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jueves, 15 de octubre de 2009

EL BAUTISMO DE LOS NIÑOS

La liturgia moderna ha introducido una nueva pastoral del Bautismo: algunos ritos se han suprimido (por ejemplo la imposición de la sal, los exorcismos), y en algunos casos se difiere el bautismo aún por años. Frente a estas novedades consideremos las enseñanzas de siempre de la Iglesia.

La Sagrada Escritura nos habla de los bautismos que los Apóstoles confirieron en varias familias. San Pablo y Silas bautizaron en Filipos a la familia de Lidia (Act. 16, 14-15) y al carcelero «con todos los suyos» (Act. 16, 33). San Pedro ha­bía ya bautizado, por revelación di­vi­na, al centurión Cornelio y a toda su familia (Act. 10, 14 y ss.). Crispo, jefe de la sinagoga de Co­rinto y su familia fueron evan­gelizados y bautizados (Act. 18, 8 y ss.).¿Qué podemos deducir de estos hechos? Ninguno de los textos citados nos habla positivamente del bautismo de los niños pero ninguno tampoco lo excluye explícitamente. Hay que recordar las palabras de Nuestro Señor: «Dejad que los niños se acerquen a mí» (Mat. 19, 14).
La Tradición (segunda fuente de la Revelación) es más clara aún. A fines del siglo II, San Ireneo nos dice que «Cristo vino para salvar a todos los que renacen en Dios, recién nacidos, pequeños, niños, jóvenes y ancianos» (“Contra las herejías” II, 22, 4). Orígenes no duda en indicarnos, a mediados del siglo III, el origen de esta costumbre: «la Iglesia ha recibido de los Apóstoles la tradición de bautizar también a los niños» (“Comentario de la Epístola a los Romanos” 5, 9). San Cipriano se apoya en una decisión del Concilio de Cartago en el año 252 para pedir que se bautice a los niños tres días después de su nacimiento (“Carta” 64, 2). Podemos acabar esta breve enumeración con San Agustín, el doctor de la gracia, quien escribe en su “Comentario al Génesis” (10, 23, nº 39): «La costumbre de la Iglesia nuestra Madre de bautizar a los niños no debe ser despreciada ni decir que es superflua; debe creerse en ella porque es de tradición apostólica. La edad tierna tiene en su favor el gran testimonio de haber sido la primera en derramar su sangre por Cristo».
El Magisterio de la Iglesia, a través de las decisiones de los Papas y los Concilios –depositarios de la doctrina de la salvación según la orden de Cristo–, confirma esta enseñanza. Para el 4º Concilio de Cartago, en el año 418, es anatema todo el que pretende que no hay que bautizar a los niños pequeños o que el bautismo no les sirve de nada para perdonarles los pecados (canon 2). El 2º Concilio de Letrán en el año 1139 «condena y excluye de la Iglesia de Dios a todos los que, disimulando exteriormente la religiosidad reprueban el bautismo de los niños» (can. 23). Inocen­cio III confirmó esta doctrina en el año 1208 en su “Profesión de fe a los Valdenses” que dice así: «Aprobamos, pues, el bau­tismo de los niños que, como creemos y confesamos, se salvan si mueren después del Bautismo, antes de haber cometido pecados; creemos igualmente que todos los pecados, tanto el original como los cometidos voluntariamente, son borrados por el Bautismo».
Contra los protestantes, y sobre todo contra los anabaptistas, el Concilio de Trento precisó que para ser bautizado no es necesario tener la edad de Cristo (“Decreto sobre el Bautismo” can. 12), pues el niño que ya fue bautizado no necesita volverlo a ser en la edad adulta (can. 14). Y la razón profunda de esta práctica del bautismo de los niños nos la da el mismo Concilio: sólo el bautismo los puede curar del pecado original con el que están manchados (“Decreto sobre el pecado original” nº 4).
Finalmente, ante las insinuaciones de los modernistas, el Papa San Pío X tuvo que reprobar la opinión según la cual «la costumbre de conferir el Bautismo a los niños fue una evolución disciplinar y constituyó una de las causas por las que este sacramento se dividió en dos: el bautismo y la penitencia» (Decreto “Lamentabili”, proposición condenada nº 43).

