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martes, 23 de febrero de 2010

FIESTA DE LA EPIFANÍA

Queridos fieles, HOY ES LA FIESTA DE LA EPIFANÍA de Nuestro Señor Jesucristo, gran Fiesta para nosotros.

DÍA MEMORABLE porque Dios también nos escogió a nosotros, pueblos de la gentilidad, para llegar a ser también hijos suyos y herederos del cielo. ¡SÍ!, NOSOTROS NO SOMOS JUDÍOS, no formábamos parte de su pueblo elegido, ¿que habría sido de nosotros si Dios no nos hubiese llamado a la fe?

¿QUÉ HACÍAN NUESTROS ANTEPASADOS (los gentiles) antes de la venida del Mesías, su Dios, su Salvador, su luz y su esperanza? Vivían entregados a toda clase de crímenes y de desórdenes, enemigos de Dios, escla­vos del demonio, víctimas destinadas a venganzas eternas. PERO UN DÍA COMO HOY, en la persona de los tres Reyes Magos, Dios nos invitó al conocimiento de la verdadera religión, y de esta manera nos abre las puertas del cielo.


¡POR ESO, HOY ES UN DÍA GRANDE, DÍA GRANDE PARA DAR GRACIAS A DIOS!, pero también para reflexionar qué hemos hecho nosotros, para corresponder a tantas gracias que Él nos ha dado y sólo por pura misericordia.


EN ESTE DÍA, HAGAMOS ALGUNAS REFLEXIONES:


Veamos la enorme fe de los Reyes Magos, fe viva que les hizo practicar las virtudes de un modo heroico; y mientras vamos recordando sus admirables ejemplos, comparemos estas acciones con las que hacemos nosotros. QUIZÁS ESTO NOS SIRVA PARA SACUDIR NUESTRAS CONCIENCIAS y para que ya nos entreguemos completamente al servicio de Dios.


FE VIVA DE LOS REYES MAGOS QUE LES IMPULSA A OBRAR ADMIRABLEMENTE


SU PRONTITUD EN EL SERVICIO DE DIOS


La misma noche que nació Nuestro Señor, unos ángeles les avisaron en sueños a los tres Reyes, de que ya había nacido el Mesías y Redentor que esperaban, el que estaba prometido en sus Escrituras y profecías, y que les sería dada para buscarle aquella estrella que Balaám había profetizado.


Al despertar, se encendieron en grande amor y deseos de conocer a Dios hecho hombre, adorarle por su Creador y Redentor y servirle con más alta perfección.


Apenas divisan la estrella milagrosa, cuando, sin pararse a examinar nada, parten en busca de su Salvador, con tanta prisa, con tan encendido deseo, que nada es capaz de detenerlos.


¿Y NOSOTROS, QUERIDOS FIELES? ¿tenemos prontitud en el servicio de Dios? Dios, a nosotros nos ha dado más de una estrella para llegar a Él: nos ha dado la gran estrella, el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo; nos ha dado también a la Santísima Virgen y el ejemplo de los santos; además, nos ha dado millares de estrellitas, que son las inspiraciones que Dios nos ha dado para que hiciéramos alguna obra de virtud, algún pequeño sacrificio, alguna mortificación; ¿y cómo hemos correspondido? ¡cuántas estrellas hemos perdido, cuántas estrellas se nos han ido! ¡qué diferencia enorme hay entre la respuesta de los Reyes Magos y la nuestra! ¡debería darnos vergüenza!


SU GENEROSIDAD


LOS REYES MAGOS VENCIE­RON TODAS LAS DIFICULTADES y todos los obstáculos que se les oponían, por seguir a la estrella. Han de abandonar su país, su casa, su familia, su reino, en una palabra, han de separarse de todo lo que más aman en el mundo; han de prepararse a soportar las fatigas de un lar­go y penoso viaje, hecho en la estación más rigurosa del año : todo parece oponerse a su intento.


¡CUÁNTAS BURLAS NO HAN DE SUFRIR DE PARTE DE LOS HOMBRES! ¡Pero, no! nada es capaz de detener­los en un proyecto de tanta importancia.


VEAN PRECISA­MENTE EN QUÉ CONSISTE, QUERIDOS FIELES, EL MÉRITO DE LA FE: en renunciar a todo, y en sacrificar lo que más amamos, para obedecer a la voz de la gracia que nos llama.


¿Y NOSOTROS, QUERIDOS FIELES, DÓNDE ESTÁ NUESTRA GENEROSIDAD? ¡quizás no existe! ¡o no ha existido nunca! pues quizás nosotros, cuando encontramos dificultades en nuestras vidas, ya no queremos seguir la estrella.

Se requiere soportar muchas cruces para llegar a donde está el Niño Dios, para llegar a la santidad; Si no tenemos amor a la cruz, perderemos la santidad, es más, ya desde ahora nos podemos ir despidiendo de ella; Recordemos ese pasaje del Evangelio, cuando Nuestro Señor invitó a un joven rico a seguirlo, a vender todas sus cosas, regalarle el dinero a los pobres y a seguirlo; el joven rico no quiso hacerlo; Nuestro Señor lo miró con tristeza…

¡A CUÁNTOS DE NOSOTROS, QUERIDOS FIELES, QUE NO TENEMOS AMOR A LOS SACRIFICIOS, NUESTRO SEÑOR NOS MIRARÁ TAMBIÉN CON TRISTEZA!

¡Imaginémonos esta mirada de tristeza de Nuestro Señor sobre nosotros, a ver si así nos movemos a hacer generosos!



SU PERSEVERANCIA


Y VEAN, QUERIDOS FIELES, HASTA QUÉ PUNTO LLEVAN LOS MAGOS SU PERSEVERANCIA.

Llegando a Jerusalén, la estrella que los había guiado en su viaje, desaparece de su vista. Ellos creen que ya están en el lugar donde ha nacido el Salvador, a quien vienen a adorar, y piensan que Jerusalén entera se hallará en el colmo de la mayor alegría, por el nacimiento de su libertador.


¡ QUÉ DES­ENCANTO ! ¡ QUÉ SORPRESA PARA ELLOS ! Jerusalén, no sólo no da señal alguna de alegría, sino que hasta ignora si el libertador ha nacido.

¡ QUÉ PRUEBA PARA SU FE ! ¿Se necesitaba más para renunciar a su propósito y regresar lo más secre­tamente posible a su país, por temor de ser la burla de todo Jerusalén ?

¡ AY, QUERIDOS FIELES! ESTO HUBIERAN HECHO MUCHOS DE NOSOTROS, si hubiese sido sometida su fe a semejante prueba. PERO TODO ESTO, LEJOS DE DESANIMAR A LOS REYES MAGOS, les sirve, por el contrario, para afirmarlos en su reso­lución. Y POR ESO CONSULTAN A LOS DOCTORES, como gen­te versada en las profecías donde se indicaba el lugar y el momento en que el Mesías había de nacer; NO IMPORTÁNDOLES NADA EL RESPETO HUMANO, penetran hasta en el palacio de Herodes, y le preguntan dónde está el rey que acaba de nacer, declarándole, sin miedo alguno, que han venido a adorarle. QUE EL REY SE OFENDA CON ESTE LEN­GUAJE, POCO LES IMPORTA ; nada es capaz de detenerlos en una empresa tan importante; quieren hallar a su Dios a toda costa.

¡ QUÉ VALOR, QUERIDOS FIELES, QUÉ FIRMEZA !



SU AMOR


Los doctores de la ley les dijeron que todas las profecías anunciaban que el Mesías había de nacer en Belén, y que el tiempo era llegado. Apenas recibida la respuesta, se pusieron en camino para aquella ciudad. Partieron solos de Jerusalén ; ¡ y con qué puntualidad ! ¡ Oh ! ¡ qué fe la suya ! ¿ Los dejará Dios sin recompensa ? Cierta­mente que no.


HAN SALIDO APENAS DE LA CIUDAD, y de nuevo la estrella milagrosa aparece delante de ellos, y como que los toma por la mano para conducirlos hasta el recinto de miseria y de pobreza donde se halla el Niño Jesús.

UNA VEZ ALLÍ SE DETIENE Y PARECE DECIRLES:

“Ved a Aquél a quien he venido a anunciaros. Ved al esperado de las gentes.

¡Sí, en­trad, y le veréis! Él es el engendrado desde toda la eter­nidad,

que acaba de nacer, es decir, que acaba de tomar un cuerpo humano,

el cual debe sacrificar para salva­ción de su pueblo.

No os espante las condiciones de miseria en que le veréis.

Envuelto se os presenta en pobres pa­ñales ;

pero es el mismo que lanza el rayo desde lo más alto de los cielos.

Su voz estremece los infiernos, por­que los infiernos ven en Él a su vencedor”.


LOS SANTOS REYES SIENTEN ENTONCES SUS CORAZONES TAN ENCENDIDOS DE AMOR, que se arrojan a los pies de su Salvador y rie­gan con sus lágrimas la paja que le está sirviendo de cama.

¡QUÉ ESPECTÁCULO, Queridos fieles! Unos reyes reconocien­do por su Dios y Salvador a un tierno niño tendido en un pesebre, entre dos sencillos animales!

¡OH! ¡CUÁN PRE­CIOSA COSA ES LA FE!

