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viernes, 11 de diciembre de 2009

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

UN CÉLEBRE ARQUITECTO, MARCO AGRIPA, había levantado, antes del nacimiento de Cristo, un templo magnífico, el Panteón, dedicado a todos los dioses, a los conocidos y a los ignorados.
AL CONVERTIRSE ROMA AL CRISTIANISMO, no fue derribado aquel tem­plo; si los paganos adoraban a sus mentirosas divinidades, ¿no tenía­mos nosotros nuestros santos merecedores de toda veneración?
POR ESO EL PAPA BONIFACIO IV DEDICÓ EL TEMPLO al culto de los mártires que habían ofrecido su sangre y su vida a Dios en todas las regiones del mundo.
DESPUÉS, DEL CULTO A TODOS LOS MÁRTIRES SE PASÓ AL CULTO DE TODOS LOS SANTOS. Y la razón es clara:
¡De cuántos santos no conocemos absolutamente nada, ni su vida ni el nombre!
Sólo Dios ha penetrado en su alma, contemplando sus virtudes, sus plegarias, sus lágrimas, sus largos sufrimientos y sus ásperas peni­tencias...
Además, también de los santos conocidos no podemos celebrar su fiesta particular durante el año.
NO ES, PUES, JUSTO QUE ESTOS HÉROES CRISTIANOS PASEN DESCONOCIDOS, y que nosotros nos perdamos su poderosa pro­tección.
ESTAS RAZONES HAN MOVIDO A LA IGLESIA A ESTABLECER ESTA FIESTA en la que todos los santos sean honrados e invocados.
Por eso, para incrementar nuestra devoción por los santos, veamos estas dos sencillas reflexiones:
1) los santos son un gran ejemplo para nosotros
2) y son también un auxilio pode­roso

1. LOS SANTOS SON UN GRAN EJEMPLO PARA NOSOTROS

HABÍAN LLEGADO PARA EL PUEBLO ISRAELITA DÍAS TRISTES Y DESGRA­CIADOS.
Jerusalén había caído en poder de los extranjeros; el templo, profanado y robado; la juventud, prisionera o muerta; y por todas partes resonaban las torpes canciones de los soldados de Antíoco, deseosos siempre de saquear y matar.
MATATÍAS, el anciano padre de los Macabeos, se había escondido en el desierto, donde por la edad y por la congoja se enfermó. PERO ANTES DE MORIR, llamó en derredor de su lecho a sus cinco hijos y les dijo: «Hijos míos: Os toca vivir en medio de un mundo pervertido, en un tiempo de pecado y de escándalo; recordad los ejemplos de vuestros antepasados, y sacaréis fuerza y gloria. Recordad la fe de Abraham, que creyó en las promesas de Dios, aun cuando se le ordenó sacrificar a su hijo; Tened también vosotros fe en Dios, ahora que nuestra nación está destruida. Acordaos de la resignación de José, vendido por sus crueles hermanos, y tan temeroso de la ley de Dios, que huyó de la deshonesta mujer de Putifar, y fue recompensado por Dios; también vosotros resignaos a la voluntad de la Providencia, y conservaos puros, si anheláis el premio. Acordaos de Josué, que, con grandes trabajos y haza­ñas, logró conquistar la tierra prometida.
No echéis en olvido a David, que por su piedad y misericordia heredó el trono real por los siglos de los siglos.
Acordaos de Daniel, que fue arrojado en la cueva de los leones a causa de su rectitud, y de aquellos jóvenes que prefirieron ser encerrados en el horno encendido antes que quebrantar la ley de Dios...»
“Así, de generación en generación, el anciano moribundo recordaba a sus hijos las proezas de los santos del Antiguo Testamento, y cuando terminó, levantó la mano, los bendijo y murió”. (I Mac, II).

APLICACIÓN
ME PARECE QUE LA IGLESIA, A SEMEJANZA DEL ANCIANO MATATÍAS, con­grega en derredor de sí a sus hijos para mostrarles los ejemplos de los santos.
Es verdad que vivimos en tiempos de pecado y en un mundo esencialmente perverso, pero también los santos que reinan en el Paraíso vivieron tiempos difíciles. Recordemos sus ejemplos para imitarlos y por ese medio santificarnos.

«PERO NO TENGO TIEMPO — dicen algunos — para santificarme y de­dicarme a tantas devociones; estoy muy ocupado en mis asuntos.»
¿Y creen ustedes que Santa Teresa de Jesús, Santa Catalina de Génova, San Felipe Neri y tantos otros santos no tenían ocupaciones materiales?
Si el tiempo que emplean en las diversiones, en el Internet, viendo televisión, en la vanidad, en las conversaciones frívolas y mundanas, lo emplearan en santificar el alma, ¡qué ele­vada sería vuestra santidad!
“Decís que no tenéis tiempo, y tenéis a vuestra disposición toda vuestra vida, pues para eso únicamente os ha creado el Señor”.

«PERO TENGO MI FAMILIA, VIVO EN MEDIO DE UN MUNDO CORROMPIDO, RODEADO DE ESCÁNDALOS.»
Los santos también vivieron en medio de muchas tentaciones según sus diversos estados de vida: San Luis, era rey; Santa Pulqueria vivía en la corrupción de la corte de Constantinopla; San Isidro era aldeano; Santa Zita, sirvienta en una casa privada.
En todos los estados y condiciones podemos llegar a la santidad.

«PERO YO TENGO UN TEMPERAMENTO FOGOSO, SOBERBIO..., MI CARNE ES DÉBIL, MUY DÉBIL…NO PUEDO RESISTIR A LAS TENTACIONES.»
También los santos tuvieron flaquezas, como nosotros; también ellos fueron zarandeados por la tentación, pero la superaron.
Si ellos vencieron, ¿por qué no hemos de vencer nos­otros?
No pensemos que fue cosa sencilla para San Agustín el triunfar de las rebeldías de la sensualidad, y para San Carlos Borromeo, el vivir abra­zado con la humildad, y para San Francisco de Sales, el refrenar los ímpetus de la irascibilidad; leamos sus vidas y veremos las esforzadas luchas que tuvieron que sostener contra las pasiones.
Pero triunfa­ron de ellas. ¿Nosotros seremos los vencidos?

2. Y SON TAMBIÉN UN AUXILIO PODE­ROSO

CUANDO EL HAMBRE INVADIÓ LA TIERRA DE CANAÁN, un anciano acom­pañado de sus hijos se retiró a Egipto, presentándose al faraón para que les socorriera.
En Egipto y en el palacio del faraón se encon­traba José: «Aquí tenéis a mi padre y a mis hermanos», dijo José al introducirlos en la corte del soberano. Y tuvieron víveres en abundancia, gozaron de una paz encan­tadora, y obtuvieron tierras que cultivar: recibieron más de lo que habían soñado.
TAMBIÉN NUESTROS HERMANOS, LOS SANTOS, ESTÁN EN UNA REGIÓN RIQUÍSIMA, en la mansión de un soberano excelso, de Dios.

Cuando privados de los bienes espirituales o materiales levantamos los ojos al cielo, ellos se dirigen a Dios para decirle: «Escúchalos, atiéndelos, porque son nuestros hermanos pequeños».
¿SE MOSTRARÁ SORDO EL SEÑOR A LA SÚPLICA DE SUS ÍNTIMOS AMIGOS?
Los santos en el cielo no son egoístas una vez conseguida la feli­cidad; se acuerdan de nosotros, pobres criaturas.
Ellos, sufrieron en un tiempo lo que hoy sufrimos nosotros, y por eso nos entienden y siguen con ansiedad las peripecias de nuestra peregrinación, rogando insis­tentemente a Aquel que manda a los vientos y al mar, que se apiade de la barquilla combatida por las pasiones.
Ellos que gozan de la feli­cidad del Paraíso, tiemblan ante el pensamiento de que nosotros podamos perderla y ruegan a Dios que nos conduzca al puerto del cielo.

LOS SANTOS DEL CIELO Y LOS CRISTIANOS DE LA TIERRA FORMAN UNA SOLA FAMILIA; y así como en una familia el hermano bueno intercede ante el padre irritado por el mal comportamiento de los hijos malos, así los santos aplacan a Dios cuando se dispone a castigarnos por nues­tros pecados.

LEEMOS EN LA HISTORIA SAGRADA cómo una vez el Señor había decidido exterminar al pueblo hebreo por haberse rebelado quebrantando sus mandamientos. Pero, en medio del pue­blo, se hallaban dos almas santas: Moisés y Aarón. El Señor les decía grandemente irritado:
«Alejaos de ese pueblo, porque quiero exterminarlos en un momento.»
Pero aquellos santos no se alejaron, insistieron en su oración, y Dios, aplacado por ellos, castigó únicamente a tres de los más culpa­bles (Num., XVI, 20 s.).

LOS SANTOS, COMO MOISÉS Y AARÓN, SE INTERPONEN ENTRE DIOS Y NOSOTROS.
¿Quién podría enumerar los castigos que iban a desencade­narse sobre nuestra cabeza y que ellos han desviado?
¿Por qué no hemos muerto después de cometer nuestro primer pecado?
¿Por qué el Señor nos aguanta y nos otorga el tiem­po necesario para hacer penitencia?
¡Oh si pudiésemos ver lo que pasa en el Paraíso!

SI TAN PODEROSOS SON LOS SANTOS AL INTERCEDER POR NOSOTROS, estamos en el deber de acudir a ellos fer­vorosa y frecuentemente.

EL SEÑOR HA DICHO QUE ALLÍ DONDE ESTÁN DOS O MÁS REUNIDOS EN SU NOMBRE, allí está Él en medio de ellos para escuchar sus ruegos;
pues en el Paraíso no son solamente dos, son miles de millones los que ruegan por nosotros. Su plegaria es nuestra más sólida defensa.

CONCLUSION
Queridos fieles, ARREBATADO EN ÉXTASIS, SAN JUAN EVANGELISTA vio ante sí una puer­ta abierta por la que entraba una incontable muchedumbre, de toda edad, sexo y condición.

¡Qué consoladora es esta revelación! Si tan innumerable era el número de los elegidos, que San Juan no pudo contarlos,
esto nos indica que no es tan difícil el salvarse, esto quiere decirnos que también nosotros podemos pasar por aque­lla puerta, que es Cristo, y gozar de la compañía de los santos.

PERO HAY UNA CONDICIÓN ESENCIAL: todos cuantos arriban al puerto de sal­vación, llevan en su frente un sello revelador de su pertenencia y semejanza con el Eterno Padre y con su Hijo unigénito. Este sello, según el profeta Ezequiel, tiene forma de T, esto es, de una cruz, y está grabado en la frente de los que lloran y gimen por los pecados. Signo Tau super frontem vivorum gementium et flentium (Ez., IX, 4).
¿QUÉ QUIERE DECIR ESTO? Quiere indicarnos que para ser partici­pantes de la gloria y felicidad de los santos, hay que tomar parte en sus penitencias y sufrimientos.

jueves, 10 de diciembre de 2009

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

HOY ES EL DÍA DE LA CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS.
Día muy especial para acordarnos de nuestros difuntos, para pensar en las penas que sufren, y movernos a rezar más por ellos, no sólo hoy, sino siempre; y rezar no sólo por ellos, sino también por TODOS LOS DIFUNTOS, especialmente por los más olvidados, por los que tienen más necesidad de la misericordia de Dios y también por los que Dios más ama.

ESTE DÍA, ES TAMBIÉN MUY PROVECHOSO PARA NOSOTROS,
pues nos hace recordar lo que nos espera: el terrible juicio de Dios; y después de él, según hayamos obrado en nuestras vidas, la sentencia será lanzada:
- o ir al cielo directamente ( lo cual es para pocos, para muy pocos)
- o ir al Purgatorio por quién sabe cuánto tiempo ( pues allá no hay tiempo, el reloj está parado)
- o ir al infierno por toda la eternidad

POR ESO, HOY SERÁ MUY PROVECHOSO que reflexionemos en 3 puntos:
1) en el terrible juicio de Dios y lo mucho que ayuda para aprobarlo, las oraciones de los demás
2) en las penas que se sufren en el Purgatorio
3) en la expiación que tendríamos que hacer durante nuestras vidas si quisiéramos no pasar por el Purgatorio, o sólo estar allí por breve “tiempo”.

