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lunes, 23 de marzo de 2009

NUESTRA SEÑORA DE LA MISERICORDIA

Aun viviendo en la tierra, dice san Jerónimo, fue María de corazón tan tierno y piadoso con los humanos, que no ha habido persona que sufra tanto con las penas propias, como María con las de los demás. Bien demostró la compasión que sentía por las aflicciones ajenas en las bodas de Caná, como lo recordamos en anterior capítulo, cuando al ver que faltaba el vino, sin ser requerida, como escribe san Bernardino de Siena, tomó el oficio de piadosa consoladora. Y por pura compasión de la aflicción de aquellos recién casados, intercedió con su Hijo y obtuvo el milagro de la conversión del agua en vino.
Contemplando a María, le dice san Pedro Damiano: "¿Acaso por haber sido ensalzada como Reina del cielo te habrás olvidado de nosotros los miserables? Jamás se puede pensar semejante cosa. Nada tiene que ver con una piedad tan grande como la que hay en el corazón de María, el olvidarse de tan gran miseria como la nuestra". No va con María el proverbio "Honores mudan costumbres". Esto sucede a los mundanos que, ensalzados a cualquier dignidad, se llenan de soberbia y se olvidan de los amigos de antes que han quedado pobres; pero no sucede con María, que es feliz de verse tan ensalzada para poder así socorrer mejor a los necesitados. Considerando esto mismo san Buenaventura, le aplica a la Virgen las palabras del libro de Ruth: "Has sobrepujado tu primera bondad con la que manifiestas ahora" (Rt 3,10), queriendo decir, como él mismo lo declara, que si fue grande la piedad de María para con los necesitados cuando vivía en la tierra, mucho mayor es ahora que ella reina en el cielo. Y da la razón el santo diciendo que la Madre de Dios muestra ahora su total misericordia con las innumerables gracias que nos obtiene, porque ahora conoce mejor nuestras miserias. Por lo que, como el sol con su esplendor supera inmensamente al brillo de la luna, así la piedad de María, ahora que está en el cielo, supera a la piedad que tenía de los hombres cuando estaba en la tierra. ¿Quién hay en el mundo que no disfrute de los rayos del sol? Y ¿quién hay, sobre el que no resplandezca la misericordia de María?
San Alfonso María de Ligorio. Las Glorias de María.

VUELVE A NOSOTROS ESOS TUS OJOS MISERICORDIOSOS

María es toda ojos para compadecerse de nosotros y socorrernos San Epifanio llama a María "la de los muchos ojos"; la que es todo ojos para ver de socorrer a los necesitados. Exorcizaban a un poseído por el demonio; y al preguntarle el exorcista qué hacía María, respondió el poseso: "baja y sube". Quería decir, que esta benignísima Señora no hace otra cosa más que bajar a la tierra para traer gracias a los hombres, y subir al cielo para obtener el divino beneplácito para nuestras súplicas. Con razón san Andrés Avelino llama a la Virgen la administradora del Paraíso que de continuo se ocupa de obtener mise-ricordia, impetrando gracias para todos, tanto justos como pecadores. "El Señor tiene los ojos sobre los justos" (Sal 33,16). Pero los ojos de la Señora, dice Ricardo de San Lorenzo, están vueltos, tanto hacia los justos como hacia los pecadores. Y es porque los ojos de María son ojos de madre, y la madre no sólo mira porque su hijo no caiga, sino para que, habiendo caído, lo pueda levantar.
Bien lo dio a entender el mismo Jesús a santa Brígida cuando le oyó que hablando a su Madre le decía: "Madre, pídeme lo que quieras". Esto es lo que siempre le está diciendo el Hijo a María, gozando en complacer a esta su amada Madre en todo lo que pide. Y ¿qué le pide María al Hijo? Santa Brígida oyó que ella le decía: "Pido misericordia para los pecadores". Como si dijese: "Hijo, tú me has nombrado Madre de la misericordia, refugio de los pecadores, abogada de los desgraciados y me dices que te pida lo que quiera. ¿Qué he de pedirte? Te pido que tengas misericordia de los necesitados". "Así que, oh María – le dice con ternura san Buenaventura – tú estás tan llena de misericordia, y tan atenta a socorrer a los necesitados, que parece que no tienes otro deseo ni otro afán". Y porque entre los necesitados, los más desgraciados de todos son los pecadores, afirma Beda el Venerable, María está siempre rogando al Hijo en favor de los pecadores.

San Alfonso María de Ligorio. Las Glorias de María.

viernes, 20 de marzo de 2009

LA INFLUENCIA DE MARÍA MEDIADORA

Hay muchos ilusos que pretenden alcanzar la unión con Dios, sin recurrir constantemente a Nuestro Se­ñor que es el camino, la verdad y la vida. Otro error sería querer llegar a Nuestro Señor sin pasar por María a quien la iglesia llama Mediadora de todas las gracias. Los protestantes cayeron en este error. Hay, dice San Luis María Grignon de Montfort, una gran falta de humildad en menos­preciar a los mediadores que Dios nos brinda, teniendo en cuenta nuestra debilidad. La intimidad con Nuestro Señor nos es grandemente facilitada mediante una verdadera y pro­funda devoción a los santos y en especial a la Virgen María.
¿Qué se entiende por mediación universal? "Al oficio de mediador", dice Santo Tomás, "corres­ponde el acercar y unir a aquéllos entre quienes ejerce tal oficio; porque los extremos se unen por un intermediario". Ahora bien, unir los hombres a Dios es propio de Jesucristo que los ha reconciliado con el Padre, según las palabras de San Pablo: "Dios reconcilió al mundo consigo mismo en Cristo.” Igualmente, después de decir San Pablo: "Uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hecho hombre", continúa: "que se ha entregado en rehén por todos”. Nada impide, sin embar­go, que, en cierto modo, otros sean dichos mediadores entre Dios y los hombres, en tanto cooperan a la unión de los hombres con Dios, como encargados o ministros." En este sentido, añade Santo Tomás los profetas y sacer­dotes del Antiguo Testamento pueden llamarse mediadores; y lo mismo los sacerdotes de la nueva Alianza, como ministros del verdadero mediador.
"Jesucristo", continúa el santo, "es mediador en cuanto hombre; porque en cuanto hombre es como se encuentra entre los dos extremos: inferior a Dios por naturaleza, supe­rior a los hombres por la dignidad de su gracia y de su glo­ria. Además, como hombre unió a los hombres a Dios en­señándoles sus preceptos y dones, y satisfaciendo por ellos." Jesús satisfizo como hombre, mediante una satisfacción y un mérito que de su personalidad divina recibió infinito valor. Estamos pues ante una doble mediación, descendente y as­cendente, que consistió en traer a los hombres la luz y la gracia de Dios, y en ofrecerle, en favor de los hombres, el culto y reparación que le eran debidos.
Y habiendo otros mediadores secundarios podemos preguntarnos si no será María la mediadora Universal para todos los hombres y para la distribución de todas y cada una de las gracias. San Alberto Magno habla de la mediación de María como superior a la de los profe­tas, cuando dice: "Non est assumpta in ministerium a Domi­no, sed in consortium et adjutorium, juxta illud: Faciamus ei adjutorium simile sibi"; María fue elegida por el Señor, no como ministra, sino para ser asociada de un modo espe­cialísimo y muy íntimo, “como su semejante”, a la obra de la redención del género humano.
¿No es María, en su cualidad de Madre de Dios, natural­mente designada para ser mediadora universal? ¿No es real­mente intermediaria entre Dios y los hombres? Sin duda, por ser una criatura, es inferior a Dios y a Jesucristo; pero está a la vez muy por encima de todos los hombres en razón de su maternidad divina, "que la coloca en las fronteras de la divinidad", y por la plenitud de la gracia recibida en el instante de su concepción inmaculada, plenitud que no cesó de aumentar hasta su muerte. Y no solamente por su maternidad divina era María la designada para esta función de mediadora, sino que la reci­bió y ejercitó de hecho.
Esto es lo que nos demuestra la Tradición, que le ha otorgado el título de mediadora universal, aunque subor­dinada a Cristo; título por lo demás consagrado por la fiesta especial que se celebra en la Iglesia universal.
Para bien comprender el sentido y el alcance de este título, consideremos que le conviene a María por dos ra­zones principales: 1º por haber ella cooperado por la satis­facción y los méritos al sacrificio de la Cruz; 2º porque no cesa de interceder en favor nuestro y de obtenernos y distribuirnos todas las gracias que recibimos del cielo.
Tal es la doble mediación, ascendente y descendente, que debemos considerar, para aprovecharnos de ella sin cesar.

