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viernes, 20 de marzo de 2009

LA COMUNIÓN FRECUENTE

Se cuenta de Mitrídates, rey del Ponto, que, habiendo inventado el antídoto mitridático, de tal manera reforzó su cuerpo que, cuando quiso envenenarse a sí mismo, para no caer en la servidumbre de los romanos, no pudo lograrlo. Jesús el Salvador ha instituido el sacramento de la Eucaristía, que contiene realmente su carne y su sangre, para que quien lo coma viva eternamente. Por esta causa, el que la recibe con frecuencia y con devoción, de tal manera robustece la salud y la vida de su alma, que es casi imposible que sea envenenado por ninguna clase de malos afectos.
Es imposible alimentarse de esta carne de vida y vivir con afectos de muerte. Así como los hombres del paraíso terrenal no podían morir, por la fuerza de aquel fruto de vida que Dios había puesto allí, de la misma manera no se puede morir espiritualmente, por la virtud de este sacramento de vida.
Si los frutos más tiernos y más sujetos a la corrupción, como las cerezas, los albaricoques y las fresas, fácilmente se conservan todo el año confitados con azúcar y con miel, no es de maravillar que nuestros corazones, aunque débiles y miserables, se preserven de la corrupción del pecado, cuando están azucarados y dulcificados con la carne y la sangre del Hijo de Dios.
¡Oh Filotea!, los cristianos que sean condenados no sabrán qué responder, cuando el imparcial Juez les haga ver que, por su culpa, han muerto espiritualmente, aunque era una cosa muy sencilla conservar la vida y la salud, con sólo comer su Cuerpo: "Miserables –les dirá–, ¿por qué habéis muerto, teniendo a vuestra disposición comer del fruto y del manjar de vida?"
"En cuanto a recibir la comunión eucarística todos los días, ni lo alabo ni la repruebo; en cuanto a comulgar a lo menos todos los domingos, lo aconsejo y exhorto a todos a que lo hagan, con tal que el alma esté libre de todo afecto al pecado." Así habla san Agustín, por lo cual no alabo ni vitupero absolutamente el que comulgue diariamente, sino que lo dejo a la discreción del padre espiritual de cada uno, ya que, siendo necesarias las disposiciones debidas para la comunión frecuente, no es posible dar un consejo general. Estas disposiciones pueden encontrarse en muchas almas, por lo que se debe considerar la preparación interior de cada persona.
Sería imprudente aconsejar a todos indistintamente esta práctica; pero sería igualmente imprudente censurar a los que la siguen, sobre todo si obran aconsejados por algún digno director. Fue muy graciosa la respuesta de santa Catalina de Siena, a la cual, mientras hablaba de la comunión frecuente, le dijeron que san Agustín no alababa ni vituperaba el comulgar cada día: "Pues bien –replicó ella–, puesto que san Agustín no lo reprueba, os ruego que tampoco lo reprobéis vosotros, y esto me basta." Has visto cómo san Agustín exhorta y aconseja que no se deje de comulgar cada domingo; hazlo siempre que te sea posible.
Si eres prudente, no habrá ni padre, ni esposa, ni marido, que te impida comulgar frecuentemente; porque el ir a comulgar no ha de ser ningún estorbo para el cumplimiento de tus obligaciones diarias; más aún, comulgando serás cada día más dulce y más amable con ellos y no les negarás ningún servicio; por esto, no habrá por qué temer que se opongan a la práctica de este ejercicio, que no les acarreará ninguna molestia, a no ser que obren movidos por un espíritu en extremo quisquilloso e incomprensivo; en este caso, el director, como ya te lo he dicho, te aconsejará cierta condescendencia.
Es conveniente, ahora, decir unas palabras a los casados. En la Ley antigua, no era cosa bien vista que los acreedores exigiesen el pago de las deudas en los días de fiesta, pero aquella Ley nunca reprobó que los deudores cumpliesen sus obligaciones y pagasen a los que lo exigían. En cuanto a los derechos conyugales, si bien es de alabar la moderación, no es pecado hacer uso de los mismos los días de comunión, y el pagarlos no sólo no es reprobable, sino que es justo y meritorio. Así, pues, nadie que tenga obligación de comulgar se ha de privar de la comunión a causa de las relaciones conyugales. En la primitiva Iglesia, los cristianos comulgaban cada día, aunque estuviesen casados y tuviesen hijos; por esto te he dicho que la comunión frecuente no ocasiona ninguna molestia ni a los padres, ni a las esposas, ni a los maridos con tal que el alma que comulga sea prudente y discreta.
En cuanto a las enfermedades corporales, ninguna puede ser legítimo obstáculo para esta santa participación, a no ser que provocase con mucha frecuencia el vómito.
Para comulgar con frecuencia basta con estar libre de pecado mortal y tener un recto deseo de hacerlo. Siempre, empero, es mejor que pidas el parecer al padre espiritual.
San Francisco de Sales

jueves, 19 de marzo de 2009

EL LATÍN Y LA SANTA MISA

Frecuentemente se nos pregunta ¿por qué nuestra insistencia en el uso del latín en la liturgia? Pues teóricamente hablando existe muy poca diferencia sobre cual idioma se utilice en la Misa por ejemplo, ya que Dios entiende todas las lenguas y conoce los pensamientos más íntimos de todos los corazones; pero en la práctica existe un verdadero abismo entre el significado cambiante que se le da a las palabras de la lengua vernácula y el significado de las palabras de la así llamada "lengua muerta", es decir el idioma latino.
¡Ahora sí entiendo qué es lo que se sucede durante la Misa! Con mucha insistencia la gente dice que ahora que la Misa es en lengua vernácula (el idioma propio de cada nación) ahora sí entienden qué es lo que se lleva acaba durante la celebración de la Misa.
Los Misales para uso de los fieles, antes del Concilio Vaticano II, contienen la traducción del latín acompañada con su similar en el idioma correspondiente, y así ha sido utilizado por muchos años. Con estos Misales, los fieles pueden acompañar y leer exactamente lo que el sacerdote dice en sus oraciones frente el altar. Y aunque el Sacerdote utilice el latín en las ceremonias de la Iglesia, los fieles pueden seguir paso a paso lo que se realiza gracias a las traducciones del latín al español, inglés, francés, o el idioma propio de cada país. Por lo tanto no es un argumento válido de los promotores de la Misa en lengua vernácula decir que ahora sí entienden la Misa. Puesto que si los fieles no fueron capaces de entender el inglés simple traducido en sus Misales antes del Concilio Vaticano II, ¿por qué serían ahora capaces de entender lo que sucede en la Misa en lengua vernácula de nuestros días?
La Misa, ante todo un sacrificio. Cuando preguntamos a los promotores de la nueva Misa que nos definan lo que entienden precisamente por lo que es la Misa, frecuentemente recibimos respuestas como estas: La Misa es "una cena", "una conmemoración", "una fiesta de alegría y amor", etc. Estas respuestas a simple vista suenan muy bien, sin embargo les falta algo muy importante. Han perdido completamente el verdadero sentido y principal significado de lo que la Iglesia Católica enseña acerca de lo que es la Misa, la cual claramente ha sido definida como un sacrificio, la renovación incruenta del sacrificio del calvario. Es ante todo un sacrificio.
La Misa tampoco es la última cena, puesto que Jesucristo instituyó la Misa después de que hubieron cenado, cuando tomo pan y vino y lo bendijo (es decir lo consagró). Él claramente manifiesta que esto es su cuerpo y su sangre, y que si queremos tener vida en nosotros debemos alimentarnos de Él. En cada Misa, Jesucristo se ofrece a si mismo a su Padre celestial en sacrificio. Él se hace verdaderamente presente en nuestros altares. El pan y el vino verdaderamente se convierten en el cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro señor Jesucristo.
La lengua vernácula y la libre interpretación. Este conflicto, sobre lo que significa la Misa, es una de las razones por las cuales la Iglesia insiste en el uso del idioma latín. Puesto que aún si la Misa fuera traducida en lengua vernácula sin ninguna modificación, lo cual no se puede decir de la traducción realizada por los instigadores del Concilio Vaticano II, existiría aun así una gran confusión. Ya que los fieles, al escuchar la Misa sin ninguna explicación, en su idioma natal, tomarían el papel de intérpretes ellos mismos, conduciendo esto a la protestantización de la Misa, eventualmente reducida a un común denominador.
Esta “libertad de interpretación” se cuida de no ofender a nadie, es decir que cada uno puede creer lo que le parece mejor, a condición de no condenar la “opinión” del otro. De esta manera, católicos y protestantes, podrán estar “contentos”. Esto es el resultado del nuevo ecumenismo: ceremonias interreligiosas en el común error de creer que se adora al mismo Dios.
Por otra parte, cuando el latín es utilizado en la liturgia de la Iglesia, los fieles interesados en conocer más acerca de ésta, deben dirigirse a las autoridades competentes y legítimamente constituidas para encontrar el verdadero significado, sea de la Misa, de los sacramentos, lecturas, etc. Pues recordemos que Jesucristo prometió estar con su Iglesia hasta la consumación de los siglos, y no con cada individuo y sus propias interpretaciones en particular: solo la Iglesia Católica es capaz de conocer la interpretación correcta de los misterios de Dios.

LA SAGRADA LITURGIA Y PÍO XII

Errores reprobados por el papa Pío XII en la encíclica «Mediator Dei», sobre la sagrada liturgia y el apostolado litúrgico

1. “Hay que reprobar severamente la temeraria osadía de quienes introducen intencionadamente nuevas costumbres litúrgicas o hacen renacer ritos ya en desuso y que no están de acuerdo con las leyes y rúbricas vigentes” (usando la lengua vulgar en la Misa, trasladando fiestas a capricho, excluyendo los textos bíblicos del Antiguo Testamento, etcétera). (Parte 1ª, V.)

2. “Se sale del recto camino quien desea devolver al altar su forma antigua de mesa; quien desea excluir de los ornamentos litúrgicos el color negro; quien quiere eliminar de los templos las imágenes y estatuas sagradas; quien quiere hacer desaparecer en las imágenes del Redentor Crucificado los dolores acerbísimos que Él ha sufrido; quien repudia y reprueba el canto polifónico, aunque esté conforme con las normas promulgadas por la Santa Sede.” (íd., íd.)

3. “No resultaría animado de un celo recto e inteligente quien deseara volver a los antiguos ritos y usos, repudiando las nuevas normas introducidas por disposición de la Divina Providencia y por la modificación de las circunstancias.” (íd., íd.)

4. “Dense cuenta los fieles de que su principal deber y su mayor dignidad consiste en la participación en el Sacrificio Eucarístico, y eso... de un modo tan intenso y activo que estrechísimamente se unan con el Sumo Sacerdote, y ofrezcan el Sacrificio juntamente con Él y por Él, y con Él se ofrezcan también a sí mismos; mas no por eso los fieles gozan de la potestad sacerdotal. Hay quienes así lo creen, y que los sacerdotes obran solamente por una delegación de la comunidad, y por eso juzgan que el Sacrificio Eucarístico es una estricta concelebración, y opinan que es más conveniente que los sacerdotes concelebren rodeados de fieles, que no que ofrezcan privadamente el Sacrificio sin asistencia de pueblo.” (Íd. parte, II, II.)

