espíritu Santo a todos los que tenían Fe, a todos los que creían en Nuestro Señor Jesucristo.
Es así como la Iglesia, bajo la influencia y el dictamen de Nuestro Señor Jesucristo, comunica el Espíri­tu Santo a las almas a través del Bautismo. Todos nosotros hemos recibido el Espíritu Santo el día de nuestro Bautismo. Creo que deberíamos meditar con más atención la gran realidad de nuestro Bautismo. Es una total transformación la que se opera en nuestras almas con motivo de la recepción de este Sacramento. Los otros Sacramentos vienen a completar esta efusión del Espíritu Santo recibido en el día de nuestro Bautismo.
El Sacramento de la Confirmación nos comunica también todos los dones del Espíritu Santo con gran profusión, ya que tenemos necesidad de ellos para alimentar y fortalecer nuestra vida espiritual, nuestra vida cristiana.
Y eso no es todo. En efecto, Nuestro Señor Jesucristo ha querido que dos Sacramentos en particular nos comuniquen su Espíritu de forma frecuente, con el fin de mantener en nosotros la efusión de su Espíritu. Son los Sacramentos de la Penitencia y de la Sagrada Eucaristía. El Sacramento de la Penitencia refuerza la gracia que hemos recibido el día de nuestro Bautismo y purifica nuestras almas de nuestros pecados. No podemos pensar en recibir numerosas gracias del Espíritu Santo si estamos contris­tán­dole por el pecado. El Sacramento de la Penitencia restituye pues en nosotros la fuerza del Espíritu Santo, la virtud de la gracia.
¿Qué diremos del Sacramento de la Sagrada Eucaristía que nos es dado por la celebración del Santo Sacrificio de la Misa? Es en ese preciso instante en que el Sacrificio de la Misa se consuma, continuándose así el Sa­cri­ficio de la Redención, cuando el Sacramento de la Sagrada Eucaristía se realiza. Esta gracia fluye del Corazón traspasado de Nuestro Señor Jesucristo. La Sangre y el agua que salen de su Sagrado Corazón significan las gracias de la Redención y al mismo tiempo nos comunican su vida divina. En la Sagrada Eucaristía recibimos a la vez la santificación de nuestras almas al alejarnos del pecado y la unión con Nuestro Señor Jesucristo, y en todo esto se nos comunica la fuerza del Espíritu Santo.
Los Sacramentos del Matrimonio y del Orden santifican a la sociedad. El primero santifica a las familias y el segundo es conferido para comunicar precisamente el Espíritu Santo a todas las familias cristianas, a todas las almas. Son momentos en los que Nuestro Señor Jesucristo nos da realmente su Espíritu, Espíritu de verdad, de caridad y de amor.
Finalmente el Sacramento de la Extremaunción nos prepara para recibir la verdadera y definitiva efusión del Espíritu Santo, cuando recibamos nuestra recompensa en el Cielo.
NO TENEMOS DERECHO A ESCOGER OTROS MEDIOS. Estos son los medios que Nuestro Señor Jesucristo ha querido emplear para comunicarnos su vida espiritual, su propio Espíritu. No tenemos derecho a querer y escoger otros medios distintos de los que Nuestro Señor Jesucristo nos ha dado, esos medios que El mismo ha instituido tan sencillos, tan bellos, tan eficaces y tan simbólicos al mismo tiempo. No pretendamos recibir el Espíritu Santo mediante simples manifestaciones externas o gestos originales. Es muy de temer que todas estas manifestaciones sean inspiradas por el espíritu del mal, precisamente para engañar a los fieles, haciéndoles creer que reciben el verdadero Espíritu de Nuestro Señor. Y no es verdad, no reciben el Es­píritu Santo sino otro tipo de espíritu... Cuidado con dejarnos engañar por estas corrientes, velando para que no lo sean tampoco nuestros familiares. Hagámosles ver que nuestro Señor Jesucristo puso todo su empeño en comunicarnos el Espíritu Santo a través de los Sacramentos que Él mismo instituyó.

+ Mons. Marcel Lefebvre

LA RENOVACION CARISMÁTICA – I

Actualmente se habla con frecuencia en la Iglesia del Movimiento Pentecostal y de la Renovación Carismá­tica. Efectivamente hay muchos católicos hoy en día que intentan recibir la gracia del Espíritu Santo por un camino diferente, que en definitiva nos llega a través del Protestantismo. El Movimiento Pentecostal es de origen protestante (1) y ha entrado en la Iglesia (2) transformándose en el Movimiento de la Renovación Carismática. Hay que decir con claridad que estas manifestaciones son cada vez más frecuentes en la Iglesia y siempre con la autorización de las autoridades eclesiásticas (3).
En el mes de Noviembre de 1984, durante la reunión que tuvo lugar en Munich conocida como Katholi­ken­tag (Día católico), todos los Cardenales y Obispos alemanes se congregaron junto a más de ochenta mil fieles. Todo el mundo fue testigo de estas extrañas manifestaciones que tuvieron lugar generalmente antes de administrar el Sacramento de la Eucaristía. Y no cabe duda que ante tales manifestaciones uno se pregunta si estaban inspiradas por el verdadero Espíritu de Dios o se trataba de otro espíritu.
Más o menos también por entonces, en Graz (Austria), tuvieron lugar una serie de manifestaciones carismáticas ante el Obispo de este lu­gar, el cual afirmó que en adelante serían aceptadas en la Iglesia Católica como un medio para atraer a los jóvenes cuya práctica religiosa cada vez era menor. Tal vez, siguió diciendo, sea un medio para que renazca la vida cristiana entre la juventud. Al mismo tiempo, en Paray-le-Monial, se celebran frecuentemente reuniones de este tipo, adornadas con ciertos elementos tradicionales.
Concretamente aquí, en Paray-le-Monial, hay jóvenes que pasan la noche en adoración ante el Santísimo Sacramento, rezando el Rosario y dando testimonio de un auténtico espíritu de oración. Por lo tanto hay un aspecto curioso y extraño en el que se mezclan a la vez la Tradición y esas manifestaciones raras y nada habituales en la Iglesia.
¿Qué podemos pensar de todo esto? ¿Habrá que creer que es un nuevo camino abierto con ocasión del Con­cilio Vaticano II, e incluso algunos años antes, para recibir el Espíritu Santo?
Todo parece indicar que estas nuevas manifestaciones no son acordes con la Tradición de la Iglesia. ¿De dón­de procede el Espíritu Santo? ¿Quién nos da el Espíritu Santo? ¿Quién es el Espíritu Santo?
¿DE DÓNDE PROCEDE EL ESPÍRITU SANTO? El Espíritu Santo es Dios. “Dios es Es­pí­ritu”, dice San Juan. Y Dios quiere que le recemos y le adoremos en espíritu y en verdad. Así pues, más que manifestaciones sensibles, externas, se trata de una actitud espiritual que debe mostrar nuestra vinculación con el Espíritu Santo. En el Evangelio, Nuestro Señor Jesucristo anuncia a los Apóstoles que recibirán el Espíritu Santo, que les enviará el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, Espíritu de verdad, de caridad, que glorificará a Nuestro Señor porque tomará de Él y lo dará a conocer.
“Yo os lo enviaré”. Este Espíritu procede de Nuestro Señor Jesucristo y del Padre. Lo decimos en el Credo: “Creo en el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo”. Esta es la Fe católica: creemos que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y que Nuestro Señor Jesucristo ha venido precisamente a la tierra para comunicarnos su Espíritu, para infundirnos su vida espiritual, su vida divina.
+ Mons. Marcel Lefebvre