jueves, 19 de marzo de 2009

LA MEDALLA MILAGROSA

En el año 1830, en la Casa Madre de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, en París, Francia, la Santísima Virgen se apareció en tres oportunidades a una humilde y piadosa novicia, Sor Catalina Labouré. En las tres oportunidades, Catalina vio a la Santísima Virgen, recibió mensajes y fue tratada con amorosa y maternal atención.
Primera aparición. Relató la vidente de la Santísima Virgen a su confesor que hacia las 11:30 horas de la noche del 18 de julio, oyó que alguien la llamaba por su nombre: "Sor Labouré, Sor Labouré ven a la capilla. Allí te espera la Santísima Virgen" Quien la llamaba era un niño pequeño y él mismo la condujo hasta la capilla.
Catalina se puso a rezar y después de oír un ruido semejante al roce de un vestido de seda, vio a la Santísima Virgen sentada al lado del Altar. Catalina fue hacia Ella, cayó de rodillas apoyando sus manos en las rodillas de la Santísima Virgen y oyó una voz que le dijo: "Hija mía, Dios quiere encomendarte una misión... tendrás que sufrir, pero lo soportarás porque lo que vas a hacer será para Gloria de Dios. Serás contradecida, pero tendrás gracias. No temas".
La Santísima Virgen señaló el pie del Altar y recomendó a Catalina acudir allí en los momentos de pena a desahogar su corazón pues allí, dijo, serán derramadas las gracias que grandes y chicos pidan con confianza y sencillez.
Segunda aparición. Esta es la aparición en que la Santísima Virgen comunica a Su vidente el mensaje que quiere transmitir. Esta aparición tiene tres momentos distintos:
Dijo Catalina a su confesor que a la hora de la oración hacia las 5:30 de la tarde del 27 de Noviembre, oyó nuevamente el ruido semejante al roce de la seda y vio a la Santísima Virgen.
Primer momento (La Virgen del globo). La Santísima Virgen estaba en pie, sobre la mitad de un globo aplastando con sus pies a una serpiente. Tenía un vestido cerrado de seda aurora, mangas lisas; un velo blanco le cubría la cabeza y le caía por ambos lados. En sus ma-nos, a la altura del pecho, sostenía un globo con una pequeña cruz en su parte superior. La Santísima Virgen ofrecía ese globo al Señor, con tono suplicante. Sus dedos tenían anillos con piedras, algunas de las cuales despedían luz y otras no. La Santísima Virgen bajó la mirada. Y Catalina oyó: "Este globo que ves, representa al mundo y a cada uno en particular. Los rayos de luz son el símbolo de las gracias que obtengo para quienes me las piden. Las piedras que no arrojan rayos, son las gracias que dejan de pedirme"; El globo desapareció.
Segundo momento (Anverso de la medalla). Cuando el globo desapareció, las manos de la Santísima Virgen se extendieron resplandecientes de luz hacia la tierra, los haces de luz, no dejaban ver sus pies. Se formó un cuadro ovalado alrededor de la Santísima Virgen y en semicírculo, comenzando a la altura de la mano derecha, pasando sobre la cabeza de la Santísima Virgen y terminando a la altura de la mano izquierda, se leía: "OH MARÍA SIN PECADO CONCEBIDA, RUEGA POR NOSOTROS, QUE RECURRIMOS A TI"
Catalina oyó una voz que le dijo: "Haz acuñar una medalla según este modelo, las personas que la lleven en el cuello recibirán grandes gracias: las gracias serán abundantes para las personas que la llevaren con confianza".
Tercer momento (El reverso de la Medalla). El cuadro se dio vuelta mostrando la letra M, coronada con una cruz apoyada sobre una barra y debajo de la letra M, los Sagrados Corazones de Jesús y de María, que Catalina distinguió porque uno estaba coronado de espinas y el otro traspasado por una espada. Alrededor del monograma había doce estrellas.
Tercera aparición. En el curso del mes de diciembre del mismo año, Catalina fue favorecida con una nueva aparición, similar a la del 27 de Noviembre.
También durante la oración de la tarde. Catalina recibió nuevamente la orden dada por la Santísima Virgen de hacer acuñar una medalla, según el modelo que se le había mostrado el 27 de noviembre, y que se le mostró nuevamente en esta aparición. Quiso la Santísima Virgen que su vidente tuviera muy claros los simbolismos de su aparición, por eso insistió de una manera especial que el globo que ella tiene en sus manos, representa al mundo entero y cada persona en particular; en que los rayos de luz que arrojan las piedras de sus anillos, son las gracias que Ella consigue para las personas que se las piden, que las piedras que no arrojan rayos, son las gracias que dejan de pedirle; que el Altar es el lugar a donde deben recurrir grandes y chicos, con confianza y sencillez, a desahogar sus penas.
Después de vencer Catalina todos los obstáculos y contradicciones que le había anunciado la Santísima Virgen, en el año 1832, las autoridades eclesiásticas aprobaron la acuñación de la medalla. Una vez acuñada, se difundió rápidamente como la MEDALLA MILAGROSA.

EL SANTO ROSARIO, PRENDA DILECTA DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

La meditación de los principales misterios de la vida de Jesús y de María constituye como el alma del Rosario, así como el rezo vocal de los Padrenuestros y Avemarías constituye como su cuerpo material. Ambas cosas son absolutamente necesarias para que exista el Rosario. Quien se limitare a rezar los Padrenuestros y Avemarías, pero sin meditar en los misterios, haría, sin duda, una excelente oración, pero no rezaría el Rosario. Y el que meditara atentamente los misterios, pero sin rezar los Padrenuestros y Avemarías, haría una excelente meditación, pero es claro que tampoco habría rezado el Rosario. Para que exista el Rosarios es preciso, imprescindiblemente, juntar las dos cosas: rezo de las oraciones y meditación de los misterios.

¿De qué modo se puede rezar eficazmente el Rosario? Para obtener del santo Rosario toda su eficacia impetratoria y santificadora, es evidente que no basta rezarlo de una manera mecánica y distraída, como podría hacerlo una cinta magnetofónica. Es preciso rezarlo digna, atenta y devotamente, como cualquier otra oración vocal.
En teoría hay que reconocer que es difícil rezar bien el Rosario, precisamente porque hay que juntar la oración vocal con la mental, so pena de invalidarlo en cuanto Rosario. Pero en la práctica es fácil encontrar algunos procedimientos que ayudan eficazmente al rezo correcto y piadoso de la gran devoción mariana.

El Rosario debe rezarse dignamente. Esta primera condición exige, como programa mínimo, que el rezo del Rosario se haga de una manera decorosa, como corresponde a la majestad de Dios, a quien principalmente dirigimos nuestra oración.
El mejor procedimiento es rezarlo de rodillas ante el Sagrario o ante una devota imagen de María, pero en general puede rezarse en cualquier otra postura digna modestamente sentado, paseando por el campo, etc. Sería indecoroso rezarlo en la cama- salvo por razón de enfermedad, o interrumpiéndolo constantemente para contestar a preguntas ajenas al rezo, o en un lugar público y concurrido que hiciera poco menos que imposible la atención.

El Rosario debe rezarse atentamente. La atención es necesaria para evitar la irreverencia que supondría si fuera plenamente voluntaria. ¿Cómo queremos que Dios nos escuche, si empezamos por no escucharnos a nosotros mismos?
Sin embargo, no toda distracción es culpable. No tenemos el control despótico sobre nuestra imaginación, sino únicamente político, y no podemos evitar que se nos escape sin permiso, como un siervo desobediente e indómito, que tal es "la loca de la casa" (la imaginación). Las distracciones involuntarias no invalidan el efecto meritorio e impetratorio de la oración, con tal que se haga lo posible por contenerlas y evitarlas. Escuchemos a Santo Tomás explicando admirable-mente este punto interesantísimo al preguntarse "si la oración debe ser atenta": "Esta cuestión afecta principalmente a la oración vocal. Y para resolverla con acierto hay que distinguir, en primer lugar, lo que es mejor y lo que es absolutamente necesario. Es evidente que para obtener el fin de la oración es mejor que sea atenta. Sin embargo, si nos fijamos en lo que es absolutamente necesario, hay que distinguir en la oración un triple efecto: meritorio, impetratorio y cierto espiritual deleite que produce en el alma del que ora.”
"Para los efectos meritorio e impetratorio, no es necesario que la oración sea atenta de una manera constantemente actual (o sea, en todos y cada uno de los momentos) sino que basta y es suficiente la atención virtual, que es aquella que se puso al principio de la oración y perdura a todo lo largo de ella aunque se produzcan distracciones involuntarias.” Desde luego, si faltara la primera intención, la oración no sería meritoria ni impetratoria. En cambio, la atención actual es absolutamente necesaria para obtener aquel espiritual deleite que lleva consigo la oración fervorosa, que es incompatible con la distracción, aunque sea involuntaria.
"Téngase en cuenta, además, que en la oración vocal puede ponerse una triple atención. La primera y más imperfecta se refiere a la correcta pronunciación de las palabras de que consta. La segunda se fija en el sentido de esas palabras. La tercera, finalmente, pone todo su empeño en el fin de la oración, o sea, en Dios y en la cosa por la que se ora.”
Esta última es la más importante y necesaria y pueden tenerla incluso las personas de cortos alcances o que no entienden el sentido de las palabras que pronuncian (por ejemplo, por rezar en latín). Esta última atención puede ser tan intensa que arrebate la mente a Dios, hasta “el punto de hacernos perder de vista todas las demás cosas".
Teniendo en cuenta estos principios del Doctor Angélico y con el fin de facilitar la atención en el rezo del santo Rosario y extraer de él su máxima eficacia santificadora, puede seguirse el siguiente método, que ha sido ensayado con éxito por muchas personas que sufrían distracciones en el rezo del mismo:
1°. Durante el rezo del Padrenuestro, fijarse únicamente en el sentido maravilloso de cada una de las palabras, sin pensar para nada en el misterio correspondiente del Rosario, ya que es psicológicamente imposible atender eficazmente a dos cosas a la vez.
2°. Durante el rezo de las tres primeras Avemarías, fijarse exclusivamente en el sentido de esas Avemarías, saludando a la Virgen con ellas y sin tener para nada en cuenta el misterio a que pertenecen, por la razón ya indicada.
3°. Durante el rezo de las tres siguientes Avemarías, pensar solamente en el misterio correspondiente que se está rezando, sin pensar para nada en las Avemarías que se recitan.
4°. Durante las tres o cuatro Avemarías finales, pensar sólo en las consecuencias prácticas que se desprenden del misterio correspondiente (ej.: humildad de María, su amor a la cruz, etc.)
5°. Durante el Gloria, pensar únicamente en glorificar con él a la Santísima Trinidad.

En segundo término, el Rosario ha de rezarse devotamente. La devoción consiste en una prontitud del ánimo para las cosas tocantes al servicio de Dios. Es imposible que el alma no se sienta llena de devoción si reza tan perfectamente como le es posible el Rosario.
Una cosa importantísima hemos de advertir aquí. El fin principal de toda oración vocal o mental es unir el alma con Dios de la manera más íntima realizable. Todo lo demás, incluso la impetración de las gracias que pedimos, es secundario en relación a esta finalidad suprema. De donde hay que concluir que, si durante el rezo del Rosario o de cualquier otra oración vocal no obligatoria se sintiera el alma llena de un amor de Dios tan intenso que el rezo le resultara muy penoso o poco menos que imposible, habría que suspender inmediatamente el rezo sin escrúpulo alguno, para "dejarse abrasar en silencio" por aquella llama de amor viva "que sabe a vida eterna y paga toda deuda" como dice San Juan de la Cruz.

El rezo del Rosario en las condiciones que acabamos de indicar constituye una de las más grandes y claras señales de predestinación que podemos alcanzar en este mundo, al reunir la eficacia infalible de la oración impetratoria de la perseverancia final y la poderosísima intercesión de María como mediadora universal de todas las gracias.

Quiera Dios conceder a cada uno de los lectores el deseo ardiente de un gran devoto de la Virgen en su doble advocación del Carmen y del Rosario:

Cuando con blanco sudario
cubran los despojos míos,
¡Sálveme tu escapulario
y tengan mis dedos fríos
las cuentas de tu Rosario!


Antonio Royo Marín O.P.

¡OH CLEMENTÍSIMA, OH PIADOSA!