No sólo no los desalienta aquel esta­do de pobreza, sino que más bien los conmueve y edifica.
Sus ojos no se cansan de contemplar al Salvador del mundo, al Rey de cielos y tierra, al Señor de todo el universo, en aquel estado.
Las delicias de que sien­ten inundado su corazón son tan copiosas, que ofrecen a su Dios todo lo que tienen y todo lo que le pueden dar.
Desde aquel momento consagran a Dios sus perso­nas, no queriendo ser dueños ni aun de sí mismos.
No contentos con esto, le ofrecen también sus reinos. Si­guiendo la costumbre de los orientales, que jamás se llegaban a los grandes príncipes sin hacerles algún pre­sente, ofrecen a Jesús los más ricos productos de su país, es decir : oro, incienso y mirra; y con estos pre­sentes expresan perfectamente la idea que habían con­cebido del Salvador, reconociendo su divinidad, su realeza o soberanía y su humanidad.

Su divinidad, por el incienso, que es debido sólo a Dios;

su humanidad, por la mirra, que se emplea para embalsamar los cadá­veres

su soberanía, por el oro, que es el ordinario tri­buto que se paga a los soberanos.


Pero esta ofrenda ex­presa aún mucho mejor los sentimientos de su corazón :

su ardiente caridad, manifestada por el oro, símbolo de ella;

su tierna devoción, figurada por el incienso;

los sacrificios que con corazón mortificado hacían a Dios, representados por la mirra.


CONCLUSION

¡ OH ! ¡QUÉ VERGÜENZA PARA NOSOTROS EN EL DÍA DEL JUICIO, cuando el Salvador compare nuestra conducta con la de los Reyes Magos, que todo lo dejaron y sacrificaron antes que resistir a la voz de la gracia que los llamaba !

¿Y QUÉ HACER, QUERIDOS FIELES?, ¿QUÉ HACER?

Pues hoy, de rodillas, ante el Niño Dios, cuando lo tengamos en el pecho, durante la Santa Comunión, y cuando lo adoremos después de la Santa Misa,

Digámosle al Niño Jesús, que nuestra vida ya va a cambiar, que ya tendremos más prontitud en su servicio, más generosidad, más perseverancia.

Ofrezcámosle todo nuestro corazón, acompañado de firmes propósitos, propósitos firmes y concretos: Ofrecerle nuestro oro, nuestro incienso y nuestra mirra:


Nuestro oro que es nuestro amor generoso; amor para consolarlo especialmente por los pecados que se cometen en el mundo; ¡pero eso sí, antes que nada, nosotros ya no los cometamos más!

Nuestro incienso que es una oración tierna y fervorosa, que suba al cielo todos los días, especialmente el Primer Viernes y el Primer Sábado de Mes…

Y nuestra mirra, que son los sacrificios que haremos por agradarle, especialmente los sacrificios que tengamos que hacer para venir a Misa, los Primeros Viernes y Sábados de mes.


Ofrezcamos estos dones, y entonces el Niño Dios los aceptará, nos sonreirá y nos dará su bendición, su gracia y su amor.

viernes, 11 de diciembre de 2009

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

UN CÉLEBRE ARQUITECTO, MARCO AGRIPA, había levantado, antes del nacimiento de Cristo, un templo magnífico, el Panteón, dedicado a todos los dioses, a los conocidos y a los ignorados.
AL CONVERTIRSE ROMA AL CRISTIANISMO, no fue derribado aquel tem­plo; si los paganos adoraban a sus mentirosas divinidades, ¿no tenía­mos nosotros nuestros santos merecedores de toda veneración?
POR ESO EL PAPA BONIFACIO IV DEDICÓ EL TEMPLO al culto de los mártires que habían ofrecido su sangre y su vida a Dios en todas las regiones del mundo.
DESPUÉS, DEL CULTO A TODOS LOS MÁRTIRES SE PASÓ AL CULTO DE TODOS LOS SANTOS. Y la razón es clara:
¡De cuántos santos no conocemos absolutamente nada, ni su vida ni el nombre!
Sólo Dios ha penetrado en su alma, contemplando sus virtudes, sus plegarias, sus lágrimas, sus largos sufrimientos y sus ásperas peni­tencias...
Además, también de los santos conocidos no podemos celebrar su fiesta particular durante el año.
NO ES, PUES, JUSTO QUE ESTOS HÉROES CRISTIANOS PASEN DESCONOCIDOS, y que nosotros nos perdamos su poderosa pro­tección.
ESTAS RAZONES HAN MOVIDO A LA IGLESIA A ESTABLECER ESTA FIESTA en la que todos los santos sean honrados e invocados.
Por eso, para incrementar nuestra devoción por los santos, veamos estas dos sencillas reflexiones:
1) los santos son un gran ejemplo para nosotros
2) y son también un auxilio pode­roso

1. LOS SANTOS SON UN GRAN EJEMPLO PARA NOSOTROS

HABÍAN LLEGADO PARA EL PUEBLO ISRAELITA DÍAS TRISTES Y DESGRA­CIADOS.
Jerusalén había caído en poder de los extranjeros; el templo, profanado y robado; la juventud, prisionera o muerta; y por todas partes resonaban las torpes canciones de los soldados de Antíoco, deseosos siempre de saquear y matar.
MATATÍAS, el anciano padre de los Macabeos, se había escondido en el desierto, donde por la edad y por la congoja se enfermó. PERO ANTES DE MORIR, llamó en derredor de su lecho a sus cinco hijos y les dijo: «Hijos míos: Os toca vivir en medio de un mundo pervertido, en un tiempo de pecado y de escándalo; recordad los ejemplos de vuestros antepasados, y sacaréis fuerza y gloria. Recordad la fe de Abraham, que creyó en las promesas de Dios, aun cuando se le ordenó sacrificar a su hijo; Tened también vosotros fe en Dios, ahora que nuestra nación está destruida. Acordaos de la resignación de José, vendido por sus crueles hermanos, y tan temeroso de la ley de Dios, que huyó de la deshonesta mujer de Putifar, y fue recompensado por Dios; también vosotros resignaos a la voluntad de la Providencia, y conservaos puros, si anheláis el premio. Acordaos de Josué, que, con grandes trabajos y haza­ñas, logró conquistar la tierra prometida.
No echéis en olvido a David, que por su piedad y misericordia heredó el trono real por los siglos de los siglos.
Acordaos de Daniel, que fue arrojado en la cueva de los leones a causa de su rectitud, y de aquellos jóvenes que prefirieron ser encerrados en el horno encendido antes que quebrantar la ley de Dios...»
“Así, de generación en generación, el anciano moribundo recordaba a sus hijos las proezas de los santos del Antiguo Testamento, y cuando terminó, levantó la mano, los bendijo y murió”. (I Mac, II).

APLICACIÓN
ME PARECE QUE LA IGLESIA, A SEMEJANZA DEL ANCIANO MATATÍAS, con­grega en derredor de sí a sus hijos para mostrarles los ejemplos de los santos.
Es verdad que vivimos en tiempos de pecado y en un mundo esencialmente perverso, pero también los santos que reinan en el Paraíso vivieron tiempos difíciles. Recordemos sus ejemplos para imitarlos y por ese medio santificarnos.

«PERO NO TENGO TIEMPO — dicen algunos — para santificarme y de­dicarme a tantas devociones; estoy muy ocupado en mis asuntos.»
¿Y creen ustedes que Santa Teresa de Jesús, Santa Catalina de Génova, San Felipe Neri y tantos otros santos no tenían ocupaciones materiales?
Si el tiempo que emplean en las diversiones, en el Internet, viendo televisión, en la vanidad, en las conversaciones frívolas y mundanas, lo emplearan en santificar el alma, ¡qué ele­vada sería vuestra santidad!
“Decís que no tenéis tiempo, y tenéis a vuestra disposición toda vuestra vida, pues para eso únicamente os ha creado el Señor”.

«PERO TENGO MI FAMILIA, VIVO EN MEDIO DE UN MUNDO CORROMPIDO, RODEADO DE ESCÁNDALOS.»
Los santos también vivieron en medio de muchas tentaciones según sus diversos estados de vida: San Luis, era rey; Santa Pulqueria vivía en la corrupción de la corte de Constantinopla; San Isidro era aldeano; Santa Zita, sirvienta en una casa privada.
En todos los estados y condiciones podemos llegar a la santidad.

«PERO YO TENGO UN TEMPERAMENTO FOGOSO, SOBERBIO..., MI CARNE ES DÉBIL, MUY DÉBIL…NO PUEDO RESISTIR A LAS TENTACIONES.»
También los santos tuvieron flaquezas, como nosotros; también ellos fueron zarandeados por la tentación, pero la superaron.
Si ellos vencieron, ¿por qué no hemos de vencer nos­otros?
No pensemos que fue cosa sencilla para San Agustín el triunfar de las rebeldías de la sensualidad, y para San Carlos Borromeo, el vivir abra­zado con la humildad, y para San Francisco de Sales, el refrenar los ímpetus de la irascibilidad; leamos sus vidas y veremos las esforzadas luchas que tuvieron que sostener contra las pasiones.
Pero triunfa­ron de ellas. ¿Nosotros seremos los vencidos?

