lunes, 9 de febrero de 2009

EL ALTAR

Historia. El altar es el lugar inmediato donde es ofrecido el santo sacrificio. Debe siempre estar consagrado. Estando tan unido a la acción del sacrificio aparece en la historia antes que el templo. Solo donde ya no hay sacrificio deja de hablarse del altar.
El primer altar, el más venerable de todos, aquél sobre el cual Nuestro Señor instituyó la Eucaristía fue una mesa de madera. San Pedro también celebró el santo sacrificio sobre una mesa de made-ra, y solo el sucesor de Pedro puede celebrar sobre ese altar.
En las catacumbas, en general, la tumba de un mártir recubierta con una piedra servía de altar para la celebración de los santos misterios. En los primeros siglos, pues, los altares fueron de madera o de piedra, con forma de mesa o de tumba.
Las partes del altar. En el altar fijo se deben considerar tres cosas: la mesa (tabula, mensa), su soporte (stipes, basis, titulus), el sepulcro de las santas reliquias (sepulchrum).
La mesa no puede estar conformada de varios pedazos unidos, sino que debe ser hecha de una piedra única, entera; de otro modo no podría ser consagrada. Símbolo de Nuestro Señor Jesucristo, la piedra angular, y en razón de su elevado destino, la piedra del altar debe poseer, no solo la solidez, sino también la unidad. El soporte del altar, sobre el cual está fijada la mesa, puede estar compuesto de columnas o pilares, lo cual da al altar una apariencia de mesa; o de piedra maciza, lo cual le da al altar apariencia de sarcófago.
El simbolismo. Las oraciones litúrgicas de la consagración del altar nos presentan varias alusiones al Santo de los Santos, a la piedra de Jacob, al lugar que Abel regó con su sangre, a aquella piedra en la cual Isaac debía ser inmolado, al altar del sacrificio de Melquisedec.
El altar es también la figura de la mesa sagrada sobre la cual Jesucristo instituyó la santa Eucaristía, y del sepulcro cavado en la roca donde fue depositado su cuerpo inanimado. Recuerda el instrumento del sacrificio de Jesucristo, la Cruz, donde en la plenitud de los tiempos fue hecha nuestra Redención. El altar, provisto del crucifijo, es un calvario místico, sobre el cual se renueva de una manera misteriosa el sacrificio de la Cruz.
El altar cristiano, sede del cuerpo y de la sangre de Jesucristo, es una imagen del trono celeste sobre el cual reposa el Cordero de Dios, del altar de los cielos bajo el cual los que sufrieron la muerte por amor de Dios esperan su glorificación perfecta (Apoc. 6, 9).
En fin, y sobre todo, el altar es la figura del Hombre-Dios mismo. Símbolo de Jesucristo y de su sacerdocio eterno, el altar debe ser de piedra, para recordar la piedra viva y fundamental sobre la cual se eleva la Iglesia.
Como los muros de piedra rodean al altar, así los fieles, piedras vivas, llenas y animadas por el Espíritu de Dios y su gracia, deben cerrarse siempre más estrechamente alrededor de Nuestro Señor, piedra angular y fuente de vida. Deben elevarse como un edificio destinado al servicio de Dios, para que, fundados cada día más sólidamente sobre Jesucristo, suban de virtud en virtud hasta la felicidad del cielo, donde la fe se transforma en visión.
La significación moral del altar está plenamente justificada. El cristiano, santificado por el bautismo, es el templo de Dios, la morada del Espíritu Santo, una iglesia espiritual. Su corazón es, pues, simbolizado por el altar material y considerado como un altar espiritual, sobre el cual debemos inmolar continuamente nuestras concupiscencias e inclinaciones terrenas, y ofrecer a Dios oraciones llenas de amor, santas resoluciones y buenas obras. Sobre este altar consagramos a Dios el oro de la caridad, el incienso del fervor, la mirra de la mortificación.
Los manteles del altar. El altar debe estar cubierto por tres manteles de tela, blancos y limpios, que son bendecidos por el obispo. El uso de dichos manteles se remonta probablemente a los tiempos apostólicos. Tiene por fin proveer a la limpieza del altar, evitar toda profanación de la preciosísima sangre si ésta llegara a derramarse, y representar los lienzos con que cubrieron a Nuestro Señor, junto con perfumes, etc. cuando fue descendido de la cruz.
Los manteles son también la figura del Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir de los fieles, que acompañan a Nuestro Señor, representado por el altar, según la palabra del salmista: “El Señor reina, está revestido de honor” (Sal. 92, 1). Se puede ver en los tres manteles una alusión a las tres partes del Cuerpo místico de Nuestro Señor: la Iglesia triunfante, la militante y la purgante.
La blancura de estos lienzos se corresponde muy bien con su significación. Según la Sagrada Escritura el byssus, lino muy fino de brillante blancura, designa la justicia de los santos (Apoc. 19, 8). Es la figura de la pureza de corazón y de la inocencia de la vida, que solamente pueden ser obtenidas por la oración, la vigilancia y la mortificación.