Cuán grande es la clemencia y piedad de María. Al hablar san Bernardo de la piedad que tiene María para con los más necesitados, dice que ella es con verdad, la tierra prometida de Dios, de la que mana leche y miel. Dice san León que la Virgen está dotada de tales entrañas de misericordia, que no sólo merece ser llamada misericordiosa, sino la misma misericordia. Y san Buenaventura, considerando que María ha sido constituida Madre de Dios para favorecer a los necesitados, y que a ella le está confiado el oficio de la misericordia; y contemplando, por otra parte, que ella tiene sumo cuidado de todos los necesitados, por lo que es tan rica en piedad, que parece no tiene otro deseo que el de aliviar las necesidades, decía que cuando contemplaba a María, se le olvidaba la justicia divina y sólo veía la divina misericordia de la que María está llena. Estas son sus tiernas palabras: “De veras, Señora, cuando te contemplo, no veo más que misericordia, pues para los necesitados has sido hecha Madre de Dios y se te ha confiado el oficio de compadecer. Por eso se te ve solícita hacia ellos, estás circundada de misericordia, parece que sólo eres feliz ejerciendo la misericordia”.
¡Pobres de nosotros, si no tuviéramos esta Madre de misericordia, tan atenta y solícita para socorrernos en todas nuestras miserias! “Donde falta la mujer gime y sufre el enfermo” (Ecclo. 36,25). Esta mujer, dice san Juan Damasceno, es realmente María y, donde falte esta santísima Mujer, gime el enfermo. Así, pues, queriendo Dios que todos los dones se dispensen gracias a las plegarias de María, si éstas llegaran a faltar, no habría esperanza de misericordia, como lo indicó el Señor a santa Brígida.
¿Cómo temer que María no acuda a compadecerse de nuestras miserias? No, que ella, mejor que nosotros, ve nuestras miserias y las compadece. Dice san Antonino: “¿Quién, entre todos los santos se compadece de nuestros males como María? Donde ve alguna miseria, allí acude presurosa para socorrer con gran piedad.” Así lo dice Ricardo de San Víctor. Lo afirma también Mendoza: “Oh Virgen bendita, tú dispensas con larga mano tus misericordias, allí donde descubres una necesidad.” Y nunca dejará este oficio de buena Madre, como ella misma lo afirma; “Por los siglos subsistiré. En la Tierra santa, en su presencia, he ejercido el ministerio... Y en Jerusalén se halla mi poder” (Ecclo. 24,9-11). Comenta el cardenal Hugo: “Hasta el siglo futuro, es decir, hasta que lleguen a ser bienaventurados, no dejaré de socorrer a los hombres en sus miserias, y de rogar por la conversión de los pecadores”.
Refiere Suetonio que el emperador Tito estaba tan ansioso de conceder favores a quien se los pedía, que el día en que no había hecho alguno, decía con tristeza: “He perdido el día” porque lo he pasado sin favorecer a nadie. Probablemente esto lo decía Tito, más por vanidad y afán de ser estimado, que por verdadera caridad. Pero nuestra emperatriz María, si por un imposible pasara un día sin socorrer a alguno, lo sentiría muchísimo; porque está llena de caridad y del deseo de hacernos bien. De modo que, como dice Bernardino de Bustos, ella tiene más ansia de darnos gracias, que nosotros de recibirlas de ella. Por lo que añade que, cuando a ella acudimos, siempre la encontraremos con las manos llenas de misericordia y liberalidad.
Ya fue Rebeca figura de María, la cual, cuando el siervo de Abrahán le pidió agua para beber, le respondió que, no sólo para él, sino también para sus camellos sacaría del pozo agua suficiente, para que todos bebiesen (Gén. 24,19). Y el devoto san Bernardo, vuelto hacia la Virgen, le dice: “Señora, no sólo al siervo de Abrahán, sino también para sus camellos dales de tu vasija sobreabundante”; como si dijera: Señora tu eres más piadosa y generosa que Rebeca, y por eso, no te contentas con dispensar las gracias de tu misericordia sólo a los siervos de Abrahán, que representan a los fieles siervos de Dios, sino que las dispensas también a los camellos, figura de los pecadores. Y como Rebeca dio más de lo que se le pedía, así y mejor, María da más de lo que se le solicita. La liberalidad de María, dice Ricardo de San Lorenzo, se asemeja a la liberalidad de su Hijo, que otorga siempre más de lo que se le pide; que por eso lo llama san Pablo “rico para todos los que lo invocan” (Rm 10,12). Por esto le dice a la Virgen un devoto autor: “Señora, ruega por mí, porque tu pedirás para mí las gracias con mayor devoción de la que sabría tener yo; y me conseguirás de Dios gracias muy superiores a las que yo pudiera pedir”.
Cuando los samaritanos rehusaron recibir a Jesucristo y su doctrina, dijeron Santiago y san Juan a su Maestro: “¿Quieres Señor, que mandemos fuego del cielo que los devore?” Pero el Salvador les respondió: “No sabéis a qué espíritu pertenecéis” (Lc 9,55). Como si dijera: Yo soy piadoso y dulce, por lo que he bajado del cielo para salvar a los pecadores, no para castigarlos; y ¿vosotros queréis verlos condenados? ¿Qué fuego? ¿Qué castigo? Callad, no me habléis de castigos, que ése no es mi espíritu. De igual modo María, que tiene el alma del todo semejante a la de su Hijo, estamos seguros que está siempre inclinada a tener misericordia, porque, como dice santa Brígida es llamada la Madre de la misericordia; y la misma misericordia de Dios la hace tan piadosa y dulce para con todos. Por eso a María la vio san Juan, vestida del sol: “Apareció una señal grande en el cielo, una mujer vestida de sol” (Ap. 12,1). Sobre lo cual, dice san Bernardo dirigiéndose a la Virgen: “Vistes al sol y con él te vistes”. Has vestido al sol, al Verbo de Dios, con carne humana; mas él te ha vestido a ti con su poder y misericordia.
Es tan piadosa y benigna esta Reina, que, al decir de san Bernardo, cuando se le acerca un pecador para encomendarse a su piedad, no se pone a examinar sus méritos, ni si es digno o no de ser oído, sino que sin más lo atiende y lo socorre. Por lo cual, reflexiona san Ildeberto, que está bien decir de María que es bella como la luna (Cant. 6,9); porque como la luna ilumina y beneficia los cuerpos más humildes de la tierra, así María ilumina a los pecadores más indignos. “Hermosa como la luna, porque es hermoso hacer beneficios a los indignos”, dice san Ildefonso. Y aunque la luna toma toda su luz del sol, actúa antes que el sol, piensa un autor. También dice san Anselmo: “Más pronto se consigue, a veces, nuestra salvación invocando el nombre de María, que invocando el nombre de Jesús”. Por eso nos exhorta Hugo de San Víctor, para que, si nuestros pecados nos hacen temer el acercarnos a Dios, porque él es la majestad infinita que hemos ofendido, no temamos sin embargo recurrir a María, porque en ella nada encontraremos que nos asuste. Es verdad que ella es santa e inmaculada, que es la Reina del mundo y la Madre de Dios; pero al mismo tiempo es de nuestra carne, hija de Adán como nosotros.
Finalmente, dice san Bernardo, todo lo que hay en María respira gracia y piedad, porque ella, como Madre de piedad, es toda para todos, y por su gran caridad, se pone a disposición de todos, justos y pecadores; y abre el seno de su misericordia para que todos gocen de su plenitud. Y si el demonio, como dice san Pedro, “anda siempre merodeando, buscando a quien devorar” (1Pe 5,8), todo lo contrario, dice Bernardino de Bustos, es lo que hace María, que “anda siempre buscando cómo dar la vida y salvar a todos los que pueda”.
Debemos persuadirnos de que la protección de María es más grande y poderosa de lo que nos podemos imaginar, como dice san Germán. ¿Por qué el Señor, que en la antigua ley era tan riguroso en el castigar, ahora tiene tanta misericordia aún con los reos de los mayores pecados?, pregunta Pelbarto; y responde: “Se porta así por los méritos y por el amor de María.” Dice san Fulgencio: “¡Cuánto hace que hubiera sido aniquilado el mundo, si María no lo hubiera sostenido con su intercesión!” Mas nosotros, dice Arnoldo de Chartres, podemos acercarnos a Dios en espera de todos los bienes, porque el Hijo es nuestro mediador ante Dios Padre y la Madre ante el Hijo. ¿Cómo no va a escuchar el Padre a su Hijo cuando le presenta las llagas que ha recibido por salvar a los pecadores? Y ¿cómo el Hijo no va a atender a la Madre cuando le recuerda que lo ha alimentado con sus pechos virginales? Dice san Pedro Crisólogo con hermosa y firme expresión, que esta humilde doncella, habiendo alojado a Dios en su seno, exige como pensión del hospedaje, la paz del mundo, la salvación de los que andan perdidos y la vida de los muertos.
Dice el abad de Celles: “¡Cuántos que merecían ser condenados por la divina justicia, se han salvado por la piedad de María!” Es que ella es el tesoro de Dios y la tesorera de todas las gracias, por lo que nuestra salvación está en sus manos. Por eso recurramos siempre a esta maravillosa Madre que es todo piedad, y estemos del todo seguros de salvarnos gracias a su intercesión, ya que ella – así nos anima Bernardino de Bustos – es nuestra salvación, nuestra vida, nuestra consejera, nuestro refugio y nuestra ayuda. María, es precisamente, dice san Agustín, aquel trono de la gracia, al que nos exhorta el apóstol que recurramos con confianza para obtener la divina misericordia y hallar la gracia para una ayuda oportuna (Hb 4,16). Al trono de la gracia, comenta san Antonio, es decir, a María. Por esto santa Catalina de Siena llamaba a María administradora de la misericordia divina.
Concluyamos ya, con la bella y dulce exclamación de san Bernardo, comentando las palabras: “Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María: Oh María, tu eres clemente con los miserables, piadosa con los que te ruegan, dulce con los que te aman; clemente con los penitentes, piadosa con los que progresan, dulce con los perfectos. Te manifiestas clemente al librarnos de los castigos, piadosa al otorgarnos las gracias, y dulce dándote al que te busca”.
Las Glorias de María. San Alfonso María de Ligorio.