EL POR QUÉ DE ESTA NECESIDAD. ¿Cuáles son las causas y razones fundamentales de esta práctica incesante de la Iglesia? El Bautismo de los niños no es sino un caso particular del mandamiento general que dio Nuestro Señor: «Id, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mat. 28, 19-20). Es la aplicación a todos de lo que Jesucristo le dijo a Nicode­mo en privado: «Quien no naciere de arriba no puede entrar en el reino de Dios... Quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos» (Juan 3, 3-5).
¿Por qué el carácter tan absoluto de esta orden? Porque, como dice San Cipriano, «el niño ha contraído desde su nacimiento, como descendiente de Adán, el virus mortal del antiguo contagio» (“Carta” 64, 5). Todos nosotros nacemos con la mancha original que se transmiten los hombres por generación. Este es el argumento central de Santo Tomás de Aquino: «El Apóstol dice en la epístola a los Romanos: ‘Si por la transgresión de uno solo, esto es, por obra de uno solo, reinó la muerte, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia reinarán en la vida por medio de uno solo, Jesucristo’ (Rom. 5, 17). Ahora bien, los niños, por el pecado de Adán han contraído el pecado original, como lo deja ver el que estén sometidos a la mortalidad que, por el pecado del primer hombre ha pasado a los demás, como lo indica el Apóstol en el mismo lugar. Así que, con mayor razón, los niños pueden recibir por medio de Cristo la gracia que les hará reinar en la vida eterna. El Señor mismo dice: ‘Quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos’ (Juan 3, 3). Por eso es necesario bautizar a los niños porque así como por Adán incurrieron en su condenación al nacer, del mismo modo puedan obtener su salvación por Cristo cuando renacen» (IIIª, qu. 68, art. 9, corp.).
Es cierto que para un adulto es indispensable prepararse al Bautismo:
1) expresando su intención de recibirlo;
2) profesando la fe católica: «El que crea y se bautice se salvará» (Marc. 16, 16);
3) arrepintiéndose de sus pecados: «Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados» (Act. 2, 38).
Los adultos, al tener el uso de razón, pueden y deben orientarse a sí mismos hacia la salvación. Los niños, sin embargo, no pueden usar su razón, de modo que el único remedio que tienen es el bautismo de agua. «Si son niños –comenta Santo Tomás de Aquino– no hay que diferir el Bautismo, primeramente porque no se puede esperar de ellos una instrucción más buena ni una conversión más profunda, y además a causa del peligro de muerte en el que se hallan, puesto que ellos no pueden tener otro remedio más que el sacramento del Bautismo» (IIIª, qu. 68, art. 3, corp.).

RESPUESTA A ALGUNAS OBJECIONES. Consideremos algunas objeciones muy actuales, pero que ya comentaba Santo Tomás en el siglo XIII y a las cuales respondía también San Agustín en el siglo V.

Puesto que el Bautismo borra el pecado original, todos los pecados personales (para los adultos) y todas las penas debidas por estos pecados, ¿no sería mejor esperar a la edad adulta para recibir el Bautismo, como se hacía en los primeros siglos de la Iglesia? Respondamos que si esta práctica estuvo en vigor se trataba en realidad de un abuso contra el cual lucharon los Santos Padres, como San Gregorio de Nicea en su obra titulada “Contra la costumbre de quienes retrasan el bautismo”. Además, escuchemos a San Agustín, que fue víctima de esta costumbre: cuando era joven cayó enfermo, por lo que se le iba a bautizar pero al curarse, se dejó para más tarde; éstas son las reflexiones que este retraso le inspiró: «Mi purificación fue diferida como si nunca más tuviese yo que volverme a manchar al encontrar de nuevo la vida. Sin duda se pensaba que, si después de la ablución bautismal volvía yo a caer en el barro del pecado, mi responsabilidad sería más pesada y peligrosa... ¿Fue para mi bien que me fueron desatadas de este modo las riendas del pecado?... Mucho más provechoso me hubiese sido ser curado prontamente, ya que tanto celo hemos tenido que emplear yo y los míos para poner este alma en lugar seguro para su salvación, bajo la tutela de Quien se la hubiese dado entonces» (“Confesiones” I, 12, 17-18). Donde la gracia reina más tiempo con su cortejo de virtudes y dones, Dios reina también con más estabilidad. ¿Por qué no querer que los niños se conviertan cuanto antes en los templos del Espíritu Santo? ¿Por qué dejar más tiempo bajo el yugo del demonio a esas almas que Dios quiere librar por medio del sacramento del Bautismo, sus oraciones, sus exor­cis­mos y la infusión del agua sal­vífica?

