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viernes, 6 de noviembre de 2009

Roma y la Fraternidad Sacerdotal San Pío X - ¿Que tenemos que esperar de las conversaciones con Roma?

Reverendos Padres,
Queridos fieles

Es para mí una alegría muy grande y un honor especial poder hablar esta noche para ustedes. Por desgracia no hablo todavía suficientemente su hermoso idioma, de manera que tendré que leer este texto. Agradezco para su comprensión y su paciencia si llego a lastimar sus sensibles oídos por la inadecuada selección de palabras o por el mal acento.
Quisiera poner en relieve estos últimos acontecimientos: nuestra situación en la iglesia, en la Fraternidad y nuestra tarea en la tradición. El tema de la conferencia de hoy es un pequeño resumen de los acontecimientos de las últimas semanas y meses, así como el contacto de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X con la curia en Roma. Al mismo tiempo quisiera también presentarles la causa y el tipo de nuestra lucha que es realmente una lucha por la verdadera fe católica. Y, finalmente, que comprendamos que es necesaria la contribución de todos – sacerdotes y laicos –.

La situación actual: Roma y FSSPX
A pesar de que el año aún no llega a su fin, podemos decir sin exageración: es un año muy agitado, el más accidentado en general durante los 40 años de historia de la Fraternidad.
Al inicio del año, el sorprendente decreto del 21 de enero de 2009 referente a la excomunión tan mencionada de los cuatro Obispos de la Fraternidad. Todavía en diciembre no sabíamos si debíamos esperar una nueva excomunión, esta vez universal, o si el ir y venir entre Roma y la Fraternidad llevaría de hecho a la anulación de la excomunión. Dicho de otro modo, debíamos considerar las dos opciones. Fue un paso valeroso e inesperado del papa.
¡Aunque nunca nos hayamos considerado como excomulgados, a los ojos del mundo y en la conducta de los obispos lo éramos! Por eso este decreto no es tanto de importancia para nuestra obra, sino un signo importante ante el mundo y un paso en la dirección correcta: La tradición no se deja excluír a plazo limitado; se necesita una vuelta a las raíces de la fe.
Aunque el decreto no sea completo y esperamos todavía la correspondiente rehabilitación de Monseñor Marcel Lefebvre, sin embargo es un ataque contra la teología modernista y una afirmación indirecta de la crítica sobre el concilio y el tiempo postconciliar. Los obispos lo han entendido muy bien y oponen una resistencia tan intensa contra la fraternidad y sobre todo contra la voluntad del papa por encontrar una solución para la ella.
Lo que quería conseguir el papa Benedicto XVI con este decreto (2. 7. 2009), lo escribe él mismo una vez más en el decreto del 2 de julio: "Por esta decisión quería eliminar el obstáculo que podría haber en la apertura de una puerta para el diálogo en el camino que invita así a los obispos y a la "Fraternidad San Pío X." a reencontrar el camino a la plena comunión con la iglesia."
Repito de nuevo: no nos sentimos en absoluto fuera de la iglesia católica, y tenemos sólo el deseo de servir a ésta y construirla de nuevo. Pero para los obispos estamos fuera de la iglesia – para ellos es así. Por eso se defienden contra los esfuerzos del papa de ir al encuentro de la tradición. Independientemente de las intenciones del papa, de hecho la tradición se ve fortalecida por su afán.
Las lamentables observaciones que hizo Monseñor Richard Williamson sobre el holocausto y la destrucción de los judíos durante la segunda guerra mundial fue para los medios de comunicación en todo el mundo, y para los obispos, sobre todo en Alemania y en Europa, un buen motivo, para hacer impacto no sólo en la Fraternidad, pero sobre todo en el „papa alemán“. Por esta reacción hostil de los obispos, los enemigos de la iglesia se sentían fortalecer en su odio repartido más o menos abiertamente contra la fe católica. Sobre todo los medios de comunicación, pero también los judíos y fuerzas liberales se han juntado y han causado a la iglesia un gran daño, pensemos sólo en la intervención de la canciller federal alemana que ha reprendido públicamente al papa, y esto sólo debido a los judíos. Pero también todos parlamentos europeos como por ejemplo en Francia, Inglaterra y Bélgica se han avalanzado de repente contra el papa.
Los ataques eran tan insolitos y tan duros que el papa se vío, en cierto modo, forzado a escribir una carta de varias páginas al episcopado mundial en la cual se defiende, si bien, cortésmente, sin embargo bastante bien y expresa que él estaba personalmente herido por los ataques. Les doy algunas citas de la carta: „La anulación de la excomunión... ha llevado dentro y fuera de la iglesia católica a múltiples causas para una discusión de una violencia como no la hemos vivido más desde hace mucho."
„En cambio, diferentes agrupamientos acusaban total y abiertamente al papa con querer volver atrás del concilio. Una avalancha de protestas se puso en marcha cuya amargura hacía heridas visibles que continuan en este momento."
„Lo que más me ha afligido es que los cátolicos que deberían comprenderlo mejor, creyeron deber atacarme, estaban listos para saltar sobre mi."
„Disonancias de representantes de esta comunidad "..." Y ¿no tenemos que admitir que también en los círculos eclesiásticos las ha habido? A veces uno tiene la impresión que nuestra sociedad necesita por lo menos un grupo enfrente al cual no tiene que de haber ninguna tolerancia; en el que se puede soltar tranquilamente con el odio. Y quien se atreva a tocar la tolencia - en este caso el papa – corre el riego de perder el mismo el derecho de la tolerancia y podía ser cubierto sin timidez y reserva igualmente con el odio."

La necesidad de las discusiones con Roma
Ya en el decreto de excomunión (21. 1. 2009) el papa había admitido nuestro deseo de conversaciones teológicas y pedía a los cuatro obispos de la Fraternidad, escatimar "ningún esfuerzo para profundizar las discuciones con la Santa Sede en las preguntas todavía abiertas y llegar por ahí a una solución completa y satisfactoria de los problemas existentes".