martes, 17 de marzo de 2009

LA FIESTA DE LA CANDELARIA

La fiesta litúrgica. También conocida como Fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen y Fiesta de la Presentación del Niño Jesús en el Templo, es observada el 2 de Febrero en el rito latino.
De acuerdo a la ley mosaica, una madre que había dado a luz a un niño varón, era considerada impura por siete días. Además debía permanecer 33 días "en purificación de su sangre" pero si daba a luz a una niña el tiempo que excluía a la madre del santuario era doble.
Al cumplirse el tiempo de su purificación, cuarenta u ochenta días según fuera niño o niña, la madre debía traer al templo un cordero de un año para el holocausto y un pichón o una tórtola como sacrificio por el pecado; si no era capaz de ofrecer un cordero, ella podía presentar dos tórtolas o dos pichones; el sacerdote los ofrecía como expiación y entonces ella quedaba limpia. (Levitico 12:2-8)
Cuarenta días después del nacimiento de Cristo María cumplió con este precepto de la ley, ella redimió a su primogénito en el templo (Números 18:15), y escuchó las palabras del anciano Simeón, en la presencia de Ana la profetisa (Lucas 2:22). Sin duda este acontecimiento, la primer presentación solemne de Cristo en la casa de Dios, era en los tiempos más tempranos, celebrado por la Iglesia de Jerusalén. Esto queda testimoniado en la primera mitad del siglo cuarto por el peregrino de Burdeos, Egeria o Sylvia.
El día (el 14 de febrero) fue solemnemente guardado por una procesión a la basílica constantiniana de la Resurrección, una homilía sobre Lucas 2:22, y el Santo Sacrificio; pero esta celebración no tenía ningún nombre propio; fue simplemente llamado día cuarenta después de la Epifanía.
Esta fiesta de los cuarenta días después del nacimiento de Cristo, se extendió desde Jerusalén a toda la Iglesia, y más tarde fue guardada el 2 de febrero. En todo el Imperio del Este fue introducida por el Emperador Justiniano I (542) en acción de gracias por el cese de la gran pestilencia que había despoblado la ciudad de Constantinopla.
En la Iglesia griega fue llamada “el encuentro” del Señor y su Madre con Simeón y Ana. Los armenios lo llaman: "La Venida del Hijo de Dios en el Templo" y todavía la observan el 14 de febrero; los Coptos lo llaman "la presentación del Señor en el Templo".
En cuanto a Occidente, esta fiesta aparece en el Gelasianum (la tradición manuscrita del séptimo siglo) bajo el nuevo título de la Purificación de la Santísima Virgen María, la procesión no es mencionada. El Papa Sergio I (687-701) introdujo una procesión para este día. La bendición de las velas entró en el uso común en el siglo XI.
Bendición de las candelas y procesión. De acuerdo al Misal Ro-mano después de la hora de Tercia el celebrante de pie al lado de la epístola con estola y capa de color púrpura bendice las candelas (las cuales deben ser elaboradas con ceras de abeja) habiendo cantado o recitado las cinco oraciones prescritas, rocía e inciensa las candelas. Luego las distribuye al clero y a los laicos mientras el coro canta el cántico de Simeón: “Nunc Dimitis”.
La antífona "Lumen revelationem gentium et gloriam plebis tuæ Israel" es repetida después de cada verso del “Nunc dimitis”, según la costumbre medieval de cantar las antífonas. Durante la procesión que ahora sigue, y en que todos los partícipes llevan velas encendidas en sus manos, el coro canta la antífona "Adorna thalamum tuum, Sion", compuesta por San Juan Damasceno, una de los pocas piezas de las cuales el texto y la música, han sido tomados prestados por la Iglesia romana de los griegos. Las otras antífonas son de origen romano. La procesión solemne representa la entrada de Cristo, que es la Luz del Mundo, en el Templo de Jerusalén.
Esto formaba una parte esencial de los servicios litúrgicos del día, y debía ser celebrado en cada parroquia donde los ministros lo requerían. Antes de la reforma de la liturgia latina por San Pío V (1568), en las iglesias del Norte y del Oeste de los Alpes esta ceremonia era más solemne. Después de la quinta oración un prefacio era cantado. El "Adorna" era precedido por la antífona "Ave Maria". El clero abandonaba la iglesia y visitaba el cementerio que lo rodeaba. Una vez que regresaban de la procesión, un sacerdote llevaba la imagen del Niño Dios, la presentaba en la puerta y entraba a la iglesia con el clero, quienes cantaban el cántico de Zacarias, "Benedictus Dominus Deus Israel". Para finalizar entraba en el santuario, el coro cantaba la prosa, "Inviolata" o alguna otra antífona en honor a la Santísima Virgen.

"SALUTARIS ILLE SPIRITUS" – LEÓN XIII, Papa

Sobre la devoción al Rosario y la invocación "Reina del Santísimo Rosario"
1. Éxito de la Encíclica anterior. Aunque aquel espíritu de oración, dádiva a la par que prenda de la divina misericordia, que Dios prometió un día derramar sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén, nunca disminuye en la Iglesia Católica, sin embargo, parece que entonces debe este espíritu estar más activo para mover los corazones cuando los hombres sienten que una época trascendental se inicia o se acerca para la Iglesia o para la sociedad civil. En situaciones angustiosas la fe en Dios y la piedad suelen exaltarse, porque los hombres comprenden que cuanto menor les aparece la protección humana tanto más sienten la necesidad del patrocinio celestial.
Recientemente aún, hemos palpado esta verdad cuando Nos, sacudidos por las incesantes aflicciones de la Iglesia y las comunes dificultades de los tiempos, llamando por Nuestras Encíclicas a la piedad, decretamos que por medio de la devoción del Rosario se venere y se implore durante todo el mes de Octubre a la Santísima Virgen.
Supimos que con tanto celo y presteza se obedeció a Nuestro llamado como lo exigía la santidad y gravedad de la causa que Nos movió a ello. Pues, se ha rogado por la causa católica y el público bienestar no sólo en Nuestra Italia sino en todo el mundo. Gracias a la autoridad de los Obispos y el ejem-plo y la labor del Clero que encabezaban el movimiento, se ha honrado a por-fía a la excelsa Madre de Dios, y maravillosamente Nos alborozaron las múlti-ples formas en que la piedad se manifestaba: los templos estaban adornados con la mayor magnificencia, las funciones se celebraban con solemne pompa, a los sermones, a la Mesa del Señor, a las cotidianas preces del Rosario afluía por todas partes gran número de gente; ni Nos queremos callar las noticias que con ánimo gozoso recibimos de algunos lugares a los que azota la tempes-tad de los tiempos con mayor violencia; pues manifestábase allí tanto piadoso fervor que personas particulares, preferían remediar en cuanto se lo permitían las circunstancias, la falta de sacerdotes, haciendo ellos el servicio religioso a permitir que en sus templos las preces prescritas se omitiesen.
2. Perseverancia en la oración. Por eso, mientras que por la esperanza en la bondad y misericordia divinas consolamos Nuestro espíritu de los presentes males, entendemos que debemos inculcar en las almas de todos los buenos lo que constante y abiertamente declaran las Sagradas Escrituras, a saber, que, como en toda virtud, en ésta que consiste en implorar a Dios, importa muchísimo que se la practique perpetua y asiduamente. Se alcanzan los favores y se aplaca la ira de Dios rezando; Dios quiere que la concesión de sus favores no sea sólo el fruto de su bondad, sino también el de nuestra perseverancia en el pedir.
Tal perseverancia es hoy mucho más necesaria que antes por cuanto tantos y tan graves riesgos, como decíamos, nos rodean por todas partes, los que no podrán superarse sin la ayuda actual de Dios. Demasiados hombres odian todo lo que se llama Dios y su culto divino; a la Iglesia se la combate no sólo por medios particulares, sino también a menudo, mediante institutos y leyes; a la sabiduría cristiana se oponen las temibles novedades de las ideas de tal modo que la salud pública y la de cada uno ha de defenderse contra enemigos acérrimos que se conjuraron intentarlo todo con extremadas fuerzas.
Nos creemos que, abarcando mentalmente la lucha de tantos combates, hemos de fijar la mayor atención en Nuestro Señor Jesucristo, quien a fin de llevarnos a su imitación al entrar en agonía, rezaba con mayor fervor.
3. Disposiciones sobre el rezo del Rosario y la invocación "Reina del Santísimo Rosario". De los varios modos de rezar y de las fórmulas que saludable y piadosamente se emplean en la Iglesia Católica, es por muchas razones recomendable la que se llama el Rosario Mariano. Entre los motivos, como en Nuestras Letras Encíclicas afirmamos, se destaca muchísimo el que el Rosario se instituyó especialmente para implorar la protección de la Madre de Dios contra los enemigos del Catolicismo; a este respecto nadie ignora que para conjurar las calamidades que afligían a la Iglesia fue este rezo muchas veces de gran provecho. Pues no sólo la devoción particular sino en las públicas circunstancias conviene que este modo de rezar ocupe nuevamente aquel sitio de honor que lograra mucho ha, cuando todas las familias cristianas no dejaron pasar un día sin rezar el Rosario.
Por estas razones, Nos exhortamos a todos y les rogamos encarecidamente que insistan piadosa y asiduamente en la costumbre del Rosario diario; asimismo declaramos que deseamos que en el templo principal de todas las diócesis se rece diariamente el Rosario y en los templos de las Curias todos los días festivos. Para introducir y fomentar este ejercicio de piedad podrán ser de gran utilidad las familias religiosas de las Órdenes y en especial, por cierto derecho propio, la Orden Dominicana. Estamos seguros de que nadie de ningún modo faltará a tan fructuoso y noble deber.Nos empero, en honor de la excelsa Madre de Dios, María, para perpetua memoria de las preces con que por doquiera se ha implorado, durante el mes de Octubre, el patrocinio del Corazón de María para perenne testimonio de la inmensa confianza que depositamos en Nuestra Madre amantísima, para alcanzar mejor de día en día su propicia ayuda, queremos y decretamos que en las Letanías Lauretanas, después de la Invocación "Reina sin pecado original concebida", se añada la alabanza

REFLEXIONES SOBRE EL MENSAJE DE FÁTIMA

Nuestra Señora termina su mensaje del día 13 de mayo de 1917 diciendo: "Rezad el Rosario todos los días, para alcanzar la paz para el mundo y el fin de la guerra".
¿Cuál habrá sido el motivo por el que Nuestra Señora nos mandó rezar el Rosario todos los días, y sin embargo no nos mandó ir todos los días a la Santa Misa?
Se trata de una pregunta que me ha sido hecha muchas veces, y a la cual trato de dar respuesta ahora. Certeza absoluta del por qué no la tengo, porque Nuestra Señora no lo explicó y a mí tampoco se me ocurrió preguntarte. Digo, por eso, simplemente lo que me (…)
Pienso que Dios es Padre. Y como Padre se acomoda a las necesidades y posibilidades de sus hijos. Ahora, si Dios, por medio de Nuestra Señora, nos hubiese pedido ir todos los días a participar y comulgar en la Santa Misa, ciertamente habría muchos que dirían, con justo motivo, que no les seria posible. Unos, a causa de la distancia de la iglesia más próxima en donde se celebrara la Eucaristía; otros, porque no lo permiten sus ocupaciones, o sus deberes de estado, o empleo, o su estado de salud, etc.
Por el contrario, el rezo del Rosario es accesible a todos, pobres y ricos, sabios e ignorantes, grandes o pequeños. Todas las personas de buena voluntad pueden y deben, diariamente, rezar su Rosario. Y ¿para qué? Para ponemos en contacto con Dios, agradecer sus beneficios y pedirle las gracias de que tenemos necesidad. Es la oración que nos lleva al encuentro familiar con Dios. Como el hijo que va a estar con su padre para agradecerle los beneficios recibidos, tratar con él sus asuntos particulares, recibir su orientación, su ayuda, su apoyo y su bendición.
Dado que todos tenemos necesidad de rezar, Dios nos pide diariamente, una oración que está a nuestro alcance: la oración del Rosario, que tanto se puede hacer en común como en particular, tanto en la iglesia delante del Santísimo como en casa de familia o a solas, tanto por el camino yendo de viaje como en un tranquilo paseo por los campos. La madre de familia puede rezar mientras mece la cuna del hijo pequeño o trata del arreglo de la casa. Nuestro día tiene veinticuatro horas... ¡no será mucho reservarse un cuarto de hora para la vida espiritual, para nuestro trato íntimo y familiar con Dios!
Por otro lado, yo creo que, después de la oración litúrgica del Santo Sacrificio de la Misa, la oración del Santo Rosario, por el origen y sublimidad de las oraciones que lo componen y por los misterios de la Redención que recordamos y meditamos en cada decena, es la oración más agradable que podemos ofrecer a Dios y de mayor provecho para nuestras almas. Si así no fuese, Nuestra Señora no lo habría recomendado con tanta insistencia.
Aún diré que incluso aquellas personas que tienen posibilidad de tomar parte diariamente en la Santa Misa, no deben por eso descuidarse de rezar diariamente su Rosario. Bien entendido que el tiempo apropiado para el rezo del Rosario, no es aquel en que se toma parte en la Santa Misa. Para esas personas, el rezo del Rosario puede considerarse una preparación para participar mejor en la Eucaristía o también como una acción de gracias a lo largo del día.
Veo que es muy limitado el número de almas verdaderamente contemplativas que mantienen y conservan un trato de intima familiaridad con Dios que las prepare dignamente para la recepción de Cristo en la Eucaristía. Así, también para éstas, se hace necesaria la oración vocal, meditada lo más posible, ponderada y reflexiva, como debe ser el Rosario. Hay muchas y bellas oraciones que bien pueden servir de preparación para recibir a Cristo en la Eucaristía y para mantener nuestro trato familiar de íntima unión con Dios. Pero no me parece que encontremos alguna más que se pueda indicar y que mejor sirva a todos en general, como la oración del Rosario.
En fin, teniendo presente lo que el Magisterio de la Iglesia a lo largo de los años nos tiene dicho sobre la oración del Rosario y lo que Dios, por medio de su mensaje, tanto nos recomienda, podemos pensar que aquélla es la fórmula de oración vocal que a todos, en general, más nos conviene, y de la cual debemos tener sumo aprecio y en la cual debemos poner el mejor empeño para no dejarla nunca. Porque mejor que nadie, sabe Dios y Nuestra Señora aquello que más nos conviene y de lo que tenemos más necesidad. Y será un medio poderoso para ayudarnos a conservar la fe, la esperanza y la caridad.
Igual para las personas que no saben o no son capaces de recoger el espíritu para meditar, el simple acto de tomar las cuentas en la mano para rezar es ya un acordarse de Dios, y mencionar en cada decena un misterio de la vida de Cristo es ya recordarlos, y este recuerdo dejará abierta nuestras almas para tener la luz de la fe que sustenta la mecha que aún humea, no permitiendo así que se extinga del todo.
Por el contrario, los que abandonan la oración del Rosario y no toman diariamente parte en el Santo Sacrificio de la Misa, nada tienen que los sustente, acabando por perderse en el materialismo de la vida terrena.
Así, el Rosario es la oración que Dios por medio de su Iglesia y de Nuestra Señora, nos tiene recomendado con mayor insistencia a todos en general como camino y puerta de salvación: "Rezad el Rosario todos los días" (Nuestra Señora, 13 de mayo de 1917).
SOR LUCÍA (Tomado de su libro "Llamadas del Mensaje de Fátima")