I.- EL TERRIBLE JUICIO DE DIOS y lo mucho que ayuda para aprobarlo, las oraciones de los demás
EL TERRIBLE JUICIO DE DIOS NOS LOS RECUERDA MUY BIEN EL “DIES IRAE”:
“Día de ira, el día aquél, que reducirá el mundo a cenizas;…
Cuán grande será el terror cuando aparezca el Juez,
para sentenciarlo todo con rigor…
El libro, ya completo, será leído, en el que todo (TODO) se haya consignado…
Cuando el juez se haya sentado, se revelará todo secreto; nada (NADA) quedará sin castigo…
¿Qué he de decir entonces, miserable de mí? ¿a qué abogado recurriré si apenas el justo estará seguro?...”

QUERIDOS FIELES, ¿TENEMOS MIEDO DE JUICIO DE DIOS?
Bueno, al menos que ese temor sea saludable para prepararnos bien para ese momento.
Pero veamos lo mucho que ayuda para aprobarlo, las oraciones de los demás.
PARA ILUSTRAR ESTO, NARREMOS UNA VISIÓN DE SANTA BRÍGIDA:
Ella, velando en oración vio en una visión espiritual, un trono, que estaba ocupado por uno como el sol;
y la luz y resplandor que de él salía, era incomprensible en longitud, latitud y profundidad.
Estaba una Virgen cerca del trono con una preciosa corona en la cabeza,
Tras esto, vio un negro como etíope, feo y abominable, lleno de inmundicia y encendido de enojo, que comenzó a dar voces diciendo: “Oh Juez justo, juzga esta alma y oye sus obras, que ya poco le resta de estar en el cuerpo, y dame licencia para que atormente al alma y al cuerpo en lo que fuera justo”.
Después vio la Santa un soldado armado junto al trono, modesto en el aspecto, sabio en las palabras y dulce en sus ademanes, el cual dijo:
“Oh Juez, ves aquí las buenas obras que ha hecho esta alma hasta este punto”.
Y LUEGO SE OYÓ UNA VOZ DEL TRONO QUE DIJO: “Más son, pues, los vicios en esta alma, que las virtudes. No es justicia que tenga parte el vicio con la suma virtud, ni se junte a ella”.
Enseguida dijo el negro: “A mí es de justicia que se me entregue esta alma;
que si ella tiene vicios, yo estoy lleno de maldad, y estará bien conmigo”.
“La misericordia de Dios, dijo el soldado, hasta la muerte acompaña a todos, y hasta que haya salido el alma del cuerpo, no se puede dar la sentencia; y esta alma sobre que pleiteamos, aun está en el cuerpo, y tiene discreción para escoger lo bueno”.
“La escritura, replicó el negro, que no puede mentir, dice: Amarás, a Dios sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo. Y todo cuanto éste ha hecho, ha sido por temor, no por amor de Dios como debía, y todos los pecados que ha confesado, han sido con poca contrición y dolor.
Y pues no mereció el cielo, justo es que se me dé para el infierno, pues sus pecados están aquí manifiestos ante la divina justicia, y nunca de ellos ha tenido verdadera contrición y dolor”.
“Este infeliz, dijo el soldado, esperó y creyó que asistido de la gracia tendría esa verdadera contrición”.
A lo cual le respondió el negro: “Has traído aquí todo cuanto bien ha hecho ese, todas sus palabras y pensamientos que pueden servirle para salvarse;
pero todo ello no llega ni con mucho a lo que vale un acto de verdadera contrición y dolor, nacido de la caridad divina con fe y esperanza;
y por consiguiente, no puede servir para borrar todos sus pecados.
Porque justicia es de Dios, determinada en su eternidad, que nadie se salve sin contrición; y como es imposible que vaya Dios contra este su decreto eterno, resulta, que con razón pido se me dé esta alma para ser atormentada con pena eterna en el infierno”.
¡No!, replicó el soldado, y luego aparecieron innumerables demonios, semejantes a las centellas que salen de un fuego abrasador, y a una voz clamaban diciendo…
“¡Tú amas la justicia, oh Juez!, ¿por qué no declaras ser nuestra esta alma, para que la atormentemos según sus obras?”
OYÓSE DESPUÉS EL SONIDO DE UNA TROMPETA, al cual todos quedaron silenciosos, y al punto dijo una voz:
“Callad y oíd vosotros todos, ángeles, almas y demonios, lo que va a hablar la Madre de Dios”.
Y EN SEGUIDA APARECIÓ ANTE EL TRONO DEL JUEZ LA MISMA VIRGEN MARÍA, trayendo mucho bulto de cosas como escondidas debajo del manto, y dijo a los demonios:
“Vosotros, enemigos, perseguís la misericordia, y sin ninguna caridad pregonáis la justicia.
Aunque es verdad que esta alma se halla falta de buenas obras, y por ellas no pudiera ir al cielo, mirad lo que traigo debajo de mi manto.
Y alzándolo por ambos lados, veíase por el uno una pequeña iglesia y en ella algunos religiosos; y por el otro lado se veían hombres y mujeres, amigos de Dios, todos los cuales clamaban a una voz, diciendo: Señor, tened misericordia de él”.
REINÓ DESPUÉS UN GRAN SILENCIO Y PROSIGUIÓ LA VIRGEN:
“La Sagrada Escritura dice, que el que tiene verdadera fe en el mundo, puede mudar los montes de una a otra parte.
¿Qué no pueden y deben hacer entonces los clamores de todos estos que tuvieron fe y sirvieron a Dios con fervoroso amor?
¿Qué no han de alcanzar los amigos de Dios, a quienes éste rogó que pidiesen por él, para que pudiera apartarse del infierno y conseguir el cielo, y mucho más cuando por sus buenas obras no buscó otra remuneración que los bienes celestiales?
¿Por ventura, no podrán las lágrimas y oraciones de todos estos bienaventurados ayudar esta alma y levantarla, para que antes de su muerte tenga verdadera contrición con amor de Dios?
Yo también uniré mis ruegos a las oraciones de todos los santos que están en el cielo, a quienes este honraba con particular veneración.
Y a vosotros, demonios, os mando de parte del Juez y de su poder, que atendáis a lo que veréis ahora en su justicia.
Y respondieron todos, como con una sola voz: Vemos, que como en el mundo las lágrimas y la contrición aplacan la ira de Dios, así tus peticiones le inclinan a misericordia con amor”.
DESPUÉS DE ESTO, OYÓSE UNA VOZ que salió del que estaba sentado en el solio resplandeciente, y dijo:
“Por los ruegos de mis amigos tendrá este contrición antes de la muerte, y no irá al infierno, sino al purgatorio con los que allí padecen mayores tormentos; y acabados de purgar sus pecados, recibirá su premio en el cielo, con aquellos que tuvieron fe y esperanza, pero con mínima caridad.”
Y así que oyeron esto, huyeron los demonios.

Queridos fieles, ¡QUÉ CONSOLADOR SABER lo mucho que ayudan las oraciones del prójimo!
POR ESO, DESDE AHORA, REZEMOS MÁS POR NUESTROS DIFUNTOS
para ayudarlos en el juicio de Dios que hayan tenido, que aunque ya sea un juicio pasado, Dios, con su mirada sobre todos los tiempos, veía las oraciones que se iban a hacer por determinada alma, y así podría haberles concedido el perdón antes de haber comparecido ante su divina presencia.
Y NOSOTROS, DESDE AHORA, TENGAMOS MAYOR DEVOCIÓN A LOS SANTOS, pidámosles que rueguen siempre por nosotros, especialmente en la hora de nuestra muerte; Y CLARO ESTÁ, TENGAMOS MAYOR AMOR Y DEVOCIÓN A NUESTRA SEÑORA, y recemos con fervor, esas palabras que a menudo decimos distraídos:
“Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”.
Y TAMBIÉN TENGAMOS AMIGOS EN ESTE MUNDO, a quienes ayudemos por nuestras limosnas, caridad, consejos, amor, para que ellos rueguen a Dios por nosotros, especialmente en la hora de nuestra muerte y también después de ella. Pues aunque nos hayamos salvado, también necesitaremos su ayuda para mitigar los terribles tormentos del Purgatorio.

II.- LAS PENAS QUE SE SUFREN EN EL PURGATORIO

LAS PENAS QUE SUFREN LAS ALMAS DEL PURGATORIO son muchas en cantidad, son indecibles en intensidad, y en duración, parecen muchas veces casi interminables.
CONTINUEMOS LA NARRACIÓN DE LA VISIÓN DE SANTA BRÍGIDA:
Ya hemos narrado cómo por los ruegos de los amigos de Dios tuvo antes de morir esta alma contrición de sus pecados, nacida del amor de Dios, la cual contrición la libró del infierno.
Así, pues, la justicia de Dios la sentenció a que ardiese en el purgatorio por seis períodos de tiempo, como los que él había vivido, desde que a sabiendas cometió el primer pecado mortal hasta el momento en que por amor de Dios se arrepintió con fruto.
VIO DESPUÉS SANTA BRÍGIDA QUE SE ABRIÓ UNA PROFUNDIDAD TERRIBLE Y TENEBROSA (el infierno), en la que había un horno ardiendo interiormente, y el fuego no tenía otro combustible que demonios y almas vivas que estaban abrasándose.
SOBRE AQUEL HORNO (el lugar más terrible del Purgatorio, justo arriba del infierno) ESTABA ESTA AFLIGIDÍSIMA ALMA.
Tenía los pies fijos en el horno, y lo demás levantado como si fuera una persona; y no estaba en lo más alto ni en lo más bajo del horno.
La figura que tenía era terrible y espantosa. El fuego parecía salir de bajo de los pies del alma, y venir subiendo cuando el agua sube por un caño; y comprimiéndose violentamente, le pasaba por encima de la cabeza, de modo que por todos sus poros y venas corría un fuego abrasador.
Las orejas echaban fuego como de fragua, que con el continuo soplo le atormentaba todo el cerebro.
Los ojos los tenía torcidos y hundidos, como si estuviesen fijos en la nuca.
La boca la tenía abierta y la lengua sacada por las aberturas de las narices, y colgando hasta los labios.
Los dientes eran agudos como clavos de hierro, fijos en el paladar.
Los brazos tan largos que llegaban a los pies. Las manos estaban llenas y comprimían sebo y pez ardiendo.
El cutis que cubría al alma, era una sucia y asquerosísima piel, tan fría, que sólo de verla causaba temblor, y de ella salía materia como de una úlcera con sangre corrompida y con un hedor tan malo, que no puede compararse con nada asqueroso del mundo.
DESPUÉS DE VER ESTE TORMENTO, OYÓ LA SANTA UNA VOZ que salía de lo íntimo de aquella alma, que dijo cinco veces: “¡Ay de mí! ¡Ay de mí”, clamando con toda su fuerza y vertiendo abundantes lágrimas!
“¡Ay de mí, que tan poco amé a Dios por sus supremas virtudes y por la gracia que me concedió!
¡Ay de mí, que no temí como debía la justicia de Dios!
¡Ay de mí, que amé el deleite de mi cuerpo y de mi carne pecadora!
¡Ay de mí, que me dejé llevar de las riquezas del mundo y de la vanidad y soberbia! ¡Ay de mí, porque os conocí Luis y Juana!”

EXPLICACIÓN DEL POR QUÉ SUFRE ESA ALMA LAS PENAS REFERIDAS
Dice el ángel a santa Brígida: Aquella alma, que viste y oíste sentenciar, está en la más grave pena del purgatorio.
Y esto lo ha ordenado Dios así, porque presumía mucho de ser discreto e inteligente en cosas del mundo y de su cuerpo;
pero de las espirituales y de su alma no hacía caso, porque estaba muy olvidado de lo que debía a Dios y lo menospreciaba.
Por eso su alma padece el ardor del fuego y tiembla de frío; las tinieblas la tienen ciega, y la horrible vista de los demonios le causan continuo temor,
y la vocería y clamoreo de los demonios la tienen sorda, interiormente padece hambre y sed, y exteriormente se halla vestida de confusión y vergüenza.
Pero después que murió le ha concedido Dios una merced, y es que no la atormenten ni toquen los demonios, porque cuando estaba en el mundo, solo por la honra de Dios, perdonó graves injurias a sus mayores enemigos, e hizo amistades con uno cuya enemistad era de muerte.