En la carta a los obispos él anuncia la reestructura de la comisión de Ecclesia Dei: "Con eso debe ponerse claro que los problemas a tratar ahora son esencialmente de naturaleza doctrinal, sobre todo la aceptación del concilio vaticano II y el magisterio postconciliar de los papas concernientes." (Carta del papa, 10. 3. 2009)
Después en el Motu proprio ECCLESIAE UNITATEM (2. 7. 2009) se dirá: "Justamente porque los problemas, que tienen que ser discutidos ahora con la Fraternidad, son en esencia de naturaleza doctrinal..."
A pesar de todo, esta reorganización de la comisión de Ecclesia Dei es sorprendente y rara hasta cierto punto, tanto más que el papa con al redactó ese Motu propio para ocuparse nuevamente esencialmente de nosotros. La comisión de Ecclesia Dei fue fundada el 2 de julio de 1988 para la "tarea de colaborar con los obispos, Dicasterios de la curia romana y los grupos respectivos para fabricar la plena comunión eclesiástica con los sacerdotes, los seminaristas, las comunidades o la gente de orden particular que estaba ligada hasta ahora de forma diferente con la Fraternidad fundada por Mons. Lefebvre...". Es decir, fue fundada para atraer al sacerdote, al seminarista y al laico de nuestra obra a un marco propio y una estructura propia. Todos los fieles saben, como este intento estaba ligado con muchos problemas, y cómo los obispos del lugar han intentado todo para mantener pequeños estos grupos y no promover la antigua misa. Ahora sin embargo en esta "nueva" comisión se trata solamente de nosotros, del contacto con la Fraternidad –no se habla más de los otros grupos, al menos uno tiene esta impresión. Parecería casi así, como si ahora éstas debieran volver de nuevo a nosotros... Causa fastidio a todos estos grupos como la Fraternidad San Pedro, el Instituto del Buen Pastor etc. que 20 años despues de las consagraciones episcopales, la atención continua sobre nosotros. Al menos eso se ve claro: la obra de la tradición se ha vuelto demasiado fuerte como para no verla o para poder esperar la famosa solución biológica “ (la extinción de la obra de la tradición).
Sin embargo ¿Por qué, queridos fieles, estas discusiones? ¿De que se trata?
Seguramente no se trata a dar "clases particulares de teología“ como ha expresado en Alemania el obispo de Regensburg. Tampoco se trata de que quisiéramos cambiar nuestra línea o entender el concilio de otra manera o que quisiéramos acercarnos, aun despacio, a la interpretación del papa con lo cual el concilio y las reformas postconciliares no representan ninguna ROTURA con la tradición, sino que están en la continuidad con la tradición (la tan llamada Hermeneutica de la continuidad). No, no se trata en estas discusiones tanto de nosotros, sino de la iglesia. Ellas son una posibilidad que nos permite explicarnos de frente a Roma y señalar también que nuestra posición está bien fundada. Vamos a Roma por el bien de la Santa Iglesia; discutimos por el amor a la verdad y por el bien de la fe. Estas discusiones no son por un interés privado, sino por el bien de la iglesia y la salvación de las almas.
En esencia se trata de señalar que el Concilio Vaticano II era diferente que los concilios pasados que quería llevarse él mismo de otra manera, como un concilio pastoral, y que por lo mismo no puede exigir un mismo grado de aprovación y sumisión. También se debe señalar que las nuevas doctrinas del concilio están en contraste a la doctrina de la iglesia y al magisterio anterior y por tanto no son católicas. Y, finalmente, se tendrá que discutir los problemas particulares. Trataremos de señalar que hay una crisis en la iglesia que tiene esencialmente su origen en el concilio, en el problema de la nueva liturgia, en la libertad de religión, ecumenismo, una nueva falsa colegialidad.
Se tiene que ser realista y no se puede esperar que estas grandes preguntas sean resueltas en algunas conversaciones. En estas circunstancias esto puede durar mucho tiempo, aún si los teólogos, que el papa ha determinado para las discusiones, tienen buena voluntad y estan abiertos a nuestro punto de vista. Aún en buenas condiciones, otro problema se presenta. Una gran parte en Roma y sobre todo muchos obispos en el mundo, con una disposición hostil a este contacto entre Roma y la Fraternidad, esperan rápidamente un resultado (o sea, que nosotros reconoscámos el concilio y el magisterio actual como tales) y en consecuencia ejercen presión sobre el papa y la opinión pública. Sin embargo hemos dicho siempre : antes de que una solución (acuerdo) práctico con Roma se produzca, queremos mostrar que hay una crisis, dónde está su causa, y que la práctica actual de la iglesia es contraria a su doctrina y su historia.
Mientras tanto, el primer encuentro ya ha tenido lugar, esto fue el 26 de octubre. El próximo encuentro debe tener lugar en enero. Los encuentros están pensados para cada dos meses.
Es manifiesto que el santo padre quiere estas conversaciones y una solución para la fraternidad, Y por esto se ha atraído muchísima oposición. Frente a esto, la reacción de los obispos es muy sorprendente, sobre todo en Alemania, nos hacen pensar al huracan de la oposición y a la indignación en relación a las ordenaciones en primavera y con las ordenaciones sacerdotales en junio. Ciertos obispos han exigido hasta la excomunión repetida. ¡Sí, el presidente de la Conferencia Episcopal alemana, arzobispo Zollitsch, ha dicho públicamente, que a fines de 2009 la Fraternidad será de nuevo excomulgada!
¿Por qué este odio y este rechazo? Se quisiera pensar que si el papa lo quiere, los obispos tendrían que también estar detrás del papa; ¡ser obedientes a él! ¿Por qué no lo son?
Se produce espontáneamente el símil del buen samaritano en este sentido. ¿Si ellos piensan ya, que estamos excomulgados y fuera de la iglesia, por qué ellos no hacen nada para admitirnos con paciencia de nuevo? Al contrario, ellos hacen todo, alrededor de nosotros por lanzarnos. Ellos no atienden a estos sacerdotes y creyentes, sino que pasan como el sacerdote y el Levita en el símil. Extraño, este comportamiento. Pero esto tiene una causa profunda que tenemos que entender bien.
Además no comprendemos que la crisis continúa – y si es posible continuará todavía por mucho tiempo. Miren, los obispos reaccionan así porque ellos han perdido el „amor a la verdad“. San Paolo habla varias veces de ello, de este amor a la verdad que no es distinto nada como el amor a Cristo, el (único) salvador, el único camino para la salvación: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. ¡Nadie viene al padre sino por mí!“
Santo Tomás de Aquino enseña, que la primera consecuencia del pecado fue el deslumbramiento del espíritu y de la razón. Es decir, que son incapaces de reconocer la crisis y su causa, se han vuelto ciegos para ello, y no son capacesde reconocer que esta crisis se ha implantado y ha divulgado en todas partes. La crisis de culto no es simplemente el asunto de Roma o el tema de escándalos particulares, sino que está divulgada en todo el mundo y ha llevado a este descenso masivo de culto. Apostasía, Indiferentismo, el cese de una vida cristiana practicada, son generales. Se no va más a la iglesia, no hay más vocaciones, y las iglesias tienen que ser vendidas. No sólo en Europa, en todas partes. Sólo un ejemplo: Guatemala. Hasta hace aproximadamente 20 años prácticamente el 100% de los habitantes eran católicos. En 2004 el cuarenta por ciento de los católicos dejaron la iglesia católica para unirse a las sectas; ahora, en 2009 es ya más del 60 por ciento. ¡En cinco años más del 20 por ciento han perdido la fe! Dentro de pocos años no habrá más católicos en este país. Es el fin de la iglesia local visible.
La crisis se ha vuelto general. No se puede hablar más en Francia del „Reinado social de Cristo“ – de la verdad, que hay sólo una verdad, que todas las personas están obligadas a Dios. El estado cristiano es pasado, no exite más. Tenemos enfrentarnos con gobiernos anti-cristianos. En Alemania existen más musulmanes que en toda Canada, la América del Norte y la América del Sur juntas. El Islam es un peligro aún mayor que las sectas protestantes. Y los obispos hacen todo, para que puedan ser construidas mezquitas y en las escuelas se dan clases de Islam. Precisamente en Suiza se ha iniciado una iniciativa contra la construcción de minaretes. Los obispos católicos no han solamente combatido esta iniciativa popular, sino ellos promueven con todos los medios el ecumenismo y las religiones equivocadas, ¡Es increíble!, ellos hacen todo, para que el Islam pueda extenderse. Han perdido el amor a la verdad. Es la crisis. Son las consecuencias del concilio.
Estámos en medio. No podemos decir, esto no nos concierne a nosotros, o ya estamos cansados, sólo porque la crisis dura ya tanto tiempo. Tampoco podemos decir simplemente, „el papa piensa bien sobre la Misa Antigua, así firmamos un acuerdo y tenemos la paz“. Sería una paz equivocada, una paz de cementerio, sería una traición a nuestra fe, a la lucha de la tradición y a la obra de Monseñor. ¿Qué podemos hacer?

Nuestro camino y nuestra tarea
Monseñor Marcel Lefebvre nos ha puesto un ejemplo claro y que alienta. Para él la tan llamada "desobediencia" (en verdad no era sino obediencia frente a la fe) era simplemente un rechazo de la liturgia y la nueva misa. Desde la creación de la Fraternidad (pronto 40 años) la lucha era para él una doble lucha - "se trata no sólo de la misa, sino también de la doctrina", decía él una vez. Es quiere decir una adhesión firme a la tradición, la lucha por la liturgia verdadera y la fidelidad la verdadera fe y está ligada siempre – necesariamente – con una denuncia y rechazo de los errores modernos. Ambos van de la mano. Se sabe que uno no se pueden separar el uno del otro; son los dos lados de la medalla. Con esto no se trata simplemente de una acusación o condena del concilio. Monseñor Lefebvre hablaba siempre del „concilio y sus consecuencias“, así como de las reformas postconciliares. Éstas tienen asimismo un espíritu protestante y no católico.
A pesar de esta lucha doble – para la fe y contra los errores modernos – no impedía a nuestro distinguido fundador el tener presente al mismo tiempo la preocupación por toda la iglesia y la salvación de las almas. A pesar de que él fuera castigado y fuera condenado, mantenía con la Sede romana el contacto por derecho, escribía cartas al papa o iba él mismo a Roma. Todavía en 1987, después del escándalo de Asis, cuando él decía, se no puede hablar con Roma, „Roma ha perdido la fe“, todavía el mismo año fue a Roma presentó al cardenal Gagnon personalmente una propuesta para una solución canonica para la Fraternidad. Para la tan mencionada solución canonica él ponía siempre dos condiciones: que podemos continuar nuestra obra exactamente como hasta ahora, sin dependencia de los obispos de lugar, y exigía en segundo lugar la protección de Roma ante de la resistencia esperada de los obispos, es decir por una comisión en Roma dónde la tradición debía tener mayoría de los miembros.
Ustedes verán que si comienzan ahora las negociaciones con Roma, no es absolutamente nada nuevo. Sin embargo al mismo tiempo no puede haber ninguna solución, mientras no sea absolutamente claro que nuestra obra permanece independiente, para la protección de la fe y la tradición. La fidelidad por la fe es verdaderamente más importante que la fidelidad a la letra o a la ley.
Es decir que si bien las discusiones teológicas son importantes y un testimonio claro para nuestra fidelidad el magisterio y la Santa Iglesia. Sin embargo lo que se necesita todavía mucho más, es nuestra oración, nuestros sacrificios y nuestro ejemplo. Monseñor Lefebvre estaba convencido que Roma puede ser convencida al fin y al cabo sólo con los hechos (obras).
Las cifras, vocaciones, familias numerosas, la extención de la obra y sobre todo el buen ejemplo es esto lo que convencerá a las autoridades de la necesidad de la tradición y la vuelta a la verdadera fe. Las discusiones son una cosa, pero nuestro testimonio es también importante. Cristo lo ha dicho frente a Pilato: „He venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Y vos daréis testimonio, porque sois mis discípulos.“
¡Se no puede servir a dos señores! Es importante que ustedes comprendan esta lucha inicial y la retomen nuevamente. Como que uno tiene aquí la impresión de que el celo por el combate se estanca la gente se ha cansado de oponer continuamente resistencia. Se quisiera permanecer ya católico y celebrar la verdadera liturgia vieja, pero al mismo tiempo no se quisiera llamar la atención y ser difernte para el mundo. Pero esto no va. Quién cree hoy realmente y quiere vivir de modo cristiano, él no podrá hacer todo como en el mundo, y ante todo no debe dejarse contaminar por el espíritu del mundo. Esto se mostrará en el comportamiento, con la moda, en la manera de vivir, en la familia, en relaciones con los bienes y los medios técnicos de este tiempo.
Esto es válido sobre todo para la juventud, pero es también un llamado a las familias. Mire los frutos magníficos y muchas vocaciones en los primeros años de la tradición: en Mexico, Colombia, también aquí, muchos grupos, que han comenyado la lucha con entusiasmo, y de esto se han producido muchas vocaciones y entradas en los conventos. Este entusiasmo nos falta hoy un poco. Quizá uno piensa a menudo: „Es hermoso, pero no es para mí, es para los otros.“ No, en Ti depende, es un compromiso particular.
Podríamos necesitar así muchas fuerzas, en el Brasil, aquí, pero también en el norte del distrito. P. Bouchacourt, el superior del distrito, se queja siempre de tener pocos sacerdotes. Pero necesitaríamos también vocaciones religiosas, hermanos religiosos, religiosas, Oblatas. ¿Por qué no tenemos aquí prácticamente ningunas vocaciones de hermanos? Fuí hace algunas semanas a los EE.UU. y he predicado allá a nuestros hermanos de la Fraternidad, en Pheonix, Arizona, eran en total doce. Y les he dicho: „¿Por qué este gran país, con muchas familias católicas, con muchos jóvenes, sólo tiene doce hermanos religiosos? ¿Tendríais que ser mucho más?“ ¿Por qué tan pocos pueden entusiasmarse con el gran ideal de la imitación de Cristo? El materialismo nos ha contaminado ya, y ¿nos hemos acostumbrado ya a la crisis?
He mencionado hace un momento Guatemala. Tenemos allá desde hace 20 años un Priorato, tres sacerdotes ejercen su apostolado allá. ¡Pero no tenemos ningúna vocación sacerdotal de este país antes católico! Esto puede tener muchas causas, y no tenemos el tiempo de discutir sobre ello, pero digo totalmente en general y sin reproche: no es normal, algo no anda bien.