2. Y SON TAMBIÉN UN AUXILIO PODE­ROSO

CUANDO EL HAMBRE INVADIÓ LA TIERRA DE CANAÁN, un anciano acom­pañado de sus hijos se retiró a Egipto, presentándose al faraón para que les socorriera.
En Egipto y en el palacio del faraón se encon­traba José: «Aquí tenéis a mi padre y a mis hermanos», dijo José al introducirlos en la corte del soberano. Y tuvieron víveres en abundancia, gozaron de una paz encan­tadora, y obtuvieron tierras que cultivar: recibieron más de lo que habían soñado.
TAMBIÉN NUESTROS HERMANOS, LOS SANTOS, ESTÁN EN UNA REGIÓN RIQUÍSIMA, en la mansión de un soberano excelso, de Dios.

Cuando privados de los bienes espirituales o materiales levantamos los ojos al cielo, ellos se dirigen a Dios para decirle: «Escúchalos, atiéndelos, porque son nuestros hermanos pequeños».
¿SE MOSTRARÁ SORDO EL SEÑOR A LA SÚPLICA DE SUS ÍNTIMOS AMIGOS?
Los santos en el cielo no son egoístas una vez conseguida la feli­cidad; se acuerdan de nosotros, pobres criaturas.
Ellos, sufrieron en un tiempo lo que hoy sufrimos nosotros, y por eso nos entienden y siguen con ansiedad las peripecias de nuestra peregrinación, rogando insis­tentemente a Aquel que manda a los vientos y al mar, que se apiade de la barquilla combatida por las pasiones.
Ellos que gozan de la feli­cidad del Paraíso, tiemblan ante el pensamiento de que nosotros podamos perderla y ruegan a Dios que nos conduzca al puerto del cielo.

LOS SANTOS DEL CIELO Y LOS CRISTIANOS DE LA TIERRA FORMAN UNA SOLA FAMILIA; y así como en una familia el hermano bueno intercede ante el padre irritado por el mal comportamiento de los hijos malos, así los santos aplacan a Dios cuando se dispone a castigarnos por nues­tros pecados.

LEEMOS EN LA HISTORIA SAGRADA cómo una vez el Señor había decidido exterminar al pueblo hebreo por haberse rebelado quebrantando sus mandamientos. Pero, en medio del pue­blo, se hallaban dos almas santas: Moisés y Aarón. El Señor les decía grandemente irritado:
«Alejaos de ese pueblo, porque quiero exterminarlos en un momento.»
Pero aquellos santos no se alejaron, insistieron en su oración, y Dios, aplacado por ellos, castigó únicamente a tres de los más culpa­bles (Num., XVI, 20 s.).

LOS SANTOS, COMO MOISÉS Y AARÓN, SE INTERPONEN ENTRE DIOS Y NOSOTROS.
¿Quién podría enumerar los castigos que iban a desencade­narse sobre nuestra cabeza y que ellos han desviado?
¿Por qué no hemos muerto después de cometer nuestro primer pecado?
¿Por qué el Señor nos aguanta y nos otorga el tiem­po necesario para hacer penitencia?
¡Oh si pudiésemos ver lo que pasa en el Paraíso!

SI TAN PODEROSOS SON LOS SANTOS AL INTERCEDER POR NOSOTROS, estamos en el deber de acudir a ellos fer­vorosa y frecuentemente.

EL SEÑOR HA DICHO QUE ALLÍ DONDE ESTÁN DOS O MÁS REUNIDOS EN SU NOMBRE, allí está Él en medio de ellos para escuchar sus ruegos;
pues en el Paraíso no son solamente dos, son miles de millones los que ruegan por nosotros. Su plegaria es nuestra más sólida defensa.

CONCLUSION
Queridos fieles, ARREBATADO EN ÉXTASIS, SAN JUAN EVANGELISTA vio ante sí una puer­ta abierta por la que entraba una incontable muchedumbre, de toda edad, sexo y condición.

¡Qué consoladora es esta revelación! Si tan innumerable era el número de los elegidos, que San Juan no pudo contarlos,
esto nos indica que no es tan difícil el salvarse, esto quiere decirnos que también nosotros podemos pasar por aque­lla puerta, que es Cristo, y gozar de la compañía de los santos.

PERO HAY UNA CONDICIÓN ESENCIAL: todos cuantos arriban al puerto de sal­vación, llevan en su frente un sello revelador de su pertenencia y semejanza con el Eterno Padre y con su Hijo unigénito. Este sello, según el profeta Ezequiel, tiene forma de T, esto es, de una cruz, y está grabado en la frente de los que lloran y gimen por los pecados. Signo Tau super frontem vivorum gementium et flentium (Ez., IX, 4).
¿QUÉ QUIERE DECIR ESTO? Quiere indicarnos que para ser partici­pantes de la gloria y felicidad de los santos, hay que tomar parte en sus penitencias y sufrimientos.

jueves, 10 de diciembre de 2009

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

HOY ES EL DÍA DE LA CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS.
Día muy especial para acordarnos de nuestros difuntos, para pensar en las penas que sufren, y movernos a rezar más por ellos, no sólo hoy, sino siempre; y rezar no sólo por ellos, sino también por TODOS LOS DIFUNTOS, especialmente por los más olvidados, por los que tienen más necesidad de la misericordia de Dios y también por los que Dios más ama.

ESTE DÍA, ES TAMBIÉN MUY PROVECHOSO PARA NOSOTROS,
pues nos hace recordar lo que nos espera: el terrible juicio de Dios; y después de él, según hayamos obrado en nuestras vidas, la sentencia será lanzada:
- o ir al cielo directamente ( lo cual es para pocos, para muy pocos)
- o ir al Purgatorio por quién sabe cuánto tiempo ( pues allá no hay tiempo, el reloj está parado)
- o ir al infierno por toda la eternidad

POR ESO, HOY SERÁ MUY PROVECHOSO que reflexionemos en 3 puntos:
1) en el terrible juicio de Dios y lo mucho que ayuda para aprobarlo, las oraciones de los demás
2) en las penas que se sufren en el Purgatorio
3) en la expiación que tendríamos que hacer durante nuestras vidas si quisiéramos no pasar por el Purgatorio, o sólo estar allí por breve “tiempo”.

I.- EL TERRIBLE JUICIO DE DIOS y lo mucho que ayuda para aprobarlo, las oraciones de los demás
EL TERRIBLE JUICIO DE DIOS NOS LOS RECUERDA MUY BIEN EL “DIES IRAE”:
“Día de ira, el día aquél, que reducirá el mundo a cenizas;…
Cuán grande será el terror cuando aparezca el Juez,
para sentenciarlo todo con rigor…
El libro, ya completo, será leído, en el que todo (TODO) se haya consignado…
Cuando el juez se haya sentado, se revelará todo secreto; nada (NADA) quedará sin castigo…
¿Qué he de decir entonces, miserable de mí? ¿a qué abogado recurriré si apenas el justo estará seguro?...”