¿Cómo puede ser apto para recibir el Bautismo un niño, puesto que no puede manifestar su decisión personal de ser bautizado, ya que como no tiene uso de razón, no puede arrepentirse de sus pecados ni profesar solemnemente su fe? En realidad los niños son bautizados en la fe de su Madre, la Santa Iglesia. Como una madre alimenta por sí misma a su hijo que todavía no puede valerse, la Iglesia le da a sus hijos la salvación que todavía no pueden obtener por sí mismos. Además, ¿no es justicia que «quien ha sido herido por obra de otra persona (sea) también curado por la palabra de otra persona» (S. Agustín, “Sermón” 254, 12). ¿Sería injusto que quien se alejó de Dios sin un acto personal vuelva a Él sin un acto personal?

Otra objeción, muy moderna en su formulación: al bautizar a un niño sin pedirle su opinión se atenta contra su libertad; ¿cómo se le puede imponer una serie de compromisos que a lo mejor él nunca hubiese asumido? Respondamos que procurar alcanzar la felicidad del cielo es una obligación para todos: «Dios quiere que todos los hombres se salven» (I Tim. 2, 4). El Bautismo es el medio para lograr esta salvación (Juan 3, 3). El Bautismo no compromete al niño a un estado de vida particular (sacerdocio, vida religiosa, celibato o matrimonio) sino a un camino común de salvación. ¿Acaso no es lo que hacen todos los padres en el plano temporal cuando les dan el alimento, medicinas y educación (sabiendo que todo esto es indispensable para su crecimiento físico, intelectual y moral) sin preguntarles si están de acuerdo o no? Cuando un niño está enfermo, ¿deciden los padres esperar a que sea mayor para saber si acepta la medicina que lo va a curar? ¿Por qué los padres admitirían esto en el plano espiritual? ¿No es el Bautismo el remedio al pecado original?

EL TRASFONDO DEL PROBLEMA. La amplitud del problema que estamos tratando, que no se conocía en otro tiempo, es muy significativa y hace pensar en:
1) una falta de fe en el dogma revelado del pecado original (Efes. 3, 3);
2) una falta de fe en el poder intrínseco de los sacramentos (en este caso del Bautismo) siempre y cuando no se ponga un obstáculo personal;
3) una falta de fe en Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nos ha instruido sobre la necesidad del Bautismo para salvarnos (Mat. 28, 19-20; Mar. 16, 16). Por eso permanezcamos fieles a la pastoral tradicional del Bautismo de los niños recién nacidos, que es la única garantía para la salvación de su alma.

lunes, 16 de marzo de 2009

SOBRE LAS INDULGENCIAS

Por tratarse de una materia tan impugnada por los protes­tantes desde sus orígenes, daremos de ella una breve idea, a manera de resumen.

¿Qué se entiende por indulgencias? Indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal debida por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que fuera del sacramento concédela autoridad eclesiástica del Tesoro de la Iglesia, por los vivos a manera de absolu­ción y por los difuntos a manera de sufragio.