Seguramente tenemos que rezar más; rezar también en el gran deseo de la iglesia, por la propagación de la fe, por el regreso de las autoridades a la verdaderafe, por la salvación de las almas. Es lo primero y lo más importante. Por eso nuestro Superior General ha llamado a una nueva cruzada de rosarios. Con nuestras fuerzas no podemos superar la crisis, allí la ganadora en todas las batallas del Dios“, la Santísima Virgen María, tiene que acudir en nuestro auxilio „. Y ella acude en auxilio de nosotros si se lo pedimos. Tengamos esta confianza y recen con empeño el rosario en sus familias.
Pero esto necesita también el testimonio personal, el ejemplo de los sacerdotes, los padres, los fieles. Ellos no pueden hacer nada mejor que colaborar al reino de Dios y ayudar a la salvación de las almas. El Papa Pío XII lo decía así en la encíclica sobre la iglesia: „Es un secreto que causa escalofrío pensar que la salvación de muchas almas depende de nuestras oraciones y nuestros sacrificios.“ Mucho más importante que la discusión infinita y estéril sobre el sentido y objetivo de las negociaciones con Roma es el testimonio de la vida cristiana. Esfuércense por educar a sus hijos de modo cristiano y en el espíritu de sacrificio, ayuden a los sacerdotes en el catecismo y en el trabajo de parroquia, y alienten a sus hijos de ponerse al servicio de la iglesia. Dios llama ahora tantos jóvenes como antes. Pero es más difícil oír el llamado, hay tanto ruido, tanto distracciones, muchas tentaciones. Qué responsabilidad para los padres católicos si ellos tienen hijos llamados por Dios, pero los hijos no pueden oír el llamado de Dios. (Es tonto y equivocado si ahora en todas partes en todo el mundo de la tradición nuestros jóvenes se enamoran tan temprano, a los 17 o 18 años. Ellos no son aún maduros. Y sobre todo ellos tienen que examinar primeramente la pregunta de la elección de estado. ¡Qué responsabilidad para de ustedes, queridos padres! Finalmente, tienen que comprender que la alma de sus hijos es más importante que el cuerpo, que una buena carrera profesional y mucho dinero.)
Qué alegría sin embargo también de rezar por este deseo de las vocaciones y hacer todo, para que los propios hijos dejen todo y sigan a Cristo. ¡No hay nada más hermoso en este mundo! Ellos tienen que hacer aquí en la América del Sur, en su Priorato y en su capilla, en su familia y con sus parientes, hay que hacer todo para que tengamos más vocaciones y que la verdadera fe puede extenderse. Este servicio en el bien comunes, como se dice ahora, así en la iglesia y la sociedad, es su gran tarea. Ayuden, les pido muy insistentemente.
Acabo con la hermosa anécdota del gran emperador Conrado que mando construir la magnífica catedral en Espira en el XII siglo. Un día visitaba las talleres de construcción y se encontró con un grupo de canteros. Allí le preguntaba al primero: „¿Que haces?“ Éste respondió, labro la piedra.“ – esta bien, pero hay más. Le pregunta a otro: „Y ¿que haces?“ „Alimento a mi familia.“ – eso ya es mucho más... Y le pregunta a un tercero: „¿Que haces?“ „Contruyo la catedral.“ Esto lo es que debemos hacer, reconstrír la Iglesia. Les agradezco su atención.
R.P. Pfluger, Asistente del Superior General
Conferencia en América del Sur - Noviembre de 2009

miércoles, 21 de octubre de 2009

JAMÁS FIRMAREMOS UN COMPROMISO

Entrevista a Monseñor Tissier de Mallerais para “La Vie”(Ecône - 29 de junio de 2009)

Periodista Joséphine Bataille: ¿Cómo la Fraternidad San Pío X se prepara en vista a las discusiones teológicas que deben reali-zarse con el Vaticano?
Mons. Tissier de Mallerais: « El Superior General de la comu-nidad ha nombrado recientemente una comisión compuesta por una decena de sacerdotes que son especialistas en doctrina. Han estudiado teología en Ecône o son profesores en los seminarios: serán capaces de exponer nuestras críticas al Concilio y de responder a las objecio-nes que nos serán realizadas. Los cuatro Obispos de la Fraternidad están también implicados; tienen una función de supervisión. »
JB: ¿Estas discusiones podrían, pues, abrirse desde el momento en que Roma determine el marco?
Mons.: « No, puesto que será necesario antes haber determinado el orden en el cual se abordarán los diferentes temas; hay que ir en un orden creciente de dificultad, y resolver un punto después del otro. Vamos a expresar nuestros deseos al respecto. »
JB: ¿Cuáles son?
Mons.: «Hay que comenzar por la liturgia: sería el tema más simple, ya que se podrá mostrar la deficiencia del nuevo rito de ordenación sacerdotal, por ejemplo. Deficiencia que, por el contrario, cuando se habla de la nueva misa, es más bien contradicción pura y simple; pues se trata de una nueva teología que se expresa en el nuevo rito; por lo tanto de otra religión. Enseguida deben tratarse el ecumenismo y la libertad religiosa: temas tanto más graves cuanto que comprometen la fe. La cuestión de la colegialidad de los obispos solo puede llegar al final, pues es la más difícil. »
JB: Cuando Ud. habla de arreglar las disensiones, ¿considera Ud. la vía del compromiso, que permitiría que coexistieran las posiciones de la Fraternidad y las de Roma?
Mons.: « Jamás firmaremos un compromiso; las discusiones solo avanzarán cuando Roma reforme su punto de vista y reconozca los errores a los cuales el Concilio ha conducido a la Iglesia. »
JB: ¿A la espera de la resolución de los conflictos, está Ud. abierto, como Mons. Fellay dice estarlo, a la adopción de un estatuto intermedio o provisorio para la Fraternidad?Mons.: La condición sine que non para que uno se pregunte sobre el estatuto a dar a la Fraternidad San Pío X es la resolución de las disensiones. Mientras esperamos, conservaremos el estatuto que es el nuestro actualmente; no hay ninguna urgencia de hacerlo cambiar, y no cambiaremos nada en nuestro apostolado. Por lo tanto, las discusiones podrán y deberán tomar el tiempo que sea necesario. »

lunes, 23 de marzo de 2009

Sermón de ordenaciones - Junio 2000 – II

Del mismo modo no queremos nada con esa Iglesia que se identifica, en diversos grados, con todas las religiones, y en definitiva, y en buena lógica, con el mundo, con esa Iglesia que rinde culto también a los falsos dioses y que rinde un falso culto al verdadero Dios y que admite en su seno a todos los errores que recorren el mundo, y principalmente los pensamientos de la filosofía moderna. Pues bien, nosotros adherimos indefectiblemente a la Iglesia depositaria de la Verdad, Madre y Maestra de todas las iglesias y de todo el mundo, Madre y Maestra de la Verdad. Y es precisamente por eso que somos católicos, porque la Iglesia nos da la Verdad. Y no queremos saber nada de ese pensamiento moderno que está lleno de anticristianismo y de ateísmo. Ellos que conocen tan bien la filosofía, no han entendido nada.
Tomo un ejemplo, que es tal vez un poco filosófico, pero que me parece interesante. En el siglo pasado vivió un pensador, un filósofo, filólogo, poeta, dicen, Federico Niestzsche, que ha sido como un profeta y un místico del espíritu anticristiano del mundo moderno. Profeta, y él mismo lo afirma: “Me propongo anunciar lo que ocurrirá en la Historia a lo largo de los dos próximos siglos”. Es un hombre que toma el pensamiento moderno, que saca las últimas consecuencias contenidas y que se hace apóstol de este anticristianismo. Y místico porque él mismo vivió en sí esos procesos espirituales modernistas. Parte de la negación de la Verdad, fundándose en Kant, en la filosofía del devenir siguiendo a Hegel, y entonces va aún más lejos y concluye en el nihilismo y en la proclamación de la muerte de Dios. Y a partir de ahí, como todos esos filósofos, se convierte en un demiurgo, es decir, es preciso hacer de nuevo la realidad, hay que dirigirla hacia una dirección, hacia un fin. (…) Y entonces el hombre debe primeramente darle vuelta al orden existente, debe cambiar completamente todas las verdades, y en primer lugar el cristianismo y la Iglesia católica, porque ha comprendido perfectamente que la Iglesia católica era la protectora de toda Verdad. Hay que volver a fundar un mundo nuevo, asentado sobre el materialismo, sobre el hedonismo, y a eso lo llama la voluntad de poder: es exactamente el mundo que nosotros vivimos, es el hombre el que modela la Verdad, el bien y la realidad. Este proceso se termina con el superhombre, es decir, sencillamente el hombre que se sustituye a Dios. Y ese es verdaderamente el fondo del pensamiento moderno. Entonces, ¿cómo puede pretenderse incorporar los valores de este pensamiento si el liberalismo mismo se inscribe perfectamente en esta lógica anticristiana, nihilista? Se quiere unir la luz con las tinieblas, a Cristo y Belial. Ha sido un místico, sí, ha vivido todos estos procesos y ha terminado loco. Ha terminado sus días después de haber escrito el último libro, donde propone esta lucha contra el cristianismo, un libro titulado “El Anticristo”. Pues bien, ha terminado loco. (…) Nosotros no queremos tener nada que ver con esta filosofía y este pensamiento moderno. Queremos la filosofía perenne, la de Santo Tomás de Aquino, la filosofía de la Verdad, del bien, de lo verdadero, de la realidad.
Así pues, queridos ordenandos, en primer lugar es necesario que tengamos la intransigencia doctrinal. Sobre la doctrina, sobre la Verdad, se es intransigente. Y eso es porque la Verdad, por definición, es una y única. Por consiguiente no hay más que un solo y único Cristo, una sola y única verdadera Iglesia. Y cuando se trata de la doctrina, no hay otra actitud posible más que la intransigencia doctrinal. “Y no puede ser que, como lo dice también el cardenal Pie, un exceso de verdad nos conduzca a un defecto de caridad”. Son las palabras del cardenal Pie. Es decir que la Verdad debe necesariamente estar acompañada de la Caridad, del amor de Dios, del amor al prójimo. El apóstol nos dice: “la Verdad en la Caridad”.
Y San Agustín sobre este tema tiene reflexiones muy interesantes. Por ejemplo dice: “Sólo la verdad tendrá la victoria, y la victoria de la Verdad es la caridad”. No hay victoria contra el error fuera de la Verdad. Pero la victoria de la Verdad es la Caridad. Dice también: “El Señor que ha dado a sus servidores la facultad de destruir los reinos del error nos invita, sin embargo, a salvar a los hombres y a no aniquilarlos. La Verdad sin la caridad, dice también, es la maldad”. Y de esta manera eleva una oración a Dios: “Enviad Señor dulzura a mi corazón (mitigaciones, dulzuras, suavidades a mi corazón), para que el amor de la verdad no me haga perder la verdad del amor”. Y esto es muy profundo, ya que decimos que Dios es Verdad, sí, pero Dios es Caridad, por lo tanto la Verdad en Dios es la Caridad y la Caridad, la Verdad. Y si no se tiene el amor de la verdad, no se puede tener la caridad; y si no se tiene la caridad, se pierde finalmente la verdad. He aquí los dos fallos que tenemos siempre, es la historia repetida y cíclica. Las dos tentaciones son la de comprometer un poco la verdad por cansancio o bajo el pretexto de caridad, o la de faltar a la caridad bajo el pretexto de defender la verdad.