QUERIDOS FIELES, ¿TENEMOS MIEDO DE JUICIO DE DIOS?
Bueno, al menos que ese temor sea saludable para prepararnos bien para ese momento.
Pero veamos lo mucho que ayuda para aprobarlo, las oraciones de los demás.
PARA ILUSTRAR ESTO, NARREMOS UNA VISIÓN DE SANTA BRÍGIDA:
Ella, velando en oración vio en una visión espiritual, un trono, que estaba ocupado por uno como el sol;
y la luz y resplandor que de él salía, era incomprensible en longitud, latitud y profundidad.
Estaba una Virgen cerca del trono con una preciosa corona en la cabeza,
Tras esto, vio un negro como etíope, feo y abominable, lleno de inmundicia y encendido de enojo, que comenzó a dar voces diciendo: “Oh Juez justo, juzga esta alma y oye sus obras, que ya poco le resta de estar en el cuerpo, y dame licencia para que atormente al alma y al cuerpo en lo que fuera justo”.
Después vio la Santa un soldado armado junto al trono, modesto en el aspecto, sabio en las palabras y dulce en sus ademanes, el cual dijo:
“Oh Juez, ves aquí las buenas obras que ha hecho esta alma hasta este punto”.
Y LUEGO SE OYÓ UNA VOZ DEL TRONO QUE DIJO: “Más son, pues, los vicios en esta alma, que las virtudes. No es justicia que tenga parte el vicio con la suma virtud, ni se junte a ella”.
Enseguida dijo el negro: “A mí es de justicia que se me entregue esta alma;
que si ella tiene vicios, yo estoy lleno de maldad, y estará bien conmigo”.
“La misericordia de Dios, dijo el soldado, hasta la muerte acompaña a todos, y hasta que haya salido el alma del cuerpo, no se puede dar la sentencia; y esta alma sobre que pleiteamos, aun está en el cuerpo, y tiene discreción para escoger lo bueno”.
“La escritura, replicó el negro, que no puede mentir, dice: Amarás, a Dios sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo. Y todo cuanto éste ha hecho, ha sido por temor, no por amor de Dios como debía, y todos los pecados que ha confesado, han sido con poca contrición y dolor.
Y pues no mereció el cielo, justo es que se me dé para el infierno, pues sus pecados están aquí manifiestos ante la divina justicia, y nunca de ellos ha tenido verdadera contrición y dolor”.
“Este infeliz, dijo el soldado, esperó y creyó que asistido de la gracia tendría esa verdadera contrición”.
A lo cual le respondió el negro: “Has traído aquí todo cuanto bien ha hecho ese, todas sus palabras y pensamientos que pueden servirle para salvarse;
pero todo ello no llega ni con mucho a lo que vale un acto de verdadera contrición y dolor, nacido de la caridad divina con fe y esperanza;
y por consiguiente, no puede servir para borrar todos sus pecados.
Porque justicia es de Dios, determinada en su eternidad, que nadie se salve sin contrición; y como es imposible que vaya Dios contra este su decreto eterno, resulta, que con razón pido se me dé esta alma para ser atormentada con pena eterna en el infierno”.
¡No!, replicó el soldado, y luego aparecieron innumerables demonios, semejantes a las centellas que salen de un fuego abrasador, y a una voz clamaban diciendo…
“¡Tú amas la justicia, oh Juez!, ¿por qué no declaras ser nuestra esta alma, para que la atormentemos según sus obras?”
OYÓSE DESPUÉS EL SONIDO DE UNA TROMPETA, al cual todos quedaron silenciosos, y al punto dijo una voz:
“Callad y oíd vosotros todos, ángeles, almas y demonios, lo que va a hablar la Madre de Dios”.
Y EN SEGUIDA APARECIÓ ANTE EL TRONO DEL JUEZ LA MISMA VIRGEN MARÍA, trayendo mucho bulto de cosas como escondidas debajo del manto, y dijo a los demonios:
“Vosotros, enemigos, perseguís la misericordia, y sin ninguna caridad pregonáis la justicia.
Aunque es verdad que esta alma se halla falta de buenas obras, y por ellas no pudiera ir al cielo, mirad lo que traigo debajo de mi manto.
Y alzándolo por ambos lados, veíase por el uno una pequeña iglesia y en ella algunos religiosos; y por el otro lado se veían hombres y mujeres, amigos de Dios, todos los cuales clamaban a una voz, diciendo: Señor, tened misericordia de él”.
REINÓ DESPUÉS UN GRAN SILENCIO Y PROSIGUIÓ LA VIRGEN:
“La Sagrada Escritura dice, que el que tiene verdadera fe en el mundo, puede mudar los montes de una a otra parte.
¿Qué no pueden y deben hacer entonces los clamores de todos estos que tuvieron fe y sirvieron a Dios con fervoroso amor?
¿Qué no han de alcanzar los amigos de Dios, a quienes éste rogó que pidiesen por él, para que pudiera apartarse del infierno y conseguir el cielo, y mucho más cuando por sus buenas obras no buscó otra remuneración que los bienes celestiales?
¿Por ventura, no podrán las lágrimas y oraciones de todos estos bienaventurados ayudar esta alma y levantarla, para que antes de su muerte tenga verdadera contrición con amor de Dios?
Yo también uniré mis ruegos a las oraciones de todos los santos que están en el cielo, a quienes este honraba con particular veneración.
Y a vosotros, demonios, os mando de parte del Juez y de su poder, que atendáis a lo que veréis ahora en su justicia.
Y respondieron todos, como con una sola voz: Vemos, que como en el mundo las lágrimas y la contrición aplacan la ira de Dios, así tus peticiones le inclinan a misericordia con amor”.
DESPUÉS DE ESTO, OYÓSE UNA VOZ que salió del que estaba sentado en el solio resplandeciente, y dijo:
“Por los ruegos de mis amigos tendrá este contrición antes de la muerte, y no irá al infierno, sino al purgatorio con los que allí padecen mayores tormentos; y acabados de purgar sus pecados, recibirá su premio en el cielo, con aquellos que tuvieron fe y esperanza, pero con mínima caridad.”
Y así que oyeron esto, huyeron los demonios.

Queridos fieles, ¡QUÉ CONSOLADOR SABER lo mucho que ayudan las oraciones del prójimo!
POR ESO, DESDE AHORA, REZEMOS MÁS POR NUESTROS DIFUNTOS
para ayudarlos en el juicio de Dios que hayan tenido, que aunque ya sea un juicio pasado, Dios, con su mirada sobre todos los tiempos, veía las oraciones que se iban a hacer por determinada alma, y así podría haberles concedido el perdón antes de haber comparecido ante su divina presencia.
Y NOSOTROS, DESDE AHORA, TENGAMOS MAYOR DEVOCIÓN A LOS SANTOS, pidámosles que rueguen siempre por nosotros, especialmente en la hora de nuestra muerte; Y CLARO ESTÁ, TENGAMOS MAYOR AMOR Y DEVOCIÓN A NUESTRA SEÑORA, y recemos con fervor, esas palabras que a menudo decimos distraídos:
“Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”.
Y TAMBIÉN TENGAMOS AMIGOS EN ESTE MUNDO, a quienes ayudemos por nuestras limosnas, caridad, consejos, amor, para que ellos rueguen a Dios por nosotros, especialmente en la hora de nuestra muerte y también después de ella. Pues aunque nos hayamos salvado, también necesitaremos su ayuda para mitigar los terribles tormentos del Purgatorio.

II.- LAS PENAS QUE SE SUFREN EN EL PURGATORIO

LAS PENAS QUE SUFREN LAS ALMAS DEL PURGATORIO son muchas en cantidad, son indecibles en intensidad, y en duración, parecen muchas veces casi interminables.
CONTINUEMOS LA NARRACIÓN DE LA VISIÓN DE SANTA BRÍGIDA:
Ya hemos narrado cómo por los ruegos de los amigos de Dios tuvo antes de morir esta alma contrición de sus pecados, nacida del amor de Dios, la cual contrición la libró del infierno.
Así, pues, la justicia de Dios la sentenció a que ardiese en el purgatorio por seis períodos de tiempo, como los que él había vivido, desde que a sabiendas cometió el primer pecado mortal hasta el momento en que por amor de Dios se arrepintió con fruto.
VIO DESPUÉS SANTA BRÍGIDA QUE SE ABRIÓ UNA PROFUNDIDAD TERRIBLE Y TENEBROSA (el infierno), en la que había un horno ardiendo interiormente, y el fuego no tenía otro combustible que demonios y almas vivas que estaban abrasándose.
SOBRE AQUEL HORNO (el lugar más terrible del Purgatorio, justo arriba del infierno) ESTABA ESTA AFLIGIDÍSIMA ALMA.
Tenía los pies fijos en el horno, y lo demás levantado como si fuera una persona; y no estaba en lo más alto ni en lo más bajo del horno.
La figura que tenía era terrible y espantosa. El fuego parecía salir de bajo de los pies del alma, y venir subiendo cuando el agua sube por un caño; y comprimiéndose violentamente, le pasaba por encima de la cabeza, de modo que por todos sus poros y venas corría un fuego abrasador.
Las orejas echaban fuego como de fragua, que con el continuo soplo le atormentaba todo el cerebro.
Los ojos los tenía torcidos y hundidos, como si estuviesen fijos en la nuca.
La boca la tenía abierta y la lengua sacada por las aberturas de las narices, y colgando hasta los labios.
Los dientes eran agudos como clavos de hierro, fijos en el paladar.
Los brazos tan largos que llegaban a los pies. Las manos estaban llenas y comprimían sebo y pez ardiendo.
El cutis que cubría al alma, era una sucia y asquerosísima piel, tan fría, que sólo de verla causaba temblor, y de ella salía materia como de una úlcera con sangre corrompida y con un hedor tan malo, que no puede compararse con nada asqueroso del mundo.
DESPUÉS DE VER ESTE TORMENTO, OYÓ LA SANTA UNA VOZ que salía de lo íntimo de aquella alma, que dijo cinco veces: “¡Ay de mí! ¡Ay de mí”, clamando con toda su fuerza y vertiendo abundantes lágrimas!
“¡Ay de mí, que tan poco amé a Dios por sus supremas virtudes y por la gracia que me concedió!
¡Ay de mí, que no temí como debía la justicia de Dios!
¡Ay de mí, que amé el deleite de mi cuerpo y de mi carne pecadora!
¡Ay de mí, que me dejé llevar de las riquezas del mundo y de la vanidad y soberbia! ¡Ay de mí, porque os conocí Luis y Juana!”

EXPLICACIÓN DEL POR QUÉ SUFRE ESA ALMA LAS PENAS REFERIDAS
Dice el ángel a santa Brígida: Aquella alma, que viste y oíste sentenciar, está en la más grave pena del purgatorio.
Y esto lo ha ordenado Dios así, porque presumía mucho de ser discreto e inteligente en cosas del mundo y de su cuerpo;
pero de las espirituales y de su alma no hacía caso, porque estaba muy olvidado de lo que debía a Dios y lo menospreciaba.
Por eso su alma padece el ardor del fuego y tiembla de frío; las tinieblas la tienen ciega, y la horrible vista de los demonios le causan continuo temor,
y la vocería y clamoreo de los demonios la tienen sorda, interiormente padece hambre y sed, y exteriormente se halla vestida de confusión y vergüenza.
Pero después que murió le ha concedido Dios una merced, y es que no la atormenten ni toquen los demonios, porque cuando estaba en el mundo, solo por la honra de Dios, perdonó graves injurias a sus mayores enemigos, e hizo amistades con uno cuya enemistad era de muerte.