LAS SANCIONES DE ROMA CONTRA ECÔNE – III

A esto se añade un defecto de causa suficiente. La decisión sólo se puede apoyar sobre mi declaración del 21 de noviembre de 1974, juzgada por la comisión “en todos puntos inadmisible”, porque según dicha comisión los resultados de la visita apostólica eran favorables. Ahora bien, mi declaración no fue jamás objeto de una condenación de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (el antiguo Santo Oficio) única capacitada para juzgar si ella se oponía a la fe católica. Solamente fue juzgada “en todos puntos inadmisible” por tres Cardenales en el curso de lo que oficialmente aparece como una conversación.
Jamás ha sido demostrada la existencia jurídica de la comisión. ¿Por qué acta pontificia fue instituida? ¿En qué fecha? ¿En qué forma fue decidido? ¿A quién fue notificado? El hecho de que las autoridades romanas se han negado a darlo a conocer, hace dudar de su existencia. “En la duda de derecho, la ley no obliga”, dice el Código de Derecho canónico. Menos aún cuando la competencia y quizás la misma existencia de la autoridad es dudosa. Los términos “con la entera aprobación de Su Santidad” son jurídicamente insuficientes; no pueden reemplazar el decreto por el que hubiera debido constituirse la comisión Cardenalicia y definir sus poderes.
Tantas irregularidades de procedimiento hacen nula la supresión de la Fraternidad. No hay que olvidar tampoco que la Iglesia no es una sociedad totalitaria de tipo nazi o marxista, y que el derecho, incluso cuando es respetado (lo que no es el caso en este asunto), no constituye un absoluto. Está en relación a la verdad, a la fe, a la vida. El derecho canónico está concebido para hacernos vivir espiritualmente y conducirnos así a la Vida eterna. Si se usa esta ley para impedirnos llegar a ella, para abortar, en cierta manera, nuestra vida espiritual, estamos obligados a desobedecer, lo mismo que los ciudadanos de una nación están obligados a desobedecer la ley del aborto.
A fin de permanecer en el plano jurídico, presenté dos recursos sucesivos a la Signatura Apostólica, que es un poco equivalente a la Corte de Casación en el derecho civil. El Card. Secretario de Estado, Mons. Villot, prohibió que este Tribunal los recibiera, lo que implica una intervención del ejecutivo en lo judicial.

Monseñor Marcel Lefebvre Carta abierta a los católicos perplejos, cap. XIX

LAS SANCIONES DE ROMA CONTRA ECÔNE – II

Cuando fue necesario abrir un verdadero seminario y alquilé la casa en Ecône, antigua casa de los Señores del Gran San Bernardo, fui a ver a Mons. Adam, Obispo de Sion, que me dio su consentimiento. Esta creación no era el resultado de un viejo proyecto que hubiera planeado durante años, sino que se impuso a mí providencialmente. Yo dije: “si la obra se extiende universalmente, será la prueba de que Dios está con ella”. De año en año crece el número de seminaristas; en 1970 hubo 11 ingresos; en 1974, 40. La inquietud cundió entre los innovadores: era evidente que si nosotros formábamos seminaristas era para ordenarlos y para que los futuros sacerdotes fueran fieles a la Misa de la Iglesia, a la Misa de la Tradición, a la Misa de siempre. No es necesario buscar otra razón para los ataques de que éramos objeto, no es posible encontrar otra. Ecône se revelaba como un peligro para la Iglesia neomodernista; había que frenarlo cuanto antes.
Así pues, el 11 de noviembre de 1974, llegaban al seminario dos visitadores apostólicos, enviados por una comisión que había sido nombrada por el Papa Pablo VI, compuesta por tres Cardenales: Garrone, Wright y Tabera, éste último Prefecto de la Congregación de Religiosos. Interrogaron a 10 profesores y a 20 de los 104 alumnos presentes, así como a mí mismo, y se fueron dos días después dejando una desagradable impresión. Dijeron a los seminaristas cosas escandalosas, estimando normal la ordenación de hombres casados, declarando que ellos no admitían una Verdad inmutable, y emitiendo dudas sobre el modo tradicional de concebir la Resurrección de Jesucristo; del seminario no hicieron el menor comentario ni dejaron ningún pro-tocolo. A continuación e indignado por la conversación mantenida, publiqué una declaración, comenzando con estas frases: “Nos adherimos de todo corazón y con toda el alma a la Roma católica, guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias al mantenimiento de esta fe, a la Roma eterna, maestra de Ciencia y de Verdad.
Por el contrario, nos negamos, y siempre nos hemos negado, a seguir a la Roma neomodernista y neoprotestante, que se ha manifestado claramente en el Concilio Vaticano II y después del Concilio, en todas las reformas que han salido del mismo”.
Los términos eran un poco duros, pero traducían y siguen traduciendo mi pensamiento; por este texto, la comisión Cardenalicia decide aplastarnos, cosa que no podía hacer con referencia a la disciplina del seminario. Los Cardenales me dijeron dos meses después que los visitadores apostólicos habían recibido una buena impresión de su encuesta.
Esta comisión me invitó el 13 de febrero siguiente a una “conversación” en Roma, para aclarar algunos puntos, y yo fui, sin sospechar que se trataba de una trampa. La “conversación” se convierte desde el primer momento en un interrogatorio cerrado, de tipo judicial, que fue seguido de otro el 3 de marzo y, 2 meses más tarde, la comisión me informaba “con la completa aprobación de Su Santidad” de las decisiones que había tomado. Mons. Mamie, nuevo Obispo de Friburgo, se reconocía el derecho de retirar la aprobación dada a la Fraternidad por su predecesor. Y así, ésta como sus fundaciones y, especialmente, el seminario de Ecône, perdían “el derecho a la existencia”.
Sin esperar la notificación de estas decisiones, Mons. Mamie me escribió: “Le informo, pues, que retiro las actas y las concesiones efectuadas por mi predecesor en lo que concierne a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, especialmente el decreto de erección del 1º de noviembre de 1970. Esta decisión tiene efecto inmediato”.
Si me habéis seguido atentamente, podréis constatar que esta anulación estaba hecha por el Obispo de Friburgo y no por la Santa Sede. Según el canon 493, se trata de una medida nula de pleno derecho, por falta de competencia.