Monseñor Alfonso de Galarreta

Sermón de ordenaciones - Junio 2000 – I

Excelencias, queridos hermanos en el sacerdocio, queridos fieles:
En el transcurso de este año hemos asistido al apogeo, podríamos decir al paroxismo de la herejía ecuménica y, por desgracia, principalmente en Roma. Pienso que no podemos poner ya en duda que nos encontramos por lo menos en el comienzo de esta gran apostasía, de esa apostasía generalizada, anunciada por la Sagrada Escritura. Cuando el apóstol San Pablo habla de esta apostasía que precederá la venida del Anticristo, nos dice que en aquel momento “muchos perecerán porque no habrán recibido el amor de la Verdad”. No habrán recibido el amor de la Verdad. Creo que es realmente una frase que explica el sentido de nuestra resistencia, de nuestro combate, y en última instancia, el problema de fondo de la crisis en la Iglesia. “No han recibido el amor de la Verdad”. No lo han recibido, no quieren recibirlo, no quieren saber nada de la Tradición. Si se recibe, hay una transmisión, y en consecuencia una tradición. No quieren saber ya nada del pasado de la Iglesia, del Magisterio de siempre. No quieren ya la Tradición.
En todas esas ceremonias de arrepentimiento, y esa oleada en cascada (ocurre en todas partes del mundo) de petición de perdón, lo peor es que piden perdón por los principios, perdón por la doctrina que ha inspirado la vida de la Iglesia durante veinte siglos. No han pedido perdón por los excesos (no es tal vez conveniente, pero en cualquier caso sería cierto), sino que hay un rechazo, una ruptura, una voluntad de ruptura con la Tradición. No existe otra cosa más que la Tradición viva, sólo hay el Concilio Vaticano II que reinterpreta absolutamente toda la Fe alejándose precisamente de la Fe. Recibir significa tener la humildad de la inteligencia, el “obsequium fidei”, la obediencia de la inteligencia ante la Verdad, y para eso hay que amar la Verdad, hay que desearla con todas sus fuerzas, hay que desearla, buscarla. Ahora bien, ellos han preferido sus opiniones, sus utopías.
Y esta verdad no es tan sólo el objeto de nuestra inteligencia, esta Verdad es Cristo, es Nuestro Señor Jesucristo: “Yo soy la Verdad”. Nuestro Señor es la Verdad, porque es Dios. Luego El es la Verdad primera y perfecta, plena, causa de toda verdad. Es la Verdad porque es el Verbo Encarnado, y por tanto la Sabiduría encarnada que ha venido para darnos testimonio de la Verdad y revelarnos la Verdad sobre Dios, sobre la Trinidad, sobre todos los misterios y sobre la salvación del hombre. Ha venido para revelarnos la verdad de la salvación. Y el sacerdote no hace más que continuar esta misión de Nuestro Señor Jesucristo, y en primer lugar debe predicar la Verdad, y toda la Verdad, y siempre la Verdad.
“No podemos nada contra la Verdad”, dice San Pablo. Así pues, no queremos saber nada de ese Cristo modernista, de ese Cristo psicológico, como lo dice tan bien el cardenal Pie, concebido por el espíritu humano, engendrado y nacido de la inteligencia, que surge de la profundidad de la conciencia del hombre, y por tanto de la humanidad. Ahí no encontramos más que al hombre. Y por consiguiente la nada, la desesperación con respecto a la salvación. No queremos saber nada de ese Cristo inmanente al hombre, que es consubstancial al hombre, y que se identifica finalmente con el hombre.
Nosotros creemos en el Cristo concebido del Espíritu Santo, nacido de Santa María Virgen, que ha venido para enseñarnos toda Verdad, que es Doctor, que es también Salvador, Redentor, que es Sumo Pontífice, que es el médico de nuestras almas, pues nos cura de nuestras desgracias, de nuestras miserias, de nuestros pecados. Nosotros queremos a Cristo Rey. Esa es nuestra Fe.

Monseñor Alfonso de Galarreta

UNA COMPRENSIÓN SUPERIOR DE LA CRISIS DE LA IGLESIA

Monseñor Tissier de Mallerais, uno de los miembros más antiguos de la FSSPX, consagrado Obispo en 1988 por Mons. Lefebvre, nos propone en esta entrevista útiles reflexiones sobre la divina constitución de la Iglesia y su crisis actual.