5. “Algunos reprueban absolutamente las misas que se ofrecen en privado sin asistencia del pueblo, como si fuesen una desviación del primitivo modo de sacrificar; y no faltan quienes aseveren que no pueden ofrecer al mismo tiempo la hostia divina diversos sacerdotes en varios altares, por cuanto con esta práctica dividirían la comunidad de los fieles e impedirían su unidad; más aún, algunos llegan a creer que es preciso que el pueblo confirme y ratifique el Sacrificio, para que éste alcance su fuerza y su valor, alegando en todos estos casos erróneamente el carácter social del Sacrificio Eucarístico.” (íd., íd.)

6. “Se apartan de la verdad y del camino de la recta razón quienes, llevados de opiniones falaces, hacen tanto caso de las circunstancias externas de la participación de los fieles en el Santo Sacrificio, que no dudan en aseverar que, si ellas se descuidan, la acción sagrada no puede alcanzar su propio fin.” (íd., íd.)

7. “Se alejan del recto camino de la verdad los que, ateniéndose más a la palabra que al sentido, afirman y enseñan que, acabado el Sacrificio de la Misa, no se ha de continuar la acción de gracias, no sólo porque ya el mismo Sacrificio del altar es de por sí una acción de gracias, sino también porque eso pertenece a la piedad privada y particular de cada uno, y no al bien de la comunidad.” (íd., íd.)

8. “No permitan los obispos que, so pretexto de renovación litúrgica se descuide la adoración al augustísimo Sacramento y las piadosas visitas a los tabernáculos eucarísticos; ni que se disuada la confesión de los pecados cuando sólo se hace por devoción; ni que de tal manera se relegue, sobre todo durante la juventud, el culto a la Santísima Virgen, que poco a poco se entibie y languidezca.” (Parte 4ª, 1.)

9. “La vida cristiana no consiste en muchas y variadas preces y ejercicios de devoción, sino en que éstos contribuyan solamente al progreso espiritual de los fieles, y por lo mismo al incremento real de toda la Iglesia.” (Íd., ídem)

10. “Es absolutamente necesario que los obispos estén muy alerta para que no se infiltren en su grey aquellos sutiles y perniciosos errores de un falso misticismo y de un quietismo perjudicial; y asimismo que no seduzca a las almas un cierto peligroso humanismo, ni se introduzca aquella falaz doctrina que bastardea la noción misma de la fe católica; ni, finalmente, un excesivo arqueologismo en materia litúrgica.” (Íd., II.)

martes, 17 de marzo de 2009

EL LATÍN EN LA IGLESIA

No queremos aquí retroceder hasta la Auctorem fidei de Pío VI, que reprobó la propuesta del Sínodo de Pistoya de realizar los ritos en lengua vernácula (DENZINGER, 1566). (...) Si decimos que el latín es connatural a la religión católica, ciertamente no nos referimos a una connaturalidad metafísica coincidente con la esencia de la cosa misma (como si el catolicismo no pudiese subsistir sin el latín), sino a una connaturalidad histórica: un hábito adquirido históricamente por una peculiar aptitud y conveniencia que el idioma latino tiene con la religión. El catolicismo nació, por así decirlo, arameico; fue durante mucho tiempo griego; se hizo pronto latino, y el latín se le hizo connatural. De entre las muchas adaptaciones posibles de un lenguaje a la religión, la connaturalidad histórica es la que mejor responde a las propiedades de ésta, modelándose perfectamente sobre los caracteres de la Iglesia.
En primer lugar la Iglesia es universal, pero su universalidad no es puramente geográfica ni consiste, como se dice en el nuevo Canon, en estar difundida por toda la tierra. Dicha universalidad deriva de la vocación (están llamados todos los hombres) y de su nexo con Cristo, que ata y reúne en Sí a todo el género humano. La Iglesia ha educado a las nacionalidades de Europa y creado los alfabetos nacionales (eslavo, armenio), dando origen a los primeros textos escritos. En consonancia con la acción civilizadora de los Estados europeos, ha educado a las nacionalidades de África. Sin embargo, no puede adoptar el idioma de un pueblo particular, perjudicando a los demás. A pesar de la disgregación postconciliar, a la Iglesia católica parece escapársele lo mucho que la unidad de la lengua aporta a la unidad de un cuerpo colectivo: no ocurre así con el Islam, que usa en sus ritos el paleoárabe incluso en los países no árabes; ni con los hebreos, que usan para la religión el paleohebráico; tampoco se les escapa a los Estados que han alcanzado después de la guerra su unidad nacional, pues ninguno de ellos ha adoptado como lengua oficial una de las lenguas nacionales, sino el inglés o el francés, lenguas de sus colo-nizadores y civilizadores.
En segundo lugar la Iglesia es sustancialmente inmutable, y por ello se expresa con una lengua en cierto modo inmutable, sustraída (relativamente y más que cualquier otra) a las alteraciones de las lenguas usuales: alteraciones tan rápidas que todos los idiomas hablados hoy tienen necesidad de glosarios para poder entender las obras literarias de sus primeros tiempos. La Iglesia tiene necesidad de una lengua que responda a su condición intemporal y esté privada de dimensión diacrónica (es decir, de la sucesión en el tiempo). Ahora bien, siendo imposible que una lengua de hombres escape al devenir, la Iglesia se acomoda a un lenguaje que elide cuanto es posible la evolución de la palabra.
En tercer lugar la lengua de la Iglesia debe ser selecta y no vulgar, porque las cosas que intenta expresar son las cumbres del espíritu, más bien un ensayo de realidades sobrehumanas. No es que la Iglesia desprecie el profanum vulgus: al contrario, todo aquello que toca lo santifica, y el vulgo, los pobres y los simples son objeto principal de su cuidado. Ella trata con perfecta paridad en sus sacramentos a príncipes y a plebe, y catequizó a los pueblos en sus dialectos: Santo Tomás en Nápoles predicó en el vernáculo napolitano, Gerson en el de la Alvernia y los párrocos de Lombardía hasta final del siglo XIX en el del país. Incluso fundó órdenes religiosas expresamente comprometidas en la instrucción de las capas populares, asemejándose a ellas incluso en la humildad del nombre (los Ignorantes). No es por desprecio del pueblo o altanería sobre los pueblos como pudo la religión tener el latín como lengua propia y connatural. (...) La razón importante es la necesidad para la Iglesia de custodiar el dogma con una lengua que se mantenga fuera de las pasiones. Las pasiones, en una explicación completa (que abarca desde el orgullo hasta la facilidad para sacar conclusiones), son principio de fluctuación de las mentes, de alteraciones de la verdad y de divisiones entre los hombres. Y es ciertamente fútil el escándalo que se monta a veces sobre las sutiles diferencias entre una definición y otra, como si fuesen chanzas y menudencias de charlatanes. El lenguaje es la idea misma, y variar el lenguaje, como se desprende del desarrollo homogéneo o heterogéneo del dogma, significa idénticamente variar la doctrina.
En conclusión, los caracteres del latín de la Iglesia se fundan en una suprahistoricidad que instaura, más que impide, la comunicación entre los hombres, del mismo modo que el elemento de la vida sobrenatural instaura, más que impide, la comunión de todos aquéllos que participan de la naturaleza humana. Lorenzo el Magnífico, discurriendo de las diversas excelencias de las lenguas, atribuye la universalidad del latín a la "prosperidad de la fortuna". No hace falta creer con los medievales que, al igual que el Imperio, así la lengua de Roma haya estado establecida "por lugar santo / donde mora el que a Pedro ha sucedido" (Div. Com., Inf. II, 23-24). Se puede rechazar tal sentencia y no desconocer sin embargo la eminencia y el sentido de la latinidad de la Iglesia.

EL PADRE PÍO Y LA MISA

En 1974 se publicó una obra en italiano, titulada «Cosí parlò Padre Pio»: «Así habló el Padre Pío» (San Giovanni Rotondo, Foggia, Italia), con el imprimatur de Mons. Fanton, obispo auxiliar de Vincencia. En este presente trabajo sacamos algunos pasajes en los que el Padre Pío hablaba de la Santa Misa.