¿Cuál es su fundamento? Al pecar, el hombre se hace reo de dos consecuencias muy desagradables: infiere una ofensa a Dios y merece castigo; si el pecado es grave, la ofensa es grave y el castigo que merece es eterno; si el pecado es leve, la ofensa es leve y el castigo merecido temporal, que debe pagarse en esta vida o en la otra. Cuando el hombre se confiesa bien, o se arrepiente con dolor de contrición y propósito siquiera implícito de confesarse, Dios le perdona la ofensa y la pena eterna; pero se reserva infligirle un castigo temporal mayor o menor, según hayan sido las disposiciones del pecador al volver en sí. Dígase lo mismo pro­porcionalmente del pecado venial.
Por otra parte, Cristo, con su Pasión y Muerte, nos mereció infinitamente más de lo que nuestros pecados reclamaban; y la Virgen Santísima, con su vida in­maculada y al mismo tiempo dolo­ro­sísima, mereció ante la justicia divina, en sentido de expiación, no para sí, pues no lo necesitaba, sino para otros. Muchos santos de vida purí­sima y al mismo tiempo penitentísima, también merecieron más de lo que sus faltas podían reclamar; y nosotros mismos ofrecemos obras meritorias por difuntos que tal vez no lo necesiten por hallarse ya en el cielo.
Ahora bien: ¿qué se hace de este cúmulo de méritos que podríamos llamar sobreabundantes? Se forma lo que se llama el Tesoro de la Iglesia, aquel tesoro que Cristo le confió al hacerla depositaria de todos sus bienes.

¿Cómo lo distribuye la Iglesia? Por medio de las indulgencias, que pueden ser plenarias o parciales:
- Plenarias se llaman cuando la Iglesia intenta aplicar tanto de este tesoro cuanto sea menester para saldar toda la pena temporal;
- Parciales, cuando intenta saldar sólo una parte de esta pena.
Si las aplica a los vivos, es en forma de absolución o remisión de la pena; si a los difuntos, es en forma de petición a Dios para que las aplique a las almas señaladas por el oferente, o a otras según su divino beneplácito.

Esta doctrina se apoya:
1º En el sentido común. Es natural que Dios exija alguna reparación del pecador que se atrevió a ofenderle, aunque Él, por su bondad y atendida la buena disposición del penitente, le haya concedido el perdón de la ofensa y de la pena eterna.
2º En la Sagrada Escritura:
a) Según ella, Cristo concedió a su Iglesia un poder amplísimo para atar y desatar; poder que la Iglesia ejerce según lo que juzga conforme a la mente de Cristo, conocida por la misma Sagrada Escritura o por la Tradición. «Todo lo que vosotros atareis en la tierra será atado en el cielo, todo lo que vosotros desatareis en la tierra será asimismo desatado en los cielos». (Mt. 18, 18). Y a San Pedro solo: «Todo lo que desa­tares en la tierra será desatado en el cielo» (Mt. 16, 19). Palabras perfectamente ociosas si la Iglesia y el Papa, su Ca­beza, no pueden ni perdonar los pecados, ni conceder indulgencias ni imponer castigos espirituales. Lo que queda perfectamente corroborado por el Apóstol al escribir: «A nosotros nos ha de considerar el hombre como ministros de Cristo, y dispensadores de los misterios de Dios» (Iª Cor. 4, 1).
b) El Antiguo Testamento nos ofrece ejemplos en los que Dios infligió castigos temporales, aun habiendo perdonado la culpa, v. gr.: Moisés y María su hermana, David, Ezequías, etc.
3º En la costumbre apostólica y pa­trística. Los apóstoles se presentan con poderes extraordinarios sobre los asuntos espiri­tuales de los fieles. El mismo San Pablo castiga, excomulga, perdona, suaviza el castigo, etc. Sus sucesores van completando y explicando con mayor claridad estos poderes según las cir­cunstancias. Así por ejemplo: Los Papas primitivos excluyen de la comunidad de los fieles a los caídos en idolatría; les per­donan, al arrepentirse, pero les exigen largas penitencias. Ate­núan éstas en algunas circunstancias, a veces por los ruegos de los que han confesado a Cristo en los tormentos; hasta que, terminadas las persecuciones, y acabadas o por acabar las penitencias públicas, expresan esos perdones en forma de remisiones o indulgencias, que no pudiendo controlar directamente aban­donan al juicio de Dios.
Por tanto este valor, es un valor que fluye lógicamente de la solidaridad que cuantos están en gracia de Dios tienen entre sí y con su Cabeza, que es Cristo, con quien forman un cuerpo, según la expresión del apóstol. Sólo así tienen un sentido obvio y claro aquellas palabras suyas: «Yo estoy cumpliendo en mi carne lo que resta de padecer a Cristo en pro de su cuerpo, el cual es la Iglesia» (Colosenses 1, 24).