sábado, 7 de febrero de 2009

DISPOSICIONES GENERALES CON QUE SE DEBE ASISTIR A LA SANTA MISA

Fue opinión aprobada y confirmada por San Gregorio en su cuarto Diálogo, que cuando un sacerdote celebra la Santa Misa bajan del cielo innumerables legiones de ángeles para asistir al Santo Sacrificio. San Nilo, abad y discípulo de San Juan Crisóstomo, enseña que mientras el Santo Doctor celebraba los divinos misterios veía una multitud de esos espíritus celestiales rodeando el altar y asistiendo a los sagrados ministros en el desempeño de su tremendo ministerio. Siendo esto así, he ahí las disposiciones más esenciales para asistir con fruto a la Santa Misa. Ve a la iglesia como si fueses al Calvario, y permanece en presencia de los altares como si estuvieses delante del trono de Dios y acompañado de los santos Ángeles.
Considera ahora cuáles deben ser tu modestia, tu atención y respeto, si quieres recoger de los misterios divinos los frutos y beneficios que Dios se digna conceder a los que asisten a ellos con un exterior devoto y sentimientos religiosos.
Leemos en el Antiguo Testamento, que cuando los israelitas ofrecían sus sacrificios, en los que sólo se inmolaban toros, corderos y otros animales, admiraba el ver la atención, el silencio y veneración con que asistían a aquellas solemnidades. Aunque el número de asistentes fuese inmenso y los ministros y sacrificadores llegasen a setecientos, parecía, sin embargo, que el templo estaba vacío; tanto era el cuidado con que cada uno procuraba no hacer el más pequeño ruido. Pues bien; si tanta era la veneración con que se celebraban estos sacrificios que, al fin, no eran más que una sombra y simple figura del nuestro, ¿con qué respeto, con qué devoción y religioso silencio no debemos asistir a la celebración de la Santa Misa, en que el Cordero sin mancha, el Verbo Divino se inmola por nosotros? Muy bien lo comprendía San Ambrosio. Cuando celebraba el Santo Sacrificio, según refiere Cesáreo, y concluído el Evangelio, se volvía al pueblo, y después de haber exhortado a los fieles a un recogimiento profundo, les ordenaba que guardasen el más riguroso silencio, y así consiguió que no solamente pusiesen un freno a su lengua, no pronunciando la menor palabra, sino, lo que aún es más admirable, que se abstuviesen de toser y de moverse con ruido. Estas prescripciones se cumplían con exactitud, y por eso todos los que asistían a la Santa Misa sentíanse como embargados de un santo temor y profundamente conmovidos, de manera que conseguían muchos frutos y aumento de gracia.
SAN LEONARDO DE PORTO-MAURIZIO (1676-1751)