Padre, ¿ama el Señor el Sacrificio? Sí, porque con él regenera el mundo.¿Cuánta gloria le da la Misa a Dios? Una gloria infinita.¿Qué debemos hacer durante la Santa Misa? Compadecernos y amar.Padre, ¿cómo debemos asistir a la Santa Misa? Como asistieron la Santísima Virgen y las piadosas mujeres. Como asistió San Juan al Sacrificio Eucarístico y al Sacrificio cruento de la Cruz.Padre, ¿qué beneficios recibimos al asistir a la Santa Misa?No se pueden contar. Los veréis en el Paraíso. Cuando asistas a la Santa Misa, renueva tu fe y medita en la Víctima que se inmola por ti a la Divina Justicia, para aplacarla y hacerla propicia. No te alejes del altar sin derramar lágrimas de dolor y de amor a Jesús, crucificado por tu salvación. La Virgen Dolorosa te acompañará y será tu dulce inspiración.Padre, ¿qué es su Misa? Una unión sagrada con la Pasión de Jesús. Mi responsabilidad es única en el mundo decía llorando.¿Qué tengo que descubrir en su Santa Misa? Todo el Calvario.Padre, dígame todo lo que sufre Vd. durante la Santa Misa. Sufro todo lo que Jesús sufrió en su Pasión, aunque sin proporción, sólo en cuanto lo puede hacer una creatura humana. Y esto, a pesar de cada uno de mis faltas y por su sola bondad.Padre, durante el Sacrificio Divino, ¿carga Vd. nuestros pecados? No puedo dejar de hacerlo, puesto que es una parte del Santo Sacrificio.¿El Señor le considera a Vd. como un pecador? No lo sé, pero me temo que así es.Yo lo he visto temblar a Vd. cuando sube las gradas del Altar. ¿Por qué? ¿Por lo que tiene que sufrir? No por lo que tengo que sufrir, sino por lo que tengo que ofrecer.¿En qué momento de la Misa sufre Vd. más? En la Consagración y en la Comunión.Padre, esta mañana en la Misa, al leer la historia de Esaú, que vendió su primogenitura, sus ojos se llenaron de lágrimas. ¡Te parece poco, despreciar los dones de Dios!¿Por qué, al leer el Evangelio, lloró cuando leyó esas palabras: «Quien come mi carne y bebe mi sangre»...? Llora conmigo de ternura.Padre, ¿por qué llora Vd. casi siempre cuando lee el Evangelio en la Misa? Nos parece que no tiene importancia el que un Dios le hable a sus creaturas y que ellas lo contradigan y que continuamente lo ofendan con su ingratitud e incredulidad. Su Misa, Padre, ¿es un sacrificio cruento? ¡Hereje!Perdón, Padre, quise decir que en la Misa el Sacrificio de Jesús no es cruento, pero que la participación de Vd. a toda la Pasión si lo es. ¿Me equivoco? Pues no, en eso no te equivocas. Creo que seguramente tienes razón.¿Quién le limpia la sangre durante la Santa Misa? Nadie.Padre, ¿por qué llora en el Ofertorio? ¿Quieres saber el secreto? Pues bien: porque es el momento en que el alma se separa de las cosas profanas.Durante su Misa, Padre, la gente hace un poco de ruido. Si estuvieses en el Calvario, ¿no escucharías gritos, blasfemias, ruidos y amenazas? Había un alboroto enorme.¿No le distraen los ruidos? Para nada.Padre, ¿por qué sufre tanto en la Consagración? No seas malo... (no quiero que me preguntes eso...).Padre, ¡dígamelo! ¿Por qué sufre tanto en la Consagración? Porque en ese momento se produce realmente una nueva y admirable destrucción y creación.Padre, ¿por qué llora en el Altar y qué significan las palabras que dice Vd. en la Elevación? Se lo pregunto por curiosidad, pero también porque quiero repetirlas con Vd. Los secretos de Rey supremo no pueden revelarse sin profanarlos. Me preguntas por qué lloro, pero yo no quisiera derramar esas pobres lagrimillas sino torrentes de ellas. ¿No meditas en este grandioso misterio?Padre, ¿sufre Vd. durante la Misa la amargura de la hiel? Sí, muy a menudo...Padre, ¿cómo puede estarse de pie en el Altar? Como estaba Jesús en la Cruz.En el Altar, ¿está Vd. clavado en la Cruz como Jesús en el Calvario? ¿Y aún me lo preguntas?¿Cómo se halla Vd.? Como Jesús en el Calvario.Padre, ¿los verdugos acostaron la Cruz de Jesús para hundirle los clavos? Evidentemente.¿A Vd. también se los clavan? ¡Y de qué manera!¿También acuestan la Cruz para Vd.? Sí, pero no hay que tener miedo.Padre, durante la Misa, ¿dice Vd. las siete palabras que Jesús dijo en la Cruz? Sí, indignamente, pero también yo las digo.Y ¿a quién le dice: «Mujer, he aquí a tu hijo»? Se lo digo a Ella: He aquí a los hijos de Tu Hijo.¿Sufre Vd. la sed y el abandono de Jesús? Sí.¿En qué momento? Después de la Consagración.¿Hasta qué momento? Suele ser hasta la Comunión.Vd. ha dicho que le avergüenza decir: «Busqué quien me consolase y no lo hallé». ¿Por qué? Porque nuestro sufrimiento, de verdaderos culpables, no es nada en comparación del de Jesús.¿Ante quién siente vergüenza? Ante Dios y mi conciencia.Los Angeles del Señor ¿lo reconfortan en el Altar en el que se inmola Vd.? Pues... no lo siento.Si el consuelo no llega hasta su alma durante el Santo Sacrificio y Vd. sufre, como Jesús, el abandono total, nuestra presencia no sirve de nada. La utilidad es para vosotros. ¿Acaso fue inútil la presencia de la Virgen Dolorosa, de San Juan y de las piadosas mujeres a los pies de Jesús agonizante?¿Qué es la sagrada Comunión? Es toda una misericordia interior y exterior, todo un abrazo. Pídele a Jesús que se deje sentir sensiblemente.Cuándo viene Jesús, ¿visita solamente el alma? El ser entero.¿Qué hace Jesús en la Comunión? Se deleita en su creatura.Cuándo se une a Jesús en la Santa Comunión, ¿qué quiere que le pidamos al Señor por Vd.? Que sea otro Jesús, todo Jesús y siempre Jesús.¿Sufre Vd. también en la Comunión? Es el punto culminante.Después de la Comunión, ¿continúan sus sufrimientos? Sí, pero son sufrimientos de amor.¿A quién se dirigió la última mirada de Jesús agonizante? A su Madre.Y Vd., ¿a quién mira? A mis hermanos de exilio.¿Muere Vd. en la Santa Misa? Místicamente, en la Sagrada Comunión.¿Es por exceso de amor o de dolor? Por ambas cosas, pero más por amor.Si Vd. muere en la Comunión ¿ya no está en el Altar? ¿Por qué?Jesús muerto, seguía estando en el Calvario.Padre, Vd. a dicho que la víctima muere en la Comunión. ¿Lo ponen a Vd. en los brazos de Nuestra Señora? En los de San Francisco.Padre, ¿Jesús desclava los brazos de la Cruz para descansar en Vd.? ¡Soy yo quien descansa en Él!¿Cuánto ama a Jesús? Mi deseo es infinito, pero la verdad es que, por desgracia, tengo que decir que nada, y me da mucha pena.Padre, ¿por qué llora Vd. al pronunciar la última frase del Evangelio de San Juan: «Y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»? ¿Te parece poco? Si los Apóstoles, con sus ojos de carne, han visto esa gloria, ¿cómo será la que veremos en el Hijo de Dios, en Jesús, cuando se manifieste en el Cielo?¿Qué unión tendremos entonces con Jesús? La Eucaristía nos da una idea.¿Asiste la Santísima Virgen a su Misa? ¿Crees que la Mamá no se interesa por su hijo?¿Y los ángeles? En multitudes.¿Qué hacen? Adoran y aman.Padre, ¿quién está más cerca de su Altar? Todo el Paraíso.¿Le gustaría decir más de una Misa cada día? Si yo pudiese, no querría bajar nunca del Altar.Me ha dicho que Vd. trae consigo su propio Altar... Sí, porque se realizan estas palabras del Apóstol: «Llevo en mi cuerpo las señales del Señor Jesús» (Gal. 6, 17), «estoy crucificado con Cristo» (Gal. 2, 19) y «castigo mi cuerpo y lo esclavizo» (I Cor. 9, 27).¡En ese caso, no me equivoco cuando digo que estoy viendo a Jesús Crucificado! (No contesta).Padre, ¿se acuerda Vd. de mí durante la Santa Misa? Durante toda la Misa, desde el principio al fin, me acuerdo de ti.
La Misa del Padre Pío en sus últimos años duraba más de dos horas. Siempre fue un éxtasis de amor y de dolor. Su rostro se veía enteramente concentrado en Dios y lleno de lágrimas. Un día, al confesarme, le pregunté sobre este gran misterio.
Padre, quiero hacerle una pregunta. Dime, hijo.Padre, quisiera preguntarle qué es la Misa. ¿Por qué me preguntas eso?Para oírla mejor, Padre. Hijo, te puedo decir lo que es mi Misa.Pues eso es lo que quiero saber, Padre. Hijo mío, estamos siempre en la Cruz y la Misa es una continua agonía.

martes, 10 de febrero de 2009

LA PREPARACIÓN PARA LA SANTA MISA

Las partes de la Santa Misa. La celebración litúrgica del santo sacrificio se puede dividir en dos partes: 1° un servicio divino general y preparatorio (Missa catechumenorum), y 2° el sacrificio propiamente dicho (Missa fidelium), que a su vez se subdivide en tres partes: la oblación, la consagración y la comunión.
Una necesaria preparación. Hay que tratar santamente las cosas santas. La celebración de la Misa exige una preparación cuidadosa. La conducta del sacerdote, su vida y todas sus acciones deben formar parte de esa preparación lejana pero ininterrumpida al santo sacrificio. Pero cuando llega la hora es necesaria una preparación especial y próxima: se debe disponer el alma por ejercicios religiosos, por la oración mental y vocal y excitar en el corazón afectos piadosos.
Luego de esta preparación personal el sacerdote sube al altar a para ofrecer el sacrificio. La primera parte de la Misa, del comienzo al ofertorio, tiene el carácter de una introducción a la Misa. Se la puede considerar como la preparación pública, general, ordenada por la Iglesia para disponer al sacerdote y al pueblo para los divinos misterios.
Las oraciones al pie del altar. Estas oraciones toman su nombre del lugar donde se las recita. Comprenden el salmo 42, la confesión y dos oraciones para obtener una perfecta purificación del corazón. Esta parte, que va hasta el introito, puede ser considerada como la introducción general al rito sagrado de la Misa.
El signo de la cruz. La práctica venerable de hacer el signo de la cruz sobre las personas y las cosas viene sin lugar a dudas de los tiempos apostólicos. Incluso algunos la hacen remontar a Nuestro Señor Jesucristo, quien, según una piadosa opinión, habría bendecido a sus discípulos con el signo de la cruz el día de la Ascensión.
Su profundo sentido. Así habla San Francisco de Sales enseñándonos el sentido de la señal de la Cruz: “La forma común de hacer el signo de la cruz depende de estas observaciones: 1. Que se haga con la mano derecha, pues es estimada como la más digna, dice San Justino Mártir. 2. Que se empleen tres dedos, para significar la Santísima Trinidad, o cinco, para significar la cinco llagas de Nuestro Señor. (...) 3. Se lleva primero la mano a lo alto hacia la cabeza diciendo: En el nombre del Padre, para mostrar que el Padre es la primera persona de la Santísima Trinidad, y el principio de origen de las otras dos; luego se lleva la mano abajo hacia el vientre diciendo: y del Hijo, para mostrar que el Hijo procede del Padre, que lo envió aquí abajo al vientre de la Santísima Virgen. Y de allí se atraviesa la mano de izquierda a derecha diciendo: y del Espíritu Santo, para mostrar que el Espíritu Santo, siendo la tercera persona de la Santísima Trinidad, procede del Padre y del Hijo, y es el lazo de amor y de caridad, y que por su gracia nosotros recibimos el efecto de la Pasión. De ese modo se hace una breve confesión de tres grandes misterios: de la Trinidad, de la Pasión y de la remisión de los pecados, por la cual somos transportados de la siniestra de maldición a la diestra de bendición.”
La cruz es la fuente de todas las gracias, nuestra arma y nuestro escudo contra el demonio, es el trofeo glorioso de la victoria de Jesucristo sobre el pecado, la muerte y el infierno.
Es, pues, muy conveniente que el santo sacrificio comience por el signo de la cruz. El sacerdote va a celebrar la santa Misa en el nombre, es decir con todo el poder y el auxilio del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y al mismo tiempo para su gloria.
La antífona del salmo 42. Se trata de los versículos: Introibo ad altare Dei, ad Deum qui laetificat juventutem meam. Estas palabras nos dan la clave de la interpretación litúrgica y mística del salmo y los sentimientos que deben embargar el alma del sacerdote en este momento. El sacerdote desea vivamente subir al altar para acercarse a Dios, unirse a Él en la Eucaristía para que su vida interior se fortalezca. Por las gracias que brotan del culto divino el alma es rejuvenecida y vivificada. La juventud de la cual se habla en el salmo, es la vida sobrenatural obtenida por la regeneración, efecto de la gracia del Espíritu Santo. Esta gracia destruye en nosotros el hombre viejo y nos reviste del hombre nuevo, que se renueva en el conocimiento de Dios, a semejanza de Aquél que lo creó. Esta vida que no envejece ni se marchita se alimenta en el altar por la Eucaristía.
El salmo 42 describe la situación y expresa los sentimientos de David expulsado de Jerusalén por la revuelta de Absalón, y duramente perseguido por sus enemigos. La separación del Tabernáculo lo entristece más que todo y le parece una señal de la cólera de Dios, y desea vivamente regresar junto al santuario del Señor. Es allí donde quiere ofrecer un sacrificio de acción de gracias.