Monseñor Marcel Lefebvre, Carta abierta a los católicos perplejos

LAS SANCIONES DE ROMA CONTRA ECÔNE – I

Tal vez vosotros tenéis miedo de asistir a una misa verdadera, a pesar del deseo que experimentáis, porque se os ha hecho creer que está prohibida esta misa. Tenéis miedo a situaros fuera de la Iglesia; en un principio este temor es loable, pero mal enfocado. Deseo deciros lo que hay en estas sanciones, prendidas con alfileres y de las que se han regocijado grandemente los francmasones y los marxistas. Es necesario hacer un relato histórico para que se comprenda bien.
Cuando fui enviado al Gabón como misionero, mi Obispo me nombró enseguida profesor en el seminario de Libreville, donde formé seminaristas durante dos años, de los cuales fueron varios los que recibieron después la gracia del episcopado. Llegado a Obispo a mi vez en Dakar, me pareció que mi primera ocupación debería ser la de buscar vocaciones, formar jóvenes que respondieran a la llamada del Señor, y conducirlos al sacerdocio.
De regreso en Europa, para asumir el cargo de Superior General de los Padres del Espíritu Santo, traté de conservar todos los valores esenciales de la formación sacerdotal. Tengo que confesar que ya entonces, a principios de los años 60, era tal la presión, las dificultades tan considerables, que no pude alcanzar el resultado que deseaba; no pude mantener el seminario francés de Roma, bajo la autoridad de nuestra Congregación, en la buena línea que era la suya, cuando noso-tros mismos estábamos en él, entre 1920 y 1930. Me vi obligado a dimitir en 1968 para no aceptar la reforma emprendida por el Capítulo General en un sentido contrario al de la tradición católica. Ya antes de esta fecha, numerosas familias y también sacerdotes, me habían rogado que les informara a qué lugares podrían enviar a los jóvenes que desearan hacerse sacerdotes. Confieso que me hallaba lleno de dudas. Libre de mis responsabilidades y pensando en retirarme, pensé en la Universidad de Friburgo, en Suiza, todavía orientada y dirigida por la doctrina tomista. El Obispo, Mons. Charrière, me recibió con los brazos abiertos. Alquilé una casa y acogimos en ella a 9 seminaristas, que seguían los cursos en la universidad, y llevaban en lo demás una verdadera vida de seminario. Muy pronto manifestaron su deseo de continuar y de trabajar unidos, por lo que, después de reflexionar, pregunté a Mons. Charrière si quería firmar un decreto de fundación de una “Fraternidad”. Monseñor aprobó los estatutos y así nació, el 1º de noviembre de 1970, la “Fraternidad Sacerdotal de San Pío X”. Estábamos erigidos canónicamente en la diócesis de Friburgo.
Estos detalles son importantes, como veréis. Un Obispo tiene canónicamente el derecho de erigir asociaciones en su diócesis, que Roma reconoce por el hecho mismo. A tal punto que si un Obispo, sucesor del primero, desea suprimir esta asociación o esta Hermandad, no puede hacerlo sin recurrir a Roma. La autoridad romana protege lo que ha hecho el primer Obispo, a fin de que las asociaciones no estén sometidas a una precariedad, que sería perjudicial a su desarrollo. ¡Así lo quiere el Derecho de la Iglesia!
Por consiguiente, la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X está reconocida por Roma de una manera absolutamente legal, aunque sea de derecho diocesano y no pontificio, lo que no es indispensable. Hay centenares de congregaciones religiosas de derecho diocesano que tienen casas en el mundo entero.
Cuando la Iglesia acepta una fundación, una asociación diocesana, acepta que ésta forme sus miembros; si se trata de una congregación religiosa, acepta que ésta tenga un noviciado, una casa de formación. Este es el papel de nuestros seminarios. El 18 de febrero de 1971, el Card. Wright, Prefecto de la Congregación del Clero, nos envió una carta, estimulándome y mostrándose seguro de que la Fraternidad “podría muy bien ponerse de acuerdo con el fin perseguido por el Concilio en este Santo Dicasterio, para la distribución del clero en el mundo”. Y, sin embargo, en noviembre de 1972 se hablaba, en la Asamblea Plenaria del Episcopado francés, en Lourdes, de “seminario salvaje”, sin que ninguno de los Obispos presentes, necesariamente al corriente de la situación jurídica del seminario de Ecône, protestase.
¿Por qué se nos considera como salvajes? Porque nosotros no dábamos la llave de la casa a los seminaristas para poder salir todas las noches a su antojo; porque no les hacíamos ver la televisión de 8 a 11; porque no llevaban jerseys de cuello de cisne, y sí, en cambio, asistían todas las mañanas a Misa, en lugar de quedarse en la cama hasta la primera clase.
Y, sin embargo, el Card. Garrone, con el que me reuní en aquel tiempo, me dijo: “Usted no depende de mí, y yo sólo puedo decirle una cosa: siga la ratio fundamentalis que he dado para la fundación de seminarios, y que todos los seminarios deben seguir”. La ratio fundamentalis prevé que se siga estudiando latín en el seminario; que los estudios se sigan según la doctrina de Santo Tomás. Me permití responderle: “Eminencia, creo que somos uno de los pocos que la siguen”. Y así continúa en el día de hoy, siguiendo la ratio fundamentalis en vigor. Entonces, ¿qué se nos reprocha?

Monseñor Lefebvre, Carta abierta a los católicos perplejos, cap. XIX

jueves, 19 de marzo de 2009

NI HERÉTICO NI CISMÁTICO

La declaración del 21 de noviembre de 1974 se terminaba con estas palabras: «Haciendo esto, estamos convencidos de permanecer fieles a la Iglesia católica y romana, a todos los sucesores de Pedro y de ser fieles dispensadores de los misterios de Nuestro Señor Jesucristo». El Osservatore Romano, al publicar el texto, omitió este párrafo. Después de 10 años y más, nuestros adversarios han estado muy interesados en arrojarnos de la comunión de la Iglesia, dejando entender que nosotros no aceptamos la autoridad del Papa. Esto sería muy práctico, hacer de nosotros una secta y declararnos cismáticos. ¡Cuántas veces la palabra “cisma” ha sido pronunciada a propósito de nosotros!
Yo no he cesado de repetir: si alguno se separa del Papa, no seré yo. La cuestión se reduce a esto: el poder del Papa en la Iglesia es un poder supremo, pero no absoluto y sin límites, porque está subordinado al poder de Dios, que se expresa en la Tradición, en la Sagrada Escritura y en las definiciones ya promulgadas por el Magisterio eclesiástico. De hecho, este poder encuentra ya sus límites en el fin para el que ha sido dado ese poder al Vicario de Cristo en la tierra; fin que Pío IX ha definido claramente en la Constitución Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I y yo no expreso, ni mucho menos, una teoría personal al declararlo.
La obediencia ciega no es católica: ninguno está exento de responsabilidad por obedecer a los hombres antes que a Dios, aceptando órdenes de una autoridad superior, aunque sea la del Papa, si son contrarias a la voluntad de Dios tal como la Tradición nos la hace conocer con certeza. Una tal eventualidad no sucederá ciertamente cuando el Papa compromete su infalibilidad; lo que no hace sino en un número reducido de casos. Es un error pensar que toda palabra que sale de la boca del Papa es infalible.
Dicho esto, yo no soy de los que insinúan o afirman que Pablo VI era hereje y que, por el mismo hecho de su herejía, no era Papa. Consecuencia de lo cual, la mayor parte de los cardenales nombrados por él no serían cardenales y no habrían elegido válidamente a otro Papa. En consecuencia, Juan Pablo I y Juan Pablo II no habrían sido elegidos válidamente. He aquí la postura de los llamados “sedevacantistas”.
Hay que reconocer que el Papa Pablo VI ha planteado un serio problema a la conciencia de los católicos. Este pontífice ha causado más daños a la Iglesia que la Revolución de 1789. Hechos precisos como las firmas puestas al artículo 7 de la “Institutio Generalis” del Nuevo Misal, como al documento de la Libertad religiosa, son escandalosos. Pero el problema de saber si un papa puede ser herético no es tan simple. Un buen número de teólogos piensan que puede serlo como doctor privado, pero no como doctor común de la Iglesia universal. Sería necesario, por consiguiente, examinar en qué medida Pablo VI ha querido comprometer su infalibilidad en casos como los que acabo de citar. Por lo que a nosotros toca, hemos podido constatar que Pablo VI ha actuado mucho más en liberal que proclive a la herejía. En efecto, en el momento en que se le advertía del peligro que corría, formulaba el texto contrario, añadiéndole una fórmula opuesta a lo que se afirmaba en su redacción: se recordará el ejemplo famoso de la nota explicativa previa añadida a la constitución Lumen Gentium sobre la colegialidad. O bien, redactaba una fórmula equívoca; lo que es propio de liberal, por naturaleza incoherente.
El liberalismo de Pablo VI, reconocido por su amigo el cardenal Daniélou, basta para explicar los desastres de su pontificado. El católico liberal es una persona de doble cara, en una continua contradicción. Quiere permanecer católico, pero está dominado por el deseo de agradar al mundo. ¿Un Papa puede ser liberal y permanecer Papa? La Iglesia ha castigado siempre severamente a los católicos liberales, pero no los ha excomulgado a todos.
Los “sedevacantistas” dan un nuevo argumento: el haber apartado a los cardenales de más de 80 años y los conventículos con que se prepararon los dos últimos cónclaves ¿no hacen inválida la elección de estos dos últimos Papas? Inválida es demasiado afirmar, pero eventualmente dudosa. Con todo, la aceptación de hecho, posterior a la elección y unánime de parte de los cardenales y del clero romano, basta para revalidarla. Tal es la opinión de los teólogos.
El razonamiento de los que afirman la inexistencia del Papa pondría a la Iglesia en una situación inextricable. La cuestión de la visibilidad de la Iglesia es demasiado necesaria a su existencia para que Dios pudiese omitirla durante decenios. ¿Quién nos dirá dónde está el futuro Papa? ¿Cómo se le podría designar, si no hay cardenales? Nosotros vemos en todo esto un espíritu cismático. Nuestra Fraternidad rehusa absolutamente entrar en semejantes razonamientos. Nosotros queremos mantenernos firmemente adeptos a Roma, al sucesor de Pedro, aunque rehusemos el liberalismo de Pablo VI por fidelidad a sus predecesores.
Es claro que en casos como la libertad religiosa, la hospitalidad eucarística, autorizada por el nuevo Derecho canónico, o la colegialidad concebida como la afirmación de dos poderes supremos en la Iglesia, es un deber de todo clérigo y fiel católico resistir y rehusar la obediencia. Esta resistencia debe ser pública si el mal es público y representa un objeto de escándalo para las almas. Por esto y refiriéndonos a Santo Tomás de Aquino, el 21 de noviembre de 1983, Mons. de Castro Mayer y yo hemos enviado una carta abierta al Papa Juan Pablo II para suplicarle que denuncie las causas principales de la situación dramática en que se debate la Iglesia. Todas las tentativas que hemos hecho en privado durante 15 años han resultado vanas; callarnos nos parecía hacernos cómplices del descarrío de tantas almas en el mundo entero.
“Santísimo Padre -escribíamos- es urgente que este malestar desaparezca, porque el rebaño se dispersa y las ovejas abandonadas siguen a los mercenarios. Os conjuramos, por el bien de la fe católica y de la salvación de las almas, que reafirméis las verdades contrarias a estos errores”. Nuestro grito de alarma es más vehemente todavía por los desvíos del nuevo Derecho Canónico, por no decir herejías, y por las ceremonias y discursos con ocasión del V centenario del nacimiento de Lutero.
No hemos tenido respuesta, pero hemos hecho lo que era nuestro deber. No podemos desesperar como si se tratase de una empresa humana. Las convulsiones actuales pasarán, como todas las herejías han pasado. Habrá que volver algún día a la Tradición; en la autoridad del pontífice romano será necesario que aparezcan de nuevo los poderes significados por la tiara; que un tribunal protector de la fe y de las buenas costumbres se siente de nuevo permanentemente; que los obispos encuentren de nuevo los poderes y su iniciativa personal.
Será necesario liberar al verdadero trabajo apostólico de todos los impedimentos que le paralizan hoy, haciendo desaparecer lo esencial del mensaje; devolver a los seminarios su verdadera función, rehacer las congregaciones religiosas, restaurar las escuelas católicas y las universidades, desembarazándolas de programas laicos del Estado; sostener las organizaciones patronales y obreras decididas a colaborar fraternalmente en el respeto a los deberes y derechos de todos, prohibiéndose el flagelo social de la huelga, que no es otra cosa que una guerra civil fría; promover en fin una legislación civil conforme a las leyes de la Iglesia y ayudar a la designación de representantes católicos, movidos por la voluntad de orientar a la sociedad hacia el reconocimiento oficial del Reinado social de Nuestro Señor Jesucristo.
Porque, en fin, ¿qué decimos todos los días cuando rezamos, “Venga a nosotros tu Reino”, “hágase tu voluntad así en la tierra, como en el cielo”? ¿Y en el Gloria de la Misa, “Tú solo Señor, Jesucristo”? Nosotros cantamos esto, pero no más salir, diremos: “Ah no, estas nociones están desfasadas; imposible pensar, en el mundo de hoy, hablar del reinado de nuestro Señor Jesucristo”. ¿Vivimos, pues, en la contradicción, en el ilogismo? ¿Somos cristianos o no?
Las naciones se debaten en dificultades inextricables, en muchos sitios la guerra se eterniza, los hombres tiemblan pensando en la posible catástrofe nuclear, se busca qué se puede hacer para enderezar la situación económica, que el dinero vuelva, que el paro desaparezca, que las industrias prosperen.
Pues bien, aún desde el punto de vista económico es necesario que Cristo reine porque este reino es el de los principios del amor, de los mandamientos de Dios que crean el equilibrio en la sociedad y traen la justicia y la paz. ¿Pensáis que es una actitud cristiana poner la esperanza en tal o cual hombre político, en tal combinación de partidos, en imaginar que un día tal vez un programa político, mejor que otro, resolverá los problemas de una manera segura y definitiva, mientras que de propósito deliberado se aparta “el sólo Señor” como si no tuviese nada que ver con los asuntos humanos, como si todo esto no le concerniese? ¿Qué fe es la de aquellos que hacen de su vida dos partes, con una barrera entre su religión y sus preocupaciones políticas, profesionales, etc.? ¿Dios, que ha creado el cielo y la tierra, no será capaz de arreglar nuestras miserables dificultades materiales y sociales? Si le habéis suplicado y rezado en los malos momentos de vuestra existencia, sabéis por experiencia que Él no da piedras a sus hijos que le piden pan. (...)