III.- EXPIACIÓN QUE TENDRÍAMOS QUE HACER DURANTE NUESTRAS VIDAS SI QUISIÉRAMOS NO PASAR POR EL PURGATORIO, O SÓLO ESTAR ALLÍ POR BREVE “TIEMPO”.

EJEMPLO DE REPARACIÓN EXIGIDA PARA REPARAR LOS PECADOS COMETIDOS
En una visión de Santa Brígida, cierta alma dijo lo siguiente:
“Yo soy uno de aquellos a quienes este hombre sentenciado al purgatorio ayudó en vida con sus limosnas. Y así me ha concedido Dios, por su amor, que si alguno quisiere hacer lo que yo le dijere como expiación de los pecados de esa alma, al hacerlos ayudará esa alma para que no sufra las penas terribles que tendría que sufrir por los terribles pecados que cometió.
Y lo que se ha de hacer es, que como le oíste aquellos cinco clamores y ayes, se hagan por él cinco cosas que lo consuelen.
El primer ¡ay! fue de lo poco que había amado a Dios, y para remedio de éste se den de limosna treinta cálices, en los que se ofrezca la sangre de Jesucristo y se honre más a Dios.
El segundo ¡ay! fue de que temió poco a Dios, y para remedio de éste se busquen treinta devotos sacerdotes que digan cada uno treinta misas, y todos rueguen con mucho fervor por el alma de este hombre, poderoso un día en la tierra, a fin de que se aplaque la ira de Dios, y su justicia se incline a la misericordia.
El tercer ¡ay! y su pena es por la soberbia y codicia. Para éste lávense los pies a treinta pobres con mucha humildad, y denle limosna de dinero, comida y vestido, y nieguen ellos y el que se los lava a nuestro Señor, que por su humildad y Pasión perdone a esta alma su soberbia y codicia.
El cuarto ¡ay! fue por la sensualidad de su carne, y para éste, el que dotase una doncella y una viuda en un monasterio, y casase una joven, dándoles lo suficiente para su matrimonio, alcanzará que Dios perdone a esa alma el pecado que en la carne había cometido. Porque esos son tres estados de vida que Dios eligió y mandó que hubiese en el mundo.
El quinto ¡ay! es porque cometió bastantes pecados, poniendo en tribulación a muchos, como el que cometió cifrando todo su empeño en que se casaran esos dos ya referidos, no pudiendo por ser parientes;
pero hizo se verificase este casamiento, más por su capricho que por el bien del reino, y se llevó a cabo sin licencia del Papa, contra la loable disposición de la santa Iglesia.
Con este motivo fueron atormentados y martirizados muchos, porque no querían aceptar tal casamiento, que era contra Dios, contra su santa Iglesia y contra las costumbres de los cristianos.
Si alguno quiere borrar ese pecado, ha de ir al Papa y decirle:
<>.
Y aunque no le dé en penitencia más que un Pater Noster, le aprovechará a esa alma para disminuir su pena en el purgatorio”.

CONCLUSION
QUERIDOS FIELES, QUE ESTAS REFLEXIONES NOS AYUDEN a tener mayor amor por las almas del Purgatorio, y a no cesar jamás de rezar por ellas.
ALGÚN DÍA, TAMBIÉN EL TURNO NOS LLEGARÁ A NOSOTROS: vendrá la muerte, vendrá el terrible juicio de Dios, ¿qué será de nosotros?
¡NO TENGAMOS MIEDO!,
desde ahora preparémonos bien para nuestro juicio, purifiquemos nuestras almas con frecuentes confesiones, y hagámonos amigos de las almas del Purgatorio, para que ellas al llegar al cielo, rueguen a su vez por nosotros.

SANTA BRÍGIDA, EN UNA VISIÓN, OYÓ UNA VEZ QUE UN ÁNGEL EXCLAMÓ: “¡Bendito de Dios sea, el que en el mundo ayuda las almas con sus oraciones y con el trabajo de su cuerpo!”.
Y TAMBIÉN OYÓ MUCHAS VOCES DESDE EL PURGATORIO QUE DECÍAN: “¡Dios se lo pague a aquellos que nos ayudan y suplen nuestras faltas!
¡Oh Señor Dios!, da de tu incomprensible poder, el ciento por uno, a todos los que en el mundo nos ayudan y nos elevan con sus buenas obras, para que veamos la luz de tu Divinidad, y gocemos de tu presencia y divino rostro”.

miércoles, 28 de octubre de 2009

PREPAREMOS NUESTRA ALMA PARA EL JUICIO DE DIOS - Domingo 19º después de Pentecostés

Queridos fieles, JESÚS DIJO QUE EL REINO DE DIOS ES SEMEJANTE A UNA FIESTA DE BODAS que un rey celebra por su hijo. El rey envía 3 veces a sus siervos para invitarlos al banquete.
LA PRIMERA VEZ: Los invitados simplemente no quisieron acudir.
LA SEGUNDA VEZ: El rey les mandó decir que ya estaba todo preparado. Los animales y los toros ya habían sido degollados y aderezados; Que vinieran, que ya estaba todo preparado.
¿Pero que hicieron los invitados? Despreciaron el banquete, y se fueron cada uno a su granja o a sus negocios; Y otros llegaron a apoderarse de los siervos, los golpearon y los mataron.
Entonces, se terminó la paciencia del rey: ordenó el exterminio de la ciudad, envió a sus ejércitos y acabó con los homicidas y puso fuego a su ciudad.
ENTONCES, EL REY HACE LA TERCERA Y ÚLTIMA INVITACIÓN: Dijo a sus siervos: “Las bodas están preparadas, más los que habían sido convidados no han sido dignos. Id, pues, a las salidas de los caminos, y a todos los que hallareis, convidadlos a las bodas”. Así lo hicieron los siervos y se llenaron las salas de convidados (de buenos y malos).
Y luego entró el rey a la sala para ver a los convidados y vio a un hombre que no tenía el vestido de bodas.
El rey le dijo: “Amigo, ¿cómo es que has entrado aquí no teniendo el vestido de bodas?” El hombre no supo qué contestar. Y entonces, como un trueno sonó la voz del rey: “¡Atadle de pies y manos y arrojadle a las tinieblas de afuera. Allí será el llorar y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, más pocos los escogidos!”.

EXPLICACIÓN:
La explicación de esta parábola es la siguiente: Tiene dos partes.

LA PRIMERA PARTE, la que corresponde a la primera y segunda invitación del rey, se refiere a los judíos:
- ellos fueron los primeros invitados al reino espiritual del Mesías. Fueron invitados primero por los profetas, y la segunda vez, por los apóstoles.
- Pero rechazaron la invitación, e hirieron y mataron a los siervos del rey:
o mataron a los profetas
o crucificaron al Hijo de Dios
o decapitaron a San Juan Bautista
o al apóstol Santiago lo arrojaron desde lo alto del templo
- Y por eso Dios, irritado, mandó un ejército, instrumento suyo, y aniquiló a los asesinos y destruyó la ciudad.
o el año 70, los soldados romanos capitaneados por Tito, arrasaron e incendiaron Jerusalén, y no dejaron del templo, piedra sobre piedra.

LA SEGUNDA PARTE de la parábola, la que corresponde a la tercera y última invitación, se refiere a nosotros:
- Habiendo los judíos rechazado asistir al banquete místico de la Iglesia, fueron invitados todas las gentes del mundo: “Id por todo el mundo, y predicad el Evangelio a toda criatura…”
- Fuimos invitados también nosotros, y entramos al banquete, entramos a la Iglesia por el Bautismo.
- Pero para quedarse en el banquete, y disfrutar de él por siempre, no basta la fe sola, ni el puro Bautismo, es necesario revestirse del vestido nupcial; el vestido nupcial es la gracia santificante, adornado con las buenas obras.
Cuando el rey de los cielos entre a observar nuestro vestido en el día del juicio particular, y si encuentra que no estamos vestidos con el traje de bodas, pronunciará su sentencia terrible: “¡Atadle de pies y manos y arrojadle a las tinieblas de fuera, allí será el llanto y el rechinar de dientes!”.
“Las tinieblas de fuera” es el infierno, donde no hay la luz de Dios;
sólo hay llanto, terror, sufrimiento, desesperación, rechinar de dientes.
Y están “atados de pies y manos”, es decir, permanecerán atados en el infierno, inmóviles, por toda la eternidad.

QUERIDOS FIELES, UNA REFLEXIÓN:
NOSOTROS ESTAMOS AHORA DENTRO DEL BANQUETE místico de la Iglesia. ¿Cómo se encuentra nuestro vestido del alma en este momento? Cuando nos bautizaron, se nos dio uno limpio y bello; se nos dijo esa vez: “recibe esta vestidura blanca, llévala sin mancha hasta el tribunal de Nuestro Señor Jesucristo, para que poseas la vida eterna”.

¿CÓMO SE ENCUENTRA NUESTRA VESTIDURA? ¿Está blanca como la nieve? ¿O se encuentra más negra que el mismo carbón y está llena de gusanos y de podredumbre? ¿Y si hoy viene el rey a ver nuestro vestido? ¡Qué desastre!

POR ESO, QUERIDOS FIELES, PARA QUE EL REY NO NOS AGARRE DESPREVENIDOS, DESDE YA:
1) quitémonos nuestros vestidos sucios del alma
2) y vistámonos de una hermosa vestidura blanca.

I.- QUITÉMONOS NUESTROS VESTIDOS SUCIOS DEL ALMA
LOS HIJOS DE JACOB habían pecado mucho:
- habían desvastado con fraudes la ciudad de Salem
- habían cometido homicidios, robos de oro, plata y ganado
- habían inclinado su corazón hacia los falsos ídolos
Su anciano padre no hacía más que llorar, decía: “Vosotros me habéis afligido, me habéis hecho odioso al cielo y a la tierra. Moriré yo y toda mi casa.”
Pero luego, queriendo salvar a sus hijos de la ira de Dios, reunió a la familia y le dijo: “Cambiad los vestidos, limpiaos, destruid los dioses extranjeros”. Le obedecieron, le entregaron todos los falsos ídolos y los objetos supersticiosos, y los escondió y enterró bajo una encina.
Y Dios volvió a bendecir al patriarca y a su descendencia ( Gén.35)

QUERIDOS FIELES, LA IGLESIA, MADRE TIERNÍSIMA, HACE LO MISMO QUE JACOB, y nos suplica que sigamos el ejemplo de Jacob; NOSOTROS TAMBIÉN, COMO ELLOS, HEMOS PECADO MUCHO, y tal vez en este momento llevamos un vestido de ignominia.
Escuchemos la súplica de la Iglesia que nos dice: “Cambiad los vestidos, limpios, purificaos, echad fuera los falsos dioses”.

POR EJEMPLO:
DEJEMOS LOS VESTIDOS SUCIOS DE LOS RENCORES, DE LOS ODIOS, que nos amargan la vida y la hacen amarga a los demás: La venganza es áspera, sólo el perdón es suave; Solamente con el amor al prójimo podremos encaminarnos al amor de Dios
Solamente perdonando, seremos perdonados.

DEJEMOS LOS VESTIDOS SUCIOS DE LA INGRATITUD, que nos hacen ser malos, contestones, desobedientes para con nuestros padres y rebeldes para con nuestros jefes o superiores;

ARROJEMOS FUERA LOS VESTIDOS SUCIOS QUE ESTÁN TEJIDOS DE MALAS PALABRAS, mentiras, calumnias, murmuraciones, insultos, y todos los demás pecados de la lengua;
recuerden lo que dijo Dios: “si uno cree ser religioso (piadoso) y no refrena su lengua, su religión es vana”.

ARROJEMOS FUERA EL HORROROSO VESTIDO que la mayor parte de la gente usa, el vestido asqueroso DE LA SENSUALIDAD: - malas miradas , actos impuros, malas conversaciones, amistades peligrosas
- malos pensamientos, malos deseos, diversiones inmorales
al estar vestidos con este asqueroso vestido de la sensualidad, nos degradamos por debajo de los inmundos animales.
¿Y si viene el rey y nos encuentra así? Dirá: “¡apartaos, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles!”.