¿Quiénes pueden concederlas? Naturalmente, sólo aquéllos que tienen poder sobre este mismo cuerpo. Éstos, como queda dicho, son el Papa y los Obispos. En cuanto a las condiciones, esto depende de cada caso particular, pero siempre se requiere que por lo menos el alma se halle en gracia de Dios al realizar la última obra prescrita (al menos para las indulgencias que lucra uno para sí mismo). La razón está en lo dicho antes: a un sarmiento muerto no llega la savia de la vid; a un sarmiento vivo, sí.

Pero dirán los protestantes: ¿Es concebible que todo esto se arregle con dinero?
Ante todo, en la inmensa mayoría de las indulgencias no entra para nada este factor.
En segundo lugar, las indulgencias nunca se compran ni se venden cuando se pide al fiel una limosna, es como símbolo de un sacrificio que le supone privarse de algún placer o gasto inútil; se pide para que, con esta ocasión, los fieles contribuyan al sosteni­miento del culto y de sus ministros. ¿No dice el apóstol: «Los que sirven al altar, del altar deben vivir»? (Iª Cor. 9, 18). Los mismos protestantes; ¿no hacen colectas y, en algunas partes, incluso no cotizan quienes pertenecen a sus sectas?

Finalmente, en éste, como en los demás asuntos, los católicos nos dejamos guiar tranquilamente por el Magisterio de la Santa Iglesia. Una vez demostrado que Ella es la Maestra, puesta por Dios para conducirnos por el camino de la verdad y del cielo, aceptamos sin temor alguno todas sus enseñanzas.


DECRETO DE LA PENITENCIARÍA APOSTÓLICA SOBRE LAS INDULGENCIAS CONCEDIDAS EN EL
AÑO DE LA EUCARISTÍA

Se concede la indulgencia plenaria a todos y cada uno de los fieles, con las condiciones habituales (a saber, confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice, con el corazón totalmente desapegado del afecto a cualquier pecado), cada vez que participen con atención y piedad en una función sagrada o en un ejercicio piadoso realizados en honor del Santísimo Sacramento, solemnemente expuesto o reservado en el sagrario.
(...)
Los fieles que, por enfermedad u otras justas causas, no puedan visitar el Santísimo Sacramento de la Eucaristía en una iglesia u oratorio, podrán lucrar la indulgencia plenaria en su casa o dondequiera que se encuentren a causa del impedimento si, con total rechazo de cualquier pecado, como se ha dicho antes, y con la intención de cumplir, en cuanto posible, las tres condiciones habituales, realizan una visita espiritual, con el deseo del corazón, con espíritu de fe en la presencia real de Jesucristo en el Sacramento del altar, y rezan el Padrenuestro y el Credo, añadiendo una jaculatoria a Jesús Sacramentado (por ejemplo, “Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”).
(...)
Este decreto tiene vigencia durante el Año Eucarístico...
Roma, sede de la Penitenciaría Apostólica, 25 de diciembre de 2004, solemnidad de la Navidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Cardenal James Francis Stafford, Penitenciario Mayor
R. P. Gianfranco Girotti, O.F.M. Conv., Regente