LAS PARTES DE LA SANTA MISA

Origen de las diferentes ceremonias de la Misa. Las partes integrantes del rito del sacrificio, que se encuentran en todas las liturgias, para revestir el sacrificio propiamente dicho de más solemnidad y respeto, provienen sin lugar a dudas de los tiempos apostólicos. Entre éstas encontramos la oraciones preparatorias, las lecturas de las Sagradas Escrituras, el canto de los salmos, las oraciones por los vivos y difuntos, el Padrenuestro, la acción de gracias después de la comunión. Si bien Dios instituyó el santo sacrificio del altar, dejó a los jefes de la Iglesia el poder de revestir ese sacrificio de un ornato digno, en otras palabras, de crear la forma y la solemnidad litúrgicas, y de allí nacieron en épocas y lugares diversos las diferentes liturgias.
La liturgia romana. Entre las liturgias occidentales se cuentan, principalmente, la mozárabe, la antigua galicana, la ambrosiana y la romana, que tuvo siempre un carácter principal en relación a las demás. La liturgia romana fue “fundada” por el Príncipe de los Apóstoles, en el sentido que la manera de celebrar la santa Misa adoptada e introducida por él fue la base del desarrollo subsecuente de esta liturgia.
Las fuentes escritas. Sus documentos más antiguos son los tres Sacramentarios o libros de los sacramentos o misterios, o misales, conocidos como Sacramentarios leoniano, gelasiano y gregoriano por los nombres de los papas León I (440-461), Gelasio I (492-496) y Gregorio I (590-604). Nuestro misal está tomado principalmente del Sacramentario de Gregorio Magno, quien agregó al Canon las siguientes palabras: “Diesque nostros in tua pace disponas atque ab aeterna damnatione nos eripi et in electorum tuorum jubeas grege numerari”: la última adición hecha al Canon.
Los ritos de la Santa Misa. Enseña el Concilio de Trento: “Como la naturaleza del hombre es tal que no puede ser fácilmente elevada a la meditación de las cosas divinas sin auxilios exteriores, la Iglesia, como una buena madre, ha establecido ciertos ritos, por ejemplo que ciertas partes de la misa sean pronunciadas en voz baja, y otras en voz alta. También empleó ceremonias, como bendiciones místicas, luces, perfumes, vestimentas y otras cosas de ese género, según la disciplina y tradición de los Apóstoles. Ella quiere por ese medio recordar la majestad de un tan grande sacrificio, y, por esos signos visibles de la religión y de la piedad, excitar las almas de los fieles a la contemplación de las cosas más sublimes escondidas en este sacrificio.”
Diversas clases de ritos. Teniendo en cuenta sus motivo y su significación, se pueden agrupar las ceremonias en tres clases.
1. Todas las ceremonias contribuyen a la belleza y al orden del culto divino. Pero mientras que algunas de ellas tienen una significación misteriosa y más elevada, otras solamente tienden a rodear la celebración del sacrificio de más respeto. Entre ellas están las rúbricas que ordenan al sacerdote acercarse al altar con los ojos bajos y con un caminar grave, poner la mano izquierda sobre el pecho cuando se signa, etc..
2. Otras ceremonias son, por su misma naturaleza, actos de culto y la expresión de pensamientos y afectos religiosos. Entre éstas tenemos las diversas posiciones del cuerpo y de los miembros, como las genuflexiones, los golpes de pecho, las inclinaciones del cuerpo y de la cabeza. Estos gestos del cuerpo son signos exteriores que expresan la devoción del corazón, la adoración, la humildad, el arrepentimiento, la oración, la confianza. Estos gestos manifiestan en el exterior lo que ya hay en el corazón, pero al mismo tiempo hacen crecer en nuestro interior esos afectos.
3. Un tercer grupo de ceremonias tiene por fin especial una significación simbólica, moral o mística. Están destinadas a recordarnos los misterios de la fe y de la vida cristiana. A este grupo pertenecen la mezcla del vino con el agua, el lavado de las manos en el ofertorio, la extensión de las manos sobre el pan y el vino antes de la consagración.
Finalmente, no debemos omitir en la ceremonias el fin sacramental, que consiste en producir ciertos efectos sobrenaturales y en obtener numerosas gracias.
Origen de las ceremonias. Las ceremonias católicas no son restos de usos judíos o paganos, sino prescripciones apostólicas y eclesiásticas, formas del culto inspiradas y penetradas de un espíritu más elevado. En el altar el sacerdote debe rendir a Dios, en nombre de la Iglesia, un culto interior lo más perfecto posible, por los actos de fe, esperanza y caridad y de todas las virtudes morales; y además un culto exterior por las inclinaciones, genuflexiones, el beso del altar y un sinnúmero de otras ceremonias.

VASOS Y LIEZOS SAGRADOS

EL CÁLIZ Y LA PATENA. Entre todos los vasos sagrados destinados al santo sacrificio el cáliz y la patena ocupan el primer lugar: en el cáliz se consagra la sangre infinitamente preciosa de Jesucristo, y sobre la patena es colocado su cuerpo adorable. Ambos deben ser consagrados para poder ser utilizados en la celebración de la misa.
Consagración. Es con razón que el obispo unge con el santo crisma el cáliz y la patena: esta mezcla de bálsamo y aceite de oliva es el símbolo de la gracia del Espíritu Santo, que ilumina, cura, consuela y fortalece. Y Jesús fue “ungido con el aceite de la alegría más que todos los que tienen parte con Él” (Sal. 44, 8). De las llagas de la víctima eucarística se derraman todos los perfumes de la gracia: la expiación, la misericordia, la paz y la alegría en el Espíritu Santo.
El simbolismo. La significación mística de los vasos sagrados se toma principalmente de su consagración y de su empleo.
El cáliz recuerda el cáliz sagrado (calix sacratus) de Melquisedec, que Dios inundó de gracias. También es la imagen del corazón divino de Jesús: ese corazón es, en efecto, el lugar de donde brotaba la sangre de nuestra redención.
Cuando la hostia es depositada sobre la patena, ésta recuerda al árbol de la cruz sobre el cual Nuestro Señor quiso ser inmolado. Por su forma la patena es también el símbolo del corazón que se abre y se dilata bajo la influencia del amor divino, con el cual el sacerdote y los fieles deben acercarse al Cordero eucarístico y recibirlo.
El cáliz y la patena reunidos representan, en fin, el sepulcro en el cual reposó el cuerpo de Nuestro Señor, pues la Iglesia pide a Dios que esos vasos sagrados, por la gracia del Espíritu Santo, se conviertan en un nuevo sepulcro para el cuerpo y la sangre del Señor.
El oro. Motivos simbólicos recomiendan el uso del oro para los vasos sagrados. El oro, el más noble y precioso de todos los meta-les, es el emblema de lo que hay de más elevado en un orden superior, es decir de lo celeste y divino (Cant. 5, 11; Apoc. 30, 18). Sobre el altar el oro representa el carácter sobrenatural, la grandeza divina y la excelencia del sacrificio. El oro también recuerda la sabiduría celeste y la caridad con al que Cristo se inmola en el altar.

EL CORPORAL. El accesorio del cáliz más importante después de la patena es el corporal, sobre el cual son colocados el cuerpo y la sangre del Señor, luego la palia que sirve para cubrir el cáliz.
Simbolismo. El corporal de lino, sobre el cual reposa el cuerpo de Jesucristo, nos representa los paños del Niño Jesús en el pesebre y la síndone que recibió el cuerpo de Nuestro Señor. En la bendición del corporal y de la palia la Iglesia hace alusión a esto último y pide a Dios, por la gracia del Espíritu Santo, que puedan convertirse en un nuevo sudario para el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor.
Estos lienzos, hechos de una tela blanca y muy fina, son además el símbolo del cuerpo purísimo de Jesucristo en su encarnación, su pasión y su gloria. La tela se fabrica con productos de la tierra y exige grandes trabajos para su confección y blanqueo. Así también el Hijo de Dios tomó su cuerpo del seno virginal e inmaculado de María, como de una tierra virgen y sin mancha, y llegó a la gloria de su resurrección después de muchos trabajos y su muerte. La vista de estos lienzos es, pues, bien apropiada para despertar en nosotros el recuerdo del cuerpo de Jesús, en algún tiempo pasible y mortal, ahora transfigurado e inmortal.
Otro simbolismo general. El simbolismo de los cuatro elementos señalados anteriormente puede ser expuesto de un modo un poco diferente: el cáliz es el sepulcro, la patena la piedra que lo sellaba, el corporal el lienzo que envolvía el cuerpo de Nuestro Señor, y la palia el sudario que cubría su rostro.

LOS ORNAMENTOS SAGRADOS: EL AMITO

Simbolismo litúrgico. En el sentido moral, los ornamentos sagrados designan diversas virtudes con las cuales debe revestirse el sacerdote, según el modelo invisible, Jesucristo, cuyo lugar ocupa en el altar. Esta significación es a menudo expresada por la liturgia en diferentes oraciones. Más adelante expondremos en detalle el significado para los seis ornamentos sacerdotales de la Misa: el amito, el alba, el cíngulo, el manípulo, la estola, la casulla.
Descripción. El amito es la primer vestidura que se coloca el sacerdote. Es un pedazo de tela que cubre primero la cabeza, luego el cuello y los hombros. Está en uso desde el siglo VIII, hasta entonces, al parecer, se celebraba la misa con el cuello descubierto.
Simbolismo litúrgico. El amito representa el casco de salvación (galea salutis). Esta expresión está tomada de la Sagrada Escritura; la utiliza el apóstol San Pablo (Efes. 6, 17; 1 Tes. 5, 8). Este casco protector es un símbolo de la esperanza cristiana. La viva esperanza de los bienes que Dios nos ha ganado y prometido es una poderosa arma contra nuestro adversario, el demonio.
La esperanza. Verdaderamente es así. “Aquellos que esperan en Dios renovarán sus fuerzas, tomarán alas como el águila, correrán si fatigarse, avanzarán sin descanso” (Is. 40, 31). Estas palabras del profeta son el más bello canto de triunfo de la esperanza. Una mirada al cielo, la espera de una vida mejor, la confianza en la sangre de Jesucristo, en una palabra, la verdadera esperanza cristiana eleva el alma por encima de todo lo que es terrestre, de todo lo que pasa, llena el corazón con las delicias celestes, fortalece e inflama la voluntad permitiéndole resistir valerosamente a las tentaciones. La esperanza de esta herencia incorruptible, sin mancha, que nos es conservada en los cielos, es para nosotros un ancla sólida y segura en la corriente de la vida, nos mantiene fijos ante los ojos el fin celestial al que debemos tender para la eternidad.
La voz y el silencio. El amito también desde el origen, tuvo el fin de cubrir el cuello para conservar la voz pura para contar conveniente-mente las alabanzas de Dios. La Iglesia toma hoy ese motivo con una significación más elevada: considera al amito, en segundo lugar, como un símbolo de la discreción de la lengua (castigatio vocis), lo que comprende la mortificación de todos los otros sentidos, exteriores e interiores. En la ordenación al subdiaconado, el obispo dice al orde-nando: “Recibe el amito, que designa la reserva de la voz.” Revistién-dose con este ornamento el sacerdote es advertido de tomar esta resolución: “Custodiaré mis caminos, para no pecar con mi lengua” (Sal. 38, 2). En efecto si no queremos pecar con la lengua debemos cuidar todos nuestros caminos, es decir ordenar y regular toda nuestra conducta, nuestra vida interior y exterior por la mortificación, pues la boca habla de la abundancia del corazón (Mat. 12, 34). La palabra es el eco, la expresión de la vida oculta del alma: solo aquél que puede dominar completamente su interior puede dominar su lengua. El apóstol Santiago considera la vigilancia y el freno de la lengua no solo como algo muy difícil sino como un signo de santidad: “Aquél que no peca con la lengua es un hombre perfecto” (Sant. 3, 2).
La esperanza y el silencio. Las dos significaciones se complementan mutuamente, se unen como el fin y los medios. Ambas están incluidas en las palabras del profeta sobre el hombre que teme a Dios: “Habita solitario y se calla, para elevarse por encima de sí mismo y de las cosas creadas” (Tren. 3, 28). La vida interior calma, silenciosa y mortificada dispone al alma para el olvido del mundo exterior, a elevar por la esperanza su corazón y sus sentidos hacia las cosas y los deseos celestiales. Para celebrar dignamente el santo sacrificio es necesaria un alma que no esté sumergida en las cosas de la tierra, un alma que no esté distraída y dispersa sobre toda clase de objetos, sino recogida en Dios y en ella misma. Por tanto, cuando el sacerdote se ha colocado el amito sobre la cabeza, debe cerrar su corazón a las cosas extrañas y terrestres, permanecer en un silencio religioso y en un recogimiento profundo, vigilar con cuidado sobre sus ojos, aproximarse al altar con piedad y reverencia para llevar a cabo los santos misterios.