TAMBIÉN ARROJEMOS FUERA LOS VESTIDOS APOLILLADOS Y ROÍDOS DE LA TIBIEZA, que nos hacen ser perezosos para la cosas de Dios y para el provecho del prójimo.

ESTOS SON ALGUNOS DE LOS VESTIDOS SUCIOS DE QUE DEBEMOS DESPOJARNOS, ¡estos son los dioses falsos a quienes hemos servido, y quizás adorado!;
¡es tiempo de limpiarnos, de purificarnos!

JACOB SEPULTÓ LOS FALSOS IDOLOS debajo de una encina;
nosotros sepultemos todos estos vicios y pecados en el confesionario, y así Dios volverá a bendecirnos.

II.- VISTÁMONOS DE UNA HERMOSA VESTIDURA BLANCA

ESTA VESTIDURA BLANCA QUE SE NECESITA para disfrutar del banquete del cielo, es la gracia santificante, acompañada siempre de las buenas obras.
LA FE SOLA Y EL BAUTISMO NO BASTAN, se requieren las buenas obras.
“¡No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre!”.
“Si un hermano o hermana están desnudos y carecen del diario sustento, y uno de vosotros le dice: <<>>, pero no les dais lo necesario para el cuerpo ¿qué aprovecha aquello?
Así también, si la fe no tiene obras, es muerta como tal”.

POR ESO, QUERIDOS FIELES, UNA VEZ QUE NOS HAYAMOS DESPOJADO DE LOS SUCIOS VESTIDOS del vicio y del pecado, tenemos que revestirnos de buenas obras.

PARA ANIMARNOS A LLENAR NUESTRA VIDA DE BUENAS OBRAS, QUE MEJOR QUE RECORDAR EL ADMIRABLE EJEMPLO DE SAN VICENTE DE PAUL.
De niño, era muy caritativo con sus padres: llevaba a pastar el ganado: las ovejas, las vacas, los cerdos; iba descalzo y con humildes provisiones. Cuando viajaba, entró en contacto con campesinos y con gente pobre.
Y hará voto o juramento de dedicar toda su vida a socorrer a los necesitados, y en adelante ya no pensará sino en los pobres.
Dice el santo: "Me di cuenta de que yo tenía un temperamento bilioso y amargo y me convencí de que con un modo de ser áspero y duro se hace más mal que bien en el trabajo de las almas. Y entonces me propuse pedir a Dios que me cambiara mi modo agrio de comportarme, en un modo amable y bondadoso y me propuse trabajar día tras día por transformar mi carácter áspero en un modo de ser agradable".
Y en verdad que lo consiguió de tal manera, que varios años después, el gran orador Bossuet, exclamará: "Oh Dios mío, si el Padre Vicente de Paúl es tan amable, ¿Cómo lo serás Tú?".

Vicente es nombrado capellán general de las Galeras, San Vicente se horrorizó al constatar aquella situación tan horripilante y obtuvo del Ministro, que los galeotes fueran tratados con mayor bondad y con menos crueldad.
Y hasta un día, él mismo se puso a remar para reemplazar a un pobre prisionero que estaba rendido de cansancio y de debilidad. Con sus muchos regalos y favores se fue ganando la simpatía de aquellos pobres hombres.

El Ministro Gondi nombró al Padre Vicente como capellán de las grandes regiones donde tenía sus haciendas. Y allí nuestro santo descubrió con horror que los campesinos ignoraban totalmente la religión. Que las pocas confesiones que hacía eran sacrílegas porque callaban casi todo. Y que no tenían quién les instruyera.
Se consiguió un grupo de sacerdotes amigos, y empezó a predicar misiones por esos pueblos y veredas y el éxito fue clamoroso.
Las gentes acudían por centenares y miles a escuchar los sermones y se confesaban y enmendaban su vida. De ahí le vino la idea de fundar su Comunidad de Padres Vicentinos, que se dedican a instruir y ayudar a las gentes más necesitadas. Son ahora 4,300 en 546 casas.

El santo fundaba en todas partes a donde llegaba, unos grupos de caridad para ayudar e instruir a las gentes más pobres. Pero se dio cuenta de que para dirigir estas obras necesitaba unas religiosas que le ayudaran. Y habiendo encontrado una mujer especialmente bien dotada de cualidades para estas obras de caridad, Santa Luisa de Marillac, con ella fundó a las hermanas Vicentinas, que son ahora la comunidad femenina más numerosa que existe en el mundo.
Son ahora 33,000 en 3,300 casas y se dedican por completo a socorrer e instruir a las gentes más pobres y abandonadas, según el espíritu de su fundador.
Unas se encargan de atender a los mendigos, otras se ocupan de las epidemias, otras lucharan contra el contagio de la peste, otras se dedicaran a otras calamidades.
Vicente las preparaba para poder atender a todo tipo de personas necesitadas: niños y ancianos, locos y presidiarios, y a toda clase de pobres.

San Vicente poseía una gran cualidad para lograr que la gente rica le diera limosnas para los pobres. Reunía a las señoras más adineradas de París y les hablaba con tanta convicción acerca de la necesidad de ayudar a quienes estaban en la miseria, que ellas daban cuanto dinero encontraban a la mano. La reina (que se confesaba con él) le dijo un día: "No me queda más dinero para darle", y el santo le respondió: "¿Y esas joyas que lleva en los dedos y en el cuello y en las orejas?", y ella le regaló también sus joyas, para los pobres.

Parece casi imposible que un solo hombre haya podido repartir tantas, y tan grandes limosnas, en tantos sitios, y a tan diversas clases de gentes necesitadas, como lo logró San Vicente de Paúl.

Había hecho juramento de dedicar toda su vida a los más miserables y lo fue cumpliendo día por día con generosidad heroica. Fundó varios hospitales y asilos para huérfanos. Recogía grandes cantidades de dinero y lo llevaba a los que habían quedado en la miseria a causa de la guerra.

Se dio cuenta de que la causa principal del decaimiento de la religión en Francia era que los sacerdotes no estaban bien formados. Él decía que el mayor regalo que Dios puede hacer a un pueblo es dale un sacerdote santo.
Por eso empezó a reunir a quienes se preparaban al sacerdocio, para hacerles cursos especiales, y a los que ya eran sacerdotes, los reunía cada martes para darles conferencias acerca de los deberes del sacerdocio.
Luego con los religiosos fundados por él, fue organizando seminarios para preparar cuidadosamente a los seminaristas de manera que llegaran a ser sacerdotes santos y fervorosos. Aún ahora los Padres Vicentinos se dedican en muchos países del mundo a preparar en los seminarios a los que se preparan para el sacerdocio.

Siempre vestía muy pobremente, y cuando le querían tributar honores, exclamaba: "Yo soy un pobre pastorcito de ovejas, que dejé el campo para venirme a la ciudad, pero sigo siendo siempre un campesino simplón y ordinario".

En sus últimos años su salud estaba muy deteriorada, pero no por eso dejaba de inventar y dirigir nuevas y numerosas obras de caridad. Su horario era invariable: se levantaba a las cuatro de la mañana y se acostaba a las nueve de la noche;

Sus piernas supuran y el estómago no admite ya el menor alimento. El 26 de septiembre, domingo, le llevan a la capilla, donde asiste a Misa y recibe comunión. Por la tarde se encuentra totalmente lúcido cuando se le administra la extremaunción;
a la una de la mañana bendice por última vez a los sacerdotes de la Misión, a las Hijas de la Caridad, a los niños abandonados y a todos los pobres. Esta sentado en su silla, vestido y cerca del fuego.

Así es como muere el 27 de septiembre de 1660, a la edad de 80 años, poco antes de las cuatro de la mañana, a la hora que solía levantarse para servir a Dios y a los pobres. Multitudes habían conocido los beneficios de su caridad.

Cuando abrieron la tumba todo estaba igual que cuando se depositó. Solamente en los ojos y nariz se veía algo de deterioro. Se le contaban 18 dientes. Su cuerpo no había sido movido, se veía que estaba entero y que la sotana no estaba nada dañada. No se sentía ningún olor y los doctores testificaron que el cuerpo no había podido ser preservado por tanto tiempo por medios naturales.

El Santo Padre León XIII proclamó a este sencillo campesino como Patrono de todas las asociaciones católicas de caridad.

Queridos fieles, ¡que su ejemplo nos mueva a sacudir nuestra pereza, a aprovechar bien nuestra vida y llenarla de buenas obras!; y que resuenen siempre en nuestros oídos esas palabras de San Vicente de Paul: "Al servir a los Pobres se sirve a Jesucristo;
¡Cómo! ¡Ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura."

CONCLUSIÓN
¡El Rey del cielo ya se acerca para examinar nuestros vestidos del alma! ¿Cómo estamos? ¿Andrajosos, pordioseros, sucios?
Para éstos es la sentencia: “¡Atadle de pies y manos y arrojadle a las tinieblas de afuera. Allí será el llorar y el rechinar de dientes!”.
¡Qué hermoso sería tener una vestidura del alma como la de San Vicente de Paul! Pero, queridos fieles, ¡esto no es imposible!
Así como cuando un niño pequeño ha ensuciado su ropa, acude a su mamá para que lo cambie, acudamos nosotros a nuestra Madre celestial, la Santísima Virgen María, pidámosle que Ella nos ayude a prepararnos, a limpiarnos, a purificarnos; que nos revista con un vestido hermoso y nos ayude a hacer buenas obras.
Pidámoselo siempre rezándole diariamente su amadísimo Rosario.
De esta manera, cuando venga Jesús, nos encontrará ciertamente vestidos con preciosas vestiduras, y disfrutaremos del banquete celestial por los siglos de los siglos.

miércoles, 21 de octubre de 2009

LAS ARMAS DE SATÁN

El Tridente. Para reforzar la perversa acción de sus tres máscaras, Satán fabricó un Tridente envenenado, con el cual, siglos después, lograría sus más resonantes triunfos contra los hombres. Éste era de fierro forjado en la más ardiente caldera del infierno y estaba forrado en bronce bruñido, prometiendo ser de oro para que sus adversarios deslumbrados por el brillo se acercaran a él, ya curiosos, ya necios o ya inexpertos, para ser trinchados.
Al ensartar a sus víctimas con su Tridente, Satán las hacía caer en apetitos desordenados y placeres deshonestos. Con el primer diente despertaba los deleites de la carne, con el diente central – que era el más largo –, despertaba la soberbia de la vida; esto es, la ambición de honores y de gloria y, con el tercero, la codicia de riquezas.
Los siete cuernos. Aparte de las tres máscaras y del Tridente, Satán tenía para el combate siete cuernos afilados de macho cabrío: dos por cada una de sus frentes y uno más grande que brotaba del centro de su cabeza. Todos eran igualmente de fierro forrados en bronce bruñido y todos, como el Tridente, también atraían a sus incautas víctimas; pero, éstos ejercían un poder hipnótico extraordinario sobre los hombres que les hacía olvidar a Dios y pensar ciegamente en sí mismos. Eran los cuernos de los siete pecados capitales: el cuerno mayor, el de la soberbia, y los cuernos restantes, los de la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza. Con todos ellos embestía mortalmente a sus adversarios no sólo para separarlos de Dios, haciéndoles perder su estado de gracia y de virtud, sino para aislarlos entre sí, dividiendo encarnizadamente la sociedad humana en mil pedazos.
Las alas. Las seis alas gigantescas de Satán, del príncipe de las tinieblas, eran semejantes a las de un murciélago antediluviano y servían también para el ataque. Al agitarlas con espasmos alterados y neuróticos, soplaban el fuego de las pasiones con vientos vehementes: el primer par de alas soplaba, por el lado derecho, la tesis y, por el izquierdo, la antítesis, es decir, lanzaba al mismo tiempo palabras contradictorias entre sí, doctrinas, pensamientos e ideologías engañosas que, entre vapores tempestuosos y sanguinolentos, movían a la locura de la guerra y escondían la Verdad; el segundo par de alas difundía falsos rumores y noticias creadoras de desconcierto, de temores y de pánico y, el tercero, emitía imágenes seductoras, cortinas de variados vapores multicolores que embelesaban a sus adversarios, les despertaba movimientos pecaminosos, les inflamaba deseos carnales y les hacían perder su camino. Tras estas imágenes seductoras estaba Satán, encubriendo su espantosa realidad, haciendo creer a sus víctimas que él no existía. Pero, aunque sus ingenuas e infelices víctimas no lo vieran, Satán, estaba presente interiormente en el pensamiento de ellas, en sus pasiones, llevadas por el viento de las imágenes.
La cola y las pezuñas . Satán también usaba su cola y sus pezuñas para el combate; su cola era una serpiente venenosa de piel pegajosa y de mirada fascinadora que tenía en su cabeza un colmillo encorvado que inyectaba soberbia, ambición, envidia y odio; esta serpiente, deslizándose artera y silenciosa, enrollaba con su cuerpo anillado y húmedo a sus víctimas y las sujetaba contra el mundo, sobre un solo plano, obligándolas a mirar rastreramente, es decir, impidiéndoles elevar su mirada al cielo, ni penetrar en la altura y profundidad de la vida. Luego, las soltaba constreñidas, exhaustas, con los ojos extraviados, para ser pisoteadas y enterradas hasta las profundidades por sus cuatro pezuñas de cabrón.

jueves, 15 de octubre de 2009

EL BAUTISMO DE LOS NIÑOS

La liturgia moderna ha introducido una nueva pastoral del Bautismo: algunos ritos se han suprimido (por ejemplo la imposición de la sal, los exorcismos), y en algunos casos se difiere el bautismo aún por años. Frente a estas novedades consideremos las enseñanzas de siempre de la Iglesia.