lunes, 9 de febrero de 2009

DE LA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

Jesús es Mediador de justicia, María es Medianera de gracia; y, según enseñan San Bernardo, San Buenaventura, San Bernardino de Sena, San Germán, San Antonino y otros, es voluntad de Dios que por manos de María sean dispensadas todas las gracias y mercedes que su bondad quiere otorgarnos. En el divino acatamiento, los ruegos de los Santos son ruegos de amigos, pero los ruegos de María son ruegos de Madre. ¡Dichosos los que con entera confianza recurren sin cesar a esta Divina Madre! De todas las devociones, la más grata a Nuestra Señora es invocarla en todo tiempo diciéndole: ¡Oh, María! Rogad a Jesús por mí.

Así como Jesús es omnipotente por naturaleza, así lo es María por gracia; por lo cual, alcanza cuanto pide. Es imposible –escribe San Antonino– que la augusta Madre de Dios pida algo a su Hijo, en favor de sus devotos, y no sean atendidos sus ruegos. Gózase Jesús en honrar a su Madre no negándole nada de cuanto le pide.
Por eso nos exhorta San Bernardo a buscar la gracia, y a buscarla por medio de María; pues, siendo Madre, no puede quedar desairada: «Busquemos la gracia –dice el Santo Doctor–, pero busquémosla por mediación de María; porque María es Madre, y sus ruegos no pueden ser desatendidos. » Si queremos, pues, salvarnos, no cesemos de recurrir a María pidiéndole que interceda por nosotros, ya que sus ruegos todo lo alcanzan.

Compadeceos de mí, ¡oh, Madre de misericordia! ; y, pues hacéis gala de ser Abogada de los pecadores, socorred a un pecador que en Vos confía. Ni hay que recelar por ningún caso que la celestial Madre no despache favorablemente las súplicas que le dirigimos; porque cabalmente para alcanzarnos cuantas gracias deseáremos, complácese la benignísima Señora en ser tan poderosa ante de la Divina Majestad.
No hay más que pedir gracias a María, para conseguirlas: si de ellas somos indignos, la excelsa Reina con su omnipotente intercesión nos hace dignos, y tiene vivísimos deseos de que acudamos a Ella, para poder llevarnos al puerto de salvación. ¿Hubo jamás pecador que, habiendo acudido a María con confianza y perseverancia, se haya perdido? Sólo se pierde el que no invoca la protección de María.

¡Oh, María, Madre y esperanza mía! Bajo vuestro manto me refugio; no me desechéis, como lo tengo merecido. Miradme y compadeceos de mi miseria. Alcanzadme el perdón de mis pecados, la santa perseverancia, el amor de Dios, una buena muerte, ¡el cielo! De Vos lo espero todo, ya que sois todopoderosa ante Dios. Hacedme santo, pues está en vuestra mano. ¡Oh, María! Mirad que todo lo fío a Vos, en Vos tengo cifradas todas mis esperanzas.

San Alfonso María del Ligorio. "El camino de la Salvación".


¡OH DULCE VIRGEN MARÍA!

El nombre de María es dulce en la vida y en la muerte. El augusto nombre de María, dado a la Madre de Dios, no fue cosa terrenal, ni inventado para ella por la mente humana o elegido por decisión humana, como sucede con todos los demás nombres que se imponen. Este nombre fue elegido por el cielo y se le impuso por divina disposición, como lo atestiguan san Jerónimo, san Epifanio, san Antonino y otros. "Del Tesoro de la divinidad -dice Ricardo de San Lorenzo- salió el nombre de María". De él salió tu excelso nombre; porque las tres divinas personas, prosigue diciendo, te dieron ese nombre, superior a cualquier nombre, fuera del nombre de tu Hijo, y lo enriquecieron con tan grande poder y majestad, que al ser pronunciado tu nombre, quieren que, por reverenciarlo, todos doblen la rodillla, en el cielo, en la tierra y en el infierno. Pero veamos cuán dulce ha hecho el Señor este nombre para los siervos de esta santísima Señora, tanto durante la vida como en la hora de la muerte.
En cuanto a lo primero, durante la vida, "el santo nombre de María -dice el monje Honorio- está lleno de divina dulzura". De modo que el glorioso san Antonio de Padua, reconocía en el nombre de María la misma dulzura que san Bernardo en el nombre de Jesús. "El nombre de Jesús", decía éste; "el nombre de María", decía aquél, "es alegría para el corazón, miel en los labios y melodía para el oído de sus devotos". Se cuenta del V. Juvenal Ancina, obispo de Saluzzo, que al pronunciar el nombre de María experimentaba una dulzura sensible tan grande, que se relamía los labios. También se refiere que una señora en la ciudad de Colonia le dijo al obispo Marsilio que cuando pronunciaba el nombre de María, sentía un sabor más dulce que el de la miel. Y, tomando el obispo la misma costumbre, también experimentó la misma dulzura. Se lee en el Cantar de los Cantares que, en la Asunción de María, los ángeles preguntaron por tres veces: "¿Quién es ésta que sube del desierto como columnita de humo? ¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente? ¿Quién es ésta que sube del desierto rebosando en delicias?". Pregunta Ricardo de San Lorenzo: "¿Por qué los ángeles preguntan tantas veces el nombre de esta Reina?" Y él mismo responde: "Era tan dulce para los ángeles oír pronunciar el nombre de María, que por eso hacen tantas preguntas".
Pero no quiero hablar de esta dulzura sensible, porque no se concede a todos de manera ordinaria; quiero hablar de la dulzura saludable, consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que da este nombre de María a los que lo pronuncian con fervor. Dice el abad Francón que, después del sagrado nombre de Jesús, el nombre de María es tan rico de bienes, que ni en la tierra ni en el cielo resuena ningún nombre del que las almas devotas reciban tanta gracia de esperanza y de dulzura. El nombre de María -prosigue diciendo contiene en sí un no sé qué de admirable, de dulce y de divino, que cuando es conveniente para los corazones que lo aman, produce en ellos un aroma de santa suavidad. Y la maravilla de este nombre concluye el mismo autor- consiste en que aunque lo oigan mil veces los que aman a María, siempre les suena como nuevo, experimentando nueva dulzura al oírlo pronunciar.
Hablando también de esta dulzura el B. Enrique Suso, decía que nombrando a María, sentía elevarse su confianza e inflamarse en amor con tanta dicha, que entre el gozo y las lágrimas, mientras pronunciaba el nombre amado, sentía como si se le fuera a salir del pecho el corazón; y decía que este nombre se le derretía en el alma como panal de miel. Por eso exclamaba: "¡Oh nombre suavísimo! Oh María ¿cómo serás tú misma si tu solo nombre es amable y gracioso?"
Contemplando a su buena Madre el enamorado san Bernardo le dice con ternura: "¡Oh excelsa, oh piadosa, oh digna de toda alabanza Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y amable, que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a ti y a Dios; y sólo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansias de amarte!". Dice Ricardo de San Lorenzo: "Si las riquezas consuelan a los pobres porque les sacan de la miseria, cuánto más tu nombre, oh María, mucho mejor que las riquezas de la tierra, nos alivia de las tristezas de la vida presente".
Tu nombre, oh Madre de Dios -como dice san Metodio- está lleno de gracias y de bendiciones divinas. De modo que -como dice san Buenaventura- no se puede pronunciar tu nombre sin que aporte alguna gracia al que devotamente lo invoca. Búsquese un corazón empedernido lo más que se pueda imaginar y del todo desesperado; si éste te nombra, oh benignísima Virgen, es tal el poder de tu nombre que él ablandará su dureza, porque eres la que conforta a los pecadores con la esperanza del perdón y de la gracia. Tu dulcísimo nombre -le dice san Ambrosio- es ungüento perfumado con aroma de gracia divina. Y el santo le ruega a la Madre de Dios diciéndole: "Descienda a lo íntimo de nuestras almas este ungüento de salvación". Que es como decir: Haz Señora, que nos acordemos de nombrarte con frecuencia, llenos de amor y confianza, ya que nombrarte así es señal o de que ya se posee la gracia de Dios, o de que pronto se ha de recobrar.