EL ALTAR

Historia. El altar es el lugar inmediato donde es ofrecido el santo sacrificio. Debe siempre estar consagrado. Estando tan unido a la acción del sacrificio aparece en la historia antes que el templo. Solo donde ya no hay sacrificio deja de hablarse del altar.
El primer altar, el más venerable de todos, aquél sobre el cual Nuestro Señor instituyó la Eucaristía fue una mesa de madera. San Pedro también celebró el santo sacrificio sobre una mesa de made-ra, y solo el sucesor de Pedro puede celebrar sobre ese altar.
En las catacumbas, en general, la tumba de un mártir recubierta con una piedra servía de altar para la celebración de los santos mis-terios. En los primeros siglos, pues, los altares fueron de madera o de piedra, con forma de mesa o de tumba.
Las partes del altar. En el altar fijo se deben considerar tres cosas: la mesa (tabula, mensa), su soporte (stipes, basis, titulus), el sepulcro de las santas reliquias (sepulchrum).
La mesa no puede estar conformada de varios pedazos unidos, sino que debe ser hecha de una piedra única, entera; de otro modo no podría ser consagrada. Símbolo de Nuestro Señor Jesucristo, la piedra angular, y en razón de su elevado destino, la piedra del altar debe poseer, no solo la solidez, sino también la unidad. El soporte del altar, sobre el cual está fijada la mesa, puede estar compuesto de columnas o pilares, lo cual da al altar una apariencia de mesa; o de piedra maciza, lo cual le da al altar apariencia de sarcófago.
El simbolismo. Las oraciones litúrgicas de la consagración del altar nos presentan varias alusiones al Santo de los Santos, a la piedra de Jacob, al lugar que Abel regó con su sangre, a aquella piedra en la cual Isaac debía ser inmolado, al altar del sacrificio de Melquisedec.
El altar es también la figura de la mesa sagrada sobre la cual Jesucristo instituyó la santa Eucaristía, y del sepulcro cavado en la roca donde fue depositado su cuerpo inanimado. Recuerda el instrumento del sacrificio de Jesucristo, la Cruz, donde en la plenitud de los tiempos fue hecha nuestra Redención. El altar, provisto del crucifijo, es un calvario místico, sobre el cual se renueva de una manera misteriosa el sacrificio de la Cruz.
El altar cristiano, sede del cuerpo y de la sangre de Jesucristo, es una imagen del trono celeste sobre el cual reposa el Cordero de Dios, del altar de los cielos bajo el cual los que sufrieron la muerte por amor de Dios esperan su glorificación perfecta (Apoc. 6, 9).
En fin, y sobre todo, el altar es la figura del Hombre-Dios mismo. Símbolo de Jesucristo y de su sacerdocio eterno, el altar debe ser de piedra, para recordar la piedra viva y fundamental sobre la cual se eleva la Iglesia.
Como los muros de piedra rodean al altar, así los fieles, piedras vivas, llenas y animadas por el Espíritu de Dios y su gracia, deben cerrarse siempre más estrechamente alrededor de Nuestro Señor, piedra angular y fuente de vida. Deben elevarse como un edificio destinado al servicio de Dios, para que, fundados cada día más sólidamente sobre Jesucristo, suban de virtud en virtud hasta la felicidad del cielo, donde la fe se transforma en visión.
La significación moral del altar está plenamente justificada. El cristiano, santificado por el bautismo, es el templo de Dios, la morada del Espíritu Santo, una iglesia espiritual. Su corazón es, pues, simbolizado por el altar material y considerado como un altar espiritual, sobre el cual debemos inmolar continuamente nuestras con-cupiscencias e inclinaciones terrenas, y ofrecer a Dios oraciones llenas de amor, santas resoluciones y buenas obras. Sobre este altar consagramos a Dios el oro de la caridad, el incienso del fervor, la mirra de la mortificación.
Los manteles del altar. El altar debe estar cubierto por tres manteles de tela, blancos y limpios, que son bendecidos por el obispo. El uso de dichos manteles se remonta probablemente a los tiempos apostólicos. Tiene por fin proveer a la limpieza del altar, evitar toda profanación de la preciosísima sangre si ésta llegara a derramarse, y representar los lienzos con que cubrieron a Nuestro Señor, junto con perfumes, etc. cuando fue descendido de la cruz.
Los manteles son también la figura del Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir de los fieles, que acompañan a Nuestro Señor, representado por el altar, según la palabra del salmista: “El Señor reina, está revestido de honor” (Sal. 92, 1). Se puede ver en los tres manteles una alusión a las tres partes del Cuerpo místico de Nuestro Señor: la Iglesia triunfante, la militante y la purgante.
La blancura de estos lienzos se corresponde muy bien con su significación. Según la Sagrada Escritura el byssus, lino muy fino de brillante blancura, designa la justicia de los santos (Apoc. 19, 8). Es la figura de la pureza de corazón y de la inocencia de la vida, que solamente pueden ser obtenidas por la oración, la vigilancia y la mortificación.

LOS ORNAMENTOS SACERDOTALES

Importancia. En el Antiguo Testamento, sombra débil de las maravillas y misterios del Nuevo, Dios había prescripto ornamentos tan ricos y bellos para las ceremonias del culto “para que Aarón y sus hijos se cubriesen con ellos para acercarse del altar y servir en el santuario y que no murieran a causa de su pecado” (Éxod. 28, 43). Con mayor razón quiere Dios que la Iglesia, su Esposa amada, se presente en el altar con el atuendo más bello. Pues allí ella celebra el augusto sacrificio que le da, en el exilio de la tierra, un anticipo de las alegrías y delicias del banquete nupcial que gustará eternamente con el Cordero en la patria celeste.
Necesidad. Para el sentimiento cristiano sería, a primera vista, un crimen contra los divinos misterios celebrar el santo sacrificio con ropa ordinaria. La majestad de la acción eucarística, el respeto por el divino sacramento exige vestimentas particulares para la celebración de la Misa. El concilio de Trento declara que se trata de prescripciones y la tradición de los apóstoles.
Historia. En los primeros tiempos del cristianismo, es decir cuando todavía vivían los apóstoles y sus inmediatos sucesores, la forma de los ornamentos sagrados no difería o difería muy poco de las vestimentas de la vida común. Sin embargo, los vestidos sagrados se distinguían de los vestidos profanos, ya que eran de materiales más preciosos y eran destinados especialmente a la celebración de los sagrados misterios y solamente se utilizaban para ese fin. En general se conservaron las formas antiguas hasta los siglos XVI y XVII. Entonces se perdió mucho el respecto por la tradición, la viva inteligencia del fin litúrgico y del simbolismo de los ornamentos sagrados.
Bendición. Todos los ornamentos litúrgicos del celebrante, incluso el cíngulo, deben ser bendecidos antes de ser utilizados. Esta bendición data de los primeros siglos, y es obligatoria.
Simbolismo. En el culto divino nada es puramente exterior, todo es imagen y signo, todo es espíritu y vida. La Iglesia se esfuerza por transfigurar, espiritualizar las cosas materiales mediante relaciones más elevadas a los sentidos, para dirigir en todo la inteligencia de los fieles hacia lo invisible, divino y eterno.
Sucede de esta forma con los ornamentos sagrados, tienen el alcance y el valor de símbolos. En efecto, no se relacionan tan solo de una manera general a la majestad del sacrificio divino, sino que expresan diversos misterios apropiados para alimentar la piedad de los fieles.
El sacrificio eucarístico es la representación viva, la renovación misteriosa del sacrificio de la cruz. Por este motivo, se relacionan los ornamentos sagrados con los vestidos que usó Nuestro Señor durante su pasión, o con los instrumentos que sirvieron para torturarlo o hacerlo objeto de burlas.
Simbolismo general. El sentido alegórico de los ornamentos (es decir su referencia a la Pasión de Nuestro Señor) no se encuentra expresado en la liturgia, sino que se encuentra en los diversos autores litúrgicos y ascéticos, discrepando unos de otros a menudo. La explicación más generalmente adoptada es la siguiente. El amito puede significar la venda que cubrió el rostro de Nuestro Señor cuando los judíos lo abofeteaban diciéndole que profetizara quién lo había golpeado. El alba representa la vestidura blanca con que Herodes hizo revestir a Nuestro Señor para librarlo a las burlas de su corte. El cíngulo es la imagen de las cuerdas con que Nuestro Señor fue atado en el Jardín de los Olivos por los soldados, con las cuales fue también atado a la columna para ser flagelado, y de los látigos que desgarraron su carne durante la flagelación. El manípulo de las cadenas con que ligaron las manos de Nuestro Señor como si fuera un malhechor. La estola nos recuerda el pesado madero de la cruz que Nuestro Señor llevó voluntariamente hasta el calvario. La casulla es el símbolo del manto púrpura con que los verdugos de Jesús lo cubrieron después de su coronación de espinas.
Considerados de este modo, los ornamentos sacerdotales nos muestran como, en su camino hacia la gloria, el Salvador bebió el agua del torrente (Sal. 109, 7), es decir vació el cáliz de los sufrimientos y humillaciones. Contemplando esos hábitos sacerdotales debemos reavivar en nosotros los sentimientos más ardientes de amor, compasión, arrepentimiento y esperanza.
Simbolismo litúrgico. En el sentido moral, los ornamentos sagrados designan diversas virtudes con las cuales debe revestirse el sacerdote, según el modelo invisible, Jesucristo, cuyo lugar ocupa en el altar. Esta significación es a menudo expresada por la liturgia en diferentes oraciones. Más adelante expondremos en detalle el significado para los seis ornamentos sacerdotales de la Misa: el amito, el alba, el cíngulo, el manípulo, la estola, la casulla.