lunes, 9 de febrero de 2009

LA VIDA DE JESUCRISTO EN NOSOTROS - San Pedro Julián de Eymard

"Jesucristo vuestra vida". (Ep. a los Colosenses).
Es preciso que vivamos de la Eucaristía. Y como la Eucaristía es amor, tenemos que perfeccionar nuestro amor. Hay que renovar a diario el fuego para inflamarse uno a sí mismo. Nos hace falta fortalecer el amor en nosotros mismos antes de difundirlo afuera con las obras exteriores. Puesto que tan a menudo recibimos al amor encarnado, todo nuestra vida no debiera ser otra cosa que el desenvolvimiento y la expansión del amor. Quienquiera no se esfuerce en perfeccionarlo en su corazón no adelantará nunca. Sed de veras discípulos de Jesucristo, vivid de amor. Como el Espíritu Santo ha depositado en vuestros corazones el espíritu de amor, es menester amar con magnanimidad, generosa y soberanamente. Aunque Dios diversifica sus dones hasta el infinito, hay, con todo, algunas inclinaciones que se encuentran por igual en muchas almas a las que quiere Él santificar por un mismo camino. De ahí nacen las sociedades religiosas en que se juntan corazones dotados por Dios de iguales propensiones. En cuanto a vosotros que queréis santificaros por la Eucaristía, debéis vivir de la vida interior y del todo oculta que lleva Jesús en el santísimo Sacramento. La Eucaristía es fruto del amor de Jesucristo y el amor reside en el corazón. Para hacernos sentir esta verdad no se nos muestra Jesucristo; no percibimos su cuerpo ni gustamos su sangre, ni hay nada de sensible en la Eucaristía. Así quiere Jesús que vayamos hasta su amor, al fondo de su corazón.
Jesús practica en el santísimo Sacramento algunas virtudes de su vida mortal, pero de una manera invisible y del todo interior. Está en continua oración, contemplando incesantemente la gloria de su Padre y suplicándole por nosotros, para con esto enseñarnos que en la oración reside el secreto de la vida interior; que hay que cuidar de la raíz del árbol para recoger buenos frutos; que la vida exterior, tan estimada del mundo, no es otra cosa que flor estéril, si no va alimentada por la caridad que produce los frutos. Sed, por tanto, contemplativos de Jesús, si queréis lograr feliz éxito en vuestras obras. Los apóstoles se quejan de no tener tiempo bastante para orar y crean diáconos que los alivien en el ministerio exterior. Durante su vida pública Jesucristo se oculta a los ojos de la muchedumbre, se retira, se esconde para orar y contemplar; ¿cómo, pues, queremos nosotros llevar una vida puramente exterior? ¿Por ventura tenemos un fondo de gracias más rico, de fuerzas más sólidas para el bien que los apóstoles? ¿No es para nosotros el ejemplo de nuestro Señor? Toda piedad que no se nutre de oración, que no se recoge en su centro, que es Jesucristo, para reparar sus pérdidas y renovar la vida, flaquea y acaba por morir.
En vano andan los predicadores solícitos por predicar; su palabra será estéril en tanto no se alimente con la oración. He de decirlo: a la ausencia de esta vida de oración se debe este proverbio, repetido por los que van a un sermón: Vamos a recoger flores. No son flores lo que debéis llevar de nuestras predicaciones, sino frutos de virtud y de buenos deseos. Mas los frutos no se maduran sino en la oración, ni se recogen fuera de ella. Por eso, orad mucho por los ministros de la palabra de Dios, pero no pidáis para ellos más que una cosa: que sean varones de oración. Un alma que ora salva al mundo, unida como está a Jesucristo orando en el fondo del tabernáculo.