III.- EXPIACIÓN QUE TENDRÍAMOS QUE HACER DURANTE NUESTRAS VIDAS SI QUISIÉRAMOS NO PASAR POR EL PURGATORIO, O SÓLO ESTAR ALLÍ POR BREVE “TIEMPO”.

EJEMPLO DE REPARACIÓN EXIGIDA PARA REPARAR LOS PECADOS COMETIDOS
En una visión de Santa Brígida, cierta alma dijo lo siguiente:
“Yo soy uno de aquellos a quienes este hombre sentenciado al purgatorio ayudó en vida con sus limosnas. Y así me ha concedido Dios, por su amor, que si alguno quisiere hacer lo que yo le dijere como expiación de los pecados de esa alma, al hacerlos ayudará esa alma para que no sufra las penas terribles que tendría que sufrir por los terribles pecados que cometió.
Y lo que se ha de hacer es, que como le oíste aquellos cinco clamores y ayes, se hagan por él cinco cosas que lo consuelen.
El primer ¡ay! fue de lo poco que había amado a Dios, y para remedio de éste se den de limosna treinta cálices, en los que se ofrezca la sangre de Jesucristo y se honre más a Dios.
El segundo ¡ay! fue de que temió poco a Dios, y para remedio de éste se busquen treinta devotos sacerdotes que digan cada uno treinta misas, y todos rueguen con mucho fervor por el alma de este hombre, poderoso un día en la tierra, a fin de que se aplaque la ira de Dios, y su justicia se incline a la misericordia.
El tercer ¡ay! y su pena es por la soberbia y codicia. Para éste lávense los pies a treinta pobres con mucha humildad, y denle limosna de dinero, comida y vestido, y nieguen ellos y el que se los lava a nuestro Señor, que por su humildad y Pasión perdone a esta alma su soberbia y codicia.
El cuarto ¡ay! fue por la sensualidad de su carne, y para éste, el que dotase una doncella y una viuda en un monasterio, y casase una joven, dándoles lo suficiente para su matrimonio, alcanzará que Dios perdone a esa alma el pecado que en la carne había cometido. Porque esos son tres estados de vida que Dios eligió y mandó que hubiese en el mundo.
El quinto ¡ay! es porque cometió bastantes pecados, poniendo en tribulación a muchos, como el que cometió cifrando todo su empeño en que se casaran esos dos ya referidos, no pudiendo por ser parientes;
pero hizo se verificase este casamiento, más por su capricho que por el bien del reino, y se llevó a cabo sin licencia del Papa, contra la loable disposición de la santa Iglesia.
Con este motivo fueron atormentados y martirizados muchos, porque no querían aceptar tal casamiento, que era contra Dios, contra su santa Iglesia y contra las costumbres de los cristianos.
Si alguno quiere borrar ese pecado, ha de ir al Papa y decirle:
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Y aunque no le dé en penitencia más que un Pater Noster, le aprovechará a esa alma para disminuir su pena en el purgatorio”.

CONCLUSION
QUERIDOS FIELES, QUE ESTAS REFLEXIONES NOS AYUDEN a tener mayor amor por las almas del Purgatorio, y a no cesar jamás de rezar por ellas.
ALGÚN DÍA, TAMBIÉN EL TURNO NOS LLEGARÁ A NOSOTROS: vendrá la muerte, vendrá el terrible juicio de Dios, ¿qué será de nosotros?
¡NO TENGAMOS MIEDO!,
desde ahora preparémonos bien para nuestro juicio, purifiquemos nuestras almas con frecuentes confesiones, y hagámonos amigos de las almas del Purgatorio, para que ellas al llegar al cielo, rueguen a su vez por nosotros.

SANTA BRÍGIDA, EN UNA VISIÓN, OYÓ UNA VEZ QUE UN ÁNGEL EXCLAMÓ: “¡Bendito de Dios sea, el que en el mundo ayuda las almas con sus oraciones y con el trabajo de su cuerpo!”.
Y TAMBIÉN OYÓ MUCHAS VOCES DESDE EL PURGATORIO QUE DECÍAN: “¡Dios se lo pague a aquellos que nos ayudan y suplen nuestras faltas!
¡Oh Señor Dios!, da de tu incomprensible poder, el ciento por uno, a todos los que en el mundo nos ayudan y nos elevan con sus buenas obras, para que veamos la luz de tu Divinidad, y gocemos de tu presencia y divino rostro”.

martes, 13 de octubre de 2009

EL CREDO DE SAN ATANASIO

También se lo conoce por sus primeras palabras de la versión latina: símbolo "Quicumque". ES una de las diferentes redacciones del Credo católico, síntesis de las verdades de fe que todo católico debe creer firmemente.
Se le llama de San Atanasio no porque él lo escribiera sino porque recoge sus expresiones e ideas. Algunos piensan que fue escrito por San Ambrosio.
Dice así:
"Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe Católica; el que no la guarde íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre.
Ahora bien, la fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre y el Hijo y otra la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad. Cual el Padre, tal el Hijo, increado el Espíritu Santo; increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo; inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo; eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno, como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado y un solo inmenso. Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo; y, sin embargo no son tres omnipotentes, sino un solo omnipotente. Así Dios es el Padre, Dios es el Hijo, Dios es el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios; Así, Señores el Padre, Señor es el Hijo, Señor el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor; porque así como por la cristiana verdad somos compelidos a confesar como Dios y Señor a cada persona en particular; así la religión católica nos prohíbe decir tres dioses y señores. El Padre, por nadie fue hecho ni creado ni engendrado. El Hijo fue por solo el Padre, no hecho ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, no fue hecho ni creado, sino que procede.
Hay, consiguientemente, un solo Padre, no tres padres; un solo Hijo, no tres hijos; un solo Espíritu Santo, no tres espíritus santos; y en esta Trinidad, nada es antes ni después, nada mayor o menor, sino que las tres personas son entre sí coeternas y coiguales, de suerte que, como antes se ha dicho, en todo hay que venerar lo mismo la unidad de la Trinidad que la Trinidad en la unidad. El que quiera, pues, salvarse, así ha sentir de la Trinidad.
Pero es necesario para la eterna salvación creer también fielmente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Es, pues, la fe recta que creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios, es Dios y hombre. Es Dios engendrado de la sustancia del Padre antes de los siglos, y es hombre nacido de la madre en el siglo: perfecto Dios, perfecto hombre, subsistente de alma racional y de carne humana; igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad. Mas aun cuando sea Dios y hombre, no son dos, sino un solo Cristo, y uno solo no por la conversión de la divinidad en la carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios; uno absolutamente, no por confusión de la sustancia, sino por la unidad de la persona. Porque a la manera que el alma racional y la carne es un solo hombre; así Dios y el hombre son un solo Cristo. El cual padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado al adiestra de Dios Padre omnipotente, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y a su venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos y dar cuenta de sus propios actos, y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno.
Esta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente no podrá salvarse."