lunes, 9 de febrero de 2009

CÁNONES DEL CONCILIO DE TRENTO SOBRE EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA

Can. 1. Si alguno dijere que en el sacrificio de la Misa no se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio, o que el ofrecerlo no es otra cosa que dársenos a comer Cristo, sea anatema.
Can. 2. Si alguno dijere que con las palabras: Haced esto en memoria mía [Lc. 22, 19; 1 Cor. 11, 24], Cristo no instituyó sacerdotes a sus Apóstoles, o que no les ordenó que ellos y los otros sacerdotes ofrecieran su cuerpo y su sangre, sea anatema.
Can. 3. Si alguno dijere que el sacrificio de la Misa sólo es de alabanza y de acción de gracias, o mera conmemoración del sacrificio cumplido en la cruz, pero no propiciatorio; o que sólo aprovecha al que lo recibe; y que no debe ser ofrecido por los vivos y los difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades, sea anatema.
Can. 4. Si alguno dijere que por el sacrificio de la Misa se infiere una blasfemia al santísimo sacrificio de Cristo cumplido en la cruz, o que éste sufre menoscabo por aquél, sea anatema.
Can. 5. Si alguno dijere ser una impostura que las Misas se celebren en honor de los santos y para obtener su intervención delante de Dios, como es intención de la Iglesia, sea anatema.
Can. 6. Si alguno dijere que el canon de la Misa contiene error y que, por tanto, debe ser abrogado, sea anatema.
Can. 7. Si alguno dijere que las ceremonias, vestiduras y signos externos de que usa la Iglesia Católica son más bien provocaciones a la impiedad que no oficios de piedad, sea anatema.
Can. 8. Si alguno dijere que las Misas en que sólo el sacerdote comulga sacramentalmente son ilícitas y deben ser abolidas, sea anatema.
Can. 9. Si alguno dijere que el rito de la Iglesia Romana por el que parte del canon y las palabras de la consagración se pronuncian en voz baja, debe ser condenado; o que sólo debe celebrarse la Misa en lengua vulgar, o que no debe mezclarse agua con el vino en el cáliz que ha de ofrecerse, por razón de ser contra la institución de Cristo, sea anatema.

SOBRE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA
Can. 1. Si alguno negare que en el santísimo sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por ende Cristo entero; sino que dijere que sólo está en él como en señal y figura o por su eficacia, sea anatema.
Can. 2. Si alguno dijere que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía permanece la sustancia de pan y de vino juntamente con el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y negare aquella maravillosa y singular conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo y de toda la sustancia del vino en la sangre, permaneciendo sólo las especies de pan y vino; conversión que la Iglesia Católica aptísimamente llama transubstanciación, sea anatema.
Can. 3. Si alguno negare que en el venerable sacramento de la Eucaristía se contiene Cristo entero bajo cada una de las especies y bajo cada una de las partes de cualquiera de las especies hecha la separación, sea anatema.
Can. 4. Si alguno dijere que, acabada la consagración, no está el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo en el admirable sacramento de la Eucaristía, sino sólo en el uso, al ser recibido, pero no antes o después, y que en las hostias o partículas consagradas que sobran o se reservan después de la comunión, no permanece el verdadero cuerpo del Señor, sea anatema. (...)
Can. 6. Si alguno dijere que en el santísimo sacramento de la Eucaristía no se debe adorar con culto de latría, aun externo, a Cristo, Hijo de Dios unigénito, y que por tanto no se le debe venerar con peculiar celebración de fiesta ni llevándosele solemnemente en procesión, según laudable y universal rito y costumbre de la santa Iglesia, o que no debe ser públicamente expuesto para ser adorado, y que sus adoradores son idólatras, sea anatema.
Can. 7. Si alguno dijere que no es lícito reservar la Sagrada Eucaristía en el sagrario, sino que debe ser necesariamente distribuída a los asistentes inmediatamente después de la consagración; o que no es lícito llevarla honoríficamente a los enfermos, sea anatema.
Can. 8. Si alguno dijere que Cristo, ofrecido en la Eucaristía, sólo espiritualmente es comido, y no también sacramental y realmente, sea anatema.
Can. 9. Si alguno negare que todos y cada uno de los fieles de Cristo, de ambos sexos, al llegar a los años de discreción, están obligados a comulgar todos los años, por lo menos en Pascua, según el precepto de la santa madre Iglesia, sea anatema. (...)
Can. 11. Si alguno dijere que la sola fe es preparación suficiente para recibir el sacramento de la santísima Eucaristía, sea anatema. Y para que tan grande sacramento no sea recibido indignamente y, por ende, para muerte y condenación, el mismo santo Concilio establece y declara que aquellos a quienes grave la conciencia de pecado mortal, por muy contritos que se consideren, deben necesariamente hacer previa confesión sacramental, habida facilidad de confesar. Mas si alguno pretendiere enseñar, predicar o pertinazmente afirmar, o también públicamente disputando defender lo contrario, por el mismo hecho quede excomulgado.

EL ALTAR

Historia. El altar es el lugar inmediato donde es ofrecido el santo sacrificio. Debe siempre estar consagrado. Estando tan unido a la acción del sacrificio aparece en la historia antes que el templo. Solo donde ya no hay sacrificio deja de hablarse del altar.
El primer altar, el más venerable de todos, aquél sobre el cual Nuestro Señor instituyó la Eucaristía fue una mesa de madera. San Pedro también celebró el santo sacrificio sobre una mesa de made-ra, y solo el sucesor de Pedro puede celebrar sobre ese altar.
En las catacumbas, en general, la tumba de un mártir recubierta con una piedra servía de altar para la celebración de los santos misterios. En los primeros siglos, pues, los altares fueron de madera o de piedra, con forma de mesa o de tumba.
Las partes del altar. En el altar fijo se deben considerar tres cosas: la mesa (tabula, mensa), su soporte (stipes, basis, titulus), el sepulcro de las santas reliquias (sepulchrum).
La mesa no puede estar conformada de varios pedazos unidos, sino que debe ser hecha de una piedra única, entera; de otro modo no podría ser consagrada. Símbolo de Nuestro Señor Jesucristo, la piedra angular, y en razón de su elevado destino, la piedra del altar debe poseer, no solo la solidez, sino también la unidad. El soporte del altar, sobre el cual está fijada la mesa, puede estar compuesto de columnas o pilares, lo cual da al altar una apariencia de mesa; o de piedra maciza, lo cual le da al altar apariencia de sarcófago.
El simbolismo. Las oraciones litúrgicas de la consagración del altar nos presentan varias alusiones al Santo de los Santos, a la piedra de Jacob, al lugar que Abel regó con su sangre, a aquella piedra en la cual Isaac debía ser inmolado, al altar del sacrificio de Melquisedec.
El altar es también la figura de la mesa sagrada sobre la cual Jesucristo instituyó la santa Eucaristía, y del sepulcro cavado en la roca donde fue depositado su cuerpo inanimado. Recuerda el instrumento del sacrificio de Jesucristo, la Cruz, donde en la plenitud de los tiempos fue hecha nuestra Redención. El altar, provisto del crucifijo, es un calvario místico, sobre el cual se renueva de una manera misteriosa el sacrificio de la Cruz.
El altar cristiano, sede del cuerpo y de la sangre de Jesucristo, es una imagen del trono celeste sobre el cual reposa el Cordero de Dios, del altar de los cielos bajo el cual los que sufrieron la muerte por amor de Dios esperan su glorificación perfecta (Apoc. 6, 9).
En fin, y sobre todo, el altar es la figura del Hombre-Dios mismo. Símbolo de Jesucristo y de su sacerdocio eterno, el altar debe ser de piedra, para recordar la piedra viva y fundamental sobre la cual se eleva la Iglesia.
Como los muros de piedra rodean al altar, así los fieles, piedras vivas, llenas y animadas por el Espíritu de Dios y su gracia, deben cerrarse siempre más estrechamente alrededor de Nuestro Señor, piedra angular y fuente de vida. Deben elevarse como un edificio destinado al servicio de Dios, para que, fundados cada día más sólidamente sobre Jesucristo, suban de virtud en virtud hasta la felicidad del cielo, donde la fe se transforma en visión.
La significación moral del altar está plenamente justificada. El cristiano, santificado por el bautismo, es el templo de Dios, la morada del Espíritu Santo, una iglesia espiritual. Su corazón es, pues, simbolizado por el altar material y considerado como un altar espiritual, sobre el cual debemos inmolar continuamente nuestras concupiscencias e inclinaciones terrenas, y ofrecer a Dios oraciones llenas de amor, santas resoluciones y buenas obras. Sobre este altar consagramos a Dios el oro de la caridad, el incienso del fervor, la mirra de la mortificación.
Los manteles del altar. El altar debe estar cubierto por tres manteles de tela, blancos y limpios, que son bendecidos por el obispo. El uso de dichos manteles se remonta probablemente a los tiempos apostólicos. Tiene por fin proveer a la limpieza del altar, evitar toda profanación de la preciosísima sangre si ésta llegara a derramarse, y representar los lienzos con que cubrieron a Nuestro Señor, junto con perfumes, etc. cuando fue descendido de la cruz.
Los manteles son también la figura del Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir de los fieles, que acompañan a Nuestro Señor, representado por el altar, según la palabra del salmista: “El Señor reina, está revestido de honor” (Sal. 92, 1). Se puede ver en los tres manteles una alusión a las tres partes del Cuerpo místico de Nuestro Señor: la Iglesia triunfante, la militante y la purgante.
La blancura de estos lienzos se corresponde muy bien con su significación. Según la Sagrada Escritura el byssus, lino muy fino de brillante blancura, designa la justicia de los santos (Apoc. 19, 8). Es la figura de la pureza de corazón y de la inocencia de la vida, que solamente pueden ser obtenidas por la oración, la vigilancia y la mortificación.