Todas las virtudes proceden de Dios, y de la Eucaristía sobre todo se complace Jesucristo en hacerlas bajar sobre nuestras almas como torrentes de gracia mediante los ejemplos que en ella nos da. Pero estos ejemplos debemos nosotros verlos, estar atentos a ellos, estudiarlos, asimilárnoslos.
¿Dónde podremos aficionarnos más a la humildad que a los pies de la sagrada Hostia? ¿Dónde encontrar más hermosos ejemplos de silencio, de paciencia y de mansedumbre?
Exteriormente, Jesucristo no practica en el santísimo Sacramento aquellas grandes virtudes de su vida mortal; su sabiduría no proclama ya sus divinas sentencias; de su poderío y de su gloria ya nada aparece; su vida eucarística consiste en ser Jesús pobre, pequeñuelo, sencillo. Pobreza mansedumbre, paciencia, he ahí lo que muestra; ¡y qué atención más delicada por su parte! Las grandes ocasiones de practicar virtudes heróicas son raras en la vida y nos falta valor para sacar provecho de las mismas. ¿Habremos, pues, de desesperar y abandonaremos la vida de piedad so pretexto de que nada podemos hacer por Dios? En la vida eucarística, en que nos enseña que la santidad se ejercita sobre todo en las pequeñas ocasiones, ha puesto Jesús el remedio contra esta tentación. Su anonadamiento, así como la ausencia de la vida exterior, nos enseñan que lo que hay de más perfecto es la vida interior, compuesta por entero de actos de corazón, de ímpetus de amor y de unión a sus intenciones. ¡Oh! Dios ama con predilección a los humildes, a los pequeñuelos que viven a sus pies bajo la celestial influencia de su corazón. Por lo demás, la vida de oración no excluye el celo por la salvación de las almas. El alma interior sabe trabajar sin dejar de estar recogida y sin que el recogimiento sea obstáculo para obrar exteriormente, así como Jesús se hace sentir sin que nuestros ojos le vean. El pecador que ora siente la dulzura de su Corazón; establécese entre Jesús y el alma una corriente que nadie ve, un diálogo que nadie oye; nadie distingue este obrar de Jesús en el fondo del corazón, pera ¡cuán real es, sin embargo! ¡Oh! Hagamos que nuestro amor y nuestro celo sean semejantes a los de Jesús, es decir, que sean del todo ocultos e interiores.
No deis por perdidos los momentos que pasáis al pie del altar, que, estando el grano sepultado en el surco, se declara su fecundidad; el trato eucarístico, he ahí la semilla de las virtudes. No faltan en nuestros días almas consagradas a toda suerte de obras de celo; se las ensalza mucho, a veces demasiado; pedid para que el fondo del corazón guarde proporción con el celo exterior; pedid que esas almas se nutran con la oración.
¡Ea!, que vuestras virtudes se vuelvan atrayentes y amables para el prójimo; revestíos para eso de la mansedumbre de Jesucristo, pues nada hay tan amable como la sencillez y el carecer de toda pretensión; todos bendicen la virtud que se oculta y no mete ruido; la paciencia que mana del corazón sin asomo de violencia, la caridad muy sencilla y como del todo natural; he ahí los frutos de la vida oculta, alimentada con la recepción de Jesucristo y con la contemplación de los ejemplos de la vida eucarística.