ALGUNAS CONSIDERACIONES PRÁCTICAS
- Antes de entrar en la iglesia, revise que su celular esté apagado: normalmente no lo necesita para rezar. Además, su “olvido” no pasará inadvertido.
- Al entrar a la capilla y al salir haga reverencia a Nuestro Señor en el sagrario haciendo genuflexión con la rodilla derecha. La genuflexión con ambas rodillas está reservada para cuando el Santísimo se halla expuesto.
- Recuerde que como hijos de la Iglesia debemos seguir las normas que nuestra Madre en su sabiduría nos da. Por eso, señora y señorita, en espíritu de sumisión a la Iglesia e imitando a la Virgen María, utilice el velo o mantilla en la capilla, lo mismo que faldas en lugar de pantalones. Agradará a Dios, y atraerá bendiciones sobre su familia.
- El varón también tiene a la Iglesia por Madre y debe imitar a Nuestro Señor. Su vestimenta debe corresponder con la dignidad del augusto Sacrificio al que asiste. Por favor, no use tennis.
- Procure no conversar con la persona que está sentada al lado, o atrás o adelante: sus “murmullos” molestan a los otros fieles. Más bien procure hablar en silencio con Dios en la oración.
- Si su niño llora, y sigue llorando, y ¡...persiste en llorar!, sáquelo a tomar aire en el atrio o en el pastico de la capilla. De lo contrario incomodará a los demás y no dejará escuchar el sermón ni las oraciones de la Santa Misa.
- Cuide que su niño no juegue en la capilla: hace ruido y distrae a los demás.
- Vigile que sus pequeñuelos no rayen las bancas.
- Procure facilitar que quienes lleguen después de Usted, puedan ocupar con facilidad los demás los lugares libres en la banca.
- Por favor, no pise ni apoye los pies sobre los cojines de las bancas (en vulgar: “arrodilladeras”): no fueron hechos para eso, y además, el cuero se daña.
- Durante la Consagración hay que permanecer de rodillas y en silencio absoluto. Igualmente, mientras los demás fieles reciben la Sagrada Eucaristía es recomendable permanecer de rodillas.
- Al momento de comulgar, vaya ocupando el lugar que queda libre en el comulgatorio. Así el sacerdote no deberá desplazarse innecesariamente.
- Cuando se recibe a Nuestro Señor en la Eucaristía no se responde “amén”.
- Si tiene dudas a cerca de las normas de la Iglesia relativas a la modestia en el templo consulte a los sacerdotes, que son los únicos que pueden dar indicaciones al respecto.

DE LA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

Jesús es Mediador de justicia, María es Medianera de gracia; y, según enseñan San Bernardo, San Buenaventura, San Bernardino de Sena, San Germán, San Antonino y otros, es voluntad de Dios que por manos de María sean dispensadas todas las gracias y mercedes que su bondad quiere otorgarnos. En el divino acatamiento, los ruegos de los Santos son ruegos de amigos, pero los ruegos de María son ruegos de Madre. ¡Dichosos los que con entera confianza recurren sin cesar a esta Divina Madre! De todas las devociones, la más grata a Nuestra Señora es invocarla en todo tiempo diciéndole: ¡Oh, María! Rogad a Jesús por mí.

Así como Jesús es omnipotente por naturaleza, así lo es María por gracia; por lo cual, alcanza cuanto pide. Es imposible escribe San Antonino que la augusta Madre de Dios pida algo a su Hijo, en favor de sus devotos, y no sean atendidos sus ruegos. Gózase Jesús en honrar a su Madre no negándole nada de cuanto le pide.
Por eso nos exhorta San Bernardo a buscar la gracia, y a buscarla por medio de María; pues, siendo Madre, no puede quedar desairada: «Busquemos la gracia –dice el Santo Doctor–, pero busquémosla por mediación de María; porque María es Madre, y sus ruegos no pueden ser desatendidos. » Si queremos, pues, salvarnos, no cesemos de recurrir a María pidiéndole que interceda por nosotros, ya que sus ruegos todo lo alcanzan.

Compadeceos de mí, ¡oh, Madre de misericordia! ; y, pues hacéis gala de ser Abogada de los pecadores, socorred a un pecador que en Vos confía. Ni hay que recelar por ningún caso que la celestial Madre no despache favorablemente las súplicas que le dirigimos; porque cabalmente para alcanzarnos cuantas gracias deseáremos, complácese la benignísima Señora en ser tan poderosa ante de la Divina Majestad.
No hay más que pedir gracias a María, para conseguirlas: si de ellas somos indignos, la excelsa Reina con su omnipotente intercesión nos hace dignos, y tiene vivísimos deseos de que acudamos a Ella, para poder llevarnos al puerto de salvación. ¿Hubo jamás pecador que, habiendo acudido a María con confianza y perseverancia, se haya perdido? Sólo se pierde el que no invoca la protección de María.

¡Oh, María, Madre y esperanza mía! Bajo vuestro manto me refugio; no me desechéis, como lo tengo merecido. Miradme y compadeceos de mi miseria. Alcanzadme el perdón de mis pecados, la santa perseverancia, el amor de Dios, una buena muerte, ¡el cielo! De Vos lo espero todo, ya que sois todopoderosa ante Dios. Hacedme santo, pues está en vuestra mano. ¡Oh, María! Mirad que todo lo fío a Vos, en Vos tengo cifradas todas mis esperanzas.
San Alfonso María del Ligorio. "El camino de la Salvación".

viernes, 6 de febrero de 2009

EL TIEMPO DE PASIÓN - (Preparación inmediata de la Redención)