sábado, 7 de febrero de 2009

DISPOSICIONES GENERALES CON QUE SE DEBE ASISTIR A LA SANTA MISA

Fue opinión aprobada y confirmada por San Gregorio en su cuarto Diálogo, que cuando un sacerdote celebra la Santa Misa bajan del cielo innumerables legiones de ángeles para asistir al Santo Sacrificio. San Nilo, abad y discípulo de San Juan Crisóstomo, enseña que mientras el Santo Doctor celebraba los divinos misterios veía una multitud de esos espíritus celestiales rodeando el altar y asistiendo a los sagrados ministros en el desempeño de su tremendo ministerio. Siendo esto así, he ahí las disposiciones más esenciales para asistir con fruto a la Santa Misa. Ve a la iglesia como si fueses al Calvario, y permanece en presencia de los altares como si estuvieses delante del trono de Dios y acompañado de los santos Ángeles.
Considera ahora cuáles deben ser tu modestia, tu atención y respeto, si quieres recoger de los misterios divinos los frutos y beneficios que Dios se digna conceder a los que asisten a ellos con un exterior devoto y sentimientos religiosos.
Leemos en el Antiguo Testamento, que cuando los israelitas ofrecían sus sacrificios, en los que sólo se inmolaban toros, corderos y otros animales, admiraba el ver la atención, el silencio y veneración con que asistían a aquellas solemnidades. Aunque el número de asistentes fuese inmenso y los ministros y sacrificadores llegasen a setecientos, parecía, sin embargo, que el templo estaba vacío; tanto era el cuidado con que cada uno procuraba no hacer el más pequeño ruido. Pues bien; si tanta era la veneración con que se celebraban estos sacrificios que, al fin, no eran más que una sombra y simple figura del nuestro, ¿con qué respeto, con qué devoción y religioso silencio no debemos asistir a la celebración de la Santa Misa, en que el Cordero sin mancha, el Verbo Divino se inmola por nosotros? Muy bien lo comprendía San Ambrosio. Cuando celebraba el Santo Sacrificio, según refiere Cesáreo, y concluído el Evangelio, se volvía al pueblo, y después de haber exhortado a los fieles a un recogimiento profundo, les ordenaba que guardasen el más riguroso silencio, y así consiguió que no solamente pusiesen un freno a su lengua, no pronunciando la menor palabra, sino, lo que aún es más admirable, que se abstuviesen de toser y de moverse con ruido. Estas prescripciones se cumplían con exactitud, y por eso todos los que asistían a la Santa Misa sentíanse como embargados de un santo temor y profundamente conmovidos, de manera que conseguían muchos frutos y aumento de gracia.
SAN LEONARDO DE PORTO-MAURIZIO (1676-1751)

ALGUNAS CONSIDERACIONES PRÁCTICAS
- Antes de entrar en la iglesia, revise que su celular esté apagado: normalmente no lo necesita para rezar. Además, su “olvido” no pasará inadvertido.
- Al entrar a la capilla y al salir haga reverencia a Nuestro Señor en el sagrario haciendo genuflexión con la rodilla derecha. La genuflexión con ambas rodillas está reservada para cuando el Santísimo se halla expuesto.
- Recuerde que como hijos de la Iglesia debemos seguir las normas que nuestra Madre en su sabiduría nos da. Por eso, señora y señorita, en espíritu de sumisión a la Iglesia e imitando a la Virgen María, utilice el velo o mantilla en la capilla, lo mismo que faldas en lugar de pantalones. Agradará a Dios, y atraerá bendiciones sobre su familia.
- El varón también tiene a la Iglesia por Madre y debe imitar a Nuestro Señor. Su vestimenta debe corresponder con la dignidad del augusto Sacrificio al que asiste. Por favor, no use tennis.
- Procure no conversar con la persona que está sentada al lado, o atrás o adelante: sus “murmullos” molestan a los otros fieles. Más bien procure hablar en silencio con Dios en la oración.
- Si su niño llora, y sigue llorando, y ¡...persiste en llorar!, sáquelo a tomar aire en el atrio o en el pastico de la capilla. De lo contrario incomodará a los demás y no dejará escuchar el sermón ni las oraciones de la Santa Misa.
- Cuide que su niño no juegue en la capilla: hace ruido y distrae a los demás.
- Vigile que sus pequeñuelos no rayen las bancas.
- Procure facilitar que quienes lleguen después de Usted, puedan ocupar con facilidad los demás los lugares libres en la banca.
- Por favor, no pise ni apoye los pies sobre los cojines de las bancas (en vulgar: “arrodilladeras”): no fueron hechos para eso, y además, el cuero se daña.
- Durante la Consagración hay que permanecer de rodillas y en silencio absoluto. Igualmente, mientras los demás fieles reciben la Sagrada Eucaristía es recomendable permanecer de rodillas.
- Al momento de comulgar, vaya ocupando el lugar que queda libre en el comulgatorio. Así el sacerdote no deberá desplazarse innecesariamente.
- Cuando se recibe a Nuestro Señor en la Eucaristía no se responde “amén”.
- Si tiene dudas a cerca de las normas de la Iglesia relativas a la modestia en el templo consulte a los sacerdotes, que son los únicos que pueden dar indicaciones al respecto.

jueves, 5 de febrero de 2009

LA PALABRA “MISA”

La palabra Misa. Innumerables riquezas y misterios impenetrables están contenidos en el santo sacrificio de la Misa. Es muy grande para que la lengua humana pueda designarlo con términos convenientes y darle un nombre que corresponda a realidad tan sublime. Por ello, desde el principio, se le ha dado al santo sacrificio de la Misa numerosos y distintos nombres, cada uno de los cuales destaca una de las facetas de este adorable misterio. Pero entre todos esos nombres, el de misa, el más usado desde el comienzo del Medioevo, tiene derecho a una explicación particular.
La “despedida”. El término Misa (de Missa, de missio, o dimissio) designa en primer lugar la despedida solemne de los asistentes al final del sacrificio eucarístico. Este significado se mantiene hoy en las palabras Ite, Missa est: Id (Partid), es la despedida. Cuando todavía estaba en uso la antigua disciplina del catecumenado y de la penitencia pública, había dos despedidas. La primera, para penitentes y catecúmenos, era después de la predicación, antes del ofertorio. La segunda era, como actualmente, al final de la ceremonia. El rito de la despedida, con la bendición y la oración, fue llamado Missa; este término pasó luego a designar al sacrificio, que comenzaba y terminaba por esa despedida.
Por otra parte, estas “despedidas” eran realizadas con cierta solemnidad, lo que impresionaba vivamente a los asistentes y les daba una alta idea del sacrificio del altar: la primera hablaba de la pureza necesaria para asistir al augusto sacrificio, la segunda mostraba que no se debía abandonar la casa de Dios sin el permiso debido.
Desde muy temprano. ¿Cuándo la denominación de Missa, dimissio populi pasó a ser la de todo el sacrificio? En una época muy temprana. Ya en los escritos de San Ambrosio (+397) se encuentra el término Missa, dimissio populi, para designar a todo el sacrificio, y por su forma de hablar se puede concluir que esta denominación no era reciente.
La disciplina del arcano. El empleo de un término tan indeterminado y tan poco significativo para designar el sacrificio augusto de nuestros altares puede parecer extraño; pero motivos importantes llevaron a este uso. En la época en que se empezó a dar al santo sacrificio el nombre de Missa reinaba en la Iglesia la severa disciplina del secreto, disciplina arcani, por la cual se mantenían ocultos los misterios de la religión y de las acciones litúrgicas para no librarlas a las burlas y profanaciones de los paganos. Esta ley, de origen apostólico duró en Occidente hasta mediados del siglo VI. En estas circunstancias el término Missa debió parecer apropiado para tales fines.
Otra interpretación del término “Misa”. Hay también otra interpretación del término Missa muy cara a los autores medievales. El sacrificio del altar se llamaría Missa, porque en el altar hay una transmisión (Missa, significando missio o transmissio) de la tierra al cielo y del cielo a la tierra. Por la mediación del sacerdote la Iglesia envía hasta el trono de Dios sus dones y oraciones, los pedidos y necesidades de los fieles; y Dios envía a los hombres sus gracias y bendiciones.
O también porque Jesucristo es enviado (missus) al mundo por su Padre como víctima, y es reenviado al cielo por los fieles como una hostia capaz de reconciliarnos con Dios y de procurarnos todos los bienes.

jueves, 22 de enero de 2009

USO DE LA LUZ EN LA SANTA MISA

Generalidades. La Iglesia emplea la luz en sus funciones litúrgicas desde los tiempos apostólicos y actualmente prescribe rigurosamente su uso durante la Misa: según las leyes de la Iglesia los cirios deben estar encendidos sobre el altar. Estos cirios deben ser de cera de abeja de color blanca.
La cera. Desde siempre la Iglesia se ha servido de la cera de abejas para la liturgia; y esto principalmente por razones simbólicas. El cirio representa a Jesucristo, Dios y hombre: la llama que ilumina recuerda la divinidad, el cirio es emblema de su naturaleza humana; la mecha oculta en el cirio es la figura de su alma, la cera, obra de la abeja virginal, lo es de su cuerpo.
El delicado perfume del cirio de cera representa también la plenitud de las perfecciones de la infinita santidad de Cristo, bonus odor Christi. Además, la llama del cirio es una bella imagen del sol divino que ilumina los corazones de los fieles.
Las oraciones. La luz realza y embellece el culto divino y encierra una simbología muy variada.
San Jerónimo (+420) dice que durante la lectura del evangelio se encienden los cirios incluso en pleno día, no para disipar las tinieblas sino como un signo de alegría. San Paulino de Nola (+431) dice que los cirios arden en las iglesias para iluminar al día con una luz celeste.
El día de la Purificación la Iglesia pide a Dios que “así como las antorchas iluminadas con un fuego visible expulsan las tinieblas, así los corazones iluminados por un fuego invisible, es decir el esplendor del Espíritu Santo, sean liberados de la ceguera del pecado y puedan, con ojos purificados, ver lo que le es agradable y lo útil para nuestra salvación”.
En la bendición del fuego el Sábado Santo, la Iglesia pide a Dios, luz eterna y creador de toda luz, bendecir ese fuego para que seamos inflamados e iluminados por el fuego de la claridad divina. El cirio pascual es el símbolo de la majestad de Cristo resucitado, que con su resplandeciente luz disipó las tinieblas del mundo.
Propiedades materiales y simbolismo espiritual. Para comprender mejor el simbolismo tan variado de la luz, hay que prestar atención a su naturaleza, a sus propiedades naturales y a sus efectos. La luz se nos aparece más espiritual que material; es como una invasión del mundo de los espíritus en el corporal. Ejerce una influencia poderosa sobre la inteligencia y el corazón: enciende el valor, inspira la alegría.
Su claridad suave y misteriosa proyecta rayos de vida, alegría, esperanza y consolación en el templo de Dios y en las ceremonias sagradas. Por el contrario la aflicción de la Iglesia es representada en el oficio de Tinieblas durante la Semana Santa; los cirios se apagan uno tras otro, el último es ocultado detrás del altar, y la obscuridad reina en el lugar sagrado.
De todas las cosas sensibles la luz es la más pura, la más espiritual: es como la sonrisa del cielo, la belleza de la tierra, la alegría de la naturaleza, el esplendor de los colores, las delicias del alma y de los ojos. Por ello es un símbolo excelente del mundo invisible de los espíritus, de la magnificencia y esplendor del mundo de la gracia. Las tinieblas son la imagen del paganismo antiguo y moderno, es decir, de la ignorancia, del error, del pecado, de la impiedad, de la desesperación. La luz, por el contrario, en el lenguaje de la Biblia, es la figura del cristianismo, es decir, de la verdad, de la gracia, de la fe, de la sabiduría.
La luz es el símbolo de la naturaleza divina. “Dios es luz, y no hay tinieblas en Él” (1 Juan 1, 5), Él habita una luz inaccesible (1 Tim. 6, 16). Dios es la luz increada, es el creador y la fuente de toda luz espiritual o sensible, natural o sobrenatural.
Lo que el sol es para el mundo material, el Hombre-Dios, Jesucristo, lo es para el mundo espiritual, para el reino de la gracia y de la gloria. Él es la “luz de luz”, “el esplendor de la gloria del Padre”, “el esplendor de la luz eterna”. La luz es, pues, la figura de la gloria del Hijo único del Padre.
Continuamente se habla de la luz de la verdad y de la gracia. La luz ilumina y hace visibles las cosas exteriores; la verdad de la fe nos revela otro mundo, sobrenatural y más magnífico, nos permite echar una mirada en los misterios más profundos. Por la revelación Dios hace brillar su luz en nuestras tinieblas.
Las tres virtudes teologales, la fe, la esperanza y la caridad, son igualmente representadas por la luz. La claridad de la llama representa la fe; la dirección constante de la llama, que tiende hacia lo alto, es una imagen de la esperanza cristiana; el calor de la llama es el emblema de la caridad.