Monseñor Marcel Lefebvre

PADRES CATÓLICOS

El papel de los padres se hace muy difícil. Hemos visto la mayoría de los colegios religiosos secularizados de hecho, no se enseña en ellos la verdadera religión ni las ciencias profanas a la luz de la fe. Los catecismos propagan el modernismo. En esta vida tan agitada no hay tiempo para nada, el ritmo del trabajo hace que padres e hijos se distancien de los abuelos, que en otro tiempo participaban en la educación de los nietos. Los católicos no están solamente perplejos, sino desarmados.
A pesar de todo, ellos pueden asegurar lo esencial, la gracia de Dios suplirá lo demás. ¿Qué hay que hacer? Hay colegios verdaderamente católicos aunque no sean muchos. Envíen allí a sus hijos, aunque sea gravoso para su economía. Abran otros nuevos, como algunos ya lo han hecho. Si no pueden frecuentar nada más que colegios donde la enseñanza está desnaturalizada, manifiéstense, reclamen, no dejen que esos maestros hagan perder la fe de sus hijos.
Lean y relean en familia el catecismo de Trento, el más hermoso, el más perfecto y el más completo de todos. Organicen clases de catecismos aparte bajo la dirección espiritual de buenos sacerdotes, no tengan miedo de ser tratados, como nosotros, de “salvajes”. Por lo demás ya funcionan numerosos grupos que acogerán a sus hijos.
Rechacen los libros que transmiten el veneno modernista. Háganse aconsejar. Editores valientes difunden excelentes obras y reimprimen aquellos libros que los progresistas han destruido y hecho desaparecer. No compren cualquier Biblia: toda familia cristiana debería poseer la Vulgata, traducción latina hecha por San Jerónimo en el siglo IV y canonizada por la Iglesia. Aténganse a la verdadera interpretación de las Escrituras; conserven la Misa auténtica y los Sacramentos tal como siempre fueron administrados por todas partes en la Iglesia.
El demonio se ha desencadenado actualmente contra la Iglesia. De esto se trata, éste es el problema. Asistimos tal vez a una de las últimas batallas, una batalla general. Ataca contra todos los frentes y si Nuestra Señora de Fátima ha dicho que un día Satanás se alzará hasta las más altas esferas de la Iglesia, es que esto es posible. Yo no afirmo nada por mí mismo; sin embargo hay signos que pueden hacernos pensar que en los organismos romanos más importantes hay gentes que han perdido la fe.
Hay que tomar medidas espirituales urgentes. Es necesario rezar, hacer penitencia, como la Santísima Virgen lo ha pedido tantas veces, rezar el santo Rosario en familia. Las gentes, lo hemos visto en cada guerra, se ponen a rezar cuando las bombas empiezan a caer. Pues precisamente están cayendo en estos momentos: estamos a punto de perder la fe. Comprenderán que esto sobrepasa en gravedad a todas las catástrofes que puedan hacer temblar a los hombres, las crisis económicas mundiales o los conflictos atómicos.
Se impone la renovación de muchas cosas, pero no piensen que para esto no podemos contar con la juventud. No toda la juventud está corrompida como algunos se atreven a persuadirnos. Muchos tienen un ideal, a muchos otros bastaría con presentárselo. Abundan los ejemplos de movimientos que apelan con éxito a su generosidad; los monasterios fieles a la Tradición les atraen, no faltan vocaciones de jóvenes seminaristas o novicios que piden ser formados. Hay un magnífico trabajo por cumplir conforme a las consignas dadas por los apóstoles: “Conservad las tradiciones... permaneced en lo que habéis aprendido”.
El viejo y decrépito mundo llamado a desaparecer es el mundo del aborto. Las familias fieles a la Tradición son al mismo tiempo familias numerosas, su misma fe les asegura la posteridad. “Creced y multiplicaos”. Guardando lo que la Iglesia ha enseñado siempre, se comprometen con el futuro.