Las Glorias de María, San Alfonso María de Ligorio.

sábado, 7 de febrero de 2009

DE LA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

Jesús es Mediador de justicia, María es Medianera de gracia; y, según enseñan San Bernardo, San Buenaventura, San Bernardino de Sena, San Germán, San Antonino y otros, es voluntad de Dios que por manos de María sean dispensadas todas las gracias y mercedes que su bondad quiere otorgarnos. En el divino acatamiento, los ruegos de los Santos son ruegos de amigos, pero los ruegos de María son ruegos de Madre. ¡Dichosos los que con entera confianza recurren sin cesar a esta Divina Madre! De todas las devociones, la más grata a Nuestra Señora es invocarla en todo tiempo diciéndole: ¡Oh, María! Rogad a Jesús por mí.

Así como Jesús es omnipotente por naturaleza, así lo es María por gracia; por lo cual, alcanza cuanto pide. Es imposible escribe San Antonino que la augusta Madre de Dios pida algo a su Hijo, en favor de sus devotos, y no sean atendidos sus ruegos. Gózase Jesús en honrar a su Madre no negándole nada de cuanto le pide.
Por eso nos exhorta San Bernardo a buscar la gracia, y a buscarla por medio de María; pues, siendo Madre, no puede quedar desairada: «Busquemos la gracia –dice el Santo Doctor–, pero busquémosla por mediación de María; porque María es Madre, y sus ruegos no pueden ser desatendidos. » Si queremos, pues, salvarnos, no cesemos de recurrir a María pidiéndole que interceda por nosotros, ya que sus ruegos todo lo alcanzan.

Compadeceos de mí, ¡oh, Madre de misericordia! ; y, pues hacéis gala de ser Abogada de los pecadores, socorred a un pecador que en Vos confía. Ni hay que recelar por ningún caso que la celestial Madre no despache favorablemente las súplicas que le dirigimos; porque cabalmente para alcanzarnos cuantas gracias deseáremos, complácese la benignísima Señora en ser tan poderosa ante de la Divina Majestad.
No hay más que pedir gracias a María, para conseguirlas: si de ellas somos indignos, la excelsa Reina con su omnipotente intercesión nos hace dignos, y tiene vivísimos deseos de que acudamos a Ella, para poder llevarnos al puerto de salvación. ¿Hubo jamás pecador que, habiendo acudido a María con confianza y perseverancia, se haya perdido? Sólo se pierde el que no invoca la protección de María.

¡Oh, María, Madre y esperanza mía! Bajo vuestro manto me refugio; no me desechéis, como lo tengo merecido. Miradme y compadeceos de mi miseria. Alcanzadme el perdón de mis pecados, la santa perseverancia, el amor de Dios, una buena muerte, ¡el cielo! De Vos lo espero todo, ya que sois todopoderosa ante Dios. Hacedme santo, pues está en vuestra mano. ¡Oh, María! Mirad que todo lo fío a Vos, en Vos tengo cifradas todas mis esperanzas.
San Alfonso María del Ligorio. "El camino de la Salvación".

martes, 3 de febrero de 2009

EL ESCAPULARIO VERDE Y SUS BENEFICIOS - Padre Erik Briols

Sacramentales. Revelado por la Virgen María a Sor Justina Bisqueyburu, el escapulario verde forma parte de esas cosas materiales que por la oración de la Iglesia, generalmente una bendición, se convierten en elementos de transmisión de las gracias actuales. En el presente caso es la Virgen María quien ha precisado los fines concretos para el uso del escapulario, dejando al cuidado de la Iglesia su aprobación, así como bendecirlo y aprobarlo.
Origen del escapulario. “ La Madre de Dios se apareció (a Sor Justina) durante la oración, teniendo en la mano derecha su Corazón coronado de llamas, y en la otra una especie de escapulario o más bien la mitad de un escapulario. Era un solo trozo de tela verde, de forma rectangular y de tamaño mediano, que colgaba de un cordón también verde, cerrado por la parte de arriba y que parecía hecho para colgar del cuello. El conjunto se parecía más a un medallón de tela que a un escapulario propiamente dicho. Sobre una de las dos caras de esta tela se podía ver la imagen de la Santísima Virgen, tal como se la había contemplado en las apariciones precedentes; sobre la otra cara había un corazón del que se desprendían unos rayos más brillantes que el sol y transparentes como el cristal. Así son las expresiones empleadas por la Hermana para describir su visión. Este Corazón, traspasado por una lanza, estaba rodeado de una inscripción en forma oval y coronada por una cruz dorada, leyéndose lo siguiente: “Corazón Inmaculado de María, rogad por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Al mismo tiempo una voz interior hablaba a la Hermana revelándole el sentido de esta visión. Comprendió que este escapulario, por mediación de las Hijas de la Caridad, debía cooperar a la salvación de las almas, especialmente de los infieles, otorgándoles una buena muerte: era necesario que estuviese acabado cuanto antes y propagarlo con confianza”. (“El escapulario verde y sus prodigios”, R. P. Marie Edouard Mott)
Las dificultades. Sin embargo el escapulario no se hizo y propagó con facilidad; los primeros escapularios fueron escasos y se distribuyeron con desconfianza, siendo los resultados poco satisfactorios. Sor Justina se lamenta a una de sus Superioras de la parsimonia de su confesor en este asunto. “Es preciso que el abate Madel se interese por el escapulario, propagándolo con confianza. Hasta ahora estoy segura que no lo ha dado mucha importancia. Se ha equivocado. Es cierto que no me merezco que crean en lo que digo, soy una pobre religiosa en todos los aspectos. Pero le pido por favor que no haga esto por mí, sino que le pido en nombre de María que lo haga por estas pobres almas que llegan a la muerte sin conocer la verdadera religión; sí, distri-buyéndolo con confianza habrá un gran número de conversiones”.
Mas las visiones de Sor Justina relativas al escapulario no respondían a ciertas cuestiones importantes. ¿Cuáles eran las condiciones exactas y requeridas para que fuese útil el uso del escapulario? ¿Se necesitaba una bendición especial? ¿Se debía reservar para los infieles en las misiones? Sólo la celestial Señora podía responder a estas preguntas. Y así Sor Justina se decidió a preguntar a la Madre del Cielo. La respuesta fue ésta: “No siendo este escapulario, como los otros, la vestidura de una cofradía, sino simplemente una doble imagen piadosa colocada sobre un solo trozo de tela que cuelga de un cordón, como si fuera una medalla, no será por tanto necesaria una fórmula especial para bendecirlo ni tampoco será necesario imponerlo. Bastará con que lo bendiga un sacerdote y que se lo ponga el infiel o el pecador para someterlos así a un influjo benéfico. Puede colocarse, aun sin saberlo ellos, en su ropa, en su cama o en su habitación. En cuanto a las oraciones que hay que rezar, sólo hay que decir una cada día, la que foma la inscripción oval que rodea al Corazón que está sobre el escapulario: “Corazón Inmaculado de María, rogad por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”. Si la persona beneficiosa de la aplicación de este escapulario no dijese la oración, sería la persona que se lo hubiese aplicado quien deberá decirla en su lugar. (...) Las mayores gracias están asociadas a su uso, pero estas gracias son más o menos grandes según el grado de confianza que se le otorga. Es lo que significaban en la última aparición los rayos más o menos grandes que salían de las manos de la Santísima Virgen”.
Es la misma Virgen María quien habla de “influjo benéfico”, ahora bien, ¿qué mayor influjo benéfico podemos desear a un alma que el retorno a Dios y la gracia de una buena muerte, fin primordial que ya quedó indicado en el momento de la primera aparición a Sor Justina sobre el escapulario?
Utilicemos, pues, los auxilios que Nuestra Señora y nuestra Madre Iglesia nos brindan generosamente para implorar el auxilio y las bendiciones del cielo.

viernes, 8 de agosto de 2008

LA BATALLA DE LEPANTO

La amenaza turca. Desde que los otomanos unificaran el Islam desde la península de Turquía, sus conquistas en Europa se sucedieron una tras otra ocupando Macedonia, Bulgaria, Serbia y Bosnia. En 1453 cayó Constantinopla, el último recuerdo del Imperio Romano de Oriente, seguida de Valaquia, Besarabia, Bosnia y Hungría hasta que en 1529 los jenízaros fueron detenidos ante Viena. En el Mediterráneo la situación era análoga, las galeras turcas imponían su ley y las incursiones berberiscas desde Túnez, Argelia y Marruecos no respetaban ninguna costa.
En 1566 llegó al trono de la Sublime Puerta el Sultán Selim, quien alentaba la idea de una guerra santa con argumentos religiosos panislamistas muy semejantes a los argumentos contrarreformistas de Felipe II.
Frente al peligro turco el Papa San Pío V convocó una alianza de las potencias cristianas. La alianza tendría validez por un período inicial de tres años, durante el cual se reuniría una gran flota cuyo mando se otorgó a Don Juan de Austria, hermano bastardo del rey Felipe II.
El día 15 de Septiembre, Don César Dávalos fue destacado hasta la isla de Corfú como vanguardia con un cuerpo de galeras marinadas por Gutiérrez de Argüello. La salida definitiva de la Flota se realizó al día siguiente y la armada fue despedida con el repique de las campanas de Mesina y salvas de los castillos
El comienzo de la expedición. La flota hizo otra escala en la isla de Cefalonia donde encontraron un bergantín veneciano por el que se supo que Famagusta, en Chipre, se había rendido dos meses atrás. Los turcos habían hecho esclavos a los soldados, ejecutando a los oficiales, mientras que a Marco Antonio Bragadino, comandante de la plaza, le cortaron la nariz y las orejas para luego ser desollado vivo y su piel rellena de paja, colgada en la nave insignia turca.
Llegaron noticias de Gil de Andrada, quien había sido enviado con cuatro galeras para localizar al enemigo, de que la flota turca estaba concentrada en los golfos de Corinto y Patrás, que los italianos conocían conjuntamente con el nombre de Lepanto. En la galera de Barcelona La Real se celebró consejo de guerra en el que Andrea Doria y Requesens fueron partidarios de no presentar batalla. Don Juan de Austria los desoyó diciendo: "Señores, ya no es hora de debates sino de combates".
La más alta ocasión que vieron los siglos. Se oyó un cañonazo en el lado turco entendido por Don Juan de Austria como el desafío de La Sultana y ordenó contestar con otro desde La Real como señal que aceptaba el reto. Don Juan pasó a una fragata para comprobar el orden del ala derecha mientras Requesens hacía lo mismo en el lado opuesto. Don Juan se dirigió a los venecianos diciendo: "Hoy es día de vengar afrentas; en las manos tenéis el remedio a vuestros males. Por lo tanto, menead con brío y cólera las espadas". Dirigió a Veniero palabras afectuosas y éste le prometió esforzarse más que nadie en los sucesos que se avecinaban. A los españoles Don Juan les dijo: "Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone. No deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía ¿Dónde está vuestro Dios? Pelead en su santo nombre, porque muertos o victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad".
El combate de las dos naves insignias. Cuestiones de honor exigían que los almirantes se enfrentaran directamente nave contra nave y en muchas ocasiones el resultado de este combate dictó la suerte de toda la batalla. Don Juan se adelantó con La Real y reconociendo la capitana de Alí por su estandarte, mandó bogar con más fuerza. El choque fue terrible y La Sultana llegó con su espolón hasta el cuarto banco de la cristiana, pero aún más terrible fue la matanza que hizo la artillería de La Real pues a la segunda descarga no quedaba nadie sobre la crujía de La Sultana.
Mientras tanto, de la capitana de Génova solo pudo saltar un soldado español, Alonso Dávalos, al abordaje de una galera turca ganándola él sólo antes de recibir ayuda. En la enfermería de la San Juan de Sicilia se hallaba el sargento Martín Muñoz y saltando de la cama dijo que no quería morir de calentura, subió al abordaje de una galera donde mató a cuatro turcos. Pasado el palo mayor y herido de nueve flechas, una bala le arrancó una pierna y sentándose a morir dijo: "Señores, que cada uno haga otro tanto".
Por fin, con los soldados que traía Don Álvaro los españoles por fin consiguieron pasar del palo mayor de La Sultana y conquistando el castillo de popa, el capitán Andrés Becerra se hizo con el estandarte turco. Alí Pachá recibió un disparo en la frente y un galeote de los liberados para combatir le cortó la cabeza y se la presentó a Don Juan ensartada en una pica. La noticia de la conquista de La Sultana y la muerte de Alí Pachá pasó de una nave a otra y los turcos comenzaron a dar por perdida la batalla.
La intercesión de Nuestra Señora. Esto sucedió un 7 de octubre de 1571, y en acción de gracias el Papa San Pío V mandó celebrar la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, hoy fiesta de Nuestra Señora del Rosario.