La Sagrada Escritura nos habla de los bautismos que los Apóstoles confirieron en varias familias. San Pablo y Silas bautizaron en Filipos a la familia de Lidia (Act. 16, 14-15) y al carcelero «con todos los suyos» (Act. 16, 33). San Pedro ha­bía ya bautizado, por revelación di­vi­na, al centurión Cornelio y a toda su familia (Act. 10, 14 y ss.). Crispo, jefe de la sinagoga de Co­rinto y su familia fueron evan­gelizados y bautizados (Act. 18, 8 y ss.).¿Qué podemos deducir de estos hechos? Ninguno de los textos citados nos habla positivamente del bautismo de los niños pero ninguno tampoco lo excluye explícitamente. Hay que recordar las palabras de Nuestro Señor: «Dejad que los niños se acerquen a mí» (Mat. 19, 14).
La Tradición (segunda fuente de la Revelación) es más clara aún. A fines del siglo II, San Ireneo nos dice que «Cristo vino para salvar a todos los que renacen en Dios, recién nacidos, pequeños, niños, jóvenes y ancianos» (“Contra las herejías” II, 22, 4). Orígenes no duda en indicarnos, a mediados del siglo III, el origen de esta costumbre: «la Iglesia ha recibido de los Apóstoles la tradición de bautizar también a los niños» (“Comentario de la Epístola a los Romanos” 5, 9). San Cipriano se apoya en una decisión del Concilio de Cartago en el año 252 para pedir que se bautice a los niños tres días después de su nacimiento (“Carta” 64, 2). Podemos acabar esta breve enumeración con San Agustín, el doctor de la gracia, quien escribe en su “Comentario al Génesis” (10, 23, nº 39): «La costumbre de la Iglesia nuestra Madre de bautizar a los niños no debe ser despreciada ni decir que es superflua; debe creerse en ella porque es de tradición apostólica. La edad tierna tiene en su favor el gran testimonio de haber sido la primera en derramar su sangre por Cristo».
El Magisterio de la Iglesia, a través de las decisiones de los Papas y los Concilios –depositarios de la doctrina de la salvación según la orden de Cristo–, confirma esta enseñanza. Para el 4º Concilio de Cartago, en el año 418, es anatema todo el que pretende que no hay que bautizar a los niños pequeños o que el bautismo no les sirve de nada para perdonarles los pecados (canon 2). El 2º Concilio de Letrán en el año 1139 «condena y excluye de la Iglesia de Dios a todos los que, disimulando exteriormente la religiosidad reprueban el bautismo de los niños» (can. 23). Inocen­cio III confirmó esta doctrina en el año 1208 en su “Profesión de fe a los Valdenses” que dice así: «Aprobamos, pues, el bau­tismo de los niños que, como creemos y confesamos, se salvan si mueren después del Bautismo, antes de haber cometido pecados; creemos igualmente que todos los pecados, tanto el original como los cometidos voluntariamente, son borrados por el Bautismo».
Contra los protestantes, y sobre todo contra los anabaptistas, el Concilio de Trento precisó que para ser bautizado no es necesario tener la edad de Cristo (“Decreto sobre el Bautismo” can. 12), pues el niño que ya fue bautizado no necesita volverlo a ser en la edad adulta (can. 14). Y la razón profunda de esta práctica del bautismo de los niños nos la da el mismo Concilio: sólo el bautismo los puede curar del pecado original con el que están manchados (“Decreto sobre el pecado original” nº 4).
Finalmente, ante las insinuaciones de los modernistas, el Papa San Pío X tuvo que reprobar la opinión según la cual «la costumbre de conferir el Bautismo a los niños fue una evolución disciplinar y constituyó una de las causas por las que este sacramento se dividió en dos: el bautismo y la penitencia» (Decreto “Lamentabili”, proposición condenada nº 43).

EL POR QUÉ DE ESTA NECESIDAD. ¿Cuáles son las causas y razones fundamentales de esta práctica incesante de la Iglesia? El Bautismo de los niños no es sino un caso particular del mandamiento general que dio Nuestro Señor: «Id, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mat. 28, 19-20). Es la aplicación a todos de lo que Jesucristo le dijo a Nicode­mo en privado: «Quien no naciere de arriba no puede entrar en el reino de Dios... Quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos» (Juan 3, 3-5).
¿Por qué el carácter tan absoluto de esta orden? Porque, como dice San Cipriano, «el niño ha contraído desde su nacimiento, como descendiente de Adán, el virus mortal del antiguo contagio» (“Carta” 64, 5). Todos nosotros nacemos con la mancha original que se transmiten los hombres por generación. Este es el argumento central de Santo Tomás de Aquino: «El Apóstol dice en la epístola a los Romanos: ‘Si por la transgresión de uno solo, esto es, por obra de uno solo, reinó la muerte, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia reinarán en la vida por medio de uno solo, Jesucristo’ (Rom. 5, 17). Ahora bien, los niños, por el pecado de Adán han contraído el pecado original, como lo deja ver el que estén sometidos a la mortalidad que, por el pecado del primer hombre ha pasado a los demás, como lo indica el Apóstol en el mismo lugar. Así que, con mayor razón, los niños pueden recibir por medio de Cristo la gracia que les hará reinar en la vida eterna. El Señor mismo dice: ‘Quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos’ (Juan 3, 3). Por eso es necesario bautizar a los niños porque así como por Adán incurrieron en su condenación al nacer, del mismo modo puedan obtener su salvación por Cristo cuando renacen» (IIIª, qu. 68, art. 9, corp.).
Es cierto que para un adulto es indispensable prepararse al Bautismo:
1) expresando su intención de recibirlo;
2) profesando la fe católica: «El que crea y se bautice se salvará» (Marc. 16, 16);
3) arrepintiéndose de sus pecados: «Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados» (Act. 2, 38).
Los adultos, al tener el uso de razón, pueden y deben orientarse a sí mismos hacia la salvación. Los niños, sin embargo, no pueden usar su razón, de modo que el único remedio que tienen es el bautismo de agua. «Si son niños –comenta Santo Tomás de Aquino– no hay que diferir el Bautismo, primeramente porque no se puede esperar de ellos una instrucción más buena ni una conversión más profunda, y además a causa del peligro de muerte en el que se hallan, puesto que ellos no pueden tener otro remedio más que el sacramento del Bautismo» (IIIª, qu. 68, art. 3, corp.).

RESPUESTA A ALGUNAS OBJECIONES. Consideremos algunas objeciones muy actuales, pero que ya comentaba Santo Tomás en el siglo XIII y a las cuales respondía también San Agustín en el siglo V.

Puesto que el Bautismo borra el pecado original, todos los pecados personales (para los adultos) y todas las penas debidas por estos pecados, ¿no sería mejor esperar a la edad adulta para recibir el Bautismo, como se hacía en los primeros siglos de la Iglesia? Respondamos que si esta práctica estuvo en vigor se trataba en realidad de un abuso contra el cual lucharon los Santos Padres, como San Gregorio de Nicea en su obra titulada “Contra la costumbre de quienes retrasan el bautismo”. Además, escuchemos a San Agustín, que fue víctima de esta costumbre: cuando era joven cayó enfermo, por lo que se le iba a bautizar pero al curarse, se dejó para más tarde; éstas son las reflexiones que este retraso le inspiró: «Mi purificación fue diferida como si nunca más tuviese yo que volverme a manchar al encontrar de nuevo la vida. Sin duda se pensaba que, si después de la ablución bautismal volvía yo a caer en el barro del pecado, mi responsabilidad sería más pesada y peligrosa... ¿Fue para mi bien que me fueron desatadas de este modo las riendas del pecado?... Mucho más provechoso me hubiese sido ser curado prontamente, ya que tanto celo hemos tenido que emplear yo y los míos para poner este alma en lugar seguro para su salvación, bajo la tutela de Quien se la hubiese dado entonces» (“Confesiones” I, 12, 17-18). Donde la gracia reina más tiempo con su cortejo de virtudes y dones, Dios reina también con más estabilidad. ¿Por qué no querer que los niños se conviertan cuanto antes en los templos del Espíritu Santo? ¿Por qué dejar más tiempo bajo el yugo del demonio a esas almas que Dios quiere librar por medio del sacramento del Bautismo, sus oraciones, sus exor­cis­mos y la infusión del agua sal­vífica?

¿Cómo puede ser apto para recibir el Bautismo un niño, puesto que no puede manifestar su decisión personal de ser bautizado, ya que como no tiene uso de razón, no puede arrepentirse de sus pecados ni profesar solemnemente su fe? En realidad los niños son bautizados en la fe de su Madre, la Santa Iglesia. Como una madre alimenta por sí misma a su hijo que todavía no puede valerse, la Iglesia le da a sus hijos la salvación que todavía no pueden obtener por sí mismos. Además, ¿no es justicia que «quien ha sido herido por obra de otra persona (sea) también curado por la palabra de otra persona» (S. Agustín, “Sermón” 254, 12). ¿Sería injusto que quien se alejó de Dios sin un acto personal vuelva a Él sin un acto personal?

Otra objeción, muy moderna en su formulación: al bautizar a un niño sin pedirle su opinión se atenta contra su libertad; ¿cómo se le puede imponer una serie de compromisos que a lo mejor él nunca hubiese asumido? Respondamos que procurar alcanzar la felicidad del cielo es una obligación para todos: «Dios quiere que todos los hombres se salven» (I Tim. 2, 4). El Bautismo es el medio para lograr esta salvación (Juan 3, 3). El Bautismo no compromete al niño a un estado de vida particular (sacerdocio, vida religiosa, celibato o matrimonio) sino a un camino común de salvación. ¿Acaso no es lo que hacen todos los padres en el plano temporal cuando les dan el alimento, medicinas y educación (sabiendo que todo esto es indispensable para su crecimiento físico, intelectual y moral) sin preguntarles si están de acuerdo o no? Cuando un niño está enfermo, ¿deciden los padres esperar a que sea mayor para saber si acepta la medicina que lo va a curar? ¿Por qué los padres admitirían esto en el plano espiritual? ¿No es el Bautismo el remedio al pecado original?