Carta abierta a los católicos perplejos - Cap. XXII
Monseñor Marcel Lefebvre

DEFENSA DE LA FAMILIA

Es tiempo de reaccionar. Cuando “Gaudium et Spes” habla del movimiento de la historia, que “se hace tan rápido que apenas se le puede seguir”, se puede entender este movimiento como la precipitación de las sociedades liberales hacia la disgregación y el caos. ¡Guardémonos de seguirle!
¿Cómo comprender que dirigentes que se dicen cristianos puedan destruir en la Ciudad toda autoridad? Al contrario, lo que importa es restablecer esa autoridad que ha sido querida por la Divina Providencia en las dos sociedades naturales de derecho divino, cuya influencia aquí abajo es primordial: la familia y la sociedad civil.
La familia ha recibido en estos últimos tiempos los más rudos golpes; el paso al socialismo en países como Francia y España no ha hecho más que acelerar el proceso.
Las leyes y medidas que se han sucedido muestran una gran cohesión en la decidida voluntad de destruir la institución familiar: disminución de la autoridad paternal, divorcio fácil, desaparición de la responsabilidad en el acto de la procreación, reconocimiento administrativo y legal de los matrimonios en situación irregular, e incluso de parejas homosexuales, cohabitación juvenil, matrimonios en periodo de prueba, disminución de las ayudas sociales y fiscales a las familias numerosas...
El mismo Estado, en interés propio, comienza a darse cuenta de las consecuencias desastrosas del descenso de la natalidad, y se pregunta cómo, en un futuro próximo, las generaciones jóvenes podrán asegurar el retiro y la jubilación de las que han dejado de ser económicamente productivas. Pero los efectos son considerablemente más graves en el terreno espiritual.
Los católicos no tienen que seguir la corriente sino influir lo más que puedan, puesto que son también ciudadanos, a fin de enderezar lo que haya que enderezar. Por eso no pueden adaptarse ni prescindir de la política. Sin embargo, su esfuerzo ha de ser sobre todo más sensible en la educación que ellos den a sus hijos.
En este capítulo, la autoridad es contestada en sus mismas fuentes por los que proclaman que “los padres no son los propietarios de sus hijos”, queriendo decir con eso que su educación pertenece al Estado, en sus colegios laicos, sus jardines de infancia, sus centros maternales. Se objeta a los padres de no respetar la “libertad de conciencia” de sus hijos cuando los educan según sus propias convicciones religiosas.
Estas ideas remontan a los filósofos ingleses del siglo XVII, que no veían en el hombre más que el individuo aislado, independiente desde su nacimiento, iguales todos entre sí, y sustraídos de toda autoridad. Nosotros sabemos que esto es falso, completamente falso. El niño recibe todo de su padre y de su madre, el alimento corporal, intelectual, la educación moral y social. Los padres se valen de maestros que les ayuden y que participarán de su autoridad en la formación del espíritu de esos jóvenes; y ya sea por unos o por otros la casi totalidad de la ciencia adquirida en el curso de la adolescencia será una ciencia más bien aprendida, recibida, aceptada, más que una ciencia deducida de la observación y de la experiencia propia y personal. Los conocimientos vienen en una parte muy considerable por transmisión de la autoridad paterna o escolar. El joven estudiante cree en sus padres, en sus profesores, en sus libros y así adquiere su saber.
Esto es todavía más cierto respecto a los conocimientos religiosos, de la práctica de la religión, del ejercicio de la moral de acuerdo con la fe, las tradiciones, las costumbres. Los hombres en general viven en función de las tradiciones familiares, esto se observa en toda la superficie del globo. La conversión a una religión distinta de la que se ha recibido y se ha vivido durante la infancia encuentra serios obstáculos.
Esta extraordinaria influencia de la familia y del medio ambiente es querida por Dios. Él ha querido que sus beneficios se transmitan a los hombres primero por la familia; por esta razón ha concedido al padre de familia una gran autoridad, un poder inmenso sobre la sociedad familiar, sobre la esposa, sobre los hijos. El niño nace en una situación de debilidad tan grande que se puede juzgar por ahí la necesidad absoluta de la permanencia del hogar y de su indisolubilidad.
Querer exaltar la personalidad y la conciencia del niño en detrimento de la autoridad familiar, es buscar su desgracia, empujarle a la rebeldía, al desprecio de los padres, siendo así que la longevidad se promete a los que honren a sus padres. San Pablo, recordando esto, amonesta a los padres y les recuerda su deber de no exasperar a sus hijos, sino de educarlos en la disciplina y en el temor de Dios.

Carta abierta a los católicos perplejos - Cap. XXII
Monseñor Marcel Lefebvre

EL NEOMODERNISMO - III

Son los obispos quienes aplican abiertamente la técnica modernista condenada por San Pío X! Todo se encuentra en este párrafo, releedlo con atención: el sentimiento religioso provocado por la necesidad, las as­pi­raciones profundas, la verdad to­man­do nacimiento de la confrontación de experiencias, la variación de los dogmas, la ruptura con la Tradición.
Para el modernismo, los sacramentos nacen también de una necesidad “pues como se ha observado, la necesidad, el menester, tal es su sistema, la gran y universal explicación”. Es preciso dar a la religión un cuerpo sensible: “los sacramentos son (para ellos) puros signos o símbolos, si bien dotados de eficacia.
Los comparan a ciertas palabras de las que se dice vulgarmente que han hecho fortuna, porque ellas tienen la virtud de hacer brillar las ideas fuertes y penetrantes que impresionan y conmueven. Es lo mismo que decir que los sacramentos no han sido instituidos más que para alimentar la fe: proposición condenada por el concilio de Trento”.
Se encuentra esta idea en Besret, por ejemplo, que fue “experto” en el Concilio: “el que pone el amor de Dios en el mundo no es el sacramento. El amor de Dios está actuando en todos los hombres. El sacramento es el momento de su manifestación pública en la comunidad de los discípulos... diciendo esto, yo no pretendo de ningún modo negar el aspecto eficaz de los signos puestos. El hombre se realiza también expresándose y esto vale tanto para los sacramentos como para el resto de su actividad”.
¿Los libros santos? Son para los modernistas “la colección de experiencias hechas en una determinada religión”. Es Dios quien habla por medio de estos libros, pero el Dios que está en nosotros. Son libros inspirados en sentido parecido a como se habla de inspiración poética; la inspiración es asimilada a la necesidad intensa que tiene el creyente de comunicar su fe por escrito: la Biblia es una obra humana.
En Piedras Vivas se dice a los niños que el Génesis es un “poema” es­cri­­to un día por creyentes que “han re­flexionado”. Esta compilación, impuesta por los obispos de Francia a to­­dos los alumnos de catecismo, res­pi­­ra el modernismo en casi todas las pá­­ginas. Hagamos un pequeño paralelo.
San Pío X: “Es una ley (para los modernistas) que la fecha de los documentos no puede determinarse de otro modo que por la fecha de las necesidades a las cuales la Iglesia ha estado sujeta sucesivamente”.
Piedras Vivas: “Para ayudar a estas comunidades a vivir el Evangelio, algunos Apóstoles les escriben cartas, llamadas también Epístolas... pero los Apóstoles han contado sobre todo de viva voz lo que Jesús había hecho en medio de ellos y lo que les había dicho... más tarde cuatro autores -Marcos, Mateo, Lucas y Juan- han puesto por escrito lo que los Apóstoles habían dicho”. “Redacción de los Evangelios: ¿Marcos hacia el setenta? ¿Lucas entre el 80-90? ¿Mateo hacia los años 80-90? ¿Juan por el 95-100?”. “Ellos han explicado los acontecimientos de la vida de Jesús, sus palabras y sobre todo su muerte y resurrección para iluminar la fe de los creyentes”.
San Pío X: “En los libros sagrados (dicen ellos) se hallan bastantes lugares, con referencia a la ciencia o a la historia, donde se constatan errores manifiestos. Pero no es de la historia ni de la ciencia de lo que estos libros tratan, es únicamente de religión y de moral”.
Piedras Vivas: “Es un poema (el Génesis) y no un libro de ciencia. La ciencia nos dice que han sido necesarios millones de años para ver aparecer la vida”. “Los Evangelios no cuentan la narración de la vida de Jesús como se relata hoy un acontecimiento en la radio, en la televisión o en el periódico”.
San Pío X: “No vacilan en afirmar que los libros en cuestión, sobre todo el Pentateuco y los tres primeros Evangelios, se han ido formando lentamente con adiciones hechas a un relato primitivo muy breve: inter­polaciones a manera de interpretaciones teológicas o alegóricas, o simplemente transiciones y suturas”.
Piedras Vivas: “Lo que está escrito en la mayoría de estos libros había sido primero explicado oralmente de padre a hijo. Un día alguien lo escribió para transmitirlo a su vez y a menudo lo que escribió fue reescrito por otros, por otras gentes todavía... 538, dominación de los persas: la reflexión y las tradiciones se convierten en libros. Esdras, hacia el 400, colecciona (diversos libros) para hacer la ley o Pentateuco. Los rollos de los profetas son compuestos. La reflexión de los sabios conduce a diversas obras maestras”.
A los católicos que se extrañan del nuevo lenguaje utilizado en “la Iglesia conciliar” les conviene saber que no es tan nuevo, que Lamennais, Fuchs, Loisy, lo emplearon ya en el siglo pasado y que ellos no habían hecho más que coleccionar todos los errores que han existido en el curso de los siglos. La Religión de Cristo no ha cambiado y no cambiará jamás, no hay que dejarse manipular.