miércoles, 13 de agosto de 2008

CARTA A LOS NOVIOS Y ESPOSOS

Matrimonio y sociedad. La célula familiar es la clave del edificio social. De la estabilidad de la familia depende la paz y la prosperidad de un país. No podremos superar la crisis que atraviesa la sociedad actual si no devolvemos a la familia su verdadero lugar, restaurando los valores que le son propios. Es reconfortante para un sacerdote preparar para el matrimonio a jóvenes a quienes una sólida educación católica les ha conducido a la virtud desde su tierna infancia. El sacerdote no tiene nada que añadir, todo está preparado, es simple..... Pero desgraciadamente hay que señalar que incluso en nuestros ambientes encontramos, cada vez más, matrimonios frágiles, que se separan después de algunos años. Me gustaría hablar aquí de estos dramas y sus causas.
Compatibilidad. La célula matrimonial debe basarse en una compatibilidad natural. También es de extrema importancia que los novios pertenezcan a un mismo medio social y que hayan recibido la misma educación. Es un error creer que la armonía de las convicciones religiosas eliminará estas diferencias naturales. Me acordaré siempre de la reflexión que me hizo un hombre separado de su mujer: “Dígales sobre todo, a sus novios, que se casen dentro de su entorno.” ¡No es discriminación sino buen sentido común! Si existe una gran diferencia entre los novios, una vez casados surgirán discusiones y se avergonzarán el uno del otro. El esposo debe estar orgulloso de su esposa y viceversa. Evidentemente no es sólo esta causa. Debe existir una verdadera armonía religiosa entre los esposos. Es imposible pensar en matrimonio si los novios no se comprometen a practicar juntos su religión desde el noviazgo. Hay muchos que comprenden esto y vemos cómo jóvenes vuelven a practicar la religión gracias al ejemplo del otro. Pero no nos equivoquemos, lo que no se ha obtenido antes del matrimonio, nunca o raramente se conseguirá después.
Deberes de religión. Novios, comprended bien que es vuestro deber ir a misa cada domingo, debéis confesaros y comulgar regularmente, y esto antes de casaros. Si no tenéis las mismas convicciones religiosas y el mismo análisis de la crisis de la Iglesia, tarde o temprano os enfrentaréis en estas materias y discutiréis delante de vuestros hijos que corren el riesgo de sufrir gravemente. En un hogar se puede transigir en muchas cosas, pero jamás sobre la adhesión a la verdad católica y su tradición. Así, por ejemplo, un novio no puede de ninguna manera ir a la nueva misa para complacer al que ama. Nosotros los sacerdotes sabemos de muchos padres desgraciados por haber descuidado esta condición durante el noviazgo.
Independencia. Es también importante, para la perdurabilidad del hogar, que los esposos tengan autonomía en relación a su propia familia. El libro del Génesis no hace otra cosa sino confirmarlo: “El hombre dejará a su padre y a su madre y se atará a su mujer y serán una sola carne”.
Así, es impensable afrontar un matrimonio donde el novio no tenga un trabajo que le permita, como jefe de familia, asumir las necesidades materiales de los suyos, es una cuestión de sentido común. La dependencia económica de personas ajenas al hogar es siempre perjudicial porque destruye su autonomía y genera numerosas tensiones.
Jerarquía. El igualitarismo reinante pisotea otra verdad que me gustaría señalar. Existe una jerarquía en la familia: el padre es el jefe y debe ser digno de este papel. Sabrá asociar a su esposa en sus decisiones y evitará tomarlas en una soledad egoísta. En cuanto a la esposa será sumisa a su marido como pide San Pablo. No se trata de una obediencia servil, sino de una sumisión libremente aceptada porque es la voluntad de Dios. El odioso igualitarismo tal como se proclama hoy, es una de las causas principales de divorcio en las familias, pues es origen de independencia, envidia y celos. El esposo es el cabeza de familia y debe seguir siéndolo, la esposa es el corazón. En un cuerpo, la cabeza y el corazón no son iguales pero sí complementarios e inseparables.
¡Novios! Aceptar desde ahora esta verdad, os ayudará a vivir armoniosamente. Hace falta que estéis convencidos, vosotros, futuros jefes de familia, que vuestra esposa e hijos serán las pupilas de vuestros ojos y que deberán estar por encima de vuestro trabajo. Se necesitará vuestra ayuda en la educación de los niños y estos últimos necesitan vuestra autoridad y vuestra disponibilidad. Desde el noviazgo velad por que vuestro trabajo sea compatible con vuestras obligaciones de futuros padres. Muchas familias se tambalean porque el padre regresa muy tarde por la noche.
Sacrificio. Que los hombres tengan cuidado con los ordenadores domésticos que absorben demasiado y vosotras mujeres con ese maldito televisor que impide toda discusión familiar. La falta de comunicación en el hogar crea fisuras que se convierten en grietas y luego en abismos que el tiempo y las pasiones tornarán infranqueables.
El secreto de la felicidad familiar reside en el sentido del sacrificio cristiano. Hace falta que el uno y la otra sepan desde el noviazgo impregnarse de un amor recíproco y casto. Así la gracia del matrimonio podrá expandirse totalmente. Y si algún día alguna dificultad viene a visitaros ésta no os alejará, sino que fortificará vuestra unión.
Tened por seguro que la Iglesia espera mucho de vosotros. Es vuestro futuro hogar donde se formarán los santos y las elites que tanto hacen falta en nuestro impío siglo. El ejemplo de la Sagrada Familia que comtemplais en tiempo de adviento y Navidad os ayudará.
R. P. Christian Bouchacourt