1. Vista general. Llámase Tiempo de Pasión a las dos últimas semanas de Cuaresma, en las cuales el tema de los padecimientos y persecuciones del Salvador es el principal en la liturgia, mientras el de la instrucción de los catecúmenos y preparación de los penitentes públicos para su reconciliación, pasa ya a segunda línea. Es, pues, la misma Santa Cuaresma, pero más íntimamente vivida con Jesucristo, Varón de dolores, cuyas humillaciones y tormentos, a la par que excitan la compasión de los buenos cristianos, los predisponen a la compunción del corazón. Está todo él sombreado por el leño de la Cruz, ese "árbol esbelto y refulgente, ataviado con la púrpura real", como canta con aires de triunfo la Iglesia, repitiendo sin cesar, en estos días, las bellas estrofas del Vexilla Regis, de Venancio Fortunato.
En la primera de estas dos semanas, evoca la liturgia los seis últimos meses de la vida pública de Jesús, época de las grandes polémicas con los judíos y de las persecuciones, descaradas ya y agresivas, de sus enemigos. Jesús sólo se les aparece a intervalos; pues los ve tan enconados contra su persona, que tiene que huirles, para dar tiempo a que llegue su hora. Son seis meses de humillaciones y de afrentas; seis meses de verdadera Pasión, pero todavía incruenta.
Los textos litúrgicos van descubriéndonos, día tras día, nuevos aspectos de esta furibunda persecución. El domingo vemos a los judíos arrojándole piedras, el lunes, ingeniándose para prenderle; el martes, a punto de matarle; el miércoles, queriendo de nuevo apedrearle, el jueves, acechándole, en casa del fariseo Simón, mientras perdona Él a la Magdalena; el viernes, tramando ya definitivamente su muerte, y el sábado, acorralándolo de tal forma que le obligan a esconderse para no adelantar los acontecimientos.
En la segunda semana, la "Semana santa" que nosotros llamamos, o la "Semana penosa", como la denominaban los antiguos, la liturgia reproduce con los más vivos colores los últimos episodios de la vida de Jesús: los postreros destellos del Sol de Justicia, venido a alumbrar a este mundo entenebrecido por la culpa; las terribles peripecias que rodean la obra maestra de nuestra redención. El domingo, lunes y miércoles santo son días de brillante aurora, pero de sombrío ocaso. El Divino Maestro aparece glorioso por la mañana, enseña en público, discute, triunfa; pero al anochecer, se retira a casas amigas, como para ponerse al abrigo del espíritu de las tinieblas. El jueves, después de realizar, a los postres de la Cena legal, el milagro de amor de la Eucaristía, se entrega sin reservas en manos de sus enemigos, entre quienes muere el viernes, para salvarlos a ellos y con ellos al mundo prevaricador.