Carta abierta a los católicos perplejos, Cap. XVI
Monseñor Marcel Lefebvre

EL NEOMODERNISMO - I

En el vocabulario completamente re­novado de los hombres de Iglesia, al­gunas palabras han sobrevivido. Fe es una de ellas. Pero es empleada en las más diversas acepciones. Existe, sin embargo, una definición de la Fe que no se puede cambiar. A ésta es a la que debe referirse el católico, cuando no entiende nada del discurso em­bro­­llado y pretencioso que se le dirige.
La Fe es la adhesión de la inteligencia a la verdad revelada por el Verbo de Dios. Creemos en una verdad que viene de fuera y que no es como una especie de secreción de nuestro espíritu. Creemos en ella a causa de la autoridad de Dios que nos revela. No hay que buscar en otra parte.
Nadie tiene derecho a robarnos esta fe para sustituirla por otra. Vemos resurgir una definición moder­nista de la fe, condenada por San Pío X hace ya ochenta años, y según la cual sería un sentimiento interior. La explicación de la religión no sería preciso buscarla fuera del hombre: “es, pues, en el hombre mismo donde se encuentra y, como la religión es una forma de vida, en la misma vida del hombre”. Sería algo puramente subjetivo, una adhesión del alma a Dios, Él mismo inaccesible a nuestra inteligencia, cada uno para sí, cada uno en su conciencia.
El modernismo no es una invención reciente, no lo era siquiera en el año 1907, fecha de la famosa encíclica; es el espíritu perpetuo de la Revolución, que quiere encerrarnos en nues­tra humanidad y poner a Dios fue­ra de la ley. Su falsa definición sólo busca corromper la autoridad de Dios y de la Iglesia.
La Fe nos viene del exterior y estamos obligados a someternos a ella. “El que crea se salvará, el que no crea se condenará”, es Nuestro Señor Jesucristo quien lo afirma.
Cuando yo fui a ver al Papa en 1976, me reprochó, con gran sorpresa mía, que hiciera prestar un juramento contra él a mis seminaristas. Me costó mucho comprender de dónde podía venir esto, pues evidente­men­te alguien le había inculcado esta idea, con la intención de perjudicarme. Después la luz se hizo en mi espí­ritu: se había interpretado malig­namente en este sentido el juramento antimodernista que hasta ahora todo sacerdote estaba obligado a recitar solemnemente antes de su ordenación y todo dignatario eclesiástico en el mo­mento de recibir su cargo. El mismo papa Pablo VI lo había prestado más de una vez en su vida.
He aquí pues lo que dice este juramento: “Sostengo con toda certeza y sinceramente profeso que la Fe no es un ciego sentimiento religioso que brota de las tinieblas del subconsciente, bajo la pre­sión del corazón y la inclinación de la voluntad formada mo­ralmente, sino un verdadero asentimiento del en­tendimiento a la verdad recibida de fuera por la cual creemos ser verdadero, por la autoridad de Dios, todo lo que ha sido dicho, atestiguado y revelado por Dios en persona, nuestro Creador y nuestro Maestro”.
El juramento antimodernista ya no se exige para ser sacerdote u obispo; si se exigiera, todavía habría menos ordenaciones de las que hay. En efecto, el concepto de fe está falseado y muchas personas, sin pensar mal, se dejan llevar por el modernismo. Por esta causa aceptan creer que todas las religiones salvan: si cada uno tiene una fe según su conciencia, si es la conciencia la que produce la fe, ya no hay razón alguna para pensar que una fe salva más que otra, con tal que la conciencia esté orientada hacia Dios. Se leen afirmaciones como ésta en un documento procedente de la comisión de catequesis del episcopado francés: “la verdad no es ninguna cosa recibida, completamente hecha, sino algo que se está haciendo”.
La diferencia de óptica es total. Se nos dice que el hombre no recibe la verdad, sino que la construye. Pero sa­bemos –y nuestra inteligencia nos lo afirma– que la verdad no se crea, no somos nosotros quienes la creamos.
Pero ¿cómo defenderse contra estas doctrinas perversas que arruinan la religión, dado que estos “habladores de novedades” se encuentran en el seno mismo de la Iglesia? Gracias a Dios han sido desenmascarados desde primeros de siglo de una manera que permite reconocerlos fácilmente. No pensemos que se trata de un fenómeno antiguo, interesante sólo para los historiadores eclesiásticos: Pascendi es un texto que se creería escrito hoy, es de una actualidad ex­tra­ordinaria y describe, con una lozanía que nunca admiraremos suficientemente, a estos enemigos del interior.
Helos aquí: “Cortos de filosofía y de teología serias, erigiéndose, con desprecio de toda modestia, en renovadores de la Iglesia... despreciativos de toda autoridad, incapaces de soportar cualquier freno. Su táctica es no exponer jamás metódicamente y en su conjunto sus doctrinas, pero fragmentarlas de algún modo, dispersarlas aquí y allá, lo que se presta a hacerlos juzgar volubles e indecisos, cuando sus ideas, al contrario, son perfectamente determinadas y consistentes... Tal página de una obra suya podría ser firmada por un católico; volved la página, creeréis estar leyendo a un racionalista... Reprendidos y condenados, siguen su camino, disimulando bajo falsas apariencias exteriores de sumisión una audacia sin límites... Si alguien tiene la desgracia de criticar una y otra de sus novedades, por monstruosas que sean, se echan sobre él cerrando filas; quien las niega es tratado de ignorante, quien las abraza y las defiende es elevado hasta las nubes... Una obra aparece respirando la novedad por todos sus poros, la acogen con aplausos y gritos de admiración. Cuanta mayor audacia haya tenido un autor al batir en brecha a la antigüedad, al minar la Tradición y el magisterio eclesiástico, tanto más será tenido por sabio. En fin, si llega el caso de que uno de ellos sea alcanzado por las conde­naciones de la Iglesia, los otros enseguida se apretujan a su alrededor, para colmarlo de elogios y venerarlo casi como un mártir de la verdad”.
Todos estos rasgos corresponden tan perfectamente a lo que vemos hoy día que se creerían escritos recientemente. En 1980, después de la condenación de Hans Küng, un grupo de cristianos procedía delante de la catedral de Colonia a un “auto de fe” co­mo protesta contra la decisión de la Santa Sede de retirar al teólogo sui­zo su misión canónica; levantaron una hoguera sobre la cual echaron un maniquí y obras de Küng “a fin de simbolizar la prohibición de un pensamiento valeroso y honesto” (Le Monde). Poco antes las sanciones con­­tra el P. Pohier habían provocado otras revueltas: trescientos dominicos y dominicas dirigían una carta pública de protesta contra estas sanciones; una veintena de personalidades firmaban otro texto; la abadía de Boquen, la capilla de Montparnasse y otros grupos de vanguardia, venían en su socorro. La única novedad con relación a la descripción de San Pío X es que ya no se disimulan bajo falsas apariencias de sumisión, se sienten seguros, tienen demasiado apoyo en la Iglesia para seguir escondiéndose. El modernismo no ha muerto, al contrario ha progresado y es pregonado.
Continuamos la lectura de Pas­cen­di: “Después de esto no cabe extrañarse si los modernistas persiguen con toda su mala voluntad, con toda su acritud, a los católicos que luchan vigorosamente por la Iglesia. No hay ninguna clase de injurias que no vomiten contra ellos. Si se trata de un adversario cuya erudición y vigor de espíritu le hacen temible, tratarán de reducirlo a la impotencia organizando a su alrededor la conspiración del silencio”. Hoy día tal es el caso de los sacerdotes tradicionalistas acorra­la­dos, perseguidos, de los escritores religiosos y seglares de los cuales la prensa en manos de progresistas no dice jamás una sola palabra. De los mo­vimientos de juventud también, apartados porque siguen fieles y cuyas edificantes actividades, peregrina­ciones u otras, permanecen desconocidas para el público que podría, sin embargo, encontrar consuelo en ellos.
“Si escriben historia, buscan con curiosidad y publican con gran alarde, bajo color de decir la verdad y con una especie de placer mal disimulado, todo lo que les parece una mancha en la historia de la Iglesia. Dominados por determinados prejuicios, destruyen, todo lo que pueden, las piadosas tradiciones populares. Ponen en ridículo ciertas reliquias, muy venerables por su antigüedad. Están en fin poseídos del vano deseo de hacer que se hable de ellos; lo cual jamás sucedería, ellos lo comprenden bien, si dijeran lo que siempre se ha dicho hasta ahora”.