EL TRASFONDO DEL PROBLEMA. La amplitud del problema que estamos tratando, que no se conocía en otro tiempo, es muy significativa y hace pensar en:
1) una falta de fe en el dogma revelado del pecado original (Efes. 3, 3);
2) una falta de fe en el poder intrínseco de los sacramentos (en este caso del Bautismo) siempre y cuando no se ponga un obstáculo personal;
3) una falta de fe en Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nos ha instruido sobre la necesidad del Bautismo para salvarnos (Mat. 28, 19-20; Mar. 16, 16). Por eso permanezcamos fieles a la pastoral tradicional del Bautismo de los niños recién nacidos, que es la única garantía para la salvación de su alma.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

LOS DOS ASPECTOS DE LA MUERTE - Domingo 15º después de Pentecostés

Los soldados romanos capitaneados por Antonio, tío del famoso triunviro, sitiaron la ciudad de Perusa. La ciudad, después de una desesperada resistencia, y devorada por el hambre y la sed, se rindió a condición de que se respetase la vida de los senadores.
Se aceptó la condición, pero no fue respetada.
Y los senadores, pálidos de terror, iban pasando delante del general, mirándole con ojos suplicantes.
«Yo he prestado magníficos servicios a la República», decían al­gunos. «No importa: hay que morir. Moriendum est.»
«Soy joven todavía, combatiré en tu legión, te seguiré por tierra y por mar...», clamaban otros. «No importa: hay que morir. Moriendum est»
«Soy rico, todas mis posesiones, todos mis sestercios, todos mis esclavos serán para ti.» Sonrió el general, pero en sus ojos brilló una luz siniestra y añadió secamente: «Adelante: hay que morir. Moriendum est»
Esta palabra fatal se va repitiendo sobre todos aquellos que pasan delante del camino de la vida; y la repitieron sobre la cuna de cada uno de nosotros, aun cuando entonces no podíamos oírla ni com­prenderla. Moriendum est. Soy rico: no importa. Los honores me en­vuelven por todas partes: no importa. Soy joven, me necesita mi familia y mi país: no importa.

JOVEN ERA TAMBIÉN, HIJO ÚNICO, necesario para sustentar a su madre, aquel a quien llevaban a enterrar cuando Jesús se encontró con el cortejo fúnebre a las puertas de Naím.
UNA SILENCIOSA MUCHEDUMBRE acompañaba al féretro: delante de todos, junto al muerto estaba su madre. Jesús, al verla, pasó por entre la muchedumbre y acercándose a ella, le dijo: «No llores».
¿CÓMO NO LLORAR SI SE ENCONTRABA POBRE Y SOLA EN EL MUNDO la que en otro tiempo fuera esposa y madre feliz?
SI TODOS LLORABAN EN TORNO A AQUELLA VIDA TRUNCADA implacablemente en la flor de la edad, ¿cómo no había de llorar su madre?
Y, SIN EMBARGO, JESÚS LE DIJO: «No llores».
Y LA PALABRA DE JESÚS NO ES UNA PALABRA VANA.
Deben llorar en presencia de la muerte los que no tienen fe, los que han vivido sumergidos en los placeres mundanos, los que aman el pecado.
Pero aquella viuda que tanto había sufrido por su familia;
todos aquellos que creen en Cristo, que viven observando los mandamientos de Dios y los de la Iglesia, no deben llorar ante la muerte.
«¡JOVEN! — GRITÓ JESÚS AL MUERTO —, levántate, yo te lo mando.» Y el muerto se sentó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.

NO ES MÁS AFORTUNADA QUE NOSOTROS AQUELLA MUJER DE NAÍM; porque el radiante milagro que ella presenció en este mundo, lo presenciare­mos realizado en nosotros y en nuestros seres queridos, pero en la otra vida un poco más tarde.
PODEMOS, PUES, DEDUCIR DEL EVANGELIO que dos son los aspectos de la muerte: uno horrible y deplorable para los malos, luminoso y agra­dable el otro para los buenos.

1. LA MUERTE ES HORRIBLE
MAZARINO, el astuto y formidable consejero del rey de Francia, se halla en trance de muerte. Por la noche, a pesar de la prohibición de los médicos, se levanta y, burlando la vigilancia de sus criados, recorre, tembloroso, las galerías para dirigir una mirada postrera a las maravillas de arte y a las riquezas que habla acumulado. Se detiene ante los cuadros y las estatuas y suspira profunda­mente: «Hay que abandonar todas estas cosas tan bellas».
Los remordimientos, surgiendo como enjambres de su vida turbia, le estremecen. Va contemplando los muebles y el mármol de los rin­cones, abrazando las estatuas, tocando los tapices: llama a cada objeto con su nombre; acaricia con los ojos y las manos el oro, la plata y el bronce. No querría separarse de aquel lugar y, sin embargo, debe dar a todas aquellas cosas el adiós de despedida.
«¡Esto es ho­rrible!», solloza, y vuelve a su lecho de muerte.
PARA TODOS AQUELLOS QUE DURANTE LA VIDA TUVIERON EL CORAZÓN ALE­JADO DE DIOS, la muerte es horrible.



¡HORRIBLE PARA LOS QUE SE DEDICARON A DELEITAR SUS SENTIDOS!
Nunca jamás podrán los ojos volverse a cosas bellas, o a objetos lascivos; se verán envueltos en una niebla flotante, augurio de las tinieblas eternas.
La garganta experimentará náuseas y abrasada por la fiebre no sentirá la frescura del agua que bebe.
Los pies rígidos no podrán encaminarse a las reuniones mundanas, a las diversiones y bailes; y las manos no podrán ya tocar cosa alguna.
¿Conservará entonces la belleza del cuerpo?


¡HORRIBLE PARA LOS QUE SÓLO CULTIVARON AMISTADES MUNDANAS!
Los amigos que te indujeron al mal, que te apartaron de los Sacramentos, no te podrán ayudar lo más mínimo en aquel trance. Te hallarás solo, enteramente solo: sin hijos, sin mujer, sin parientes, abandonado delante de Dios.

¡HORRIBLE PARA LOS QUE CONFIARON EN LAS RIQUEZAS!
Cuanto ganaste y acumulaste con tu trabajo; cuanto conservaste con zozobra, lo perderás con gran desesperación de tu alma.
¿Qué te aprovechará entonces haber trabajado los domingos, haber defraudado al prójimo y dejado incumplidas tus promesas? Todo lo perderás.

¡HORRIBLE PARA LOS QUE DESPERDICIARON EL TIEMPO!
El que lo perdió durante la vida, es difícil que lo halle a la hora de la muerte. No consentirá el demonio que se le escape una presa a la que tuvo amarrada durante la vida. El alma, espantada ante el misterioso porvenir, temblará desesperada, y sus labios no podrán articular una plegaria, y el corazón sobresaltado no podrá realizar un acto de contrición.

¡HORRIBLE PARA LOS QUE CONFIARON EN LA FAMA!
«Consolaos — decía un amigo a Bossuet —, vuestro nombre es inmortal.» El ilustre orador sacudió la cabeza y le respondió débilmente: «Rogad a Dios que me perdone mis pecados».

Hubo alguno que dijo al moribundo general Luxemburgo:
«Vues­tro nombre está vinculado a muchas victorias».
«Preferiría — le contestó — que estuviera grabado en un vaso de agua dado de limos­na a un pobre.»

2. LA MUERTE ES AGRADABLE
RECORDAD LA MUERTE DE LOS BUENOS y os convenceréis de ello.
SANTA PAULA, discípula de San Jerónimo, al darse cuenta de la proximidad de la muerte, levantó los ojos al cielo exclamando:
«Se­ñor, he amado la belleza de tu casa y el lugar de tu gloria. ¡Qué dulces son tus tabernáculos en los que voy a entrar!» Al sentir el frío de la muerte en alguna parte de su cuerpo notaba que su corazón latía más trabajosamente, y preguntada si sufría alguna molestia, respon­dió: «No experimento ningún dolor, todo está tranquilo, sereno».
Y murió.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, proscrito por una emperatriz pérfida, fue desterrado a un lugar desconocido, en la ribera oriental del mar Negro. Era verano. En Cumas el venerable anciano cayó agotado; se acer­caba el fin. «Ponedme los vestidos más bellos, porque ya llega el Salvador, al que estoy aguardando desde toda mi vida.»
Recibido el Viático, trazó la señal de la cruz exclamando: «Sea Dios bendito por todas las cruces que me han sobrevenido».
La boca de oro se cerró para siempre en la tierra: era el 14 de septiembre del año 407.



EL PADRE SUÁREZ llama a sus religiosos en la hora de su muerte: «Acercaos, que quiero descubriros un secreto. Me muero, pero nunca hubiera creído que fuera tan dulce el morir».

EN 1928 MORÍA EN ROMA EL CANTOR DE LA BELLEZA DE DIOS y profesor de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, JULIO SALVADORI. Un día antes de la muerte llamó al hermano que le asistía y le dijo: «Mañana me vestirás con mis mejores vestidos, porque comienzan mis fiestas».

LAS MISMAS PALABRAS QUE SAN JUAN CRISÓSTOMO PRONUNCIÓ HACE SIGLOS.
El Cristianismo siempre es el mismo, y los cristianos auténti­cos no pueden considerar la muerte como algo horrible.
Nolite con­tristari et caeteri qui spem non habent.
“No os entristezcáis como aquellos que no tienen esperanza” (I Thes., IV, 12).

LA MUERTE ES AGRADABLE PARA LOS BUENOS:
PORQUE NOS LIBRA DE LAS TENTACIONES.
La vida es una batalla con­tinua contra la carne, contra el mundo, el demonio y contra las pasiones. El justo halla en la muerte la tranquilidad tan deseada.

PORQUE NOS LIBRA DE LOS DOLORES.
Volvamos la vista atrás y exami­nemos los días vividos. Quizá no podamos decir de ninguno de ellos: Hoy estoy contento.
¡Cuántas lágrimas amargas han corrido en nuestras horas, cuántos suspiros han interrumpido nuestros sueños!
Enfermedades en el hogar, ingratitudes entre los amigos, injusticias en el prójimo, en todas partes el cansancio y la angustia.
Y nuestro porvenir, por muy florido y rosado que nos lo pinte la fantasía, en nada se diferenciará del pasado.

¡PORQUE NOS JUNTA CON NUESTROS QUERIDOS MUERTOS!
¿Quién no ha perdido alguna persona querida? Quizá sea la madre, el hermano, los hijos.
Hay momentos tristes en la vida en los que nos asalta el deseo implacable de ver su rostro, de oír su voz, de pasar con ellos algunas horas de confidencia íntima, como aquella vez...
Pues bien, la muerte juntará gradualmente a las personas y reconstruirá las familias deshechas en la tierra.

PORQUE NOS INTRODUCE EN EL GOZO ETERNO.
Nadie puede, ni remota­mente, sospechar la recompensa que nos aguarda. ¡Torrentes de gozo se difundirán por nuestras almas!
No más dolores; alegrías siempre, con Dios siempre.

AHORA SE COMPRENDE EL GRITO DEL APÓSTOL A LOS FILIPENSES: «Para mí, ¡morir es ganancia!» Mori lucrum.

CONCLUSIÓN
SAN CARLOS BORROMEO pasaba frecuentemente ante un cuadro que representaba a la Muerte con su guadaña.
Un día el santo mandó borrarla y ordenó a un pintor que en vez de la guadaña pusiera una llave de oro en sus manos.
PERO SAN CARLOS ERA UN SANTO. ¿Qué será para nosotros?
¿Se pre­sentará con aspecto terrible o será como una dulce hermana que nos abre con llave de oro las puertas del Paraíso?
TODO DEPENDERÁ DE LA VIDA QUE LLEVEMOS…

martes, 8 de septiembre de 2009

LA AVARICIA - Domingo 14º después de Pentecostés

ENORME FUE EL SACRILEGIO cometido por los filisteos.
Tuvieron la osadía de colocar el Arca santa de Dios en el altar, junto al inmundo ídolo de Dagón. Pues si nuestro cuerpo es un templo del Espíritu Santo, y nuestro corazón un altar, ¡cuántos renuevan la sacrílega profanación de los filisteos!

Sobre el altar de su corazón, junto a Dios, del cual son hijos por el Bautismo, han colocado el ídolo de Mammón: la avaricia.

POR ESO DICE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO EN EL EVANGELIO: “No podéis servir a dos se­ñores”; o adoráis a Dios y destruís a Mammón, o sois servidores de Mammón y enemigos de Dios.
SON TAN CELOSOS ESTOS DOS SEÑORES, que no toleran partición o co­munidad de bienes: lo quieren todo, todo el hombre.
En el templo de los filisteos, el dios dagón aparecía tirado por el suelo, después apareció despedazado. Dios no lo quería a su lado.
En el corazón del avaro, no es ya Dios quien arroja al ídolo,
ahora es el hombre quien arroja a Dios y se queda con su ídolo: las riquezas.