miércoles, 16 de julio de 2008

EL SANTO ROSARIO Y LAS FAMILIAS

En otra de sus habituales alocuciones a los recién casados el Papa Pío XII desgrana la espiritualidad del Santo Rosario imbricándola en los misterios de gozo, de dolor y de gloria que vivirán las nuevas familias a lo largo de los años. Llama particularmente la atención sobre la importancia de la espiritualidad mariana, resumida en este salterio de la Virgen, y el buen curso que su rezo cotidiano y devoto imprime a la vida familiar.

16 de Octubre de 1940.
De todo corazón os damos la bienvenida, queridos recién casados, a quienes parece haber conducido a Nos la Virgen del Santísimo Rosario, en este mes consagrado a ella. Nos place mirarla con los ojos del espíritu -como la han visto algunos santos privilegiados- inclinada hacia vosotros con una sonrisa para ofreceros aquel simple y devoto objeto que, a través de una cadena de anillos flexibles y ligeros que no recuerda sino una servidumbre de amor, reúne por decenas sus pequeños granos, llenos de un invisible jugo sobrenatural, mientras que en vuestro canto, arrodillados ante ella, prometéis honrarla, ofreciéndole con la mayor frecuencia posible, en todas las vicisitudes de la vida familiar, el tributo de vuestra piedad.

El rosario, según la etimología misma de la palabra, es una corona de rosas, cosa encantadora que en todos los pueblos representa una ofrenda de amor y un símbolo de alegría. Pero estas rosas no son aquellas con que se adornan con petulancia los impíos, de los que habla la Sagrada Escritura: "Coronémonos de rosas -exclaman- antes de que se marchiten". Las flores del rosario no se marchitan; su frescura es incesantemente renovada en las manos de los devotos de María; y la diversidad de la edad, de los países y de las lenguas, da a aquellas rosas vivaces la variedad de sus colores y de su perfume.
En este rosario universal y perenne, habéis tomado parte desde vuestra infancia. Vuestras madres os enseñaron a hacer correr lentamente entre vuestros dedos infantiles los granos del rosario y a pronunciar al mismo tiempo las sencillas y sublimes palabras de la oración dominical y de la salutación angélica. Un poco más tarde, con ocasión de vuestra primera comunión, fuisteis consagrados a vuestra Madre celestial, recitando el rosario, recibido en regalo como recuerdo de aquel gran día, con un fervor ingenuamente aumentado por la delicada belleza de sus perlas. ¡Cuántas veces, después, habréis renovado vuestra doble ofrenda, a Jesús y a su Divina Madre, ante el tabernáculo eucarístico o en la Congregación Mariana! Y ahora, con el sacramento del matrimonio celebrado en este mes dedicado a María, nos parece que toda vuestra vida por venir será como una mata de rosas, un rosario cuyo rezo perseverante y concorde comienza cuando a los pies del altar habéis unido vuestros corazones, obligados así por deberes nuevos y más graves, que con vuestro consentimiento nupcial bendito por Dios habéis libremente contraído.

Vuestro "sí" sacramental, tiene en realidad algo del "Pater noster" por el compromiso que implica de santificar el nombre de Dios en la obediencia a sus leyes ("sanctificetur nomen tuum"), de establecer su reino en vuestro hogar doméstico ("adveniat regnum tuum"), de perdonar todos los días, el uno a la otra, las mutuas ofensas o faltas ("et dimitte nobis... sicut es nos dimittimus..."), de combatir las tentaciones ("et ne nos inducas in tentationem"), de huir del mal ("sed libera nos a malo"), y sobre todo el "fiat" resuelto y confiado con que os presentáis al encuentro de los misterios del porvenir.
Aquel "sí" es también como un reflejo de la salutación angélica, porque os abre una nueva fuente de gracia, de la que María, "gratia plena", es la soberana dispensadora, y que es la habitación de Dios en vosotros ("Dominus tecum"); es una prenda especial de bendiciones no sólo para vosotros, sino también para los frutos de vuestra unión; un nuevo título de remisión de los pecados durante la vida y de asistencia materna en la hora suprema ("nunc et in hora..."). Así pues, permaneciendo fieles a los deberes de vuestro nuevo estado, viviréis en el espíritu del santo rosario, y vuestras jornadas se desenvolverán como una concatenación de actos de fe y de amor hacia Dios y hacia María, a través de los años, que os deseamos numerosos y ricos de favores celestes.

Pero un rosario, queridos hijos e hijas, significa también que los misterios de vuestro porvenir no serán siempre y únicamente hechos de alegrías; tendrán también acaso providenciales dolores. Es la ley de toda vida humana, como de todo ramo de rosas, que las flores están mezcladas con las espinas. Vosotros vivís ahora los misterios gozosos, y os auguramos que gustéis largamente su dulzura, porque la felicidad se ha prometido a quien teme al Señor y pone todas sus delicias en sus mandamientos, está prometida a los mansos, a los misericordiosos, a los puros de corazón, a los pacíficos, y vosotros esperáis que la Providencia, cuyos secretos designios os han traído el uno hacia la otra, derramará sobre vuestro hogar la bendición prometida a los patriarcas, cantada por la Iglesia en la liturgia del matrimonio; la bendición alegre de la fecundidad: "matrem filiorum, laetantem".
De igual manera que habéis recibido y recibiréis las alegrías -las de hoy y las de mañana- con filial reconocimiento y prudente moderación, acogeréis con espíritu de fe y sumisión los misterios dolorosos del porvenir, cuando llegue su hora. ¿Misterios? Es el nombre que el hombre da con frecuencia al dolor, porque si no acostumbra a buscar una significación a sus gozos, querría, en cambio, con su corta vista, saber la razón de sus desventuras, y sufre doblemente cuando no ve aquí abajo su por qué. La Virgen del Rosario, que es también la del "Stabat" en el Calvario, os enseñará a estar de pie bajo la cruz, por muy densa que pueda ser su sombra, porque comprenderéis con el ejemplo de esta "Mater dolorosa" y reina de los mártires, que los designios de Dios superan infinitamente los pensamientos de los hombres, y que aun cuando hieren el corazón, están inspirados por el más tierno amor de nuestras almas.

¿Podréis esperar, deberéis desear que haya también en el rosario de vuestra vida misterios gloriosos? Sí, si se trata aquí de la gloria que sólo la fe puede percibir y gustar. Los hombres se paran con frecuencia ante los resplandores humeantes del nombre que se dan o se disputan entre ellos con altisonantes palabras o acciones. Ser alabados, ser célebres: he aquí en lo que consiste para ellos la gloria. "Gloria es el frecuente conocimiento de algo con alabanza", escribía Cicerón. Pero los hombres no se cuidan con frecuencia de la gloria que sólo Dios puede dar, y por eso, según la palabra de nuestro Señor, no tienen la fe: "¿Cómo es posible, decía el Redentor a los judíos, que creáis, vosotros que andáis mendigando gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que de sólo Dios procede?". La gloria del mundo se marchita, como las flores del campo, exclamaba Isaías; y por boca de este mismo Profeta, anunciaba el Dios de Israel que humillaría a los grandes de la tierra. ¿Qué hará, pues, el Dios encarnado, aquel Jesús que se decía "humilde de corazón" y que no había jamás buscado su propia gloria? Elevad, pues, vuestra mirada más arriba, o mejor aún, penetrad más profundamente con los ojos de la fe, y a la luz de las Sagradas Escrituras, en lo íntimo de vuestras almas. "Es una gran gloria, os dirá el Espíritu Santo, seguir al Señor". En una familia donde Dios es honrado, "corona de los ancianos son los hijos e hijas, y gloria de los hijos son sus padres". Cuanto más puros sean vuestros ojos, jóvenes madres de mañana, tanto más veréis en los queridos pequeñines confiados a vuestro cuidado almas destinadas a glorificar con vosotros el único objeto digno de todo honor y de toda gloria. Entonces, en lugar de perderos, como tantas otras, en sueños ambiciosos sobre la cuna de un recién nacido, os inclinaréis con mente devota sobre el frágil corazón que comienza a palpitar, y pensaréis, sin vanas inquietudes, en los misterios de su porvenir, que confiaréis a la ternura ¡más maternal todavía y cuánto más poderosa que la vuestra! de la Virgen del Rosario.
De este modo, el santo Rosario os enseña que la gloria del cristiano no tiene lugar en su peregrinación terrestre. Interrogad la serie de los misterios: gozosos y dolorosos, desde la anunciación a la crucifixión, dibujan como en diez cuadros toda la vida del Salvador; los misterios gloriosos no comienzan sino el día de Pascua, y ya no cesan; ni para Jesús resucitado, que sube a la diestra del Padre y envía al Espíritu Santo a presidir, hasta el fin de los siglos, la propagación de su reino; ni para María que, arrebatada al Cielo sobre las alas ardientes de los ángeles, recibe allí de las manos del Padre celestial la corona eterna.

De este mismo modo os ocurrirá a vosotros, queridos hijos e hijas, si permanecéis fieles a las promesas hechas a Dios y a María, y observáis lealmente las obligaciones que habéis adquirido el uno respecto de la otra. No os avergoncéis del Evangelio; y en un tiempo en que muchas almas débiles y vacilantes se dejan vencer por el mal, no imitéis su extravío, sino triunfad del mal, según el consejo de San Pablo, haciendo el bien. Así, el rosario de vuestra vida, continuado por una cadena de años, que os deseamos largos y benditos, tendrá su término feliz cuando caiga para vosotros el velo de los misterios en la glorificación luminosa y eterna de la Santísima Trinidad: "¡Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto, amen!".