Carta abierta a los católicos perplejos, Cap. XVI
Monseñor Marcel Lefebvre

miércoles, 18 de marzo de 2009

LA NUEVA RELIGIÓN Y LA OBEDIENCIA

Por dos veces me dijeron los enviados de la Santa Sede: «Ya no es posible en nuestro tiempo la Realeza Social de Nuestro Señor; hay que aceptar definitivamente el pluralismo de las religiones». Fueron sus palabras.
Pues bien, yo no pertenezco a esta religión. Es una religión liberal, modernista, que tiene su culto propio, sus sacerdotes, su fe, sus ca­­tecismos, su Biblia ecuménica, traducida en común por católicos, judíos, protestantes, anglicanos, mudando y guardando la ropa a un tiempo, dando satisfacción a todo el mundo, es decir, sacrificando con frecuencia la interpretación del ma­gisterio. Nosotros no aceptamos esta Biblia ecuménica. Existe la Bi­blia de Dios, su Palabra, que no tenemos el derecho de mezclar con la palabra de los hombres.
Cuando yo era niño, la Iglesia tenía en todas partes la misma Fe, los mismos Sacramentos, el mismo Sacrificio de la Misa. Si me hubieran dicho entonces que esto cambiaría, no lo habría podido creer. En toda la Cristiandad se oraba a Dios de la misma manera. La nueva religión liberal y modernista ha sembrado la división.
Los cristianos están ya divididos dentro de una misma familia a causa de esta confusión que ha sido instaurada: no van a la misma misa, no leen los mismos libros. Hay sacerdotes que ya no saben qué hacer: o bien obedecen ciegamente lo que sus superiores les imponen y así pierden en cierta forma la Fe de su infancia y de su juventud, y renuncian a los votos que hicieron en el momento de su ordenación co-mo su juramento antimodernista, o bien resisten, pero con la impresión de separarse del Papa, que es nuestro Padre y el Vicario de Cristo. En am­bos casos ¡qué desgarramiento! Son muchos los sacerdotes que han muerto prematuramente de dolor.
Y ¡cuántos otros se han visto obligados a abandonar sus parroquias, en las que hacía tantos años ejercían su ministerio, por estar expuestos a una abierta persecución por parte de sus jerarquías, y a pesar del apoyo de sus fieles, a quienes se les arrancaba su pastor! Tengo a la vista el emocionante adiós de uno de ellos, a los feligreses de dos parroquias de las cuales era el pá­rroco: «En la conversación del ..., el señor Obispo me ha dirigido un ultimátum: aceptar o rehusar la nueva religión; yo no tenía escape posible. Por tanto, para mantenerme fiel al compromiso de mi sacer­do­cio, para mantenerme fiel a la Fe eterna... me vi obligado, forzado, contra mi voluntad, a retirarme... La simple honestidad y, sobre todo, mi honor sacerdotal, me obligaron a ser leal precisamente en esta materia de gravedad divina (la Misa). Esta prueba de fidelidad y de amor es la que debo dar a Dios y a los hombres, y sobre ella seré juzgado el último día, como también todos aquéllos a quienes se confió este mismo depósito».
La división afecta hasta las menores manifestaciones de piedad. En el Val-de-Marne, el obispado hi­zo expulsar por la policía a 25 católicos que rezaban el rosario en una iglesia, privada de cura titular desde hacía años. En la diócesis de Metz el Obispo hizo intervenir al alcalde comunista para que fuera suspendido el préstamo de un local concedido a un grupo de tradicionalistas. En el Canadá 6 fieles fueron condenados por el tribunal, que la ley de este país permite intervenir en esta clase de asuntos, por haberse obstinado en comulgar de rodillas. El Obispo de Antigonish los acusó de perturbar voluntariamente el orden y la dignidad de un servicio religioso. (...) ¡De parte del Obispo, prohibido a los cristianos doblar la rodilla ante Dios! El año pasado, la peregrinación de jóvenes a Chartres terminó con una misa en los jardines de la Catedral, porque estaba prohibido celebrar dentro la misa de San Pío V. Pero, quince días después, se abrieron las puertas para un concierto de música espiritual, en el curso del cual fueron ejecutadas danzas por una excarmelita.
Se enfrentan dos religiones; nos encontramos en una situación dra-mática, es necesario llevar a cabo una elección, pero esta elección no es entre la obediencia y la desobediencia. Lo que se nos propone, a lo que se nos invita expresamente, por lo que se nos persigue, es escoger una apariencia de obediencia. Porque el Santo Padre, en efecto, no nos puede pedir que abandonemos nuestra fe.
Nosotros elegimos pues guardarla y no podemos equivocarnos en seguir fieles a lo que la Iglesia ha enseñado durante dos mil años. La crisis es profunda, sabiamente organizada y dirigida de modo que se puede en verdad creer que el maestro de esta obra no es un hombre, sino el mismo Satanás. Es un golpe magistral de Satanás haber logrado hacer que los católicos desobedezcan a toda la Tradición en nom-bre de la obediencia. Un ejemplo típico nos lo da el “aggiornamento” de las sociedades religiosas: por obediencia, se hace desobedecer a los religiosos y religiosas a las leyes y constituciones de sus fundadores, que juraron observar cuando hicieron su profesión. La obediencia en este caso debería ser categóricamente negativa. Ni siquiera la autoridad legítima puede imponer un acto reprensible, ma­lo. (...) Lo mismo que nadie puede hacer que nos hagamos protestantes o modernistas.