Monseñor, la perspectiva de ser consagrado obispo sin el consentimiento del Papa, y aun contra la voluntad explícita de éste, ¿no le embargó de espanto?
Mis sentimientos no importan: que yo experimentara temor y espanto, o bien duda y titubeo, o, por el contrario, alegría y entusiasmo, es secundario; diré, a lo sumo, que la “operación supervivencia” me tranquilizó tocante al destino de la Tradición de la Iglesia.
Admitimos que silencie usted sus sentimientos, pero díganos entonces cuáles fueron sus pensamientos.
En primer lugar estaba seguro de que con tal consagración, aun realizada contra la voluntad del Papa, ni Mons. Lefebvre, ni mis compañeros, ni yo mismo provocábamos un cisma, dado que Monseñor no pretendía atribuirnos jurisdicción alguna, ni deseaba asignarnos un rebaño determinado: “El mero hecho de consagrar a un obispo (contra la voluntad del Papa) no es un acto cismático en sí”, declarará unos días más tarde el cardenal Cas­tillo Lara (1), y el padre Patrick Valdrini (2) explicó también: “No es la consagración de un obispo (contra la voluntad del Papa) lo que crea un cisma (...), lo que consuma un cisma es conferir seguidamente a dicho obispo una misión apostólica”.
Pero ¿no le confirió Mons. Le­febvre una misión apostólica?
Mons. Lefebvre nos dijo: “Sois obispos para la Iglesia, para la Fraternidad (Sacerdotal San Pío X): administraréis el sacramento de la confirmación y conferiréis las sagradas órdenes; predicaréis la fe”. Eso es todo. No nos dijo: “Os confiero estos poderes”. Sólo nos indicó qué papel desempeñaríamos. La jurisdicción que no nos dio, que no podía darnos, y que el Papa se negó a otorgarnos, es la Iglesia la que nos la da, en razón de la situación de necesidad de los fieles. Se trata de una jurisdicción supletoria, de la misma naturaleza que la concedi­da a los sacerdotes por el derecho ca­nónico en otros casos de necesidad; por ejemplo, la jurisdicción pa­ra absolver válidamente en el sa­cramento de la penitencia en el caso de error común o de duda positiva y probable, de derecho o de hecho, sobre la jurisdicción del sacerdote (canon 209): en tales casos, la Iglesia tiene la costumbre de suplir la jurisdicción que podría faltarle al ministro: “Ecclesia supplet”.
Por consiguiente, al recibir el episcopado en tales circunstancias y al ejercerlo a continuación, ¿estaba usted cierto de que no usurpaba jurisdicción alguna?
Ninguna jurisdicción ordinaria, sí. Nuestra jurisdicción es extraordinaria y supletoria. No se ejerce so­bre un territorio determinado, si­no sobre las personas que la necesitan, caso por caso: confirmación, seminaristas de la Fraternidad o can­didatos al sacerdocio de las obras tradicionales amigas.
Así que, ¿no creó un cisma la consagración que recibió usted, Monseñor?
No, de ninguna manera. Pero se discutía un asunto más delicado desde 1983, cuando Mons. Lefebvre, frente al nuevo derecho canónico pu­blicado por Juan Pablo II, co­men­zó a pensar seriamente en consagrar uno o varios obispos: ¿serían legítimos tales obispos, no re­co­nocidos por el Papa? ¿Gozarían de la “sucesión apostólica formal”? ¿Serían, en fin, obispos católicos?
Y ese, según usted, ¿es un asunto más delicado?
Sí, porque atañe también a la divina constitución de la Iglesia, tal y como lo enseña toda la Tradición: no puede haber obispo legítimo sin el Papa, sin la aprobación –implíci­ta, al menos- del Papa, jefe por derecho divino del cuerpo episco­pal. En­tonces la respuesta es menos evidente, o mejor dicho, no es evidente en absoluto... a menos que se suponga...
Pero, con todo, Monseñor, usted no es sedeva­can­tista, ¿verdad?
No, en efecto. Pero hay que reconocer que si pudiéramos afirmar que, por causa de herejía, de cisma o de algún impedimento secreto de elección, el Papa no fuera realmente papa, si pudiésemos emitir tal juicio, sería evidente la respuesta al delicado asunto de nuestra legitimidad. El problema, por decirlo así, estriba en que ni Mons. Lefeb­vre, ni mis compañeros, ni yo mismo éramos ni somos sede­vacantistas.
No obstante, Mons. Lefebvre albergaba muchísimas reservas sobre la situación de los Papas Pablo VI y Juan Pablo II.
Exactamente. Mons. Lefebvre, desde 1976, a propósito de Pablo VI, y más tarde a propósito de Juan Pablo II, tras lo de Asís en 1986, dijo más de una vez: “No descarto que estos Papas no hayan sido Papas; la Iglesia deberá examinar un día, necesariamente, su situación; tal vez se pronunciará al respecto un próximo Pontífice, con sus cardenales, juzgando que estos Papas no lo hayan sido; pero yo prefiero considerarlos como Papas”. Lo que supone que Mons. Lefeb­vre no se sentía con los elementos sufi­cien­tes, ni con el poder requerido para emitir tal juicio. Es capital decir esto.
La lógica abrupta de un padre Guérard des Lauriers le hacía con­cluir así: “El Papa ha promulgado una herejía (con la libertad religiosa); luego es un hereje; luego no es Papa formalmente”. Pero la sabiduría de Mons. Le­febvre le hacía sentir, por el contrario, que las premisas de dicho razonamiento eran tan frágiles como la autoridad que lo formulaba, aunque fuese la de un teólogo o incluso la de un obispo.
Entonces, ¿cómo salió Mons. Lefebvre del dilema? O consagrar... (Pero ¿y si el Papa es Papa?) O el Papa no es Papa... (¡Pero no soy capaz de decidirlo!)
Mons. Lefebvre dejó abierta la cuestión teológica. Nuestro difunto y venerado compañero, el sacerdote Aloïs Kocher, decía entonces: “¡Dejemos esta cuestión a los teólogos del siglo XXI!” Nuestro fundador atacó el problema desde más arriba, y al mismo tiempo lo resolvió de la manera más concreta posible. He aquí la marca de la intuición sobrenatural que era la suya, y de la acción en él del don de sabiduría, don del Espíritu Santo.
¿Quiere usted decir que Mons. Lefebvre recibió una iluminación divina para efectuar dichas consagraciones?
En absoluto. Pero él tenía una compresión superior de la crisis del papado. No olvide que el que fue durante diez años delegado apostólico en Africa, amigo y confidente del Papa Pío XII, fiel discípulo de los papas Pío IX, León XIII, San Pío X y Pío XI, poseedor de un conocimiento perfecto de la Roma católica de siempre, penetró mejor que nadie el misterio de iniquidad que se desarrollaba en Roma desde el Vaticano II: el misterio de la ocupación de la sede de Pedro por una ideología foránea, anticristiana, con su negación práctica de la realeza y, por tanto, de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
No eche en olvido que la libertad religiosa es eso; que Asís en 1986 es, como lo dijo magníficamente Mons. de Castro Mayer en 1988, “el reconocimiento de la divinidad del paganismo”; que el ecumenismo no es más que la búsqueda de un universalismo más vasto que el de la Iglesia Católica: otras tantas blasfemias execrables que Mons. Lefebvre, por su fe concretísima y su unión constante con Nuestro Señor Jesucristo, sintió en lo más vivo de su propia carne, como dirigidas directamente contra Nuestro Señor.
Entonces, ante tal misterio, no quiso resolverlo, sino que tomó la decisión práctica que las necesidades del rebaño de los fieles habían hecho necesaria, y que se justificaba por la existencia del susodicho misterio, el misterio de las tinieblas.
Pero, ¿y las promesas hechas a Pedro de que las puertas del infierno no prevalecerían contra la Iglesia, por estar fundada ésta en la fe de Pedro?
Mons. Lefebvre creía con toda su alma en esta verdad de fe. Más, ¿en qué medida no se la podía conciliar, a pesar de todo, con una deficiencia grave del Papa en su predicación de la fe, deficiencia que resultaba evidente? Mons. Lefebvre respondía: “¡Los hechos hablan por sí mismos!”
En la víspera de las consagraciones, ¿no evocó Mons. Lefebvre ante los cuatro obispos tan gravísimo problema y la sabia solución que adoptaba?
Solución de una sabiduría altísima, profundísima, y al mismo tiempo tan concreta, tan práctica: sí, es cosa que confunde a nuestros espíritus limitados... ¡Pues bien! No, en la víspera de las consagraciones nos dio sencillamente pequeños consejos, muy prácticos, sobre la manera de predicar, el empleo de la mitra, la paciencia respecto a los maestros de ceremonias. Ya lo ve, ¡práctico-práctico!
Pero si quiere una exposición breve, concentrada, del juicio de sabiduría de que hablamos, se hace menester recurrir a un escrito de marzo de 1984. Todo está dicho en él, con una gravedad, una profundidad, una fuerza notables. Cito textualmente: “La situación del Papado actual vuelve caducas las dificultades de jurisdicción, de desobediencia y de apostolicidad, porque tales nociones suponen un Papa católico en su fe, en su gobierno. Sin entrar en las consecuencias del papa herético, cismático, inexistente, que arrastran a discusiones teóricas sin fin, ¿no podemos y no debemos afirmar hoy, en conciencia, tras la pro­mulgación del nuevo derecho, claro afirmador de la nueva Iglesia, y tras los actos y las escandalosas declaraciones concernientes a Lutero, que el Papa Juan Pablo II no es católico? No decimos más, pero tampoco menos. Habíamos esperado hasta que se colmara la medida: ya lo está”.
He aquí un juicio terrible, aplastante. ¿Cómo atreverse a decir eso? ¿Quién puede decirlo?
¡Sólo Mons. Lefebvre podía proferir tal juicio! Era también el único que tenía la autoridad moral para decidir: “Consagro”. No había otro. Así, no fueron mis propias luces las que me movieron a aceptar la consagración, ¡mi consagración, compréndalo bien! “Sólo Mons. Lefebvre pudo decidir dicha consagración; sólo él recibió la gracia para decidirla. A nosotros se nos dio la gracia para seguirlo”. Con estas palabras, sencillísimas, bellísimas, de uno de mis compañeros de la Hermandad, son con las que debo concluir: representan mi convicción más íntima, mi certeza más sólida, de que voy por el buen camino.
Y cuando Roma haya vuelto a ser Roma, nosotros, los cuatro obispos, con Mons. Rangel, o nuestros sucesores, depositaremos nuestro episcopado entre las manos de Pedro para que se digne confirmarlo, Deo volente (si Dios quiere), y para que haga con él lo que bien le parezca: tal era nuestra disposición el 30 de junio de 1988; tal sigue siendo nuestra resolución, nuestra confianza, nuestro abandono.
Entretanto, ¡continuaremos el combate de la fe!

(1) Presidente de la Comisión Pon­tificia para la interpretación auténtica de los textos legislativos; entrevista concedida al periódico La Repubblica, 10 de julio de 1988.
(2) Decano de la facultad de derecho canónico del Instituto Católico de París; entrevista aparecida en Valeurs actuelles, 4 de julio de 1988.

viernes, 20 de marzo de 2009

ENTREVISTA SOBRE EL “MOTU PROPIO” AL SUPERIOR DEL DISTRITO DE AMÉRICA DEL SUR, FSSPX – (extractos)

“Iesus Christus”: ¿Cuáles son sus sentimientos frente a la publicación del Motu Proprio? Padre Bouchacourt: Uno no puede dejar de alegrarse al ver que finalmente hoy en día la Misa tridentina recobra derechos de ciudadanía oficial en el seno de la Iglesia. Sin embargo, en sí este documento no era algo necesario. Como dice el Motu Propio con claridad, “esta liturgia jamás ha sido abrogada” (art. 1). Por eso, la Fraternidad San Pío X tuvo razón para continuar celebrando este rito contra viento y marea, empleando el Misal de 1962.
Ahora bien, como de hecho desde 1969 hasta la actualidad las autoridades eclesiásticas actuaron como si el rito de la misa tradicional hubiese sido abrogado, castigando con frecuencia a aquellos sacerdotes que querían celebrarla, nuestra congregación se congratula mucho de que esta libertad sea reconocida de manera oficial.
IC: En su carta a los sacerdotes y fieles, Monseñor Fellay manifestó su satisfacción por la concesión de la libertad de la Misa de San Pío V. ¿Cree que puede afirmarse con eso que la crisis que sacude a la Iglesia desde hace décadas está en tren de resolverse? PB: Decía que esta decisión es un paso muy positivo. Hay que subrayar que no autoriza sólo el uso del misal tradicional sino también el Breviario y el Ritual de 1962, lo cual producirá un bien inmenso a las almas. Sin embargo, el camino a transitar para terminar la crisis que ha causado y sigue causando tantos desórdenes en la Iglesia desde hace cincuenta años es todavía largo. En efecto, como el Papa indica en su carta a los Obispos, nuestro combate tiene raíces más profundas. También están los principios doctrinales. (…). La doctrina alimenta y sostiene la oración y la liturgia. En 1969 la Misa tridentina fue cambiada porque se la consideraba incompatible con la nueva teología conciliar. Será necesario que con la rehabilitación del rito tridentino también se vuelva a la doctrina que informa este rito. Lex orandi, lex credendi.
(…) Será necesario que en el futuro próximo estos textos [sobre la libertad religiosa, la colegialidad y el ecumenismo] sean analizados a la luz de la enseñanza multisecular de la Iglesia. Hay que admitir que estos documentos y las reformas que los acompañaron introdujeron en la Iglesia una verdadera ruptura con lo que la Iglesia enseñaba desde hace dos mil años.
IC: [¿Con este Motu Propio se ha restablecido la Misa en latín ?] PB: En la reunión de Aparecida de mayo pasado, el Cardenal Castrillón Hoyos afirmó ante todos los Obispos de América Latina allí reunidos que el uso del Misal de 1962 era “una riqueza que se añade a aquella no menos preciosa de la liturgia actual”. Él querría que este Motu Propio sea la ocasión de reconciliar la Iglesia conciliar con la Tradición. En su perspectiva, los tiempos que vivimos no serían más que una continuación de la Tradición viva. ¡Y eso es un error!
Desde hace cincuenta años la Iglesia ha querido reconciliarse con el espíritu del mundo, pero eso es una “unión adúltera” que ha producido frutos bastardos. Mons. Lefebvre lo denunció en su momento. La Iglesia no es del mundo. Cristo lo dijo a sus Apóstoles antes de la agonía en el Huerto de los Olivos. (…) Querer reconciliarlos entraña una trampa. El mundo debe convertirse a Cristo y no la Iglesia al mundo. (…)
IC: (..)¿Espera Ud. que en el futuro también se levante la excomunión que pesa sobre los cuatro Obispos consagrados por Mons. Lefebvre y Monseñor de Castro Mayer? PB: Nosotros nunca admitimos la legitimidad de estas “excomuniones”. Al consagrar obispos en 1988, Mons. Lefebvre nunca quiso fundar una iglesia paralela como lo hicieron, por ejemplo, los obispos de la iglesia patriótica china en 1949, bajo circunstancias absolutamente diferentes. Nuestro fundador esperó hasta tener 83 años para realizarlas porque hasta ahí no había ningún Obispo que fuese a ordenar a sus seminaristas, administrar los sacramentos tradicionales y enseñar la doctrina perenne de la Iglesia. Como él mismo lo dijo, fue un “operación supervivencia de la Tradición”. Y la historia le dio la razón. Por eso es cuestión de honor filial: queremos que nuestro fundador y los cuatro obispos consagrados para salvar el sacerdocio católico, la Misa y la Tradición sean limpiados de esta infame condenación que, es verdad, aunque es nula, sin embargo es esgrimida como arma por muchos Obispos para disuadir a los fieles de frecuentar nuestras capillas y prioratos. Sin esa medida nos será más difícil confiar en las buenas intenciones que Roma dice tener para con nosotros. Esperemos, pues, que esta medida siga la promulgación del Motu Propio. Entonces, como dice nuestro Superior General, puede haber espacio para “discusiones teológicas”.

miércoles, 18 de marzo de 2009

VUESTRA FUNCIÓN SERÁ MANTENER LA FE

Mons. Williamson nos recuerda las reflexiones que Mons. Lefebvre brindó a los cuatro futuros obispos durante el retiro preparatorio a las consagraciones episcopales de 1988.