lunes, 23 de marzo de 2009

LA SANTA CUARESMA – III

Firmeza en la verdad. Si existe un tiempo en el cual debemos estar vigilantes de una forma especial es el de nuestros días, pues el mundo, con espíritu diabólico, favorece y ayuda a los perversos planes, sobre todo dirigidos contra la Iglesia, con el fin de provocar sentimientos antirreligiosos, y así disminuir el prestigio y la reputación respecto a los hombres que la gobiernan, haciendo resaltar todos los defectos, en todos los grados de la jerarquía, por lo cual concluimos con el Apóstol: resistid fuertes en la fe. Permaneced firmes en la verdad que se encuentra substancialmente en Jesucristo, a quien Dios Padre ha constituido piedra angular en la edificación de la nueva Jerusalén, la Iglesia Católica, y todo aquel que tenga en El cimentada su Fe no será confundido. Fuente de gracia para los que son fieles, esta piedra misteriosa se convierte sin embargo en piedra de escándalo y de ruina para todos los que pretenden edificar sin ponerla como base en sus sistemas.
Estad alertas, queridísimos hijos, y mantened viva la Fe; guardaos de sus enemigos declarados, que han dejado arrinconado en el pasado el carácter secreto de sus conciliábulos, y ahora, con banderas desplegadas, se esfuerzan por arrebatar al pueblo su joya más valiosa: La Fe; y esto, con sutiles artimañas intentan socavar la autoridad de la Iglesia y de sus ministros denunciándolos como perturbadores, blanco de todas las sospechas y extremistas, hasta tal punto que no pocos católicos, ingenuos o hipócritas, acaban por admitir todas estas cosas, y se creen cuando les dicen que no se combate a la religión, sino que únicamente se quiere liberarla de los abusos que se han introducido, separar la Religión y la política; no se quiere perseguir a la Iglesia, pero hay que saber –dicen ellos que no se puede actuar rectamente si se desconoce el espíritu de los tiempos. Deseamos el bien de los pueblos, afirman, para lo ual nos empeñamos en la paz de todas las naciones.
Resistid fuertes en la fe, decimos a aquellos cristianos que conociendo sólo superficialmente la ciencia de la Religión, y practicándola menos, pretenden erigirse en maestros de la Iglesia afirmando que debe adaptarse a las exigencias de los tiempos, sacrificando para ellos algún punto de la integridad de sus santas leyes; que el derecho público de la cristiandad debe mostrarse sumiso entre los grandes Principios de la era moderna, y manifestar esta sumisión ante el nuevo vencedor, incluso la moral evangélica, demasiado severa, debe adaptarse a estas nuevas normas mas complacientes y acomodaticias. Finalmente la disciplina eclesiástica debe prescindir de sus prescripciones que resultan molestas a la naturaleza humana, para abrir paso al progreso de la ley en la libertad y amor.
Resistid fuertes en la fe, contra todos aquellos que pretenden dirigir y guiar a la Iglesia en provecho de sus propios intereses y decisiones, juzgando sus enseñanzas e impidiendo sus censuras y condenas; todo esto constituye un pecado enorme de soberbia, y para no ser víctimas de su gran castigo, tengamos el valor de luchar en nuestra sociedad contra todos estos enemigos, descubriendo la malicia de sus ideas perniciosas y haciendo frente al terror de sus maquinaciones o desafiando sus ironías o insultos
Resistid fuertes en la fe, especialmente los que se glorían en verdad del nombre de católicos, sobre todo para no dejarse seducir por los falsos apóstoles que como Satanás se disfrazan de ángeles de luz, y fingen lamentos, temores e inquietudes por los males de la Iglesia y por los peligros por los que atraviesa, y en virtud de una caridad fingida y con un corazón hipócrita aceptan las máximas que poco a poco llevan a la Iglesia a una situación de enfermedad y de males mortales
Aunque es cierto que ciertos triunfos de la moderna iniquidad pueden escandalizarnos y poner a prueba nuestra fe en la providencia, sin embargo la fuerza misma de los acontecimientos va serenando la inquietud de la Fe. Las Sagradas Letras nos advierten así: “¡Ay de los que al mal llaman bien, que de la luz hacen tinieblas y de las tinieblas luz, y dan lo amargo por lo dulce y lo dulce por lo amargo! ¡Ay de los que son sabios a sus ojos, y son prudentes delante de sí mismos! ¡Ay de los que son valientes para beber vino, y fuertes para mezclar licores; de los que por cohecho dan justo al impío y quitan al justo su justicia!” Y en otro pasaje dice: “¡Ay de ti, Asur, vara de mi cólera, bastón de mi furor! Yo le mandé con una gente impía, le envié contra el pueblo objeto de mi furor, para que saquease e hiciera de él su botín, y le pisase como se pisa el polvo de las calles, pero él no tuvo los mismos designios, no eran éstos los pensamientos de su corazón, su deseo era desarraigar, exterminar pueblos en gran número.”
¡Como los acontecimientos que contemplamos en la Iglesia se ven iluminados con estos pasajes! Meditémoslos, queridísimos hijos, y aceptemos todo lo que sucede como una prueba y una expiación; convirtámonos al Señor y respondamos con prontitud a la paternal llamada de su misericordia. Que estos días de la Santa Cuaresma sean para nosotros días de propiciación y así nos encontremos algo más dignos para celebrar con Nuestro Señor Jesucristo la gloriosa Pascua de Resurrección.

LA SANTA CUARESMA – II

Templanza espiritual. Dado que el hombre está compuesto de cuerpo y de espíritu, conviene añadir a la templanza de tipo corporal la templanza espiritual, la cual es más y más larga y penosa en la medida que resulta indispensable para resistir a ciertos impulsos, cortar ciertos afectos o poner orden en determinadas inclinaciones.
La templanza mesura el uso de las cosas de la tierra, nos pone en guardia en cuanto a la vestimenta, amor de los placeres, el deseo de conocer y saberlo todo, en guardia respecto a espectáculos, amistades, modas y demás aspectos de la vida. No concuerda bien con la templanza el espíritu de impaciencia que trae consigo la discordia, e igualmente si existe rechazo hacia una determinada persona, con la templanza este espíritu se cambia en una actitud de dulzura, de amor, de buena voluntad, decidiéndose a actuar con corazón sincero y generoso. Con la templanza se llega a desarraigar también cualquier afecto desordenado, como el que a veces ciertos padres sienten por sus hijos, queriendo poseerlos exclusivamente, desarraigar también los conatos de envidia por lo que no llegamos a tolerar a los demás, situando nuestro bien en el mal ajeno: desarraigar nuestro orgullo que domina tal vez nuestros pensamientos, haciendo inflexibles nuestras decisiones, no pudiendo tolerar cualquier consejo o aviso por parte de los otros. La templanza siempre está vigilante para hacer valer la ley, las formas y las buenas maneras en todos los arranques de nuestro corazón, no permitiendo ir más allá de los límites de la razón y de la Fe.
El camino y el medio más seguro para que no nos dominen las pasiones es de conservar la templanza y no dejarnos sorprender; y así nos lo recomienda el Apóstol cuando nos dice que vigilemos frente al enemigo: “vigilad porque el diablo, vuestro adversario, da vueltas en torno vuestro buscando a quien devorar”. Y démonos cuenta que cuanto abarca nuestra mirada todo puede ser nuestro enemigo: nuestra propia casa y nuestra propia persona, lo más cercano a nosotros puede ser nuestro adversario más encarnizado, alimentando nuestras pasiones y deseos, y por eso nuestra propia carne es la que con más furor nos asalta, sin tregua, existiendo hasta la muerte esa enemistad entre ella y el espíritu.
Amadísimos hijos, estad vigilantes para que no seáis presa de las sugestiones de la carne que se lamenta de su propia impotencia para guardar la práctica del ayuno y de la abstinencia, y por lo tanto no olvidéis que un cuerpo demasiado bien alimentado es enemigo de lo espiritual.
Cuidad vuestra mirada ya que por lo ojos entran las funestas imaginaciones en la mente y los afectos perversos invaden el corazón. Preservad los oídos ya que a través de ellos el espíritu puede verse atrapado en sugestiones maliciosas. Igualmente mucha atención con la lengua, porque aquel que habla mucho no estará exento de culpa; y de forma especial tengamos sumo cuidado con nuestro enemigo más recalcitrante, el amor propio, que finge, seduce y engaña, valiéndose de mil maneras para no ser reconocido.
No olvidemos que una simple antipatía –así nos parece– que sentimos por algunos de nuestros hermanos puede convertirse sin pasar mucho tiempo en una abierta enemistad. Si se siente una inclinación especial hacia una determinada persona, afecto inocente por otra parte, no bajemos la guardia, pues en caso contrario se verá afectada la castidad, y tanto en el trato como en las expresiones seamos puros y moderados. En cuanto a los bienes materiales guardémoslos como conviene pero estando muy atentos que este cuidado no acabe en una dañina avaricia. Aunque se afirme que ciertos espectáculos y lecturas no son peligrosos, conviene recordar que la serpiente maligna permanece oculta e incluso en las flores y en el aire que se respira puede haber un veneno mortal.
No olvidemos nunca que nuestro adversario, que se esconde para atacarnos, no nos presente desde el primer momento el mal, sino que después de mostrarnos algún bien nos lleva poco a poco a un espíritu de tibieza en el servicio divino y tras esto nos hunde en la disipación y la ruina o apatía.

Carta del Cardenal Giuseppe Sarto, fechada el 17 de febrero de 1895

LA SANTA CUARESMA – I

Carta del Cardenal Giuseppe Sarto, fechada el 17 de febrero de 1895, siendo entonces Patriarca de Venecia y venerado hoy en todo el orbe católico como San Pío X, Papa.