Carta abierta a los católicos perplejos, cap. XVIII
Monseñor Marcel Lefebvre

martes, 17 de marzo de 2009

HACIA EL IDEAL MUNDIALISTA

Conferencia de Mons. Marcel Lefebvre
Les hablaré, rápidamente, de lo que parece ser el complot urdido contra la Iglesia, en contra de Nuestro Señor Jesucristo, de Dios Padre y, luego, cómo fue posible que esos autores -de los cuales el principal es el mismo Satanás- hayan logrado introducirse en la Iglesia y servirse de sus hombres para concretar sus planes.
Nos encontramos, sin duda, en una situación trágica, por lo tanto debemos tomar resoluciones firmes; somos los herederos de Dios que vivimos en esta época, en esta situación de la Iglesia en la que el mismo Papa está comprometido en el camino de la Revolución, por eso hemos de obrar en consecuencia, para defender a cualquier precio la Fe católica y la Santa Iglesia.
Ustedes conocen el libro de Sardá y Salvany: "El liberalismo es pecado", este libro fue escrito ya hace casi un siglo y aprobado por San Pío X, aprobado por la Santa Sede. EL LIBERALISMO ES PECADO. ¿Y qué es ese pecado de liberalismo? Es la Revolución del hombre en contra de Dios; el deseo de independencia: el hombre quiso liberarse de Dios, o la libertad del hombre que quiso alejarse de Dios.
¿Qué hizo el hombre con su libertad? Hizo la libertad de pecar, de ser libre para poder pecar, para obrar según su conciencia: libertad de conciencia, libertad de prensa, libertad de pensamiento...
Antes de producirse esto el hombre dependía de Dios y sentía esa dependencia de la Autoridad Suprema, la Verdad perfecta, la Ley misma [...] ahora festejan la independencia, los países festejan su independencia, no sería nada si se tratara de una independencia de orden político o de un hecho simplemente histórico, lo hacen festejando la independencia de Dios.
Podríamos preguntarnos ¿qué es ese liberalismo, cuál es su definición? Y diremos que el LIBERALISMO es una religión; una que quiere reemplazar a la Católica; que tiene sus propios sacerdotes: los dirigentes de la Masonería. Ellos son sus sagrados pontífices, ellos enseñaron esta religión en sus logias y desde allí dirigen la operación de destrucción de la Iglesia y de la Cristiandad.
Esa religión liberal tiene su culto, laico, el de la Diosa Razón, que fue adorada en la Catedral de París en la Revolución Francesa. El culto a la libertad; ese culto que hace estatuas que reemplazan a las de la Santísima Virgen María y a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.
Esta nueva religión tiene su calendario, sus gestas laicas reemplazando a las de Dios, con sus mitos: el hombre, la razón, la libertad. El hombre es tratado como todopoderoso, como centro de la Creación, sin deberle nada a Dios.
Y tiene también su decálogo reemplazando al de Nuestro Señor, éste es el de los derechos del hombre. No más derechos para Dios. No más obligaciones para el hombre, sino los derechos para poder pecar, para elegir lo que quiera, para que todos respeten su conciencia. Jesús en cambio, no dijo eso a sus apóstoles cuando les enseñó a predicar: "Quien crea, y se convierta, se salvará, quien no crea se condenará". No les dijo que cada uno siguiera su conciencia, les dijo que enseñaran la Verdad y por esto ellos murieron mártires de la Verdad. No para que cada uno obrara según su conciencia, no para que les dijeran "hagan lo que quieran", y sin embargo, por desgracia, ese es el espíritu que domina hoy aún en el interior de la Iglesia católica.
Esta religión del liberalismo tiene también su política su organización: LA DEMOCRACIA; el poder ya no procede de Dios sino del hombre, es él quien hace la ley. La democracia se transforma rápidamente en socialismo y en comunismo; la mayor parte de las naciones que son democráticas se encuentran en esta situación, dirigidas por un poder socialista.
Todo esto procede de esta religión liberal; ella tiene, además, sus fuerzas, Sin duda ustedes lo saben mejor que yo, es un hecho que tienen un poder más o menos oculto en las finanzas. Qué o quién, no se sabe, pero tienen todo el dinero del mundo y dominan las finanzas en todos los sectores de las ciudades; ese poder enorme que puede tranquilamente aniquilar una nación suprimiéndole los créditos -tienen el ejemplo aquí en los países de América- y a cambio de esos créditos exigen que, en estos países, se aplique la religión liberal.
Tienen también sus medios de comunicación que están todos en manos de la masonería. En Europa ya no existen periódicos católicos, no los hay ni en Italia ni en Francia ni en Suiza, todos están en manos de los poderes internacionales [...].
Ahora, finalmente, están en camino de instalar una Superreligión; tienen ustedes conocimiento de la reunión realizada en Asís el 27 de octubre de 1986, pues bien, no se trata de ésta como punto de partida de tal instalación sino de una que la precediera realizada el 29 de septiembre. Yo mismo no lo sabía, para enterarme tuve que viajar a Roma en octubre. Es decir, un mes antes de la reunión de Asís que presidiera Juan Pablo II, se realizó otra reunión, también allí, presidida por el príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de la reina de Inglaterra, en la cual se hallaban las cinco grandes religiones de la tierra, dentro de la misma Basílica. Salió esto en varios diarios italianos; allí figura el discurso pronunciado por el citado príncipe en aquella ocasión, dijo él: "Así se obtiene la gracia de tener unidas aquí las cinco grandes religiones de la tierra, al fin ya no hay tapujos, al fin se acaba una sola y única verdad religiosa y al fin se suprime el escándalo cristiano de aquel hombre que vivió hace 20 siglos y pretendió decir de sí mismo: Yo soy el camino, la verdad y la vida". Y bien, ¿es o no una declaración contra Nuestro Señor Jesucristo? Esto sucedió un mes antes en el mismo lugar en el que se realizaría el encuentro del Papa. Podríamos decir que Roma no sabía de aquel encuentro, sin embargo bien que lo sabía. Esto no es más que una etapa para llegar a la formación de esa SUPER RELIGIÓN, la religión del liberalismo, esa religión que instala su voluntad, que instala su programa para reemplazar el de la verdadera religión católica, eso es algo abominable.
Es toda una organización, un verdadero complot, meditado, pensado punto por punto para destruir toda la cristiandad. Lo dijo bien S.S. León XIII, que el fin que interesaba a estas asociaciones era destruir las instituciones cristianas y particularmente, una contra la cual se encaminan: la familia. Cada vez hay menos matrimonios en todo el mundo, inclusive en las mismas legislaciones se sostiene la unión libre; en muchos países son menores los impuestos a los concubinos que para quienes sostienen y tienen un verdadero matrimonio. Es el desorden completo.
Y ahora llegamos al momento principal, es el golpe maestro pensado por Satanás; introducir en la Iglesia esta falsa religión, sirviéndose de sus hombres -sobre todo los obispos- para establecer la revolución liberal.
Esa infiltración en el seno de la Iglesia se realizó sobre todo después del Concilio Vaticano II; el mismo Cardenal Ratzinger en su libro "Teoría del principio teológico", dice claramente que luego de los años sesenta hubo algo que cambió en el seno de la Iglesia católica, reconociendo ahora, principios que le son ajenos, que vienen de 1789, de la Revolución Francesa. Esto dice abiertamente; inclusive, que el Vaticano II fue el golpe final, que a partir de él no se nombran más que obispos favorables a la revolución liberal. [...]
La revolución estaba instalada fuera y en contra de la Iglesia; ahora, por medio de sus hombres, se halla adentro y asistimos a su crucifixión. Ella sufre una verdadera pasión. Lo dijo el mismo Pablo VI, que asistimos a la autodemolición de la Iglesia. ¿Qué quería decir? La destrucción por los mismos hombres de la Iglesia [ ...].
Ante esto nos encontramos. Debemos, entonces, reagruparnos, como verdaderos católicos, en torno a los altares. Altares católicos y no esas mesas de comunión. Altares del verdadero Sacrificio, junto a los verdaderos sacerdotes, verdaderos obispos, verdadera doctrina, verdadera Religión, para asistir a la verdadera Misa católica.
Es el altar el tesoro de la Iglesia. El sacrificio de Nuestro Señor es lo más hermoso, lo más grande, lo más sublime que Él nos dejara. Debemos reencontrarnos ahí, en esos altares, para reconstruir la Cristiandad.
Todas las gracias proceden de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Gracias que han hecho muchos mártires por Dios, que le han dado a la Cristiandad el espíritu misionero. Si queremos entonces, decía, reconstruir la Cristiandad, debemos adorarle en esos altares y para tenerlos, necesitamos sacerdotes [...].
Debemos hacer familias cristianas, es de ellas de donde proceden las vocaciones. Familias numerosas, unidas, donde se reza en común, donde se dan ejemplos, donde reina la modestia y las virtudes cristianas [...].
Nosotros queremos volver a proclamar a Nuestro Señor como Rey; no queremos otro Rey más que Él. El Reino Universal, no solamente en nuestras familias sino también en nuestras ciudades; el Reino de Nuestro Señor como fue predicado durante siglos. Que podamos decir: "Más vale morir que traicionarlo”.
Gracias por vuestra atención ¡Viva Cristo Rey!