Monseñor, a diez años de distancia, ¿qué recuerdo guarda Ud. de aquel día inolvidable de las consagraciones episcopales del 30 de junio de 1988? Si debiese resumirlo todo en una palabra, diría que las consagraciones de 1988 me dejan un recuerdo de objetividad.
Pero, ¿qué entiende usted por objetividad? Para mí, constituye verdaderamente la esencia misma del espíritu y del combate de Mons. Lefebvre. Para un mundo que se ahoga en el subjetivismo, es la Tradición la que prima sobre el magisterio subjetivo. Hay un Dios, hay una verdad, hay un Salvador. Hoy se los traiciona. A nosotros nos toca hacer lo que esté en nuestras manos para no traicionarlos. Eso es todo.
¿Les habló Mons. Lefebvre de que llegaran, a pesar de todo, a un acuerdo con Roma? Al contrario, nos mostró que no había acuerdo posible con esa Ro­ma: «Se acabó, nos dijo durante el retiro preparatorio ya no hay negociaciones entre Roma y nosotros. Cuanto más se reflexiona, más cuenta se da uno de que sus intenciones no son buenas. Miren lo que les ha pasado a Dom Agustín, el padre de Blignières. Quieren que el Concilio se enseñoree de todo, aunque dejándonos un poco de Tradición. (...)
«Dom Gérard nos di­­ce que un acuerdo con Roma nos daría un cam­po inmenso de a­postolado. Sí, pero en un mundo equívoco, ambiguo, que acabaría por pudrirnos. (...)».
¿Evocó Mons. Lefebvre las consecuencias previsibles, internas o externas, de dichas consagraciones, para la Fraternidad Sacerdotal San Pío X? Sí; he aquí lo que nos dijo: «Si algunos nos abandonan como consecuencia de las con­sagra­cio­nes epis­copales, no será más grave que en 1977, cuando varios pro­­­fe­sores y semi­na­ris­tas nos dejaron de re­pente. Todos estos a­cabaron por someterse y ahora están dispersos.
«Una excomunión eventual no vale nada, dado que ellos (Roma) no defienden el bien de la Iglesia y quieren a­cabar con la Tradición; pero excomul­gar­nos va a molestarles. Andan un poco como locos buscando por todos los medios hacerme dudar (...).
«Basta leer la carta de aquel sacerdote, antiguo seminarista de Ecône, tránfuga a Roma (seminario Ma­ter Ecclesiae), que quiso influir en nuestros seminaristas, alejándolos de no­sotros, pero a quien las artimañas de dicha Roma harto desengañaron después. Confiesa en esa carta que se les trata co­mo a parias, que se les obliga a quitarse la so­tana, que no se les recibe. Descubrió lo que es esa Roma.
«Y entonces ¿quién nos garantiza que mantendrían su palabra con nosotros? Esa Roma que quie­re hacernos retroceder. Fue Dios quien nos protegió al hacer que el protocolo del 5 de mayo se quedara en agua de borrajas. Mons. de Sa­ven­them me objeta: ‘¡Son pequeños detalles y nada más!’ Respondo diciendo que sobre tales detalles gravita un peso enorme. Desean conducir nuestras obras hacia el espíritu conciliar. Con el protocolo del 5 de mayo habríamos muerto pronto: no habríamos durado ni un año.
«Actualmente estamos unidos, pero si, por el contrario, hubiera cuajado el protocolo en cuestión, andaríamos ahora precisados de contactos, reinaría la división en el interior de la Fraternidad, todo nos dividiría. Quizá afluyeran a nosotros nuevas vocaciones porque estaríamos ‘con Roma’, pero éstas no soportarían ningún distanciamiento con la Santa Sede: sería la división. En la actua­lidad, las vocaciones se expurgan por sí mismas.
«(...) Por nuestra parte, sal­va­mos la Tradición y a la Fraternidad alejándonos prudentemente. Hi­cimos una prueba leal, para ver si podíamos continuar la Tradición, guardándola en lugar seguro; sin embargo, se reveló imposible: ellos han cambiado, pero para peor. (...)».
¿Les dijo también Monseñor palabras con respecto a su papel de obispos? Sí. Nuestra función es predicar la fe. Nuestra situación nada tiene de cismática, y lo que está en juego es preservar la fe en la Iglesia a pesar de una autoridad que ya no profesa esta fe.
«Serán ustedes obispos para la Iglesia, al servicio de la Fraternidad, como se apuntaba en el protocolo del 5 de mayo. Sólo la Fraternidad es interlocutora válida con Ro­ma. Al Superior General tocará rea­nu­dar el contacto con Roma even­tual­mente, en el momento oportuno. Roma sólo trató conmigo a causa de la Fraternidad. Es un órgano válido.
«Su papel consistirá en administrar los sacramentos del orden y de la confirmación, preservar la fe con las confirmaciones y proteger al rebaño. (...)».
Ahora dura ya treinta años. ¿Ha habido algún cambio? Esencialmente no. Mons. Lefeb­vre supo discernir y trazar con clarividencia y coraje las grandes líneas de nuestro combate. ¡A nosotros nos toca seguirlo! ¡A nosotros nos toca resistir!