Teniendo como deber, por exigencias de mi ministerio apostólico, exhortar a todos a observar puntualmente el cumplimiento de la Santa Cuaresma, y de esta forma estar en actitud digna de recibir a Jesucristo en la solemnidad pascual, se abren mis labios espontáneamente con esas palabras con las que la Santa Liturgia inicia este tiempo de retiro, de ayuno y de oración
“Transcurrido el pasado tiempo en medio de la somnolencia y de una detestable indiferencia y ociosidad, levantémonos con presteza de nuestro sueño y cubrámonos de ceniza, puesto el cilicio y con ayunos y llantos invoquemos al Señor; haciendo penitencia para enmendarnos del mal que por ignorancia o malicia hayamos cometido”
Mas si esta exhortación al ayuno, al cilicio y a la penitencia supusiese demasiado para el espíritu mundano, entremos no obstante en el espíritu de la Iglesia que como Madre benigna, y con el deseo de adaptarse a la fragilidad de sus hijos, ha mitigado todas estas prácticas santas, por lo cual no puedo dejar de traer aquí las palabras de San Pedro dirigidas a los cristianos de su tiempo: “Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario el diablo da vueltas a vuestro alrededor, como león rugiente, buscando a quien devorar: resistidle fuertes en la Fe” (I San Pedro V, 8-9); y sin ninguna duda, si practican estos santos consejos, la Santa Cuaresma será un tiempo aceptable, será el tiempo de la salvación.
Necesidad de la Penitencia. La recta razón y la Fe nos manifiestan conjuntamente esta verdad: fue precisamente en el momento en que se rompió la amistad con Dios en el Paraíso terrenal, cuando se suscitó dentro de nosotros la concupiscencia, incentivo y alimento de las más escondidas pasiones, germen de los vicios y causa fatal de la guerra entablada entre la carne y el espíritu, la cual con magistrales trazos y elocuentes palabras fue descrita por San Pablo de la forma siguiente: “Me complazco en la Ley de Dios según el hombre interior: mas llevo otra ley en mis miembros opuesta a la ley del espíritu, que me hace esclavo de la ley del pecado, y esta ley está impresa en mis miembros. ¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” El único remedio para obtener esta liberación es combatir en nosotros esa raíz que es la causa principal de nuestros vicios y de nuestras pasiones, y como nuestro gran enemigo es el cuerpo, habrá que esforzarse en humillarlo para reconducirlo a su verdadero fin, dada la carga de pereza que lleva consigo, y mediante esta humillación se adquirirá una vida más vigorosa en perfecta armonía con el espíritu.
Templanza corporal. ¿Cómo podrá llevarse a cabo este prodigio? Por el amor cristiano y la virtud de la penitencia, la abnegación del propio yo, el abandono del mundo, las mortificaciones y la cruz. Para todos aquellos cristianos que no tienen el valor de imponerse otros sacrificios, se tornan necesarias aquellas virtudes prácticas ya en los círculos paganos, pero conocidas solamente desde un punto de vista natural, tales como la templanza que regula el uso de las cosas puestas a nuestro servicio y que afectan nuestros sentidos, sin quedar prohibido el placer, pero limitándolo a ponerlo en conformidad con la razón y la santa ley de Dios. Virtudes que en la Sagrada Escritura vienen plasmadas en la abstinencia que modera el uso de los alimentos, la sobriedad que nos aleja del exceso en el consumo de bebidas alcohólicas, la castidad que lleva a sus justos términos, dentro del deber, la inclinación carnal, el pudor que nos defiende contra todo aquello capaz de dañar la pureza, la humildad que nos hace que otorguemos a Dios todo el bien que podamos hacer y la dulzura que mantiene el alma serena en la tranquilidad. Todas estas virtudes, elevadas así al rango de su verdadera dignidad, deben ser practicadas.
Entiéndase bien que cuando recomendamos la templanza no exhortamos a que se deje el mundo alejándose del propio hogar, solamente queremos decir que permaneciendo en el mundo no sigan sin embargo sus preceptos, opuestos a una vida santa, ni practiquen sus obras, sino que dentro del mundo vivan con un cristiano distanciamiento.
Tampoco quiero decir que maceren con austeridad sus cuerpos, sino que procediendo en toda obra con la necesaria virtud, mortifiquen las pasiones de tal manera que rindan un buen servicio al espíritu en lugar de oprimirlo y acallarlo. Tampoco deseo exhortar a que ayunen durante un número de días superior a lo ya establecido, sino que observen un ayuno discreto, el prescrito por la Santa Iglesia, que conoce bien la fragilidad de sus hijos: ayuno que desde la época antigua no nos recuerda sino que debemos sentirnos confundidos y humillados.

sábado, 21 de marzo de 2009

LOS SANTOS Y EL ADVIENTO

Una voz grita en el desierto. Una voz grita en el desierto: "Preparad un camino al Señor, allanad una vía para nuestro Dios." El profeta declara abiertamente que su vaticinio no ha de realizarse en Jerusalén, sino en el desierto; a saber, que se manifestará la gloria del Señor, y la salvación de Dios llegará a conocimiento de todos los hombres.
Y todo esto, de acuerdo con la historia y a la letra, se cumplió precisamente cuando Juan Bautista predicó el advenimiento salvador de Dios en el desierto del Jordán, donde la salvación de Dios se dejó ver. Pues Cristo y su gloria se pusieron de manifiesto para todos cuando, una vez bautizado, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió en forma de paloma y se posó sobre él, mientras se oía la voz del Padre que daba testimonio de su Hijo: Éste es mi Hijo, el amado; oídlo.
Todo esto se decía porque Dios había de presentarse en el desierto, impracticable e inaccesible desde siempre. Se trataba, en efecto, de todas las gentes privadas del conocimiento de Dios, con las que no pudieron entrar en contacto los justos de Dios y los profetas.
Por este motivo, aquella voz manda preparar un camino para la Palabra de Dios, así como allanar sus obstáculos y asperezas, para que cuando venga nuestro Dios pueda caminar sin dificultad. Preparad un camino al Señor: se trata de la predicación evangélica y de la nueva consolación, con el deseo de que la salvación de Dios llegue a conocimiento de todos los hombres.
Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén. Estas expresiones de los antiguos profetas encajan muy bien y se refieren con oportunidad a los evangelistas: ellas anuncian el advenimiento de Dios a los hombres, después de haberse hablado de la voz que grita en el desierto. Pues a la profecía de Juan Bautista sigue coherentemente la mención de los evangelistas.
¿Cuál es esta Sión sino aquella misma que antes se llamaba Jerusalén? Y ella misma era aquel monte al que la Escritura se refiere cuando dice: El monte Sión donde pusiste tu morada; y el Apóstol: Os habéis acercado al monte Sión.

Subida al monte Carmelo; San Juan de la Cruz
Dios nos ha hablado en Cristo. La principal causa por la cual en la ley antigua eran lícitas las preguntas que se hacían a Dios, y convenía que los profetas y sacerdotes quisiesen visiones y revelaciones de Dios, era porque entonces no estaba aún fundada la fe ni establecida la ley evangélica; y así, era menester que preguntasen a Dios y que él hablase, ahora por palabras, ahora por visiones y revelaciones, ahora en figuras y semejanzas, ahora en otras muchas maneras de significaciones. Porque todo lo que respondía y hablaba y obraba y revelaba eran misterios de nuestra fe y cosas tocantes a ella o enderezadas a ella. Pero ya que está fundada la fe en Cristo y manifiesta la ley evangélica en esta era de gracia, no hay para qué preguntarle de aquella manera, ni para qué Él hable ya ni responda como entonces.
Porque en darnos, como nos dio, a su Hijo -que es una Palabra suya, que no tiene otra-, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar.
Y éste es el sentido de aquella autoridad, con que san Pablo quiere inducir a los hebreos a que se aparten de aquellos modos primeros y tratos con Dios de la ley de Moisés, y pongan los ojos en Cristo solamente, diciendo: Lo que antiguamente habló Dios en los profetas a nuestros padres de muchos modos y maneras, ahora a la postre, en estos días, nos lo ha hablado en el Hijo, todo de una vez.
En lo cual da a entender el Apóstol, que Dios ha quedado ya como mudo, y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en él todo, dándonos el todo, que es su Hijo.
Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios o querer alguna visión o revelación; no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra cosa o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera: "Si te tengo ya hablado todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra cosa que te pueda revelar o responder que sea más que eso, pon los ojos sólo en Él; porque en Él te lo tengo puesto todo y dicho y revelado, y hallarás en Él aún más de lo que pides y deseas.
Porque desde el día que bajé con mi espíritu sobre Él en el monte Tabor, diciendo: Éste es mi amado Hijo en que me he complacido; a Él oíd, ya alcé yo la mano de todas esas maneras de enseñanzas y respuestas, y se la di a Él; oídle a Él, porque yo no tengo más fe que revelar, más cosas que manifestar. Que si antes hablaba, era prometiéndoos a Cristo; y si me preguntaban, eran las preguntas encaminadas a la petición y esperanza de Cristo, en que habían de hallar todo bien, como ahora lo da a entender toda la doctrina de los evangelistas y apóstoles."


Sobre el libro de Isaías; Eusebio de Cesarea, Obispo

jueves, 19 de marzo de 2009

LOS SANTOS Y EL ADVIENTO – I

Del tratado de San Cipriano, Obispo y Mártir, Sobre los bienes de la paciencia. El deseo de contemplar a Dios. Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de Él. Di, pues, alma mía, di a Dios: "Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro".
Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte.
Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible. Pero, ¿dónde se halla esa inaccesible claridad?, ¿cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo Te buscaré? Nunca jamás Te vi, Señor, Dios mío; no conozco tu rostro.
¿Qué hará, altísimo Señor, éste tu desterrado tan lejos de Ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, y tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a Ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives. No suspira más que por Ti, y jamás ha visto tu rostro.
Señor, tú eres mi Dios, mi dueño, y con todo, nunca Te vi. Tú me has creado y renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no Te conozco. Me creaste, en fin, para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado.
Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo volverás a nosotros?
Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a Ti, porque sin Ti nada podemos.
Enséñame a buscarte y muéstrate a quien Te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que Tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando Te buscaré, buscando Te desearé, amando Te hallaré y hallándote Te amaré.