viernes, 26 de diciembre de 2008

RAZONES QUE NOS OBLIGAN A RECHAZAR LA NUEVA MISA - 3ª

Sin fe es imposible agradar a Dios (San Pablo, Epístola a los Hebreos, 11, 6). Pero aún cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo, os predique un Evangelio diferente del que nosotros os hemos anunciado, sea anatema. (San Pablo, Gálatas 1, 8)
Razones por las que, en conciencia, no puedo asistir a la "NUEVA MISA" o Misa de Pablo VI, o la Misa Moderna, sea en Latín o en Español, de cara al pueblo o de cara al Sagrario. Y, por lo tanto, por las mismas razones, continúo con la Misa tradicional, o Misa de San Pío V, o Misa tridentina, o Misa de siempre.

- Porque la Iglesia canonizó varios mártires ingleses que dieron su vida por no adherir a una misa muy semejante a la Misa Nueva, que era la misa anglicana.
- Porque muchos ex protestantes convertidos al Catolicismo quedaron escandalizados al ver en la Misa Nueva la misma "Misa" a que ellos asistieron cuando estaban en el error. Uno de ellos (Julien Green) llegó a preguntarse: "¿Para qué nos convertimos?"
- Porque las estadísticas nos demuestran una gran disminución de las conversiones al Catolicismo después de la implantación de la Nueva Misa e inclusive un gran crecimiento de las sectas protestantes en los países católicos. Así por ejemplo, en los EE.UU., las conversiones que sumaban 100.000 aproximadamente por año, descendieron a menos de 10.000.
- Porque la Misa Nueva está siendo instrumento y ocasión de los mayores desvaríos y profanaciones de la Santísima Eucaristía y del lugar Santo; lo cual ocurre con mucha frecuencia. Ahora bien, eso no acontecía, según el testimonio del Card. Renard, Arzobispo de Lyon, en Francia: "Acontece que son celebradas misas sin el suficiente respeto, por ejemplo, sin ningún vestido litúrgico, sin Creo ni Pater, con un canon inventado, o en plena refección profana, sin oraciones". "Sucede a veces, que hay concelebraciones con seglares o con sacerdotes casados..., que no se purifique más el cáliz al final de la Misa, o que se dejen rodar sobre una mesa o un altar partículas de pan consagrado" (Vison, Messes de L´Antechrist, pág. 4).
- Porque la Nueva Misa es, en sí, modernista; a pesar de las apariencias inocula una nueva Fe que no es la Fe Católica. Sigue perfectamente la táctica modernista de jugar con ambigüedades y términos imprecisos para infundir errores. (Táctica denunciada y condenada especialmente por San Pío X.)
- Porque no constituye factor de unidad en la liturgia, como la Misa Tradicional lo hacía; de hecho, cada sacerdote celebra la misa como quiere, bajo el pretexto de creatividad. Así el nuevo "Ordo" de la Misa merecía llamarse nuevo “desorden”, porque lo ha producido constantemente. Además el nuevo Ordo de la Misa, tal como fue presentado oficialmente, no es seguido prácticamente en ningún lugar, lo que agrava sus defectos.
- Porque muchos teólogos, canonistas y sacerdotes respetables no aceptaron la Misa nueva y afirmaron que en conciencia no la pueden celebrar.
- Porque la Nueva Misa ha eliminado muchas cosas, tales como: las genuflexiones (quedan sólo tres), la purificación de los dedos del sacerdote en el cáliz, la preservación de los mismos dedos de todo contacto profano después de la Consagración, la piedra consagrada (ara) y las reliquias, los tres manteles de lino (hoy se usa uno sólo), etc. lo cual confirma el implícito repudio de la fe en el dogma de la Presencia Real. ("Breve examen crítico del Nuevo Ordo" de los Cardenales Ottaviani y Bacci).
- Porque es una misa artificialmente fabricada y no una Misa enriquecida y perfeccionada por una tradición multisecular como la Misa de siempre que fue codificada, y no inventada, por un papa que fue un santo, San Pío V.
- Porque las traducciones de la Nueva Misa en la versión vernácula vinieron a aumentar y agravar los errores presentes ya en su texto en latín, y así acentuaron más su carácter modernista.
- Porque, debido a todos esos errores y ambigüedades del rito, corre fácilmente el riesgo de ser celebrada inválidamente, quedando así la Iglesia privada del verdadero sacrificio, y nosotros expuestos a la ira de Dios. Los Cardenales Ottaviani y Bacci afirman en el examen crítico: "Los sacerdotes que en un futuro próximo no hubieran recibido la formación tradicional, y que se fiaran en el Nuevo Ordo de la Misa y en su 'Institutio generalis' para hacer lo que hace la Iglesia, ¿consagrarán válidamente? Es legítimo dudarlo."
- Porque "la Misa es lo que existe de más bello y mejor en la Iglesia... Así, el demonio procuró siempre, por medio de herejes, privar al mundo de la Misa, haciéndolos precursores del anticristo, el cual, antes de todo, procurará abolir y realmente abolirá el Santo Sacrificio del Altar, en castigo por los pecados de los hombres según la profecía del profeta Daniel, 8, 12:´'Y que le fue dado poder contra el Sacrificio perpetuo, por causa de los pecados (del pueblo)". (Palabras de San Alfonso María de Ligorio).

viernes, 15 de agosto de 2008

LOS ORNAMENTOS SAGRADOS: LA ESTOLA Y LA CASULLA

LA ESTOLA. El término. Con el nombre de estola se designaban en la Sagrada Escritura y en general en la antigüedad todas las vestimentas, y más en particular los vestidos preciosos, de fiesta. A partir del siglo IX el término se empezó a utilizar para designar al ornamento que hoy conocemos bajo ese nombre.
Las oraciones. El obispo reviste al diácono con este ornamento diciendo: “Recibe esta blanca estola de la mano de Dios; cumple tu ministerio; pues Dios es suficientemente poderoso para acrecentar su gracia en ti”. Al cruzar las dos partes de la estola sobre el pecho del diácono agrega: “Recibe el yugo del señor, pues su yugo es suave y su carga es ligera”. Revistiendo la estola antes de la Misa, el sacerdote reza: “Concédeme, Señor, la estola de la inmortalidad que he perdido en la prevaricación de nuestro primer padre; y aunque sea indigno de acercarme a tus santos misterios, merezca, sin embargo, las alegrías eternas”.
El simbolismo. La comparación de los textos litúrgicos, muestra que la estola tiene, en la intención de al Iglesia, una significación doble: su posición en torno del cuello hace de ella la imagen del servicio de Dios en el santuario; en la medida en que entre los antiguos era una vestimenta de honor y que aún hoy es un ornamento, es el símbolo de la inocencia necesaria para el cumplimiento de las funciones sagradas, y del vestido de gloria con el que será revestido el siervo bueno y fiel por el Señor en recompensa de sus méritos.
La estola representa el vestido de la santidad con la cual el sacerdote debe servir a Dios y brillar delante de los hombres, y la vestidura de gloria con la que su fidelidad será recompensada en el cielo. Ambos, el vestido de la gracia y de la gloria, componen la estola de inmortalidad que Adán perdió para sí y para sus descendientes y que el Jesucristo conquistó son con su sangre. Si “aquellos que fueron instruidos brillarán como el esplendor del firmamento, los que instruyeron a muchos hombres por la justicia, resplandecerán como las estrellas por toda la eternidad” (Dan. 12, 3).

LA CASULLA. Historia. El principal ornamento del sacerdote para la celebración de la Misa es la casulla. Originalmente tenía una forma muy distinta de la actual. Era una prenda que envolvía completamente al sacerdote, cayendo alrededor de todo su cuerpo; solamente tenía una abertura en el medio por la cual se introducía la cabeza. En el siglo XI se la acortó por sus costados que se empezaron a abrir, tomando la forma de las casullas llamadas góticas. Desde el siglo XVI se acortaron aún más tomando la forma de las casullas actuales.
Las oraciones. El rito de la ordenación y el Misal nos hacen conocer el simbolismo de la casulla. Revistiendo al sacerdote con la casulla todavía plegada en su parte posterior el obispo dice: “Recibe la vestidura sacerdotal que representa la caridad; pues Dios es suficientemente poderoso para aumentar en ti la caridad y la perfección de tus obras”. Más tarde, desplegando completamente la casulla agrega: “Que el Señor te reviste de la estola de inocencia”. Al revestirse con la casulla en sacerdote reza: “Señor, que has dicho: Mi yugo es suave y mi carga ligera, haz que pueda llevar éste de manera tal que obtenga vuestra gracia”.
El simbolismo. La casulla debe ser realizada con telas preciosas y adornada con cuidado, para así ser comparada con la caridad. Esta virtud es la más grande y preciosa de todas; fecunda, ennoblece y transfigura nuestra vida.
Las dos caras de la casulla figuran el amor a Dios y el amor al prójimo, que son una única virtud. El sacerdote es el representante sobre la tierra del amor de Jesucristo, vicarius amoris Christi. Lo que distingue al buen pastor es un amor generoso, magnánimo. Servir a Dios e inmolarse por Él, hacer bien al prójimo y consagrarse a él: esa es la vocación del sacerdote.
En cuanto al amor del prójimo, figurado por la parte posterior de la casulla, el sacerdote lo ejerce sobre todo en la administración del sacramento de la penitencia. Pero para purificar al pecador de sus faltas y reconciliarlo con Dios, el sacerdote debe ser él mismo de una virtud sólida y agradable a Dios por su santidad. Por esta razón el obispo, luego de haber conferido al ordenando el poder de perdonar los pecados, le dice, desplegando la casulla hasta entonces doblada: “Que el Señor te revista de la estola de inocencia”.
Según las distintas épocas del año la casulla lleva colores diferentes: la caridad despierta los afectos y los actos más variados. Es ingeniosa y se esfuerza de hacerse todo para todos para salvar los hombres y ganarlos para Jesucristo (1 Cor. 9, 22). Se alegra con los que están en la alegría y llora con los que lloran (Rom. 12, 15).