martes, 17 de marzo de 2009

SERMÓN DE MONS. BERNARD FELLAY

Fiesta de la Purificación, 2006, Flavigny – parte final
Cuando se habla del Templo (donde tuvo lugar la Purificación de la Santísima Virgen) uno piensa en la Iglesia, y quisiéramos hoy exponer brevemente la situación en la que nos encontramos.
En realidad no hay nada muy especial, nada nuevo, sino una agitación que indica que el demonio se agita, esta vez más fuertemente que de costumbre. Los sacerdotes, que conocen el discernimiento de espíritus, saben bien que todo pensamiento que introduce la duda, la inquietud, la desconfianza, no viene de Dios. Precisamente, el espíritu del demonio insufla esta agitación frenética que recorre ciertos medios hoy y que trata de inquietar, de arrojar la desconfianza entre los fieles, entre los sacerdotes queriendo hacer creer que el Superior General esta haciendo transacciones secretas para, se dice, ir antes de Pascua a firmar u obtener una administración apostólica.
¡No hay nada cierto, son palabras vacías! La única cosa verdadera después de la audiencia que tuvimos con Benedicto XVI en el mes de agosto es que no encontramos con el Cardenal Castrillón Hoyos el 15 de noviembre pasado. Expusimos una vez más todas nuestras reservas, nuestras expectativas para con Roma diciéndole: “Escuche, la vida católica normal no es posible en la Iglesia de hoy. Desde el Concilio, eso se ha vuelto imposible... ¿Ud. quiere acuerdos? Nosotros no estamos opuestos a ello, pero antes hay que hacerlos posibles. Y como queremos absolutamente permanecer católicos, es necesario que esa vida católica se haga posible de nuevo. Eso quiere decir, antes que nada, reprimir los abusos, condenarlos; eso significa toda una serie de actos, “retomar las riendas” de la Iglesia. Eso significa también actos positivos: reintroducir esta vida de la fe católica, con todas sus exigencias. Eso quiere decir devolver su libertad a la Misa que pondrá a la Iglesia sobre sus rieles, que centrará de nuevo a la Iglesia sobre Nuestro Señor Jesucristo.”.
A continuación le dijimos: “Verificamos que Roma acepta que hay una crisis en la Iglesia”. Actualmente esto ya no es más negado en Roma, y podríamos decir que los hombres serios en Roma están presos del pánico por la situación de la Iglesia, incluso si en ciertos discursos dicen lo contrario. Estamos absolutamente seguros de ello porque lo hemos escuchado de su propia boca, y están muy inquietos por esta situación, el Papa primero que todos. Sin embargo el problema radica en que no estamos de acuerdo sobre las causas de esta crisis. La jerarquía en Roma quiere atribuir esta crisis al mal que agita al mun-do. ¡El mundo es el culpable de que las cosas vayan mal en la Iglesia!
Entonces, expusimos al Cardenal Castrillón el contenido de la carta de Mons. Lefebvre dirigida al Cardenal Ottaviani, un año des-pués del Concilio. Mostramos, comentando esa carta, como Monseñor describía admirablemente las consecuencias del Concilio sin hablar de abusos, sin hablar de desviación, sino como el Concilio – tal cual su-cedió – conducía a la crisis que vivimos. Ese texto, escrito en 1966, es hoy actual en todos sus puntos. Esta visión de Monseñor es admirable precisamente sobre la situación de la Iglesia, sobre el Concilio. Insisti-mos marcadamente diciendo: “ La falta viene del Concilio. Pero eso no quiere decir que todos los errores que se encuentran hoy en la Igle-sia vienen del Concilio. Eso quiere decir que el Concilio ha juntado esos errores y los ha introducido en las venas de la Iglesia”. Y conti-nué diciendo: “Si Uds. Quieren salir de esta crisis – olviden por un instante la Fraternidad –, ¡ocúpense de resolver esta crisis! Una vez resuelta la crisis, la Fraternidad no será más un problema para Uds.”
Después de esas largas discusiones el Cardenal dijo: “Yo advierto que todo lo que Ud. expone no lo coloca fuera de la Iglesia, Ud. está, pues, dentro de la Iglesia”. Y continuó diciendo: “Le pido que escriba al Papa para solicitarle que levante las excomuniones”. Desde enton-ces hemos quedado ahí, pues evidentemente no vamos a pedir que se levante algo que no reconocemos. Siempre nos hemos negado a reco-nocer la validez de esas excomuniones, no podemos, pues, pedir que se levante algo que no existe. Y aún antes que hacer eso, hemos pedi-do, por supuesto, el retiro del decreto de excomunión, su anulación; pero incluso decir “anular” quiere decir que se reconoce algo. Es una de las condiciones previas que habíamos establecido. Y, por primera vez, Roma parece tomar este camino, que le habíamos propuesto en el año 2000.
Sin embargo, antes de dar ese paso, nos es necesario tratar de com-prender por qué de repente Roma nos pide eso, adónde quiere ir, y cuál es el fin que persigue con ese cambio de táctica. Es bastante claro que Roma, el Papa, querría arreglar los asuntos de la Fraternidad, si puedo hablar así, y en sus perspectivas, rápidamente. Por nuestra par-te, siempre hemos insistido en decir que ante de un arreglo práctico era necesario eliminar los principios que, por una parte, son los que han engendrado esta crisis, y que, por otra, nos destruirían si los acep-táramos. De este modo, no podemos aceptarlos de ninguna manera. Y hoy estamos en este punto. Pedimos, exigimos a Roma examinar esos principios mortíferos en la Iglesia para eliminarlos, para rechazarlos: ese liberalismo, ese modernismo que entraron en la Iglesia y que verdaderamente matan la vida cristiana, que se manifiestan en la colegialidad, en el ecumenismo, en la libertad religiosa, en ese con-cepto avalado hoy por Benedicto XVI incluso, repetido cuántas veces, del estado laico.
El Papa, en su discurso del 22 de diciembre, nos dice que regresan-do a ese estado laico la iglesia regresa al Evangelio, ¡y sin embargo el Evangelio nos dice lo contrario! El Evangelio dice: “Es necesario que Él reine”. San Pablo expone admirablemente que toda autoridad viene de Dios, ¡toda autoridad! Y que si debemos someternos a los gober-nantes civiles es porque son los lugartenientes de Dios. De Dios reci-ben estos gobernantes su autoridad sobre las almas, y deben responder a Dios, a Nuestro Señor Jesucristo, por su manera de ejercer la auto-ridad, que se trate de Nerón, Hitler, Gorbatchev, Chirac, todos los que Uds. quieran, todos, en el momento de su muerte aparecen frente a Nuestro Señor Jesucristo para rendir cuentas de la manera como ejer-cieron el poder porque Nuestro Señor es su rey. Que se trate de paga-nos o de católicos, es lo mismo: ¡Nuestro Señor es el rey de todos!
Basta con considerar con un poco más de detalle la influencia que tiene la sociedad en la cual los hombres viven. ¡Qué influencia tiene la sociedad civil sobre sus vidas! Es tan evidente que una sociedad civil impregnada de las leyes de Dios ayudará al alma a alcanzar su salva-ción, ¡y lo contrario es igual de evidente! Esa sociedad civil en cual la vida de cada hombre se desarrolla cotidianamente tiene necesariamen-te una influencia sobre su vida. Para nosotros es evidente que la so-ciedad civil debe estar en armonía con la sociedad de la Iglesia y, por tanto, que los principios, las leyes que dirigen, que organizan la vida humana deben estar impregnados hasta la médula de la ley de Dios, del Decálogo. Aunque el fin de esta sociedad civil sea solamente temporal, no hay contradicción entre las dos, debe haber necesaria-mente armonía entre ellas. Eso es evidente para nosotros. ¡Y bien!, nos atrevemos a decir que para el Papa actual, parece que el estado laico es una evidencia, un axioma, – eso forma parte de eso que son los principios que no se demuestran. De allí un inmenso problema, un punto de tropiezo con las autoridades romanas que se puede resumir en una palabra: el Concilio, y que se percibe muy claramente en la cuestión de la libertad religiosa.
Y bien, mis queridos hermanos, hay que continuar. Continuamos muy simplemente, serenamente ese camino tan bien señalado por nuestro fundador, Mons. Lefebvre, y eso es todo. Sabemos que la Iglesia tiene las promesas de la infalibilidad, las puertas del infierno no prevalecerán jamás contra ella. Ella superará un día esta crisis. Nosotros debemos poner toda nuestra energía, cada uno en su lugar evidentemente, para trabajar en la superación de esta crisis, y por tanto necesariamente tendremos relaciones con Roma. Es un error sostener que no hay que discutir con ellos. Se espera de ello que un día sean católicos, ¿y se pretendería no discutir con ellos? San Pablo, hablando de los paganos, decía: “¿Cómo se convertirán si no escuchan la fe, si nadie les recuerda los principios?” ¿Acaso se quiere inventar o exigir un milagro continuo de Nuestro Señor? Eso puede suceder, pe-ro el camino habitual de Dios es utilizar las causas segundas para lle-gar a las almas. Una vez más, sin querer asignarnos un rol espectacu-lar o extraordinario, estamos en las circunstancias de la historia en las que Dios nos ha establecido, donde debemos cumplir nuestro deber de estado de sacerdote, de obispo, cada uno en su lugar, tratando de obte-ner el mayor bien de esas autoridades que ciertamente están todavía en tinieblas.
¡Recemos! Pidamos a Dios que esta luz que nosotros reconocemos en Nuestro Señor brille de nuevo en la Iglesia. Tengamos verdeadera-mente un corazón de apóstol. Dios insistió ante los apóstoles para decir que esa luz no fuera puesta debajo del celemín. Ella debe alum-brar, hay que tener en el corazón ese deseo de convertir las almas. Si Dios nos ha dado a nosotros esta gracia de ver bien claro, ¡y bien!, es un pecado guardarla para sí. Debemos tener en el fondo del corazón ese deseo de ganar todas las almas – claro está según los designios de Dios –, pero hay que trabajar para tener un corazón grande como el corazón de Nuestro Señor. Es nuestro modelo. Cada día el sacerdote, en la Misa, celebra un sacrificio de un valor infinito, de un poder, se puede decir, universal. Las gracias de la Misa alcanzan al mundo ente-ro, a toda la Iglesia. Sería ridículo ver un sacerdote que, al mismo tiempo que realiza ese acto tan inmenso, redujera su corazón a algo pequeño. Ciertamente tendrá intenciones particulares, pero debe conservar esas intenciones inmensas que él mismo pronuncia al comienzo del Canon: reza por toda la Iglesia; en el ofertorio reza por todos los fieles del mundo entero. Conservemos ese espíritu, y pidamos todos los días que crezca en nosotros, y pongámoslo en práctica todos los días, evidentemente con prudencia, siempre bajo la luz de Nuestro Señor, de la divina Providencia.
Confiemos, pues, todas estas intenciones, intenciones de nuestros jóvenes seminaristas, las grandes intenciones de la Iglesia a Nuestra Señora en este día. Que ella nos proteja, que nos presente a Dios siempre más purificados como se pide en la colecta, para que agradando a Dios cada día más, obtengamos, por nuestra cooperación con su gracia, el santificarnos y el santificar a los demás. Amén.

lunes, 16 de marzo de 2009

HIJOS DE LA ROMA CATÓLICA

Monseñor Alfonso de Galarreta

Hoy podríamos repetir las palabras de la declaración que hizo Monseñor Le­febvre en 1974. Semper idem: es siempre la misma posición. No hemos cambiado.
Es precisamente en la fiesta de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, la fiesta de la romanidad, que se encuentra la diferencia. Nosotros nos adherimos de todo corazón a la Roma eterna, santa, a la romanidad y a todos los valores que se contienen en esta romanidad y que se han concretado particularmente en la Ciu­dad Santa. Es la más hermosa con­cre­tización de nuestra fe, del catolicismo, y nos adherimos para siempre a estos valores, a la apostolicidad, es decir, primero al testimonio que han dado los Apóstoles San Pedro y San Pablo por su martirio, un testimonio de fe. Esto ha sido simiente de todos los mártires romanos.
Nos adherimos de todo corazón a la Santa Sede. Defendemos la primacía pon­­tifical, la infalibilidad pontificia, la in­de­fecti­bi­li­dad de la Iglesia.
Nos adherimos, de for­ma inquebrantable, a la unidad, esta unidad que se manifiesta de una manera tan hermosa en Roma, esta unidad de la fe, de la doctrina, unidad de gobierno, unidad de la liturgia. ¿Quién conserva esta liturgia romana? ¿No somos acaso nosotros?
Guardamos también la lengua latina, vínculo de unidad de la Iglesia romana. Nos adherimos a la santidad de la Iglesia que se manifiesta por la pureza de la doctrina, por una doctrina espiritual que forma santos, por los medios de santificación que son, por ejemplo, los sacramentos. Veneramos a todos los mártires, a todos los santos. Estamos orgullosos de su testimonio, de su herencia, de todas las congregaciones religiosas que constituían el esplendor de la Iglesia Católica. Nos adherimos a todo esto.
Pero hay que decir que, hoy, las autoridades ya no son romanas. Basta con ir a Roma para darse cuenta de ello. Hay que ir a la basílica de San Pedro para oír, según el guía, que tal vez era el sepulcro de San Pedro, que tal vez no es el sepulcro de San Pedro, que no es en absoluto el sepulcro de San Pedro... ¡Y esto en Roma, en San Pedro de Roma!
Nos adherimos de todo corazón a la universalidad de la Iglesia. Y esta roma­ni­dad, es la Tradición. Es la estabilidad de la Iglesia Católica, esta manera de actuar con consejo, con prudencia y sabiduría, y como decía el cardenal Pie: con las cuali­dades que son pro­pias al custodio, al que tiene por función guardar el depósito de la fe: hacerlo to­do con consejo y sabiduría.
No sólo eso, nos adherimos de todo corazón a esta manifestación de la soberanía de Nuestro Señor Jesucristo que es el Papado –su Vicario– a este espíritu de la autoridad, a este sentido de la autoridad y del poder, de la jerarquía, este sentido de la conquista de las almas y de la conservación también, a este sentido del gobierno que es propio al genio católico romano.
Nos adherimos a las enseñanzas de la Roma de siempre, a su sentido teológico tradicional, su sentido sobrenatural, dogmático, en el respeto de la antigüedad, el respeto de los Padres de la Iglesia, el respeto de la regla de la fe.
Nos adherimos a la enseñanza que era antes la de la Roma eterna, el tomismo, la filosofía y la teología de Santo Tomás de Aquino, el Doctor Común.
Y nos adherimos también, consiguientemen­te, a este ardor en la defensa de la fe, o dicho de otra manera, en concreto al antili­be­ralismo, al anti­modernismo, por celo de defensa y de protección de la Verdad. Esto es también muy romano.
En una palabra, nos adherimos a esta Roma, Madre y Maestra de todas las iglesias y guardiana de la fe.