S.S. Pío XII Papa

martes, 15 de julio de 2008

EL SANTO ROSARIO: ARMA CONTRA EL FALSO ECUMENISMO

La relación que guarda el Santo Rosario con el ecumenismo es muy esclarecedora, para el que quiera comprobar que no hay otro camino que no pase por la CONVERSIÓN y el RETORNO de los herejes y cismáticos a la Santa Iglesia Católica.

1. ¿Quién fue Santo Domingo de Guzmán?
Santo Domingo de Guzmán, insigne santo español del siglo XII, fundador de la orden de los Predicadores –también conocidos como dominicos–, fue un apóstol de primera categoría, que junto a San Francisco de Asís, dieron pie a la creación de las llamadas órdenes mendicantes.
Su carisma fundamental era la predicación para la conversión de los alejados de Dios, y sobre todo la de los herejes, que en aquella época campaban por doquier.
Su labor se centró sobre todo en el sur de Francia, donde estaban ubicados los herejes cátaros o albigenses, que mantenían doctrinas y prácticas gnósticas, con gran desmedro de la fe católica, pues el error se propagaba con rapidez y pertinacia.
Santo Domingo y sus compañeros sostuvieron una serie de encuentros con los adalides de la herejía, en varias ciudades donde estaba muy arraigada la herejía, en las que se dieron una serie de torneos de controversia con la Sagrada Escritura y con argumentos teológicos; en todos ellos los herejes se vieron derrotados o no lograron imponerse al santo castellano.
A pesar de vencer a los herejes en estos torneos de oratoria, el endurecimiento de los seguidores de la herejía, no producía muchas conversiones.

2. ¿Cuál es el fin de la revelación del Santo Rosario a Santo Domingo?
Santo Domingo, en un momento de debilidad y desesperación por los pocos frutos obtenidos, recibió una revelación de la Santísima Virgen, que le confortó, y en la que le mostró la oración del santo Rosario, para que sus desvelos apostólicos y predicaciones dieran por fin el éxito deseado: la CONVERSIÓN de los herejes.Y en efecto, a partir de ese momento las conversiones se incrementaron maravillosamente.
Así pues, La Santísima Virgen dio a Santo Domingo el Rosario, para que lograra la CONVERSIÓN de los herejes, y no para rezar con ellos en comandita.
¿Acaso la condescendencia con los herejes atrae más conversiones? Los frutos obtenidos dicen que no.

3. ¿Cuál es la omisión del falso ecumenismo?
Este es el drama del ecumenismo: que no se busca la CONVERSIÓN y el RETORNO de los herejes y los cismáticos, sino que cada uno permanezca como está: el hereje en su error –por muy de buena fe que persista en él–; y el católico sin obedecer el mandato de Cristo:“Id pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.” (Mt. 28, 19-20)
Ni la orden de San Pablo al obispo Tito, que en sentido propio nos podemos aplicar todos los católicos, cada uno según su capacidad, pues todos somos soldados de Cristo: “Porque es necesario que un obispo sea capaz de instruir en la sana doctrina y refutar a los que contradijeren.” (Tit. 1,7.9)
Reflexionemos: “haced discípulos”, ¿no es “CONVERTID”?; “refutar a los que contradijeren”, ¿no es hacer lo que hacía Santo Domingo con los herejes?

4. ¿Qué pensar del “diálogo” interreligioso?
La Sagrada Escritura, los Santos Padres, los propios santos con su vida y obras –como santo Domingo–, claman con toda fuerza que el camino a seguir en el ecumenismo y el diálogo interreligioso es el RETORNO, y la CONVERSIÓN, como único fin. Todo fin que no sean estos conceptos, es desvirtuar el verdadero ecumenismo.
Como en el falso ecumenismo no se busca la conversión, se dejan de practicar algunas de las obras de misericordia, como son “corregir al que yerra” y “enseñar al que no sabe”, como hacía Santo Domingo.
Pero claro, ahora está muy extendido eso de que “hay que dejar a cada uno en su religión, pues si está de buena fe se salvará” y “el ecumenismo con los hermanos separados hay que practicarlo dejando a cada uno en su creencia y convergiendo todos (católicos y herejes) hacia un centro común a todos.”
¿Y el mandato de Cristo, qué?, ¿lo mandamos a paseo?
Como ahora no se busca convertir, se pisotean las obras de misericordia, por decir lo menos grave.

5. ¿Cuál es el ejemplo de los santos?
¿Por qué los promotores del falso ecumenismo no siguen el ejemplo de los santos como santo Domingo de Guzmán o S. Luis Mª. Grignión de Monfort?
Éste último, en su famoso libro El secreto admirable del Santísimo Rosario, escribe: “Aún cuando fueseis un hereje endurecido y obstinado como un demonio, tarde o temprano os convertiréis y os salvaréis, con tal que recéis devotamente todos los días el Santo Rosario hasta la muerte, para conocer la verdad y obtener la contrición y el perdón de vuestros pecados.”
Por ello vemos con dolor la Carta Apostolica de S.S. Juan Pablo II sobre el Santo Rosario -"Rosarium Virginis Mariae", pues en ella habla de un rosario "ecumenico", en el cual no existen mas herejes e infieles a los que hay que convertir, sino al contrario, el Papa busca que el Rosario sea un signo de "unidad" entre las falsas religiones y sus falsas espiritualidades, igualando el Santo Rosario, con el rosario budista y musulman, de ahi que los misterios luminosos exalten unicamente al Cristo común (de católicos y protestantes), y no al Cristo Rey, fundador de la Santa Iglesia Católica.

6. ¿Cuál es el lugar de la Virgen en el Santo Rosario?
Ademas el Rosario pasa a ser de una devocion mariana a una devoción cristocentrica, y los misterios en los que se medita la participación de Nuestra Señora en la redención, pasan a ser unicamente un "resumen del evangelio", de ahi el no aceptar estos misterios de la Luz, pues de fondo contienen un espiritu ecumenico y protestante, y en segundo pretender atenuar la devoción y el honor de Nuestra Señora en favor de un aberrante ecumenismo, en el cual el papa no habla de herejes, de infieles, de los males que afligen a la Iglesia, de la grave crisis de fe, sino que busca introducir un CRISTOCENTRISMO sustituto de la devoción Mariana tradicional en la mas excelsa arma dada por Dios nuestro Señor para implorar la intercesión de su Bendita Madre.
Por ello todos los santos sí supieron hacer del Santo Rosario un arma formidable para la conversión, que no lo olvidemos, para eso se lo dio la Santísima Virgen al santo castellano.

7. ¿Cuál es el verdadero ecumenismo?
En conclusión: la oración en el ecumenismo debe ser para la CONVERSIÓN y el RETORNO como fin último; si no, es un falso ecumenismo de la peor especie que olvida el mandato de Cristo; y del que desobedece a Cristo ya sabemos su situación:
“Todo el que no está conmigo, está contra Mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.” (Mt. 12,30)
Terribles palabras que deben meditar los promotores del falso ecumenismo.

LA INFLUENCIA DE MARÍA MEDIADORA

Hay muchos ilusos que pretenden alcanzar la unión con Dios, sin recurrir constantemente a Nuestro Se­ñor que es el camino, la verdad y la vida. Otro error sería querer llegar a Nuestro Señor sin pasar por María a quien la iglesia llama Mediadora de todas las gracias. Los protestantes cayeron en este error. Hay, dice San Luis María Grignon de Montfort, una gran falta de humildad en menos­preciar a los mediadores que Dios nos brinda, teniendo en cuenta nuestra debilidad. La intimidad con Nuestro Señor nos es grandemente facilitada mediante una verdadera y pro­funda devoción a los santos y en especial a la Virgen María.

¿Qué se entiende por mediación universal? "Al oficio de mediador", dice Santo Tomás, "corres­ponde el acercar y unir a aquéllos entre quienes ejerce tal oficio; porque los extremos se unen por un intermediario". Ahora bien, unir los hombres a Dios es propio de Jesucristo que los ha reconciliado con el Padre, según las palabras de San Pablo: "Dios reconcilió al mundo consigo mismo en Cristo.” Igualmente, después de decir San Pablo: "Uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hecho hombre", continúa: "que se ha entregado en rehén por todos”. Nada impide, sin embar­go, que, en cierto modo, otros sean dichos mediadores entre Dios y los hombres, en tanto cooperan a la unión de los hombres con Dios, como encargados o ministros." En este sentido, añade Santo Tomás los profetas y sacer­dotes del Antiguo Testamento pueden llamarse mediadores; y lo mismo los sacerdotes de la nueva Alianza, como ministros del verdadero mediador.

"Jesucristo", continúa el santo, "es mediador en cuanto hombre; porque en cuanto hombre es como se encuentra entre los dos extremos: inferior a Dios por naturaleza, supe­rior a los hombres por la dignidad de su gracia y de su glo­ria. Además, como hombre unió a los hombres a Dios enseñándoles sus preceptos y dones, y satisfaciendo por ellos." Jesús satisfizo como hombre, mediante una satisfacción y un mérito que de su personalidad divina recibió infinito valor. Estamos pues ante una doble mediación, descendente y as­cendente, que consistió en traer a los hombres la luz y la gracia de Dios, y en ofrecerle, en favor de los hombres, el culto y reparación que le eran debidos.

Y habiendo otros mediadores secundarios podemos preguntarnos si no será María la mediadora Universal para todos los hombres y para la distribución de todas y cada una de las gracias. San Alberto Magno habla de la mediación de María como superior a la de los profe­tas, cuando dice: "Non est assumpta in ministerium a Domi­no, sed in consortium et adjutorium, juxta illud: Faciamus ei adjutorium simile sibi"; María fue elegida por el Señor, no como ministra, sino para ser asociada de un modo espe­cialísimo y muy íntimo, “como su semejante”, a la obra de la redención del género humano.

¿No es María, en su cualidad de Madre de Dios, natural­mente designada para ser mediadora universal? ¿No es real­mente intermediaria entre Dios y los hombres? Sin duda, por ser una criatura, es inferior a Dios y a Jesucristo; pero está a la vez muy por encima de todos los hombres en razón de su maternidad divina, "que la coloca en las fronteras de la divinidad", y por la plenitud de la gracia recibida en el instante de su concepción inmaculada, plenitud que no cesó de aumentar hasta su muerte. Y no solamente por su maternidad divina era María la designada para esta función de mediadora, sino que la reci­bió y ejercitó de hecho.
Esto es lo que nos demuestra la Tradición, que le ha otorgado el título de mediadora universal, aunque subor­dinada a Cristo; título por lo demás consagrado por la fiesta especial que se celebra en la Iglesia universal.
Para bien comprender el sentido y el alcance de este título, consideremos que le conviene a María por dos ra­zones principales: 1º por haber ella cooperado por la satis­facción y los méritos al sacrificio de la Cruz; 2º porque no cesa de interceder en favor nuestro y de obtenernos y distribuirnos todas las gracias que recibimos del cielo.
Tal es la doble mediación, ascendente y descendente, que debemos considerar, para aprovecharnos de ella sin cesar.