HAY QUE ELEGIR ENTRE ESTOS DOS SEÑORES, la elección no debiera ser difícil: ¿no es Dios el único Bien ver­dadero, nuestro bien, que ha de hacernos dichosos por toda la eternidad? Y, sin embargo, la mayoría de los hombres le han olvidado para correr en pos de Mammón: la avaricia.

LA AVARICIA ES EL AMOR DESORDENADO A LOS BIENES TERRENOS. Con qué palabras tan tristes, con qué acentos tan persuasivos nos reprocha Jesús esta ansiedad, este afán, ese deseo diabólico: “No os inquietéis por vuestra vida sobre qué comeréis, ni por vuestro cuerpo sobre qué vestiréis, ni sobre qué poseeréis.
Mirad los pájaros del cielo y los lirios del campo”, son seres irracionales y, sin embargo, no son codiciosos como vosotros.
Y no mueren ni de hambre, ni de sed, ni de frío. Si Dios se preocupa desde el insecto más pequeño hasta el más sutil hilo de hierba que dura un día y después se seca, ¿no se preocupará de vosotros que estáis dotados de un alma inmortal? Lo que siempre os debe preocupar, lo que con todo interés debéis buscar es la salvación del alma, el reino de Dios y su justicia. Lo demás se os dará por añadidura.

LOS HOMBRES, EN CAMBIO, HAN OLVIDADO LA PALABRA DE DIOS. Lo principal, para muchos, es tener qué comer, qué gozar, poseer bienes y riquezas; Para muchos, el alma, Dios, su justicia, esto es una añadidura.

LA AVARICIA LA DEFINE SANTO TOMÁS: “es el amor desordenado de las riquezas” Tratemos de comprender la fealdad de la avaricia, y después ha­gámonos una pregunta que tal vez nunca nos la hayamos hecho: ¿soy por ventura un avaro?

1. ¿QUÉ ES LA AVARICIA?
EN LA VIDA QUE DE SAN FRANCISCO ESCRIBIÓ SAN BUENAVENTURA, nos dejó una imagen muy clara de la avaricia.
Pasando en cierta ocasión San Francisco con uno de sus compañeros por la Puglia, y poco después de salir de Bari, encontró en el camino una gran bolsa que parecía estar repleta de dinero. El compañero in­dicó con insistencia al Pobrecillo de Asís cuán conveniente sería re­coger la bolsa para distribuir el dinero entre los pobres. Rehusó el siervo de Dios acceder a esta petición, sospechando que en aquella bolsa se escondía, sin duda, algún ardid diabólico... A consecuencia de esta repulsa se apartaron de aquel lugar y se apresuraron a con­tinuar el viaje comenzado.
Más no quedó tranquilo aquel religioso llevado de una falsa piedad, llegando hasta el extremo de repren­der a San Francisco y acusándole de no querer socorrer a los pobres.
Consintió el santo en volver al lugar mencionado para descubrir el ardid del diablo. Vueltos al lugar en donde estaba la bolsa, y hecha primero oración fervorosa, mandó al religioso que levantara la bolsa de la tierra.
Extendió éste la mano para recogerla, pero he aquí que al hacerlo salió de la bolsa una descomunal serpiente, la cual al des­aparecer con la bolsa, demostró bien a las claras haberse encerrado allí un engaño diabólico.
ENTONCES SAN FRANCISCO DIJO A SU COMPAÑERO:
«Hermano carísimo, el amor al dinero no es para los siervos de Dios otra cosa sino una venenosa serpiente» (C. VII, n. 5).

SÍ, LA AVARICIA ES UN DEMONIO, UNA VENENOSA SERPIENTE que nos atormenta durante nuestra vida, en la hora de nuestra muerte y durante nuestra eternidad:

* DURANTE NUESTRA VIDA.
“La avaricia es un suplicio al que voluntariamente se condenan los avaros para el resto de su vida.
Se sienten devorados por una sed rabiosa de acumular riquezas, de amontonar dinero; y esta sed les atormenta implacablemente.
Están delirando noche y día haciendo sus cálculos, pensando en nuevas adquisiciones y especulaciones; no se preocupan de otra cosa, no ha­blan de otra cosa.
Dios, la vida eterna no cuentan para nada en su vida, absorbida por el afán de correr tras el dinero, como el perro tras la liebre”.
Vale más comer un pedazo de pan tranquilamente con nuestra fa­milia en gracia de Dios, que ser dueño de muchas riquezas viviendo en continuos sobresaltos.

* EN LA HORA DE NUESTRA MUERTE.
Fue llamado un buen sacerdote junto al le­cho de un viejo avaro moribundo.
El ministro de Dios le hablaba de la vida eterna, ya próxima; le insinuaba que arreglara su concien­cia, pero él le dejaba hablar y después le hacía las preguntas más extrañas: «Puesto que venís de la ciudad, decidme: ¿cómo está la tasa de cambio con Francia?
¿Continúa bajando el precio de la lana? ¿A cómo se vende el trigo? Me interesa saberlo porque tengo una gran can­tidad para vender». El padre, con tristeza, preguntó: «¿Y no sentís ninguna preocupación, no os interesa vuestra alma?» Pero no comprendía el comerciante que el negocio del alma es el más importante, el único negocio. Viendo que todos sus esfuerzos eran in­útiles, el buen sacerdote le advirtió claramente que la puerta estaba abierta y que era necesario partir pronto, y, por lo tanto, se dispu­siera a recibir los Sacramentos.
Al oír el avaro estas graves palabras comenzó a gritar frenéticamente: «No puedo, no puedo». Y estrechando convulsivamente la bolsa que guardaba bajo la almohada, murió sumido en la desespe­ración (San Bernardino).
¡QUÉ MUERTE TERRIBLE! Otros, al morir, se abrazan con el crucifijo; “pero tú, avaro, abrazaste la bolsa de dinero, abrazaste a tu dios Mammón; ya se encargará la muer­te de poner las cosas en claro”.

* Y DURANTE NUESTRA ETERNIDAD.
Cuando Simón Mago ofreció dinero a los Apóstoles para comprar el poder comunicar el Espíritu Santo, San Pedro lo reprendió con indignación.
Simón Mago quería comprar el Espíritu Santo y sus dones;
los avaros, hacen una transacción semejante, ellos no quieren comprar al Espíritu Santo, sino que lo venden, venden por dinero al Espíritu Santo y sus dones.
Y EN EL DÍA DEL JUICIO, EN AQUEL DÍA DE LA JUSTICIA, SE LEVANTARÁ CRISTO PARA JUZ­GAR AL AVARO y le dirá: «Tú me has vendido (como Judas), me has vendido por treinta monedas: pues yo por menos te entrego a los tormentos del infierno».
SE LEVANTARÁ SAN PEDRO CLAMANDO INDIGNADO, como un día ante Simón Mago, y le dirá: «¡Fuera de aquí, y que tu dinero sea para tu perdi­ción!»
SE PONDRÁ EN PIÉ SAN PABLO y repetirá lo que escribió a los fieles de Corinto: «Ni los ladrones, ni los avaros, ni los rapaces po­seerán el reino de Dios» (I Cor., VI, 10).
SE LEVANTARÁN LOS ÁNGELES Y LAS CRIATURAS para condenarle eternamente.
Y por toda la eternidad estará el avaro maldiciendo su insensa­tez:
«¿Qué es lo que hice? He preferido las delicias de la tierra a las del cielo. He amado más el placer de un momento que el bien eterno. He antepuesto la riqueza a Dios.
¿Qué es el oro y la plata sino un poco de polvo amarillo o blanco, que únicamente es precioso en la imagina­ción de los hombres?
Y por este puñado de polvo he perdido a Dios».

2. ¿SOMOS POR VENTURA AVAROS?
EL PROFETA JEREMÍAS, HABLANDO CON EL PUEBLO DE ISRAEL, DECÍA:
«To­dos, todos están llenos de rapiñas y de fraudes» (Jerem., VI, 13).
PUEDE SER QUE ALGUNOS, AL ESCUCHAR mi predicación, hayan dicho en su interior: «Ay, yo no soy avaro; no soy avara».
PERO, PREGUNTO, ¿REALMENTE NO SOMOS AVAROS?
«Yo nunca he robado.» El que roba es un ladrón; y no se necesita robar para ser avaro. «Yo no soy rico, Yo vivo de mi modesto salario.» No sólo los ricos, sino también los pobres pueden ser avaros.

HEMOS DICHO QUE LA AVARICIA CONSISTE EN AMAR DESORDE­NADAMENTE LAS COSAS. ¿Qué son esos malos tratos dados a los padres ancianos, ese coar­tarles la libertad al hacer el testamento, ese deseo de que se mueran cuanto antes, qué es todo eso sino una avaricia refinada?
¿Qué son esos odios eternos entre hermanos por la repartición de la herencia, sino avaricia consumada?
Fijad la atención en vuestro comercio o negocio: precios injustos, mentiras, fraudes, envidia de aquel que progresa más en su negocio, calumnias para ver si puede arruinarle... todo esto es avaricia.
¿Se nos atora el bolsillo a la hora de dar limosna?
Y si algo regalamos a alguien, ¿no será de lo peorcito que tenemos, o lo regalamos porque nos estorba?

¡El muy avaro hasta come mal, hasta viste mal, hasta no sale de paseo, con tal de no gastar dinero! Y cuando compra algo, a la hora de contar el cambio, es extremadamente minucioso en examinar que no le falte ni la más pequeña monedita.

TODAS LAS NOCHES, ANTES DE ENTREGARNOS AL DESCANSO, preguntémonos a nosotros mismos:
«¿Qué pensamiento me ha dominado todo el día?
¿Aquel trabajo, aquel negocio, aquella ganancia, aquel cliente?...
Y en Dios, ¿cuán­tas veces he pensado? Ninguna o pocas veces».

PUES ESTO ES AVARICIA: donde está nuestro tesoro, allí está nuestro corazón.
TAMBIÉN, EXAMINEMOS QUÉ PEDIMOS CASI SIEMPRE A DIOS EN NUESTRAS PLEGARIAS: ¿salud, comodida­des, dinero, prosperidades...? ¿pedimos muchas veces esto? ¿Y por la salvación del alma, y por el reino de Dios? ¿Poco?

PUES ESTO ES AVARICIA QUE NO NOS DEJA OÍR EL DIVINO CONSEJO: «Buscad primeramente el reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura».

CONCLUSIÓN
SOGRATES, RICO FILÓSOFO TEBANO, notando que la avaricia surgía en su corazón, tomó una gran bolsa repleta de dinero y se encaminó a la ribera del mar, y al arrojarla en sus aguas profundas exclamó: Mergam vos, ne mergar a vobis: ¡Las sumerjo, para que ustedes no me sumerjan a mí!

QUERIDOS FIELES, DESPRENDAMOS NUESTRO CORAZÓN DE LAS COSAS TERRENAS y no las ame­mos más que a Dios.
ES PREFERIBLE QUE SE PIERDAN NUESTRAS RIQUEZAS y nuestros dineros, que no nosotros y nuestros hijos en el infierno eterno.

martes, 25 de agosto de 2009

ACERCA DE LA GRATITUD

Artículo 1: ¿Es la gratitud una virtud especial distinta de las otras?
Según las diversas causas por las que estamos en deuda, deben distinguirse unas de otras las razones que nos obligan a pagar lo que debemos, teniendo en cuenta, eso sí, que siempre lo menor debe estar comprendido en lo mayor. Ahora bien: en Dios está la causa primaria y principal de nuestras deudas: por ser el primer principio de todos nuestros bienes. La segunda causa se halla en nuestros padres, por ser el principio próximo de nuestra generación y educación. La tercera se encuentra en las personas superiores en dignidad, de quienes nos vienen los beneficios comunes. La cuarta, en un bienhechor cualquiera de quien recibimos algún beneficio particular y privado, por lo que de forma especial le quedamos obligados. Por consiguiente, siendo así que no debemos a ninguno de los bienhechores de quienes recibimos beneficios particulares todo cuanto debemos a Dios, a nuestros padres o a las personas superiores en dignidad: de ahí el que después de la religión, por la que damos el culto debido a Dios, la piedad, por la que lo damos a nuestros padres, la observancia, por la que a las personas superiores en dignidad, está el agradecimiento o gratitud que gracia por gracia recompensa a nuestros bienhechores. Se distingue esta última virtud de las antes mencionadas, como cualquiera de las que están después de la que le precede, en que no es tan perfecta como ella.