viernes, 29 de agosto de 2008

EL SENTIDO DE UN MOVIMIENTO

Desde hace un año se vienen realizando juicios contradictorios sobre el Motu Propio Summorum pontificum de julio del 2007. Con la distancia es posible ver más claro.
El punto fundamental para interpretarlo bien, me parece, es darse cuenta de que el Motu Propio da comienzo a un movimiento que concierne a la liturgia, y por eso mismo hecho, a la Iglesia misma (lex orandi, lex credendi – la ley de la oración es la ley de la fe). Solamente evaluando el sentido y el alcance de este movimiento se puede dar un apreciación justa.
Un movimiento arranca en un punto de partida. ¿Cuál es el estado de la liturgia en junio de 2007? La dominación casi total, aplastante, de la misa llamada de Pablo VI, y la eliminación casi absoluta de la misa tradicional, considerada sea como totalmente superada, sea como lisa y llanamente prohibida.
Frente a esto, dos grupos muy pequeños. Por una parte, los “tradicionalistas” que afirman sin interrupción que la misa tradicional no está prohibida y no puede serlo, y que nunca han aceptado la misa de Pablo VI: pero ellos son duramente perseguidos por las autoridades eclesiásticas. Por otra parte, los “Ecclesia Dei” a quienes, por algunas leyes de excepción, se les ha concedido celebrar la misa tradicional en condiciones restrictivas, a título de una preferencia espiritual.
El primer artículo del Motu Propio es evidentemente inaceptable: la misa tradicional y la misa de Pablo VI son “dos modos del único rito romano”. Pero esta fórmula expresa solamente el punto de partida.
A partir de este estado de las cosas (catastrófico), el Motu Propio, de un modo mucho más amplio que lo que se había hecho hasta el presente, abre el camino a la celebración de la misa tradicional.
“El Misal romano promulgado por San Pío V y reeditado por Juan XXIII debe (…) ser honrado en razón de su uso venerable”; “Por lo tanto está permitido celebrar el sacrificio de la misa siguiendo la edición típica del Misal romano promulgado por el Papa Juan XXIII en 1962 y nunca abrogado”; “Todo sacerdote católico de rito latino, secular o religioso, puede utilizar el Misal romano publicado en 1962 por el Papa Juan XXIII”; “Para celebrar así (…), el sacerdote no tiene necesidad de ninguna autorización, ni de la Sede apostólica ni de su Ordinario”, etc..
Y también (carta del Papa): “Yo querría llamar la atención sobre el hecho de que el Misal de 1962 nunca fue jurídicamente abrogado, y que en consecuencia, en principio, siempre estuvo autorizado”.
El Motu Propio abre, pues, una puerta hacia la liturgia tradicional para todos los que, y son inmensamente numerosos, fueron privados de ella ilegítimamente desde hace cuarenta años.
Por supuesto, ello no se refiere a los que saben que la misa tradicional no puede ser prohibida, y asisten a ella con tranquilidad de conciencia. Para esta minoría, ¡lástima!, que son los “tradicionalistas”, utilizar el Motu Propio sería un retroceso: sería admitir que la Misa de Pablo VI tiene “la misma dignidad” que la misa tradicional: lo que con justas razones siempre hemos rechazado.
Por el contrario, los que solo conocen la Misa de Pablo VI y que hasta ahora estaban persuadidos, en razón de la propaganda, que la misa tradicional estaba prohibida, o era mala, pueden de ahora en más tener la ocasión, gracias al Motu Propio, de acceder a esta misa y de descubrir sus riquezas.
Tal es el sentido esencial del movimiento inaugurado por le Motu Propio: una cierta posibilidad, para tantos bautizados que han sido privados de la misa tradicional desde hace décadas, de ver por primera vez la liturgia tradicional de la Iglesia y de habituarse a ella; paso progresivo pero humanamente necesario para comenzar a salir, al menos en el plano litúrgico, de la crisis.
Los obispos franceses (en particular) no se han equivocado, y hacen todo lo posible para bloquear, restringir, desnaturalizar el Motu Propio.
No nos engañemos nosotros tampoco.

R.P. Régis de Cacqueray, Superior del Distrito de Francia

miércoles, 13 de agosto de 2008

CARTA A LOS NOVIOS Y ESPOSOS

Matrimonio y sociedad. La célula familiar es la clave del edificio social. De la estabilidad de la familia depende la paz y la prosperidad de un país. No podremos superar la crisis que atraviesa la sociedad actual si no devolvemos a la familia su verdadero lugar, restaurando los valores que le son propios. Es reconfortante para un sacerdote preparar para el matrimonio a jóvenes a quienes una sólida educación católica les ha conducido a la virtud desde su tierna infancia. El sacerdote no tiene nada que añadir, todo está preparado, es simple..... Pero desgraciadamente hay que señalar que incluso en nuestros ambientes encontramos, cada vez más, matrimonios frágiles, que se separan después de algunos años. Me gustaría hablar aquí de estos dramas y sus causas.
Compatibilidad. La célula matrimonial debe basarse en una compatibilidad natural. También es de extrema importancia que los novios pertenezcan a un mismo medio social y que hayan recibido la misma educación. Es un error creer que la armonía de las convicciones religiosas eliminará estas diferencias naturales. Me acordaré siempre de la reflexión que me hizo un hombre separado de su mujer: “Dígales sobre todo, a sus novios, que se casen dentro de su entorno.” ¡No es discriminación sino buen sentido común! Si existe una gran diferencia entre los novios, una vez casados surgirán discusiones y se avergonzarán el uno del otro. El esposo debe estar orgulloso de su esposa y viceversa. Evidentemente no es sólo esta causa. Debe existir una verdadera armonía religiosa entre los esposos. Es imposible pensar en matrimonio si los novios no se comprometen a practicar juntos su religión desde el noviazgo. Hay muchos que comprenden esto y vemos cómo jóvenes vuelven a practicar la religión gracias al ejemplo del otro. Pero no nos equivoquemos, lo que no se ha obtenido antes del matrimonio, nunca o raramente se conseguirá después.
Deberes de religión. Novios, comprended bien que es vuestro deber ir a misa cada domingo, debéis confesaros y comulgar regularmente, y esto antes de casaros. Si no tenéis las mismas convicciones religiosas y el mismo análisis de la crisis de la Iglesia, tarde o temprano os enfrentaréis en estas materias y discutiréis delante de vuestros hijos que corren el riesgo de sufrir gravemente. En un hogar se puede transigir en muchas cosas, pero jamás sobre la adhesión a la verdad católica y su tradición. Así, por ejemplo, un novio no puede de ninguna manera ir a la nueva misa para complacer al que ama. Nosotros los sacerdotes sabemos de muchos padres desgraciados por haber descuidado esta condición durante el noviazgo.
Independencia. Es también importante, para la perdurabilidad del hogar, que los esposos tengan autonomía en relación a su propia familia. El libro del Génesis no hace otra cosa sino confirmarlo: “El hombre dejará a su padre y a su madre y se atará a su mujer y serán una sola carne”.
Así, es impensable afrontar un matrimonio donde el novio no tenga un trabajo que le permita, como jefe de familia, asumir las necesidades materiales de los suyos, es una cuestión de sentido común. La dependencia económica de personas ajenas al hogar es siempre perjudicial porque destruye su autonomía y genera numerosas tensiones.
Jerarquía. El igualitarismo reinante pisotea otra verdad que me gustaría señalar. Existe una jerarquía en la familia: el padre es el jefe y debe ser digno de este papel. Sabrá asociar a su esposa en sus decisiones y evitará tomarlas en una soledad egoísta. En cuanto a la esposa será sumisa a su marido como pide San Pablo. No se trata de una obediencia servil, sino de una sumisión libremente aceptada porque es la voluntad de Dios. El odioso igualitarismo tal como se proclama hoy, es una de las causas principales de divorcio en las familias, pues es origen de independencia, envidia y celos. El esposo es el cabeza de familia y debe seguir siéndolo, la esposa es el corazón. En un cuerpo, la cabeza y el corazón no son iguales pero sí complementarios e inseparables.
¡Novios! Aceptar desde ahora esta verdad, os ayudará a vivir armoniosamente. Hace falta que estéis convencidos, vosotros, futuros jefes de familia, que vuestra esposa e hijos serán las pupilas de vuestros ojos y que deberán estar por encima de vuestro trabajo. Se necesitará vuestra ayuda en la educación de los niños y estos últimos necesitan vuestra autoridad y vuestra disponibilidad. Desde el noviazgo velad por que vuestro trabajo sea compatible con vuestras obligaciones de futuros padres. Muchas familias se tambalean porque el padre regresa muy tarde por la noche.
Sacrificio. Que los hombres tengan cuidado con los ordenadores domésticos que absorben demasiado y vosotras mujeres con ese maldito televisor que impide toda discusión familiar. La falta de comunicación en el hogar crea fisuras que se convierten en grietas y luego en abismos que el tiempo y las pasiones tornarán infranqueables.
El secreto de la felicidad familiar reside en el sentido del sacrificio cristiano. Hace falta que el uno y la otra sepan desde el noviazgo impregnarse de un amor recíproco y casto. Así la gracia del matrimonio podrá expandirse totalmente. Y si algún día alguna dificultad viene a visitaros ésta no os alejará, sino que fortificará vuestra unión.
Tened por seguro que la Iglesia espera mucho de vosotros. Es vuestro futuro hogar donde se formarán los santos y las elites que tanto hacen falta en nuestro impío siglo. El ejemplo de la Sagrada Familia que comtemplais en tiempo de adviento y Navidad os ayudará.
R. P. Christian Bouchacourt