2. La actitud de la Iglesia. En vista de tantos tormentos y de ultrajes tan horribles como su Esposo padece, la Iglesia se cubre de luto riguroso, y cubre también con telas moradas las estatuas, los retablos y hasta el Crucifijo; pide a David y a Jeremías sus salmos más lúgubres y sus más desoladoras lamentaciones; y con su palabra de Madre cariñosa, con su actitud de Esposa desolada, con las predicaciones, con las lecturas, con los cantos, en todos los tonos y en todas las formas, háblale a Jerusalén, que es el alma pecadora, y le dice una y otra y muchas veces a modo de sonsonete: "¡Jerusalén, Jerusalén, arrepiéntete, conviértete al Señor, Dios tuyo!"
El rito litúrgico que hace más sensible a los ojos de los fieles esta actitud dolorosa de la Iglesia en Tiempo de Pasión, es el de la velación de las imágenes, que prescribe el ceremonial y que se efectúa el sábado anterior. Los arqueólogos y liturgistas no están de acuerdo en su interpretación. Quiénes se acogen a la historia y a la arqueología; quiénes al simbolismo. A nosotros nos parece, después de estudiar los documentos antiguos y modernos, que se trata de un hecho histórico antiquísimo, que, al perder con el tiempo la aplicación real originaria, adquirió un muy razonable simbolismo.
Históricamente, creemos hallar la clave de este rito en el de la penitencia pública. Como ya hemos dicho, el primer día de Cuaresma se presentaban los penitentes en traje y en actitud humilde a la iglesia, de la que el obispo les despedía, después de imponerles la ceniza y vestirlos de saco y de cilicio como Dios despidió a Adán y Eva del paraíso— enviándolos hasta el Jueves Santo a algún monasterio de las afueras de la ciudad. El rito de la expulsión perduró hasta el siglo XVI, en que, extendiéndose, por devoción, la penitencia pública y la recepción de la ceniza a la generalidad de los fieles, no fue ya posible expulsar del templo a todos los penitentes, que formaban mayoría. Para recordarles, no obstante, el suprimido rito y mantenerlos en la humildad, aislóseles, ya que no de la iglesia, del presbiterio, mediante una cortina roja suspendida de la bóveda. Poco a poco, sin duda por no hallar práctico este sistema que deslucía y embarazaba las ceremonias litúrgicas, dicha cortina se fué acortando y reduciendo al velo actual, que apenas cubre las imágenes y la cruz. He aquí, pues el origen histórico y la razón de ser del cortinaje, de diversas hechuras y tamaños, según los países e iglesias, que se usa en la actualidad. Los liturgistas simbolistas han visto en este rito un recurso piadoso para representar materialmente el hecho de haber tenido que esconderse el Señor en el templo para escapar al furor de sus enemigos que intentaron apedrearlo.
Tal, en efecto, autoriza a suponerlo la costumbre medioeval de cubrir el Crucifijo, justamente en el momento preciso de cantarse en la Misa el texto mismo del Evangelio alusivo a ese hecho. Al propio tiempo le atribuyen la virtud de recordar a los fieles que, durante esta temporada, Nuestro Señor veló su divinidad, dejándose prender y torturar como si sólo fuese hombre, y hombre criminal. Y conforme a esto, la razón de cubrir las imágenes de los Santos a la vez que la del Crucifijo, sería la de hacer ver que también los hijos participan de la confusión y oprobios del Padre, y que deben ellos también ocultar su gloria cuando la del Señor se desvanece a los ojos de los hombres. Que es la misma razón por la cual también se omiten en el oficio de Pasión los sufragios de los Santos.
Además de vestirse de luto riguroso, la Iglesia suprime, en el tiempo de Pasión, el Gloria Patri en el introito y en el salmo del Lavabo de la Misa, así como en el invitatorio y responsorios del oficio; y, además, todo el salmo Júdica del principio de la Misa. El Gloria es un grito de triunfo y de alegría, y como la Iglesia quiere ir poco a poco inspirando a los fieles sentimientos de tristeza por los acontecimientos dolorosos que se avecinan, suprímelo en esos momentos solemnes de la Misa y del oficio, conservándolos solamente al final de los Salmos. En el último triduo de Pasión, días de completa desolación, ni en los Salmos se oirá ya esa doxología.
La omisión del salmo Júdica al principio de la Misa, no es una práctica muy antigua ni tiene un significado especial, ya que la oración que ahora reza el sacerdote al pie del altar, antes de comenzar el Introito, se introdujo por primera vez en los países francos hacia el siglo VIII ; y como ese salmo 42 cantábase en el Introito, por eso se suprimía antes de la confesión que precedía a la subida al ara del sacrificio." Sin embargo, suprimido ya todo, este salmo, nada más que por evitar su repetición, es lo cierto que su omisión contribuye no poco a imprimir a las misas de esta temporada un sello de severidad.

3. El triunfo de la Cruz. En medio de los acentos de dolor que con frecuencia exhala la liturgia de estos días, resuenan de vez en cuando en el templo notas verdaderamente triunfales que nos hacen por momentos dudar si celebramos alborozados alguna victoria gloriosa, o plañimos tristes acontecimientos. Los lamentos de Jeremías contrastan notablemente, en Tiempo de Pasión, con los entusiasmos del prefacio de la Misa, y los de los himnos del poeta Fortunato, cuyas estrofas a la Cruz hacen por un instante olvidar, en vísperas, maitines y laudes, los textos melancólicos que les han precedido. Ninguna otra bandera ha inspirado jamás himnos más brillantes que ésta del cristianismo, convertida, de instrumento infame que era, en insignia gloriosa, al contacto de los miembros de Cristo.
El prefacio canta con aires de triunfo: "En verdad es digno y justo... darte gracias a Ti, Padre Todopoderoso... que pusiste la salvación del género humano en el Árbol de la Cruz, para que de donde salió la muerte, de allí renaciese la vida, y el que en un árbol fué vencido, venciese en árbol, por Cristo, Señor nuestro..." Pocas palabras, pero significativas y concluyentes.
Entre los varios himnos que el gran poeta galo Fortunato compuso en honor de la Santa Cruz con ocasión de la llegada al monasterio benedictino de Poitiers, fundado por Santa Radegundis, de las insignes reliquias del Lígnum Crucis, se han hecho los más célebres: el “Pange, lingua gloriosi praelium certáminis” (canta, oh lengua, la victoria del más glorioso combate), que está dividido en el Breviario en dos partes, una para maitines y otras para laudes, conservándolo completo el Misal en la ceremonia de la Adoración de la Cruz del Viernes Santo: y el Vexilla Regís, el más conocido y celebrado, y que se emplea en Vísperas y en la procesión del Viernes Santo al monumento. En la Edad Media, el culto de la Cruz sólo despertaba sentimientos de júbilo y de triunfo; sentimientos que los artistas plásticamente representaban en los crucifijos de la época, ciñendo a Cristo de una corona de gloria, y trocando la sangre de sus heridas por perlas de oro y piedras preciosas. En realidad, son los mismos sentimientos que ha patrocinado la liturgia a través de los siglos, no obstante las representaciones dolorosas de los artistas modernos, repitiendo sin cesar en las diversas festividades de la Cruz los himnos triunfales de Venancio Fortunato, y acoplando al lado de ellos otros textos igualmente brillantes.