Del libro Proslógion de San Anselmo, Obispo. La esperanza nos sostiene. Es saludable aviso del Señor, nuestro maestro, que el que persevere hasta el final se salvará. Y también este otro: Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.
Hemos de tener paciencia, y perseverar, hermanos queridos, para que, después de haber sido admitidos a la esperanza de la verdad y de la libertad, podamos alcanzar la verdad y la libertad mismas. Porque el que seamos cristianos es por la fe y la esperanza; pero es necesaria la paciencia, para que esta fe y esta esperanza lleguen a dar su fruto.
Pues no vamos en pos de una gloria presente; buscamos la futura, conforme a la advertencia del apóstol Pablo cuando dice: En esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que se ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia. Así pues, la esperanza y la paciencia nos son necesarias para completar en nosotros lo que hemos empezado a ser, y para conseguir, por concesión de Dios, lo que creemos y esperamos.
En otra ocasión, el mismo Apóstol recomienda a los justos que obran el bien y guardan sus tesoros en el cielo, para obtener el ciento por uno, que tengan paciencia, diciendo: Mientras tenemos ocasión, trabajemos por el bien de todos, especialmente por el de la familia de la fe. No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos.
Estas palabras exhortan a que nadie, por impaciencia, decaiga en el bien obrar o, solicitado y vencido por la tentación, renuncie en medio de su brillante carrera, echando así a perder el fruto de lo ganado, por dejar sin terminar lo que empezó.
En fin, cuando el Apóstol habla de la caridad, une inseparablemente con ella la constancia y la paciencia: La caridad es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educada ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; disculpa sin limites, cree sin limites, espera sin límites, aguanta sin límites. Indica, pues, que la caridad puede permanecer, porque es capaz de sufrirlo todo.

martes, 17 de marzo de 2009

TELEVISIÓN Y CUARESMA

La televisión no favorece nuestra unión con Dios. Entorpece mucho el recogimiento, excita nuestra curiosidad de saberlo todo, nos hace vivir continuamente fuera de nosotros mismos. No hay vida interior posible con televisión. No nos enseña a amar a Dios por encima de todas las cosas, no nos anima a practicar la virtud y evitar el pecado, todo lo contrario, predica continuamente los siete pecados capitales. ¿Qué hace sino explotar y estimular las debilidades que hemos heredado del pecado original? Y no pensemos tan sólo en el sexto mandamiento; es todo ese espíritu que lucha contra Cristo y su Iglesia el que se pavonea continuamente y el que arrasa con la fe, la moral, las costumbres, las instituciones y todo aquello que debería encaminarnos hacia Dios. Se nos enseña a vulnerar los diez mandamientos, desde el primero hasta el último.
La televisión enfría también la caridad con el prójimo, favoreciendo el egoísmo y deshaciendo toda vida familiar, y la caridad con nosotros mismos pues nos impide cumplir con nuestro deber de estado, haciéndonos perder el tiempo que podríamos aprovechar mejor. ¿Y qué decir cuando además hay niños en la casa? ¡Atención a la responsabilidad de los padres ante Dios, que por su falta de vigilancia y cuidado serán causa de tantas faltas de sus hijos!
Incluso desde un punto de vista meramente natural incita a la revuelta de nuestra sensibilidad contra nuestra alma. ¿Quién no ha experimentado su poder “hipnótico”? El bombardeo de imágenes paraliza nuestra inteligencia y debilita nuestra voluntad.
Pero ¡cuántas razones se alegan!:
No veo nunca malas películas. «Incluso películas moralmente irreprochables pueden sin embargo ser espiritualmente nocivas si descubren al espectador un mundo en el que no se hace ninguna alusión a Dios y a los hombres que creen en Él y lo veneran, un mundo donde las personas viven y mueren como si Dios no existiese» (Pío XII, 28 oct. 1955). «Una película, incluso irreprochable nos da, por su misma naturaleza una visión unilateral y corre el riesgo por consiguiente de tornar superficial el espíritu del joven si éste no se alimenta al mismo tiempo de útiles y sanas lecturas» (Pío XII, 30 enero 1949). «La película, no hablando más que a los sentidos y de una manera demasiado unilateral arrastra consigo el riesgo de producir en las almas un estado de ligereza y de pasividad» (Pío XII, 6 oct. 1948).
La miro tan sólo para entretenerme. «La radio, el cine, la televisión ponen a los cristianos de hoy en contacto con todas las formas de la vida y de la actividad humana. Atrapados en ese torbellino que no les da oportunidad para la reflexión y el recogimiento, cómo no van a llegar insensiblemente a perder el sentido de las otras realidades, más verdaderas y más altas, pero también más austeras, las de la vida espiritual, de las que conservan, a pesar de todo, como una nostalgia, pero que corren el riesgo de estancarse sin tener ya valor alguno o significación» (Pío XII, 3 abril 1956).
Tan sólo veo las noticias. Sí, esas “noticias” siempre filtradas y dirigidas que no hacen en el fondo sino “desinformar”. Se hincha, recarga, exagera, fantasea la realidad, de la que se nos aleja y que ya no conocemos sino a través del criterio que se nos impone. ¿No es acaso la televisión la que en gran parte determina la norma y la medida de lo que hay que pensar sobre los diferentes acontecimientos? ¿Qué dice y qué “opina” la gente, sino lo que ha oído y visto en la televisión? No basta con conocer los hechos, es necesario juzgarlos a la luz del buen sentido y de la fe, y eso es precisamente lo que falta en la televisión.

Si todavía no nos sentimos capaces de hechar fuera de nuestros hogares al “judío electrónico”, por lo menos fortalezcamos nuestras almas en esta cuaresma ofreciendo, quizás, el sacrificio de ver, al menos, menos televisión. Dios no podrá dejar de ayudarnos a cumplir este santo propósito.

LA FIESTA DE LA CANDELARIA

La fiesta litúrgica. También conocida como Fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen y Fiesta de la Presentación del Niño Jesús en el Templo, es observada el 2 de Febrero en el rito latino.
De acuerdo a la ley mosaica, una madre que había dado a luz a un niño varón, era considerada impura por siete días. Además debía permanecer 33 días "en purificación de su sangre" pero si daba a luz a una niña el tiempo que excluía a la madre del santuario era doble.
Al cumplirse el tiempo de su purificación, cuarenta u ochenta días según fuera niño o niña, la madre debía traer al templo un cordero de un año para el holocausto y un pichón o una tórtola como sacrificio por el pecado; si no era capaz de ofrecer un cordero, ella podía presentar dos tórtolas o dos pichones; el sacerdote los ofrecía como expiación y entonces ella quedaba limpia. (Levitico 12:2-8)
Cuarenta días después del nacimiento de Cristo María cumplió con este precepto de la ley, ella redimió a su primogénito en el templo (Números 18:15), y escuchó las palabras del anciano Simeón, en la presencia de Ana la profetisa (Lucas 2:22). Sin duda este acontecimiento, la primer presentación solemne de Cristo en la casa de Dios, era en los tiempos más tempranos, celebrado por la Iglesia de Jerusalén. Esto queda testimoniado en la primera mitad del siglo cuarto por el peregrino de Burdeos, Egeria o Sylvia.
El día (el 14 de febrero) fue solemnemente guardado por una procesión a la basílica constantiniana de la Resurrección, una homilía sobre Lucas 2:22, y el Santo Sacrificio; pero esta celebración no tenía ningún nombre propio; fue simplemente llamado día cuarenta después de la Epifanía.
Esta fiesta de los cuarenta días después del nacimiento de Cristo, se extendió desde Jerusalén a toda la Iglesia, y más tarde fue guardada el 2 de febrero. En todo el Imperio del Este fue introducida por el Emperador Justiniano I (542) en acción de gracias por el cese de la gran pestilencia que había despoblado la ciudad de Constantinopla.
En la Iglesia griega fue llamada “el encuentro” del Señor y su Madre con Simeón y Ana. Los armenios lo llaman: "La Venida del Hijo de Dios en el Templo" y todavía la observan el 14 de febrero; los Coptos lo llaman "la presentación del Señor en el Templo".
En cuanto a Occidente, esta fiesta aparece en el Gelasianum (la tradición manuscrita del séptimo siglo) bajo el nuevo título de la Purificación de la Santísima Virgen María, la procesión no es mencionada. El Papa Sergio I (687-701) introdujo una procesión para este día. La bendición de las velas entró en el uso común en el siglo XI.
Bendición de las candelas y procesión. De acuerdo al Misal Ro-mano después de la hora de Tercia el celebrante de pie al lado de la epístola con estola y capa de color púrpura bendice las candelas (las cuales deben ser elaboradas con ceras de abeja) habiendo cantado o recitado las cinco oraciones prescritas, rocía e inciensa las candelas. Luego las distribuye al clero y a los laicos mientras el coro canta el cántico de Simeón: “Nunc Dimitis”.
La antífona "Lumen revelationem gentium et gloriam plebis tuæ Israel" es repetida después de cada verso del “Nunc dimitis”, según la costumbre medieval de cantar las antífonas. Durante la procesión que ahora sigue, y en que todos los partícipes llevan velas encendidas en sus manos, el coro canta la antífona "Adorna thalamum tuum, Sion", compuesta por San Juan Damasceno, una de los pocas piezas de las cuales el texto y la música, han sido tomados prestados por la Iglesia romana de los griegos. Las otras antífonas son de origen romano. La procesión solemne representa la entrada de Cristo, que es la Luz del Mundo, en el Templo de Jerusalén.
Esto formaba una parte esencial de los servicios litúrgicos del día, y debía ser celebrado en cada parroquia donde los ministros lo requerían. Antes de la reforma de la liturgia latina por San Pío V (1568), en las iglesias del Norte y del Oeste de los Alpes esta ceremonia era más solemne. Después de la quinta oración un prefacio era cantado. El "Adorna" era precedido por la antífona "Ave Maria". El clero abandonaba la iglesia y visitaba el cementerio que lo rodeaba. Una vez que regresaban de la procesión, un sacerdote llevaba la imagen del Niño Dios, la presentaba en la puerta y entraba a la iglesia con el clero, quienes cantaban el cántico de Zacarias, "Benedictus Dominus Deus Israel". Para finalizar entraba en el santuario, el coro cantaba la prosa, "Inviolata" o alguna otra antífona en honor a la Santísima Virgen.