Artículo 2: ¿Debe el inocente más gratitud a Dios que el penitente?
Lo que es objeto de gratitud por parte de la persona favorecida es la gracia que ella recibió del bienhechor. Por lo que, donde la gracia es mayor por parte del donante, se requiere por parte del donatario una gratitud mayor. Ahora bien: gracia es aquello que se da gratis; y, según esto, por parte del donante, la gracia puede ser mayor de dos maneras. En primer lugar, por la cantidad del don. Y de este modo el inocente debe mayor gratitud, porque, hablando en absoluto, Dios, en igualdad de condiciones, le concede un don mayor.
En segundo lugar, la gracia puede decirse que es mayor en cuanto más gratuitamente se concede. Y, según esto, debe agradecerla más el penitente que el inocente, por ser más gratuito lo que Dios le da, ya que siendo digno de castigo, a pesar de ello se le da la gracia. Así, pues, a pesar de que el don hecho al inocente sea, si se lo considera en absoluto, mayor, sin embargo, el del penitente, por lo que se refiere a su persona, es mayor, como es mayor para el mendigo una pequeña limosna que un gran regalo para un rico. Y, porque los actos versan sobre lo singular y concreto, en el terreno de la acción se da más importancia a lo que las cosas son aquí y ahora que a lo que son en sí mismas, como dice el Filósofo en el III Ethic. acerca del voluntario e involuntario.

Artículo 4: ¿Se debe recompensar inmediatamente el beneficio?
Así como al hacer un beneficio deben tenerse en cuenta estas dos cosas: el afecto y el don, con las dos también hay que contar cuando se trata de recompensarlo. Y en lo que se refiere al afecto, la recompensa debe llegar en seguida. De ahí las palabras de Séneca en II De Benef.: ¿Quieres agradecer debidamente un beneficio? Recíbelo con agrado.
Mas, en cuanto al don, debe esperarse un tiempo en que la recompensa sea útil al bienhechor; porque si, inoportunamente, quiere uno devolver en seguida un regalo por otro, tal recompensa no parece acto virtuoso. Pues, conforme dice Séneca en IV De Benef.: El que desea pagar demasiado pronto, es a disgusto deudor; y quien debe a disgusto es un ingrato.

Artículo 5: La recompensa de los beneficios, ¿se ha de medir según el afecto del bienhechor o según el efecto que con ellos se consigue?
Dice Séneca en I De Benef.: A veces estamos más obligados a quien nos hizo pequeños favores con gran generosidad, pues lo que nos dio, aunque poco, nos lo dio de buena gana.
La recompensa de un beneficio puede pertenecer a tres virtudes: a la justicia, a la gratitud y a la amistad. A la justicia, cuando tiene carácter de deuda legal, como en el préstamo y en casos parecidos. En la recompensa entonces debe atenderse a la cantidad dada.
A la amistad y a la gratitud pertenece recompensar el beneficio en cuanto deuda moral; aunque de distinta manera en cada caso. Porque en la recompensa de la amistad hemos de tener en cuenta la causa de la misma. Y así en la amistad causada por la utilidad, la recompensa debe atenerse al provecho derivado del beneficio. En cambio, en la amistad cuya causa es la virtud, a la hora de recompensar, debe atenderse a la voluntad y afecto del bienhechor, porque esto es lo que principalmente se requiere para la virtud, como leemos en el VIII Ethic.. De manera similar también, puesto que el aspecto que la gratitud considera en el beneficio es su gratuidad —y esto depende del afecto—, por eso en la recompensa de un favor se presta más atención al afecto del que lo hace que al resultado obtenido.

Artículo 6: ¿Conviene que la recompensa sea mayor que el beneficio recibido?
La recompensa de un favor lo que considera en el beneficio es la voluntad del bienhechor. Y en esto lo que parece más digno de encomio es el que se haya prestado gratuitamente un beneficio al que no había obligación de prestar. Así, pues, quien recibió un beneficio queda obligado, por decoro, a dar también algo gratis. Ahora bien: no parece que se dé nada gratis si no se sobrepasa la cantidad del beneficio recibido; porque, cuando la recompensa es menor o igual, parece que uno no da nada gratis, sino que devuelve lo que recibió. Por consiguiente, la recompensa tiende siempre a dar, si es posible, algo más.


Santo Tomás de Aquino
Suma teológica - Parte II-IIae - Cuestión 106

lunes, 23 de marzo de 2009

EL HOMBRE DE PECADO – II

Sin embargo, San Juan Damasceno no duda en decir que desde su nacimiento será impuro, totalmente impregnado de los soplos de Satán. Es de creer que, desde el uso de razón, entrará en contacto tan constante e íntimo con el espíritu de las tinieblas, se inclinará al mal con tal obstinación, que no dejará penetrar en su alma ninguna luz sobrenatural, ninguna gracia de lo alto. Permanecerá inmutablemente rebelde a todo bien.
Eso le valdrá el nombre de hombre de pecado. Llevará el pecado hasta su colmo, no haciendo de toda su vida sino un largo acto de rebeldía contra Dios. Por esta constante aplicación al mal, alcanzará un refinamiento de impiedad al que no llegó jamás hombre alguno.
El calificativo de hijo de perdición, que le es común con Judas, quiere decir que su condenación eterna esta prevista por Dios, como castigo de su espantosa malicia, hasta el punto de que está inscrita en las Escrituras y como consignada de antemano. Es probable —y tal es el pensamiento de San Gregorio— que el monstruo conocerá, por una luz salida de los abismos del infierno, la suerte que le espera, que renunciará a toda esperanza para odiar a Dios más a su gusto, que se fijará desde esta vida en la obstinación irremediable de los condenados. Y así realizará en sí mismo el nombre terrible de hijo de perdición.
De este modo será verdaderamente el Anticristo, es decir, las antípodas de Nuestro Señor. Jesucristo se encontraba fuera del alcance del pecado; él se pondrá fuera del alcance de la gracia, por un abandono de todo su ser al espíritu del mal. Jesucristo se orientaba a su Padre con todos los impulsos de una naturaleza divinizada y sustraída a las influencias del mal; él se orientará al mal con todos los impulsos de una naturaleza profundamente viciada y que renunciará incluso a la esperanza.
Siendo tan diametralmente opuesto a Nuestro Señor, realizará obras en oposición directa con las suyas. Será para Satán un órgano selecto, un instrumento de predilección.
Así como Dios, al enviar a su Hijo al mundo, lo revistió del poder de hacer milagros, e incluso de devolver la vida a los muertos, del mismo modo Satán, haciendo un pacto con el hombre de pecado, le comunicará el poder de hacer falsos milagros. Por eso dice San Pablo que “su advenimiento será según la operación de Satanás, con todo poder, señales y prodigios falsos”. Nuestro Señor sólo hizo milagros por bondad, y se negó a hacer milagros por pura ostentación; el Anticristo se complacerá en ellos, y los pueblos, por un justo juicio de Dios, de dejarán engañar por sus malabarismos.
Por lo que precede está claro que el Anticristo se presentará al mundo como el tipo más completo de estos falsos profetas que fanatizan a las masas, y que las conducen a todos los excesos bajo el pretexto de una reforma religiosa. Desde este punto de vista, Mahoma parece haber sido su verdadero precursor. Pero el Anticristo lo superará inmediatamente en perversidad, en habilidad, y también en la plenitud de su poder satánico.En el próximo artículo estudiaremos los orígenes y desarrollo de su poder, y las fases de la guerra de exterminio que desencadenará contra la Iglesia de Jesucristo.
El drama del fin de los tiempos - R.P. Emmanuel - (mayo de 1885)

EL HOMBRE DE PECADO – I

Entra dentro de lo posible, aunque la apostasía se encuentre muy avanzada, que los cristianos, por un esfuerzo generoso, hagan retroceder a los conductores de la descristianización a ultranza, y obtengan así para la Iglesia días de consuelo y de paz antes de la gran prueba. Este resultado lo esperamos, no de los hombres, sino de Dios; no tanto de los esfuerzos cuanto de las oraciones.
En este orden de ideas, algunos autores piadosos esperan, después de la crisis presente, un triunfo de la Iglesia, algo así como un domingo de Ramos, en el cual esta Madre será saludada por los clamores de amor de los hijos de Jacob, reunidos a las naciones en la unidad de una misma fe. Nos asociamos de buena gana a estas esperanzas, que apuntan a un hecho formalmente anunciado por los profetas, y del cual volveremos a hablar en su lugar.
Sea lo que fuere, este triunfo, si Dios nos lo concede, no será de larga duración. Los enemigos de la Iglesia, aturdidos por un momento, proseguirán su obra satánica con redoblado odio. Podemos representarnos el estado de la Iglesia en ese momento, como semejante en todo al estado de Nuestro Señor durante los días que precedieron a su Pasión.
El mundo será profundamente agitado, como lo estaba el pueblo judío reunido para las fiestas pascuales. Habrá rumores inmensos, y cada cual hablará de la Iglesia, unos para decir que ella es divina, otros para decir que ella no lo es. La Iglesia se encontrará expuesta a los más insidiosos ataques del librepensamiento; pero jamás habrá logrado mejor que entonces reducir al silencio a sus adversarios, pulverizando sus sofismas...
En resumen, el mundo será puesto enfrente de la verdad; la irradiación divina de la Iglesia brillará ante sus ojos; pero él desviará la cabeza, y dirá: ¡No me interesa!
Este desprecio de la verdad, este abuso de las gracias tendrá como consecuencia la revelación del hombre de pecado. La humanidad habrá querido a este amo inmundo : ella lo tendrá. Y por él se producirá una seducción de iniquidad, una eficacia de error (así tradujo Bossuet a San Pablo) que castigará a los hombres por haber rechazado y odiado la Verdad.
Al hablar así, no estamos entregándonos a imaginaciones, sino que seguimos al Apóstol. En efecto, según él, toda seducción de iniquidad obrará “sobre los que se pierden, por no haber aceptado el amor de la verdad a fin de salvarse. Por eso Dios les enviará una eficacia de error, con que crean a la mentira; para que sean juzgados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia” (II Tes. 2 11-12).
Cuando aparezca el hombre de pecado, será, como dice San Pablo, a su tiempo; es decir, en un momento en que el cuerpo de los malvados, endurecido contra los dardos de la gracia, hecho compacto e impermeable por la obstinación de su malicia, reclamará esta cabeza. Ella surgirá, y Satán hará brillar en ella toda la extensión de su odio contra Dios y los hombres.
El hombre de pecado, el Anticristo, será un hombre, un simple viador hacia la eternidad. Algunos autores supusieron en él una encarnación del demonio; esta imaginación carece de fundamento. El diablo no tiene el poder de asumir y de unirse una naturaleza humana, de simular el adorable misterio de la Encarnación del Verbo.
Los Padres piensan unánimemente que será judío de origen. Incluso dicen que será de la tribu de Dan, fundándose en que esta tribu no es nombrada en el Apocalipsis como dando elegidos al Señor. San Agustín se hace el eco de esta tradición, en su libro de Cuestiones sobre Josué. Se hace muy verosímil por el hecho de que la francmasonería es de origen judío, de que los judíos tienen en manos sus hilos en el mundo entero; lo cual hace pensar que el jefe del imperio anticristiano será un judío. Los judíos, por otra parte, que no quieren reconocer a Jesucristo, siguen esperando a su Mesías. Nuestro Señor les decía: “Yo vine en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere de su propia autoridad, a aquél le recibiréis” (Jn. 5 43). Por este otro, los Padres entienden comúnmente al Anticristo.
Aunque el Anticristo sea llamado el hombre de pecado, el hijo de perdición, no hay que creer que estará destinado al mal, como fatal e irremisiblemente. Recibirá gracias, conocerá la verdad, tendrá un ángel custodio. Tendrá la oportunidad y los medios para alcanzar la salvación, y sólo se perderá por su propia culpa.
El drama del fin de los tiempos - R.P. Emmanuel - (mayo de 1885)