jueves, 5 de febrero de 2009

LA PALABRA “MISA”

La palabra Misa. Innumerables riquezas y misterios impenetrables están contenidos en el santo sacrificio de la Misa. Es muy grande para que la lengua humana pueda designarlo con términos convenientes y darle un nombre que corresponda a realidad tan sublime. Por ello, desde el principio, se le ha dado al santo sacrificio de la Misa numerosos y distintos nombres, cada uno de los cuales destaca una de las facetas de este adorable misterio. Pero entre todos esos nombres, el de misa, el más usado desde el comienzo del Medioevo, tiene derecho a una explicación particular.
La “despedida”. El término Misa (de Missa, de missio, o dimissio) designa en primer lugar la despedida solemne de los asistentes al final del sacrificio eucarístico. Este significado se mantiene hoy en las palabras Ite, Missa est: Id (Partid), es la despedida. Cuando todavía estaba en uso la antigua disciplina del catecumenado y de la penitencia pública, había dos despedidas. La primera, para penitentes y catecúmenos, era después de la predicación, antes del ofertorio. La segunda era, como actualmente, al final de la ceremonia. El rito de la despedida, con la bendición y la oración, fue llamado Missa; este término pasó luego a designar al sacrificio, que comenzaba y terminaba por esa despedida.
Por otra parte, estas “despedidas” eran realizadas con cierta solemnidad, lo que impresionaba vivamente a los asistentes y les daba una alta idea del sacrificio del altar: la primera hablaba de la pureza necesaria para asistir al augusto sacrificio, la segunda mostraba que no se debía abandonar la casa de Dios sin el permiso debido.
Desde muy temprano. ¿Cuándo la denominación de Missa, dimissio populi pasó a ser la de todo el sacrificio? En una época muy temprana. Ya en los escritos de San Ambrosio (+397) se encuentra el término Missa, dimissio populi, para designar a todo el sacrificio, y por su forma de hablar se puede concluir que esta denominación no era reciente.
La disciplina del arcano. El empleo de un término tan indeterminado y tan poco significativo para designar el sacrificio augusto de nuestros altares puede parecer extraño; pero motivos importantes llevaron a este uso. En la época en que se empezó a dar al santo sacrificio el nombre de Missa reinaba en la Iglesia la severa disciplina del secreto, disciplina arcani, por la cual se mantenían ocultos los misterios de la religión y de las acciones litúrgicas para no librarlas a las burlas y profanaciones de los paganos. Esta ley, de origen apostólico duró en Occidente hasta mediados del siglo VI. En estas circunstancias el término Missa debió parecer apropiado para tales fines.
Otra interpretación del término “Misa”. Hay también otra interpretación del término Missa muy cara a los autores medievales. El sacrificio del altar se llamaría Missa, porque en el altar hay una transmisión (Missa, significando missio o transmissio) de la tierra al cielo y del cielo a la tierra. Por la mediación del sacerdote la Iglesia envía hasta el trono de Dios sus dones y oraciones, los pedidos y necesidades de los fieles; y Dios envía a los hombres sus gracias y bendiciones.
O también porque Jesucristo es enviado (missus) al mundo por su Padre como víctima, y es reenviado al cielo por los fieles como una hostia capaz de reconciliarnos con Dios y de procurarnos todos los bienes.